Yo no soy uno de ellos

 

Antes de la Segunda Guerra Mundial los judíos franceses estaban muy orgullosos de serlo. Contaban con un órgano representativo, el Consistoire central, ya centenario, nacido del Gran Sanedrín napoleónico, en 1808. Ya en el siglo XX, la religión pasó a segundo plano, pero la institución conservó el nombre. En vísperas de la derrota francesa ante los nazis, su jefatura la ostentaba un Rothschild que tuvo la influencia y la rapidez suficientes para conseguir un salvoconducto que lo llevó a España en junio de 1940 y luego a Estados Unidos. Así que el cargo paso a ocuparlo el vicepresidente, Jacques Helbronner, amigo personal de Pétain.

Helbronner preparó, en noviembre de 1940, un memorándum dirigido a Pétain en el que intentaba limitar las consecuencias de las primeras leyes antijudías aprobadas por Vichy. En él dejaba bien claras las diferencias entre los franceses de origen judío y los inmigrantes judíos, diferencias basadas en que la comunidad judía estaba, según afirmaba, compuesta por muchas razas. Los primeros eran plenamente franceses y, por tanto, había que liberarlos de las medidas aprobadas por el gobierno. Los segundos eran la causa del creciente antisemitismo y la culpa de su llegada (él la llama invasión de “nuestro suelo”) había que atribuírsela a los gobiernos de izquierdas. Terminaba solicitando que se excluyera de su solicitud a los judíos extranjeros y a los recientemente naturalizados (personas que habían obtenido su nacionalidad francesa en los años posteriores a la 1ª Guerra Mundial). Peticiones del mismo tipo continuaron durante meses. Otro miembro ilustre del Consistoire, que luego sería ministro e, incluso, presidente del Consejo de Ministros, René Mayer, pidió a Xavier Vallat, el jefe de la Oficina Central para Asuntos Judíos, que animase a emigrar a los judíos extranjeros, y el mismo Marc Bloch llegó a distinguir entre la causa de los judíos franceses y la de los foráneos.

Esto no le debió chocar a los propios judíos alemanes que se encontraban en Francia. Al fin y al cabo, en 1939 y comienzos de 1940, los líderes judíos alemanes intentaron prohibir la emigración de los judíos polacos que estaban en el Reich (ampliado con las anexiones de parte del territorio polaco) a Palestina. Trataban de reservar esos puestos para ellos.

Por esa razón, y pese a los intentos de Theodor Dannecker (un enviado de Eichmann a París) los judíos franceses se resistían a entrar a formar parte de una de esas comisiones judías que fueron creando los nazis por toda Europa, una en la que se los mezclase con los judíos no franceses. La provocación, quizás, fue la razón también del ensayo general que tuvo lugar el 14 de mayo de 1941, cuando la misma policía francesa arrestó a casi 4.000 inmigrantes judíos. Terminaron donde ya se imaginan. Fue, supongo que lo saben, el ensayo de la “redada” del Velódromo de Invierno.

Al final, esas distinciones no ayudaron a Helbronner (asesinado en las cámaras de gas de Auschwitz junto con su mujer), ni a Bloch, que murió torturado por la Gestapo. Sin embargo, es bueno no olvidarlas. Fueron víctimas, pero por un tiempo creyeron que su causa no era la de los demás judíos. Porque eran alemanes o franceses.

Esta es una de mis obsesiones. Ciertos demonios atacan por igual a todos los hombres. Y la mayoría nos arrastraremos por el fango, llegado el caso. Solo algunos pocos son capaces de evitarlo. Pero no debemos dejarnos engañar por esos ejemplos. Nos llaman la atención precisamente por su escasez.

También por esta razón debemos impedirnos ciertas transacciones, por leves que sean, con nuestras mejores instituciones. Es mejor no situarnos en la terrible situación de tener que decir “yo no soy uno de ellos, yo soy un hombre”, demostrando que sí, que lo somos. Hombres.

 

Hombre blanco busca causa negra

En esta entrada voy a hablar bien de un abogado comunista. Dirán que eso es imposible (cada cuál que escoja su razón, si por abogado o por comunista), pero cuando terminen de leer quizás pasen por alto esos dos pequeños defectillos.

Su nombre era Bram Fischer. Era afrikáner: ya saben, un descendiente de los colonos holandeses que llegaron al Cabo en el siglo XVII y que fueron extendiéndose hacia el interior por la presión de los amos británicos, su afición al paseo, y su extrema y dura concepción de su destino manifiesto. Su familia llevaba por África desde el siglo XVIII y había alcanzado alguna posición. Su abuelo fue secretario de Estado primero y luego primer ministro de la Colonia del Río Orange —el sucedáneo que sustituyó al Estado Libre de Orange después de la guerra de los bóer—, y su padre juez del mismo Estado. Además, estaba casado con una sobrina de Jan Smuts.

Estudiante de derecho, terminó su carrera en Oxford en los años 30 y se dio un viajecito por la Unión Soviética. Podría haber sido uno más de esos jóvenes pálidos de clase alta que, en la década de la ceguera, terminaron siendo comunistas de libro y traición, y que tanto juego han dado en las novelas de espías de la guerra fría.

Sin embargo, fue comunista declarado, miembro del SACP (el partido comunista de por allí) y activista y protagonista en esas dos décadas en las que el régimen sudafricano fue haciéndose cada vez más brutal.

Sharpeville: 69 muertos y 180 heridos, la mayoría por disparos hechos por la policía, por la espalda, contra la multitud que huía y que poco antes se había manifestado. Más tarde disturbios que duraron varios días con un saldo de casi 20.000 detenidos. Por esas fechas estaba terminando un juicio por traición contra prominentes miembros del ANC, entre ellos Mandela, que serían declarados inocentes. Uno de los abogados era nuestro protagonista.

El juicio y su sentencia dieron igual: poco después, tras un viaje a Londres, Mandela fue detenido y condenado a cinco años de prisión, y en 1963 la policía entró en una granja en Rivonia y detuvo a seis de los dirigentes del SACP. Para entonces se había promulgado la ley de sabotaje, una norma que creaba listas de proscritos, que tenían prohibido reunirse si eran más de dos y que permitió arrestos indefinidos sin asistencia letrada. Esa norma era una habilitación para la tortura y la desaparición. Steve Biko fue el ejemplo más famoso de esa infamia con forma de ley.

El abogado que defendió a los dirigentes del SACP fue Fischer, ya en el punto de mira del régimen. Lo hizo brillantemente, tanto que algunos le atribuyen el mérito de salvar a los condenados de la pena de muerte y de llevarlos a las canteras de cal de la isla de Robben. Más realista es pensar que fue el miedo del régimen a crear héroes lo que les libró de la horca.

Poco después de la sentencia murió la mujer del letrado, en un accidente de coche. Activista, como él, había enseñado durante años en una High School para hindúes en Johannesburgo, establecida precisamente como protesta contra el cierre de escuelas ordenado por el gobierno sudafricano.

Al final le llegó el turno. Detenido en 1964, pidió permiso para viajar a Londres, ya que llegaba a su punto final, en los tribunales británicos, un asunto sobre patentes en Rodhesia que llevaba desde 1955. Para conseguirlo depositó una fianza y prometió volver:

I am an Afrikaner. My home is in South Africa. I will not leave my country because my political beliefs conflict with those of the Government.

(Soy un afrikaner. Mi casa está en Sudáfrica. No partiré de mi país porque mis creencias políticas estén en conflicto con las del Gobierno).

Después de ganar el caso, pese a las presiones de todo el mundo para que se quedase en Inglaterra y pese al embrutecimiento del régimen tras el atentado en una estación de ferrocarril en Johannesburgo, regresó.

Se presentó ante el Tribunal y al día siguiente se ocultó. Lo hizo mandando una nota, a través de su abogado, que decía:

By the time this reaches you I shall be a long way from Johannesburg and shall absent myself from the remainder of the trial. But I shall still be in the country to which I said I would return when I was granted bail. I wish you to inform the Court that my absence, though deliberate, is not intended in any way to be disrespectful. Nor is it prompted by any fear of the punishment which might be inflicted on me. Indeed I realise fully that my eventual punishment may be increased by my present conduct…

(En el momento en que leas estaré lejos de Johannesburgo y me abstendré de presentarme al juicio. Pero todavía seguiré en el país al cual dije que volvería cuando presté fianza. Deseo informes al tribunal de que mi ausencia, aunque deliberada, no debe entenderse en ningún caso como una falta de respeto, ni está motivada por ningún miedo al castigo que se me pueda imponer. Y me doy perfecta cuenta de que la pena final podría ser mayor por causa de mi actual conducta …)

My decision was made only because I believe that it is the duty of every true opponent of this Government to remain in this country and to oppose its monstrous policy of apartheid with every means in his power. That is what I shall do for as long as I can…

(Mi decisión fue adoptada únicamente porque creo que ése es el deber de todo oponente verdadero a que este Gobierno continúe en este país y que se oponga a su monstruosa política de apartheid con los instrumento a su alcance. Esto es lo que haré mientras pueda …)

Fue detenido poco después. Condenado a cadena perpetua, el cáncer y una caída lo dejaron en silla de ruedas e incapaz de hablar. Murió en la casa de su hermano, en Bloemfontein, en 1975.

¡A mí la legión!

El 22 de junio 168 a. de J., en Pidna, Paulo Emilio al mando de cuatro legiones se enfrentó a la falange macedónica de Perseo.

La víspera se produjo un eclipse total de Luna. Empezó la batalla, como tantas otras veces, por un encuentro fortuito entre tracios y romanos que casi cogió por sorpresa a Emilio Paulo. Cuenta Plutarco que a la vista de “aquél brillante muro de amenazadoras lanzas”, Emilio Paulo “se sintió dominado por el la sorpresa y el miedo”. Suponemos que el avance de miles de falangistas con sus sarisas, esas lanzas de seis metros de largo, con una profundidad de veinte hombres, debía ser un espectáculo único, hasta el punto de sobrecoger a todo un cónsul de la república romana.

La única manera de detener una formación tan poderosa fue la utilización del terreno. Empujados por Salvio, comandante de los pelignos, hombres de origen sabino, que lanzó su estandarte en medio de las tropas enemigas, se produjo un contraataque romano que falló. La falange avanzó hasta las estribaciones del monte Olocrus.

Allí era imposible mantener el orden de batalla y Emilio ordenó a sus cohortes que se dividieran y se introdujeran entre los huecos con sus falcatas. La mortandad empezó a ser importante, hasta que el propio Emilio, al mando de una de sus legiones, se introdujo por el intersticio más importante rompiendo definitivamente la línea enemiga. Los combates aislados decidieron la batalla. Más de veinte mil muertos en el campo macedónico por pocos centenares en el romano.

Había triunfado el espíritu republicano. Disciplina y capacidad de adaptación. Individuos que piensan.

La sangre era suya

 

Timur fue grande, pero no parece que fuera feliz. No, al menos, como sí lo fue Gengis Kan. Ambos bárbaros, sobre todo para los otros, pero Gengis fue el primero y él sí debió creer que el mundo le pertenecía. Los descendientes de Timur conocían la historia. Rukh, el único hijo supérstite, que no quiso perder el tiempo conservando el Azerbaiyán, fue mecenas y protector de artistas; Baysunqar, amante de los libros y de las joyas caligráficas; Ulugh Beg, el dueño de Mawarannhar, escrutador del cielo desde el observatorio de Samarcanda; Husayn Baiqara, espadachín y poeta en turco chagatái, artífice de la gloria pasajera de Herat. Todos ellos carecían de la creencia en el destino del Gran Kan y de sus hijos, y han sido olvidados, aunque pareciese que sus cortes eran la cumbre del refinamiento.

Gengis fue poderoso y feliz. Timur fue poderoso, pero en Otrar debió sospechar que su imperio no era nada sin él. En cierto sentido fue un gran ladrón. Quizás todo obedezca a que las grandes ideas se desgastan: no puede ser que aquellos, los de antes, siempre fueran gigantes. O que la sangre se diluyera. No, deben ser las ideas las que envejecen.

Muhammad Shaybani, con dieciséis años, tras perder a su abuelo

(el abuelo, Abu’l-Khayr, descendiente de Shayban, descendiente de Jochi, es el origen de la potencia uzbeka. Los oirates le harán morder el polvo y permitirán la rebeldía de dos capitanes, que tras refugiarse entre los chagatáis, huirán a las estepas, formando la nación kazaka)

y a su padre

(su padre, Shah Budaq, muere a manos de Yunus, kan de los chagatáis, protector de los kazakos, en una razia)

se hace bandido y soldado de fortuna. Llega a trabajar para los chagatáis, y desde la ciudad de Turkestán, el premio a su valor, reúne los restos dispersos de los uzbekos. Combate en Mawarannhar a los timúridas, entre ellos a Babur, el futuro conquistador de la India, abandonados por Bayqara. Caen Samarcanda, Bujara y el valle de la Fergana. Y Balkh y Qunduz. Y Jwarizm, Khiva y Herat (con Bayqara ya muerto). Pero ya no era tiempo para hombres poderosos y felices. Ni siquiera era tiempo para dinastías decadentes.

Shaybani se dirige a Afganistán, al lugar donde se refugian los últimos timúridas. El camino para la India.

Pero siempre hay nuevos bárbaros. Los kazakos le obligan a volver. Son como insectos molestos, que lo desgastan con peleas interminables. Lo suficiente como para llegar exhausto a la última batalla.

Venido desde Persia, Isma’il, el shah que funda la dinastía safávida, de sangre azerí y turcomana, descendiente por parte de madre de los ladrones del Azerbaiyán, acaba con Shaybani. Es el año 1510.

Del kan de los uzbekos sólo quedará su calavera, revestida de oro, y usada como copa en los banquetes.

 

 

El primer emperador

El primer emperador del mundo fue un bastardo. Bueno, no tanto, pero hay que adornar las historias, ¿no? Tutmosis III era hijo del faraón Tutmosis II y de una concubina, la última opción del arquitecto Ineni para seguir mangoneando así …

… en Egipto. Por desgracia para el tercero de los Tutmosis, la hermanastra y esposa de su padre, la famosa Hatshepsut, que había tenido que tragar con un matrimonio que la relegaba a “gran esposa real” cuando lo que quería era ser faraón, pensó que ya había tragado suficiente. Así que, cuando se murió Tutmosis II y fue designado el tercero como faraón, se hizo la loca y silbaba por las estancias de palacio cuando le recordaban el conveniente matrimonio del pobre Tutmosis III y su propia hija (la de Hatshepsut … ya, ya sé que es un lío). Tanto se hizo la loca que el matrimonio no tuvo lugar y, de buenas a primeras, se hizo asociar como faraón al sobrino.

En realidad, Hatshepsut estaba afectada por una especie de odio furibundo a esos segundones que había tenido que soportar durante años. Ella era hija de Tutmosis I y de la gran esposa real Ahmose, y solo por el hecho de ser mujer había tenido que aguantar a todos esos farsantes. Así que se le ocurrió una idea interesante: hacerse faraón, ir apartando poco a poco del poder al bobo de Tutmosis III y crear una dinastía de faraonas. Por esa razón, pese a resultar un enlace de lo más lógico, impidió que su hija Neferura se casase con Tutmosis III, el bastardo. Y llegó a designar a Neferura “esposa de Amón”, o lo que es lo mismo, gran esposa real sin esposo.

Así estaban las cosas, ya ven. El pobre bastardo reinaba pero no gobernaba. Su tía y madrastra hacía y deshacía a su antojo. Y su supuesta prometida se lo hacía con Amón delante de sus narices (demostrando Amón, por cierto, gran aprecio por la familia, ya que la propia Hatshepsut sugería que su padre Tutmosis I era un cornudo y que el burlador había sido el dios, que se revolcaba con gran gusto con la feliz Ahmose, ya saben, la legítima). Poco de fiar eran estas hembras egipcias.

En fin, menos mal que la providencia vino en ayuda del pobre Tutmosis III. Neferura murió y —cosas del destino—, a la vez murieron un sumo sacerdote y un arquitecto que apoyaban a Hatshepsut y hacían el Amón con ella. Extraña coincidencia, es verdad, pero los designios de los dioses son inescrutables. El mensaje era cristalino: Tutmosis III empezó a mandar y Hatshepsut se dedicó, con gran sentido de la oportunidad, a la meditación. Aún reinó durante varios años, pero Egipto ya no se dedicaba a la femenina obra pública, sino a la masculina guerra.

Y es que no se pueden dejar en manos de mujeres los destinos de las naciones. Todo el rato hablando de templos y ciudades, de viajecitos por Punt, el país del incienso y la mirra, y de pasta para los curas. Y mientras tanto, los sirios cachondeándose de los egipcios, con el rey de Kadesh a la cabeza.

Tutmosis III recuperó la cordura y bañó de sangre la tierra de Canaán y aledaños, hinchándose a matar, a pillar, a violar y a saquear. Por cierto, la primera paliza que le dio al rey de Kadesh tuvo lugar al sur del Monte Carmelo, en abril del 1479 a.e., después de sitiar la fortaleza que da nombre al Armagedón. Cuenta Flinders Petrie que los hombres de Kadesh tuvieron que ser izados por los muros, por el canguelo que tenían a abrir las puertas de la ciudad. Al menos no mató a todos: a los hijos de los vencidos los mandó a Egipto, para su educación en los valores eternos, entre los que destacaba la adoración al faraón.

Ese éxito fue el primero de muchos. Hizo quince expediciones más. Tomó Kadesh, pasando el Orontes, ese riachuelo por el que transitarán tantos conquistadores con ínfulas, y después invadió Mitani. También se inventó una flota y acojonó con ella a Epiménides y a todos los cretenses (y esto es verdad) y se paseó chulescamente por el Mediterráneo. Tanto miedo dio a los mitanios que pronunciaban su nombre en los exorcismos y para asustar a los niños, como luego se hará en los Países Bajos con el Duque de Alba.


Cincuenta y cuatro años reinó el amigo. Sí, el primer emperador del mundo fue un bastardo. Pueden saludarlo en el museo de El Cairo.

Cuando la frontera son las cuatro esquinas del mundo

Yesugei muere a manos de los tatar, envenenado en un convite, y se rompen las esperanzas de su viuda Oelon-Eke. El hijo, Temüdjin, es demasiado joven y los hombres no lo reconocen como bogatur de los kiutes de ojos grises. Es posible que, en ese momento, Temüdjin recuerde el viaje, con su padre, a las lejanas tierras de los chungiratos, casi donde empieza el Imperio del Medio. Allí se prometió a Burte, niña como él.

Es historia conocida la de las penalidades de Temüdjin, su madre, sus hermanos y medio hermanos.

Sois como lobos, como perros rabiosos que se muerden entre sí … Acaba de matar a Bektar, su medio hermano.

Sufre cautiverio y persecución.

La historia, real, se desenvuelve a través de la neblina de la leyenda. Le cuelgan el kang, el cepo, para dominarlo, y Temüdjin lo usa para abrir cabezas y huir. Cuatro años más tarde, cuando su nombre vuela entre las hogueras y las borracheras de kumys, reclama a su prometida. Así comienza la historia inmortal de Gengis Kan.

Hoy, sin embargo, quiero contar una anécdota que nos enseña algo sobre la mente del nómada.

Hombres del norte. Una expresión que han usado tantos pueblos. El miedo al bárbaro que viene del frío y de las selvas. De noche atacan el ordu, y los hombre huyen porque son sabios y saben que solo pueden vengarse si están vivos. Dos días después el ordu está en silencio. Los bandidos han robado el ganado y los carros, y se han llevado a las mujeres.

Temüdjin asciende a la sagrada cumbre del Burján-Jaldún, hace las genuflexiones rituales, vierte kumys y da las gracias al eterno cielo azul, porque tiene días por delante y flechas que gastar.

Pide ayuda al kan de los keraitos, el poderoso Toghrul, andah, hermano por adopciónde su padre. Se encamina al norte, a la tierra de los merkitas. Trescientos hombres son pasados a cuchillo.

Temüdjin busca a Burte y la encuentra en la tienda de uno de los raptores. Amamanta a un niño. Lo llamará Yochi.

El hijo mayor de Gengis Kan. Cuando Temüdjin se dirige a doblegar al indigno sah de Corasmia, atrincherado tras las murallas de su enorme ejército, manda a su hijo mayor a través del terrible Pamir, por pasos a más de cuatro mil metros de altura. Los hombres beben la sangre caliente de las venas de los caballos, que van muriendo lentamente, congelados pese a tener las patas cubiertas de pieles de yac; pero logran su objetivo. Miles de fantasmas aparecen en la retaguardia del sah, donde es imposible llegar. Bajan desde las montañas al feraz valle de la Fergana, el país de los viñedos y la seda, famoso por la destreza de herreros y fundidores.

El hijo mayor de Genghis Kan. Recibe de su padre las tierras de Kipchak, las ingentes estepas que darán a sus herederos el título de kanes de la Horda de Oro. Pero Yochi quería Corasmia y Corasmia no es para él. El Gran Kan está irritado porque su hijo no atiende a su llamada y sospecha por qué. Ha mandado caballos como homenaje; dice que está enfermo, pero no le cree. La infición la inoculan las palabras de los envidiosos. Dicen que lo han visto de caza … Decide mandar a su ejército. Entonces llega la noticia. Yochi ha muerto. Dos días, solo, en su tienda; Temüdjin habla con su hijo y le pide perdón.

Temüdjin entra en la tienda y ve a Burte amamantando a un recién nacido. Burte le dará tres hijos más, Chagatai, Ogodei y Tului. Pero antes le ha dado a Yochi, “el huesped”; al fin y al cabo, no sabe si su hijo mayor es hijo suyo.

La dirección de la historia

Desde las brumosas tierras que les cedió un rey (o que tomaron), los descendientes de los hombres del Norte se esparcieron por el mundo. Dos hermanos, Rogelio y Ricardo, empujados por su ambición de segundones, con algunas decenas de hombres, decidieron conquistar el sur de Italia y lo consiguieron. Rápidamente fueron absorbidos por una tierra que había visto pasar a griegos, fenicios, romanos, germanos, bizantinos y árabes. Y una de ellos, Constanza, fue casada con el heredero del Barbarroja, ese coloso que, pese a haber muerto ahogado en un río en la lejana Anatolia, pervivió en la imaginación del pueblo alemán, esperando en lo alto de la montaña, hasta que fuera preciso su regreso.

Constanza, secuestrada por el usurpador (es usurpador porque perdió), casi no sobrevivió a su marido, el emperador Enrique VI, rey de Sicilia, pero dejó un hijo, al que se terminará llamando Stupor Mundi y que fue bautizado con el nombre su abuelo. Se trata, claro está, de Federico II Hohenstaufen.

Recuerda a otro Federico. Por lo curioso, por lo cruel, por lo infeliz. Crecido bajo la tutela de un Papa, siempre prometiendo limitar su poder. Rodeado de sabios, aprendió ocho o nueve idiomas, mientras descuartizaba cadáveres, a oscuras, en los sótanos de palacio, como un moderno Prometeo.

Salimbene de Parma nos ofrece un retrato brutal del emperador …

fu uomo pestifero e maledetto, scismatico, eretico ed epicureo, corruttore di tutta la terra, giacché seminò il seme della divisione e della discordia nelle città d’Italia, tanto che dura fino ad oggi. Federico quasi sempre amò aver discordia con la Chiesa, e la contrastò in molti modi. Proprio la Chiesa, che lo aveva nutrito e difeso ed elevato. Della fede in Dio non ne aveva neanche un po’. Era un uomo astuto, sagace, avido, lussurioso, malizioso, iracondo. E fu uomo valente qualche volta, quando volle dimostrare le sue buone qualità e cortesie: sollazzevole, allegro, delizioso, industre. Sapeva leggere, scrivere e cantare; e sapeva comporre cantilene e canzoni. Fu bell’uomo e ben formato, ma era di statura media

… y nos cuenta una anécdota terrible, la de los niños secuestrados al nacer y criados en su propio palacio, bajo la prohibición de dirigirles la palabra. Quería Federico, con ello, averiguar, cuál lengua era la lengua adánica, presumiendo que podría probarlo cuando los niños arrancasen a hablar, quizás hebreo. Los niños murieron.

*****

Al Kamil Muhammad al-Malik era sobrino del gran Salah ad-Din Yusuf ibn Ayyub, al que en Occidente llamamos Saladino y que Dante, en el Canto IV, sitúa en el infierno, pero entre los justos no cristianos.

Su dinastía carecía de raigambre y además era kurda. Descienden de Ayyub, el que les dio nombre, un simple hombre de armas del señor de Mosul, un turco selyúcida.

Cuando murió su padre, Al Kamil tuvo que repartir el poder con sus hermanos y, además, resistir a los cruzados que, en su quinto impulso, llegaron a conquistar Damietta.

Les ofreció Jerusalén y la Santa Cruz, pero el legado papal, un cardenal español llamado Pelayo, se negó. Solo admitía la derrota y la derrota se produjo, pero la de los cruzados, sorprendidos por la crecida del Nilo, en un anticipo de la estúpida “gesta” de San Luis de Francia, treinta y cinco años después.

*****

Cuando a Al Kamil le hablan los cruzados de “al enboror”, el poderoso rey de los francos, no le da importancia. Muchas veces se ha hablado de la llegada de reyes que vienen de Occidente y la mayoría ha terminado sus días bajo el polvo del desierto. Sin embargo, la insistencia durante años, esos años en los que Federico II resulta excomulgado por su tardanza en acudir a la cruzada, termina excitando su curiosidad. Más aún cuando le cuentan que, por matrimonio, Federico es rey de Jerusalén.

Decide entablar negociaciones y envía a Fajr al Din ibn ash Sheij, uno de sus emires. A través de su mediación, en cartas que se demoran en los barcos que recorren el Mediterráneo, los dos gobernantes hablan, en árabe, de Aristóteles, de Averroes, de la creación del mundo. Al Kamil regala a Federico animales para su zoo particular, ese que le acompaña a todas partes. Incluso un elefante llega a Palermo. Y finalmente, le promete Jerusalén. Al fin y al cabo, ahora es de su hermano .

Sin embargo, cuando Federico llega por fin a Acre, Al-Mu’azzam, el dueño de Jerusalén, ha muerto y Al Kamil, sultán de Egipto, puede ocupar las tierras de Palestina. Duda en cumplir con su palabra. Federico, confiado, ha llegado casi sin tropas. Nuevas cartas se cruzan entre ambos y el honor prevalece. Se acuerda una pantomima de invasión que permita a Al Kamil jugar con la amenaza de la guerra.

En el año de 1229, Federico recupera Jerusalén para la cristiandad, aunque se acuerda que no podrá amurallarla.

Cuando visita Jerusalén, alaba Al Aqsa, a la vez que cierra el paso a un sacerdote furibundo que quiere profanar la mezquita. Sus interlocutores árabes transmitirán los comentarios del pálido emperador miope y los cronistas árabes de la época afirmarán de él que es ateo o quizás criptomusulmán.

*****

En 1229, el sultán de Damasco, An Nasser, hizo la guerra a su tío, Al Kamil. La causa fue la entrega de Jerusalén, la santa, a los infieles. Perdió, pero no descansó en su empeño; diez años más tarde la reconquistó definitivamente para el islam y el adhan volvió a resonar cinco veces al día.

En 1229, Federico recibió noticias de su imperio. Una revuelta, instigada por el papa Gregorio había estallado en Italia. Jerusalén no bastaba si no venía acompañada de sangre de infieles derramada y más si la conquista venía del excomulgado. Federico tuvo que regresar rápidamente y aunque ofreció la paz, la paz le fue rechazada. El Papa perdió la guerra y las ciudades del Patrimonium Petri fueron arrasadas. Perdió, pero Gregorio no descansó: incluso excomulgó, diez años más tarde, de nuevo, a Federico.

En 1250, nos dicen las crónicas, Berardo, arzobispo de Palermo, confesó a Federico en su lecho de muerte. El emperador viste el hábito del Císter, antes de expirar.

El círculo se ha cerrado de nuevo.

La búsqueda de la felicidad

La historia de las naciones, a menudo, es cruelmente paradójica. No sé cuál era el número de españoles analfabetos a mediados del siglo XIX. Supongo que la cifra sería muy elevada. Sin embargo, los liberales que gobiernan en España, para demostrar su buen hacer en las colonias, aprobaron en 1863 una ley que hacía obligatoria y gratuita la educación primaria en Filipinas. Para llevar a la práctica esa ley, se crean escuelas de magisterio y, con ello, en un plazo relativamente breve, se consiguió que el pueblo con más altos niveles de educación de todo el sudeste asiático fuese el filipino.

A esa circunstancia se unieron los ecos de la revolución de 1868. La educación y la emulación serán la fuente de tres años de sueños de libertad que finalizan en 1871, con el nuevo gobernador general, ese que llega a prohibir a los sacerdotes filipinos desafectos decir misa y que reprime el motín de Cavite, de 1872, con dureza. Se ejecuta a liberales y sacerdotes y se inicia el exilio.

De los sueños se derivan las andanzas de Rizal (ejecutado por los españoles), Bonifacio (ejecutado por los filipinos) y Aguinaldo.

Sin embargo, más que hablar de la resistencia filipina o de la guerra hispano-norteamericana, me gustaría recordar un episodio olvidado, el de la conquista norteamericana.

Cuando los norteamericanos declararon la guerra a España por el asunto del Maine (hay que ver lo que acabo de decir), no tardaron en llamar a Emilio Aguinaldo (presidente a la sazón según los republicanos filipinos), para que desde su residencia en Hong Kong marchase a Filipinas, a fin de abrir un segundo frente.

Sólo un mes después la guerra de Cuba había terminado. En París, Estados Unidos y España firmaron un tratado por el que se cedían las Filipinas a los norteamericanos, a cambio de veinte millones de dólares.

Claro, cuando Filipinas era española los norteamericanos prometía la libertad. Cuando pasó a ser suya, se olvidaron de todas las promesas. Aguinaldo, al comprender la traición, convocó en Malolos un congreso que declaró la independencia. Poco después se aprobó una constitución republicana. Pero McKinley no había hecho la guerra contra España para regalar las Filipinas.

Aguinaldo y algunos delegados
enero de 1899, congreso constituyente

De nuevo se buscó una causa para la guerra, forzando las tensiones entre las tropas norteamericanas establecidas en Filipinas y las fuerzas de los independentistas. Se dice que las primeras balas silbaron al intentar cruzar un soldado filipino uno de los puentes, en San Juan del Monte (hoy forma parte de la metrópolis de Manila), uno de los accesos a Manila (la única zona de Filipinas controlada por los norteamericanos). En la wiki se dice que estudios actuales sostienen que el incidente se produjo en Manila propiamente dicha, a la altura de la calle Sorrego. Se cuenta que fueron unos soldados borrachos los que dispararon y mataron al soldado filipino. Es igual, lo que es evidente es que la noche del 4 al 5 de febrero de 1899 se produjeron enfrentamientos que se recogen en la declaración que efectuó Aguinaldo:

“SUPLEMENTO
AL
HERALDO FILIPINO
=======
Domingo, 5 de Febrero de 1899
ORDEN GENERAL

AL EJERCITO FILIPINO

A las nueve de la noche de este día, he recibido de la Estación de Caloocan un parte comunicándome que las fuerzas americanas atacaron sin previo aviso ni motivo justificado nuestro campamento en San Juan del Monte y nuestras fuerzas que guarecen los blockhouses de los alrededores de Manila, causando bajas entre nuestros soldados, los cuales en vista de tan inesperada agresión y del decidido empeño de los agresores, hubieron de defenderse hasta que se generalizó el fuego por toda la línea.

Yo deploro como el que más esta ruptura de hostilidades: tengo la conciencia tranquila de haberla querido evitar a todo trance, procurando conservar con todas mis fuerzas la amistad del Ejército de ocupación aún a costa de no pocas humillaciones y mucho derechos sacrificados.

Pero tengo el deber ineludible de mantener íntegro el honor nacional y el del ejército tan injustamente atacado por los que, preciándose de amigos y libertadores, pretenden dominarnos en sustitución de los españoles, como lo demuestran los agravios enumerados en mi manifiesto del 8 de Enero ultimo; los continuos atropellos y violentas exacciones cometidos contra el vecindario de Manila; las conferencias inútiles y todos mis esfuerzos frustrados en pro de la paz y la concordia.

Ante esta provocación que no esperaba, solicitado por los deberes que me imponen el honor y el patriotismo y la defensa de la nación a mí encomendada, invocando a Dios por testigo de mi buena fe y de la rectitud de mis intenciones;

Ordeno y mando:

1º Quedan rotas la paz y las relaciones de amistad entre las fuerzas filipinas y las americanas de ocupación, las cuales serán tratadas como enemigos dentro de los límites prescritos por las leyes de la guerra.

2º Serán tratados como prisioneros de guerra los soldados americanos que fueren cogidos por las fuerzas filipinas.

3º Este Bando será notificado a los Sres. Cónsules acreditados en Manila y al Congreso, para que acuerde la suspensión de las garantías constitucionales y la consiguiente declaración en estado de guerra.

Dado en Malolos a 4 de Febrero de 1899

Emilio Aguinaldo,
General en Jefe”

 

Los historiadores discuten si la guerra (nunca declarada, ya que los americanos dieron por sentado que era una insurrección en territorio que les pertenecía) dura hasta 1901 o hasta 1906. Poco tenían que hacer los filipinos contra el moderno ejército norteamericano y los 70.000 soldados que se trasladan a las islas. Murieron cinco mil norteamericanos y de diez a veinte mil “insurgentes”.

Pero lo verdaderamente grave de esta guerra y la razón fundamental por la que la recuerdo es que, durante la misma, se produjeron una serie de crímenes de guerra de los que fueron responsables los norteamericanos y que suele olvidarse cuando se habla de grandes matanzas y genocidios.

El escenario de la guerra era muy difícil. Cientos de islas y un terreno poco propicio. Recuerda a una guerra que tendrá lugar casi cien años después. Para facilitar las operaciones militares la armada y el ejército norteamericanos no dudaron en concentrar en campos de concentración —como los que hicieron famoso al general Weyler, luego al ejército inglés en la guerra de los bóer y, más tarde, a tantos y tantos hijoputas— a los habitantes de las zonas en las que es mayoritaria la presencia de los rebeldes. Qué gran sarcasmo que Hearst y Pullitzer denuncien los campos de Cuba para dar gasolina a los tambores de guerra. Usaron también los estadounidenses los cañones de sus barcos para bombardear indiscriminadamente las zonas de la costa. No se cortaron, vamos. No se conoce el número de muertos. Las estimaciones más bajas hablan de doscientos mil muertos. Las más altas de un millón. Las más creíbles, se sitúan en el medio millón. En toda Filipinas vivían nueve millones de personas.

No está mal. Como para tener una entrada apreciable en una Enciclopedia Universal de la Infamia.

Matteotti

 

El once junio de 1924 murió el diputado socialista Giacomo Matteotti. Tenía 39 años. Había sido elegido por tercera vez.

Mussolini, tras la marcha sobre Roma, había formado gobierno con la indecente complicidad de Victor Manuel III. La reforma de la ley electoral y las fraudulentas elecciones (Potevo fare di questa Aula sorda e grigia un bivacco di manipoli) convirtieron la cámara de diputados en un redil lleno de fascistas.

Matteoti pronunció dos discursos en los que denunció fogosamente el incumplimiento de la ley y el fraude. El último de ellos, de 30 de mayo de 1924, fue aplaudido con rabia por sus compañeros socialistas. Matteotti, al sentarse, dijo: Io, il mio discorso l’ho fatto. Ora voi preparate il discorso funebre per me.

La historia si se repite, se repite como farsa. En este caso, al menos, porque el precedente es inseguro y todo supura mala literatura. Se cuenta que Enrique II, conde de Anjou, conde de Maine, duque de Normandía, duque de Aquitania, conde de Nantes, señor de Irlanda y rey de Inglaterra, harto de su antiguo amigo, Tomás Becket, susurró esa pregunta: Who will rid me of this troublesome priest?

Dicen que Benito Mussolini, ese payaso aupado en los hombros de tantos intelectuales ahítos de sueños húmedos sobre el poder y la acción, le dijo a su perro: Cosa fa questa Ceka? Cosa fa Dumini? Quell’uomo dopo quel discorso non dovrebbe più circolare…

El 10 de junio, Matteotti fue secuestrado y asesinado. Su cadáver fue descubierto casi dos meses después.

 

Vida y hazañas del ilustre guipuzcoano Andrés de Urdaneta y Cerain

I. Primeras andanzas

 

Andrés es un zagal avispado y revoltoso. No es de extrañar que su padre, Juan Ochoa, alcalde de Villafranca de Oria, lo encamine a la carrera de las armas. Es joven cuando anda por las Italias y por las tierras del César Carlos. Solo diecisiete años cuando, de vuelta a su tierra, se enrola en la armada de Don García Jofré de Loayza, compuesta de siete naos que quieren dar la vuelta al mundo y repetir la hazaña de la flota de Magallanes. Poco puede verlo su madre, Doña Gutierra, que meditará quizás que esta segunda aventura no puede ser peor que la primera, la que le ha hecho un hombre por los campos de Europa.

Andrés es paje de Don Juan Sebastián Elcano, segundo capitán general de la expedición y piloto mayor. No en vano van a surcar mares que solo conocen diecisiete hombres. El más distinguido de entre ellos es Elcano, vasco como Andrés.

El 24 de Agosto de 1525 zarpa la armada de la Coruña. Comienza la aventura del hombre que descubrirá el tornaviaje.

 

II. El baile del patagón

 

Andrés, aunque joven y memorión, tiene costumbres de hombre avezado en viajes y letras, pues anota en un diario el devenir de las singladuras. Cuatro meses han consumido hasta alcanzar la desembocadura del río de la Santa Cruz, ya tan al sur. La Sancti Spiritus, nao de Elcano, navega la primera, cuando el piloto mayor observa que la capitana y la San Gabriel faltan. Él quiere esperar, pero le convencen; es enero y hay que abreviar, no sea que los coja el invierno, pero se confunde al entrar al estrecho y, para más desgracia, una tormenta terrible desbarata la Sancti Spiritus. Se impone orillarse. Entre las brumas, algún marinero divisa figuras vestidas de rojo. Rápidamente un esquife transporta a los hombres necesarios para, al menos, prender a un patagón, según el nombre impuesto por Magallanes, lector de novelas de caballería.

Han de subirlo con un aparejo al buque, tal es el miedo del indígena. Allí, sobre la cubierta le dan de comer, y vino, y después un espejo, “con el cual hizo tantas cosas de ver su figura dentro del espejo, que no haría más un mono”. El patagón intenta asir a su congénere y, al no conseguirlo, lanza grandes risotadas y baila, hasta que ya no puede más, con gran regocijo de la tripulación. Se le deja en tierra y se le despide.

 

III. De salvamento entre penalidades

 

Andrés forma parte de la cuadrilla de siete que va a tierra a buscar náufragos. Pronto, mientras vagan por la orilla, se ven rodeados de patagones. Habían trascendido los dones recibidos por el patagón bailarín, y los siete no saben —o temen— negarse a compartir con ellos las provisiones. De repente, sin víveres ni agua, sin saber bien donde están los navíos, Andrés descubre lo que es pasar penalidades. Algunos llegarán a beberse su propia orina. La providencia está, sin embargo, con nuestro protagonista, cuando descubiertos algunos náufragos, divisa la nave capitana y dos naos más.

Parece que ha pasado lo peor, pero estamos a finales de febrero. Una nueva tormenta, peor que la anterior, se abalanza sobre la flota. Llueve sobre mojado. Entre la confusión, una nao, la Anunciada, deserta, y de ella no se tendrán más noticias. Hará lo mismo poco después la San Gabriel.

No queda más remedio que poner en seco las embarcaciones. Las reparaciones durarán un mes. Cazan focas y juegan con los pingüinos, y se aprovisionan; anticipan lo que les espera en ese océano inmenso, casi sin tierras emergidas.

 

IV. La orfandad de Andrés

 

El 24 de marzo de 1525 parte la flota hacia el estrecho y el 8 de abril, entre presagios, lo empiezan a navegar. ¿Exagera cuando narra los padecimientos por el frío y las noches infestadas de piojos? “No hay quien pudiese ver”, cuenta Andrés y es verosímil, porque serán muchas sus hazañas, como para atribuirlas a varios hombres, y no precisa de artificios o fanfarronerías.

Cuarenta y ocho días de frío y cuarenta y ocho noches de plaga tardan en cruzar el estrecho. El sábado 26 de mayo singlan en el Pacífico, que los recibe con una nueva tempestad que dispersa la flota para siempre.

Andrés esta en la capitana, la Santa María de Victoria, junto con Elcano y Loayza, cuando les alcanza la mala suerte. El 30 de julio muere Loayza y el 6 de agosto Elcano.

 

V. Un gallego en las Islas de los Ladrones

 

Don Toribio Alonso de Salazar se hace con el mando de la nave y, tras consultas, decide poner rumbo a las Islas de los Ladrones. Tres meses más tarde, los hombres parecen ánimas y la propia nao se lamenta, pero se asombran cuando se topan con una isla tropical, con una laguna interior de aguas cristalinas. Deben pensar que es un espejismo, porque son incapaces de acercarse y se ven forzados a seguir rumbo. El 4 de septiembre llegan por fin a su destino.

Pronto se ven rodeados por decenas de canoas, repletas de indígenas desnudos.

No saben qué hacer, cuando uno de los salvajes, se levanta y los saluda en castellano. Es Gonzalo de Vigo, marinero de la nave Trinidad, de la flota magallánica, y su único superviviente. Lleva tres años allí y ya habla la lengua de los naturales de la isla. Se aprovisionan gracias a su inesperado intérprete, pero pronto piensan en partir, porque los indígenas se comportan haciendo honor al nombre que les dio Magallanes.

 

VI. Democracia a la española

 

La mala racha no cede, va a lomos del escorbuto. Al poco de partir de las Islas de los Ladrones, muere Don Toribio y se apodera de los hombres la cizaña. Dos se disputan el mando. Ambos son supervivientes de la primera vuelta al mundo. A votar. Parece que Fernando Bustamante va ganando cuando su opositor, Martín Íñiguez de Carquizano, arrebata los votos de las manos del escribano y los arroja por la borda. A punto está de producirse, en plena alta mar, rodeados por la nada, una batalla entre los partidarios de uno y otro. Al final retrasan la cuestión al momento de llegar al Moluco, su próximo destino.

Sin embargo, antes lo harán a Mindanao. Íñiguez, de mayores virtudes militares, ve su oportunidad. Reúne en cubierta a los hombres y les advierte del riesgo de entrar en terreno desconocido sin capitán, a la vez que explica sus méritos, mayores que los de Bustamante. Los hombres aceptan; todos menos Bustamante, al que engrillan hasta que jura obediencia.

 

VII. Entre bellacos

 

No le gustan estos indios a Urdaneta, que los trata de corrompidos y traicioneros. Aunque se le nota cierta desazón en el elogio comedido, cuando dice que dan culto a ídolos de madera “pintados con alguna delicadeza”.

Algo de rencor debe de haber en el hecho de que les resulte difícil hacer bastimento con indios tan guerreros, que aceptan las cuentas de vidrio una vez, pero se niegan displicentes a la segunda. Andrés les dice “bellacos”, pero sería curiosa de ver la reacción del vascongado de ser a la inversa el trueque.

Tras pasar por Cebú, donde se avituallan y dan una bandera con las armas del emperador al cacique, arriban a Gilolo. Han llegado al Moluco.

 

VIII. El mundo dividido

 

Ajeno al viaje de los españoles, Almanzor, rey de Tidore, muere envenenado. No han podido las armas de sus rivales de Ternate doblegarlo. Ha hecho falta el apoyo de los arcabuces portugueses.

En esas llegan los españoles y el nuevo rey les manda un mensajero. Son nuevos tiempos y hay que pactar con esos hombres poderosos que vienen de tan lejos. Íñiguez acepta y embarca rumbo a Tidore. Don García Henríquez, gobernador portugués del Moluco, es informado y manda raudo una embarcación con una requisitoria. Íñiguez se limita a exhibir la provisión del emperador ordenando construir una fortaleza en las tierras que le corresponden. Recuerda al portugués que su mitad del mundo no incluye el Moluco y cuestión tan científica va a ser resuelta a cañonazos.

Dos navíos y doce galeras tienen los portugueses. Los españoles son apenas ciento cincuenta.

 

IX. Si vis pacem

 

No todos están conformes con las locuras de su capitán. Soto, contador de la nave, ha conspirado para deponerlo y pactar con los portugueses. Íñiguez se adelanta. Son menos cada vez.

Íñiguez escoge a Urdaneta, de diecinueve años, para sustituir a Soto. Son otros tiempos, pero llama la atención que un hombre tan joven sea el elegido. Ha debido hacerlo bien nuestro Andrés. Mandará uno de tres pelotones.

Íñiguez le hace decir al capellán misa seca, para lo que saltan a tierra. Después, a todos se pide opinión, y todos a una, ciento y cinco, se conjuran.

El uno de enero de 1527 llegan a Tidore y el mismo día, con el año nuevo, comienzan a construir un fortín. Diecisiete días más tarde atacan los portugueses. Los rechazan. Luego intentan desembarcar y los españoles les obligan a retornar a las naves.

Ha empezado la guerra.

 

X. En guerra

 

La furia portuguesa se manifiesta en forma de navío con una bandera roja y una divisa: “A sangre y fuego”.

Y cumplen. Empiezan por la Santa María de la Victoria. No queda más remedio que quemarla. Los españoles se encuentran, de repente, sin medio de partir de las islas. Los paraos indígenas no sirven de mucho y no hay forma de construir un navío, pese a contar con hombres capaces, porque la madera del lugar es muy “bellaca”.

No se arrugan. Abordan una galera portuguesa y asaltan la isla de Motiel, pero va pasando el tiempo y van pasando los rumores de auxilio desde el este. Urdaneta los busca durante más de un mes y aprende a conocer esas aguas. En uno de esos viajes, topa con un barco portugués y, en la refriega, explota un barril de pólvora que lo desfigura.

Tanta es la resistencia española que se acuerda un armisticio, roto por las ínfulas del nuevo gobernador portugués, Don Jorge de Meneses. Nuevo ultimátum y nuevo rechazo, y a los portugueses les pareció “mal tener nosotros tanto ánimo”, dirá Urdaneta.

Entre tanto, Urdaneta ya lidia en la política local y contra las órdenes de Íñiguez ataca a un convoy del enemigo. A punto está de costarle la destitución, si no fuera por su valía y por el rápido perdón solicitado del capitán. No podrá este retener a nuestro protagonista por más tiempo, ya que muere, dicen algunos que víctima del veneno portugués.

 

XI. Esperanza y fracaso

 

Hernando de la Torre es el quinto jefe que conoce Urdaneta. Es tanto o más osado que el anterior. Quizás su osadía es fruto de la desesperación. Sin embargo, el día menos pensado, un navío, la Florida, aparece. Viene desde México; lo envía Cortés y, con él, hombres, pólvora, balas y pócimas.

Acuerdan Hernando de la Torre y el capitán de la Florida, Álvaro de Saavedra, que la nao vuelva a México en demanda de más ayuda. Hay que aprovisionar la nao y, para ello, planean un golpe audaz contra los portugueses, asaltando alguno de sus principales almacenes con la ayuda de los recién llegados.

Dos veces intentará volver la Florida. Dos fracasos. Los vientos no son propicios. Será Urdaneta quien resuelva el misterio del tornaviaje.

 

XII. Decisión

 

Meneses está furioso por la pertinacia de los españoles. Prepara un fuerte ataque y es rechazado. Los españoles, sin embargo, están agotando su fortuna. El número de portugueses no cesa de aumentar; su fuente es Malaca y controlan las rutas africanas. Los reyezuelos que han apoyado a los españoles los van abandonando.

El golpe de gracia lo da una incursión temeraria que dirige Urdaneta. Los portugueses se enteran. Quedan pocos hombres en la base española y Bustamante, aquel que quiso mandar, ha soliviantado a algunos contra La Torre.

Al final La Torre capitula y promete abandonar el Moluco.

¿Y Urdaneta? No está en Tidore y no se siente obligado por las promesas de su capitán, que ha jurado sobre una hostia consagrada.

A sus veintidós años, al mando de veintisiete hombres, decide hacerse pirata.

 

XIII. Urdaneta pirata

 

Los españoles y los indios de Gilolo hacen “saltos por todas las islas”. Urdaneta los manda. Sólo se detienen para alguna correría de caza.

Nadie hay sobre él. Actúa a su antojo, pero sigue las órdenes del emperador. Llega incluso a abortar una conjura indígena contra españoles y portugueses. Lo cortés no quita lo valiente.

Estamos en noviembre de 1530 cuando aparece el tercer gobernador portugués que ha conocido Urdaneta. Se trata de Gonzalo de Pereira, que trae noticias importantes. El emperador Carlos, a cambio de una gran suma, renuncia a reclamar el Moluco.

Se lo comunican a Urdaneta, que desconfía. Quiere ver los despachos del emperador, pero no los tiene Pereira, los tiene el Gobernador General de las Indias portuguesas. El tiempo transcurre y la desconfianza aumenta y, en el ínterin, Pereira es muerto por los indígenas. Los españoles comandados por La Torre ayudan a los portugueses y, gracias a eso, lograrán salvoconducto para marchar a la patria. Ya es el año de Nuestro Señor de 1534.

Urdaneta no parte con los demás. Tiene vales por especias que cobrar de los indígenas. Hasta noviembre de 1535 se retrasa en salir hacia Ceilán y hasta enero de 1536, en un navío portugués, en emprender camino a Lisboa.

 

XIV. ¿En casa?

 

En junio de 1536, Urdaneta llega a Lisboa. Nada más desembarcar se le despoja de todo cuanto posee, incluyendo planos y escritos. Protesta, llega a pedir audiencia al rey de Portugal. El embajador español teme por él y le da un caballo para que huya.

Atrás deja lo único que conserva de sus años en las Indias, una hija. Sí, el joven, el paje, el marino, el militar, el pirata, la ha traído con él. No sabemos más de su hija mestiza, ni de la amante que deja atrás.

Tiene veintiocho años nada más, pero lleva diez fuera; diez años que parecen diez vidas. ¿Cómo verán los cortesanos al hombre desfigurado, marcado con los surcos y el color del trópico?

Los miembros del Consejo Real y Supremo de Indias le quieren oír y Andrés de Urdaneta y Cerain lo cuenta todo, con tal detalle y orden que asombra a los que lo escuchan. Es un sabio este guipuzcoano, dirá de él Fernández de Oviedo.

Marcha de palacio y pasea por Valladolid. ¿Por dónde pasean sus pensamientos?

 

XV. Lo que sale en los libros.

 

Urdaneta marcha a Nueva España. En 1552 se hace fraile agustino.

Mientras tanto sigue ocurriendo que los barcos saben ir hacia el oeste, pero no saben volver. Cinco veces se ha intentado en treinta años y cinco se ha fracasado.

Un nuevo intento va a ser capitaneado por Legazpi. Urdaneta tiene 56 años y ha sido fraile los doce últimos. Sin embargo, se le encarga pilotar la armada.

Su hazaña y la de Legazpi están contadas. Llegan a las Filipinas y las toman. En ese momento, Urdaneta ha de demostrar sus conocimientos de navegación y cartografía. Desde la isla de Cebú sale la nao San Pedro, con doscientos hombres, el uno de junio de 1565. El 18 de septiembre ven la primera tierra de la costa de Nueva España.

Casi cuatro meses han usado, primero para subir y subir, dejando los trópicos y encontrar vientos favorables, a la altura del paralelo 42º, y después para viajar hacia el este. Urdaneta ha encontrado el tornaviaje, el que usará por siglos el galeón de Manila.

El tributo es terrible. Solo dieciocho hombres han soportado el viaje y es tal su debilidad que, al hacer la maniobra de fondeo en el puerto de Acapulco, optan por cortar la amarra, pues no tienen fuerza para izar el ancla.

Uno de los dieciocho es Urdaneta, que aún conserva ánimos para viajar a España e informar a Felipe II.

De vuelta en Nueva España muere. Tiene sesenta años.

 

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