Dramatis personae

 

A todos nos gustan las buenas historias. Una subespecie de las buenas historias son las historias con héroes “anónimos”. Hace poco me encontré con una. Para explicarme, sin embargo, esta vez voy a contar cómo fui descubriéndola (con todas sus ramificaciones). Así lo hago, porque la historia no necesita épica, pero algunos han cedido a la tentación de inventársela.

Todo comienza en un libro que leo sobre la invasión de Italia en la Segunda Guerra Mundial. En él se dedica un buen espacio al “pequeño Pearl Harbor”, el ataque aéreo alemán sobre Bari. La ciudad había sido conquistada tres meses antes por el ejército británico y su puerto se encontraba repleto de buques, sobre todo cargueros. Mal defendida, en una de esas coñas del destino, el mariscal Sir Arthur Coningham había afirmado cuatro días antes del ataque que consideraría una ofensa personal que la Luftwaffe intentase llevar a cabo una acción significativa en la zona.

El bombardeo fue de tal calibre que casi treinta mercantes terminaron hundidos y murió un millar de soldados. En cuanto a las bajas civiles, es imposible saber el número.

El ataque, además, es famoso porque uno de los buques hundidos fue el SS John Harvey, un mercante artillado de la clase Liberty.

Prácticamente nadie en Bari sabía cuál era la carga real de ese buque. Tan secreto era su contenido que llevaba cuatro días en el muelle, esperando a ser descargado; se había dado preferencia a otros buques que llevaban pertrechos médicos o munición. Lo terrible era que el buque sí llevaba munición: concretamente dos mil bombas M47A1 cargadas con gas mostaza. La explicación de la carga se encuentra en la información cada vez más alarmante recibida por Eisenhower y Churchill acerca del posible uso por los nazis de armas químicas, algunas supuestamente de nueva creación y más terroríficas. Las armas químicas no llegaron a utilizarse en la Segunda Guerra Mundial, pero todos los dirigentes de la época recordaban los estragos que habían causado en la primera (más de un millón de soldados heridos). Esa fue la razón de que los estadounidenses establecieran depósitos en el norte de África y de que hubiesen decidido trasladar las primeras bombas a Italia.

Como casi nadie conocía el contenido del barco, cuando explotó (matando a su capitán y a sus setenta y siete tripulantes) y expulsó su carga tóxica (al aire, en forma de gas, y al agua, en forma líquida), nadie tomó la más mínima precaución. Personas con heridas leves ingresaron en los hospitales improvisados y los médicos empezaron a comprobar cómo aparecían síntomas inexplicables: ojos llorosos, ceguera, baja presión sanguínea, ampollas en la piel, etc. Pronto empezaron a morir y los médicos sospecharon que eso que llamaban dermatitis no diagnosticada tenía que obedecer a alguna causa, y se empezó a extender el rumor de que quizás habían sido atacados con armas químicas o que ese “olor a ajo” que desprendían los barcos hundidos en el puerto quizás explicase lo que sucedía. Los altos mandos que conocían la verdad (apenas una decena) decidieron ocultarla y no informaron a los médicos. La razón, al parecer, era el miedo a la represalia nazi sobre Reino Unido si Hitler llegaba a saber que se estaban descargando esas armas, aunque, a los pocos días, Axis Sally ya estaba riéndose de los soldados aliados con frases como, “eh, chicos, por lo visto os han quemado con vuestra propia mostaza”.

Aquí aparece el Dr. Alexander. El 6 de diciembre de 1991 murió Stewart Francis Alexander, como consecuencia de un cáncer en la piel. Era cardiólogo e internista, pero también había sido teniente coronel y experto en guerra química. Fue enviado a Bari urgentemente para investigar lo sucedido. Pásmense: nadie le informó de que en el barco hundido había bombas con gas mostaza e incluso se le negó que fuera así. Dio igual: su conclusión fue la única que se correspondía con los hechos. La causa de la extraña enfermedad era la exposición a la “mostaza sulfurada” y llegó a localizar el foco de la contaminación: el barco hundido. Allí se encontró con fragmentos de las bombas. Rápidamente se aplicaron medidas sencillas que podían haber evitado la mayoría de las muertes de haberse adoptado antes. Quitarse la ropa empapada con la sustancia, lavarse, etc. Murieron 83 de los 623 militares hospitalizados. El médico escribió un memorándum, aprobado por Eisenhower y rápidamente clasificado. Churchill ordenó que se suprimiera toda referencia al gas. Hasta décadas después no se supo la verdad. Hubo que esperar a los ochenta del siglo pasado para que el gobierno británico reconociera los hechos y concediese a los veteranos las pensiones que les correspondían.

El Dr. Alexander me intrigaba porque, en numerosas páginas (y en el propio libro citado al principio), se hacía referencia al hecho de que las biopsias y análisis realizados como consecuencia de la exposición al gas mostaza le habían llevado a la conclusión de que el gas tenía un efecto citotóxico en los glóbulos blancos y que ese trabajo era el origen de la quimioterapia como tratamiento contra el cáncer (concretamente del uso de la mecloretamina en varios tipos de tumores como en el linfoma de Hodgkin).

Es decir, que el SS John Harvey había salvado a millones de personas, como titula enfáticamente este blog.

Al investigar al Dr. Alexander me encontré con otra historia curiosa: la de Nick Sparck. Este escritor y director de documentales había logrado, en 1988, con solo 18 años, un premio nacional otorgado por la National History Day gracias a un trabajo de investigación precisamente sobre el bombardeo de Bari y el papel del Dr. Alexander. Como consecuencia de dicho trabajo, el Dr. Alexander fue homenajeado, cuarenta años tarde, por el ejército norteamericano.

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Léanlo. Es estupendo.

Sin embargo, seguía pendiente la cuestión del papel del bombardeo de Bari y la contaminación por gas mostaza en el origen de la quimioterapia.

Y —ya se lo imaginan— aparecen dos nuevos personajes en la historia. Uno es Alfred Gilman sr (junior, su hijo, es más famoso que su padre, ya que ganó el premio Nobel) y el otro es Louis S. Goodman. Ambos eran farmacólogos, de Yale, y autores, al parecer, de un manual sobre farmacología que recibió en su momento el apoco de “biblia” de la disciplina. Imagino que habrá quitado el sueño a más de un estudiante.

Efectivamente, ambos realizaron investigaciones secretas por encargo del gobierno norteamericano, pero al leer sobre sus trabajos, la hermosa historia sobre el no hay mal que por bien no venga empezó a hacer aguas. Pero, ah, la historia auténtica es también muy interesante.

Digo que hace aguas porque el encargo a los dos prestigiosos médicos es de 1942 (el ataque a Bari se produjo a finales de 1943), y los estudios, primero en animales, y luego en un paciente humano son de ese mismo año. Como se trataba de una investigación secreta, los autores (que no publicaron un estudio hasta 1946) usaban el término “X” para hablar de los componentes del gas mostaza que estaban estudiando.

Y la inspiración de los farmacólogos no se encontraba en un ataque que no se había producido aún, ni en un memorándum todavía no escrito, sino en el trabajo de un matrimonio —¡más personajes!—, el doctor Edward Krumbhaar y su esposa, Helen, realizado en 1919, precisamente ¡sobre el efecto del gas mostaza en veteranos de la Primera Guerra Mundial! Cito dos párrafos de esta estupenda entrada de un médico colombiano:

Pero el hallazgo que ofrece mayores paradojas tiene que ver con la quimioterapia contra el cáncer. La noche del 12 de julio de 1917 cientos de obuses marcados con cruces de color amarillo cayeron sobre el ejército británico que se encontraba ubicado en la ciudad belga de Ypres. Se trataba del conocido gas mostaza. A causa del gas esa noche murieron o resultaron heridos cerca de 2.000 soldados de una manera terrible. Pero solo hasta 1919 Edward y Helen Krumbhaar, estudiaron a los sobrevivientes y encontraron que sus glóbulos blancos estaban muy bajos, las células normales se habían secado, estaban anémicos y necesitaban transfusiones una vez al mes. El gas había barrido solo algunas poblaciones específicas de células de la médula ósea.

Si no hubiera muerto cuatro años antes, el macabro hallazgo de los Krumbhaar habría emocionado profundamente a Ehrlich quien llevaba años buscando una nueva “bala mágica”, diferente al salvarsán, que atacara específicamente algunas células malignas de la sangre, respetando a las benignas. No obstante, tuvo que ocurrir un “incidente” en Bari, durante la Segunda Guerra Mundial, para que se iniciara una mayor investigación acerca de los efectos del gas mostaza. Goodman y Gilman se preguntaron años después sobre el efecto Krumbhaar, o la especificidad del gas para diezmar específicamente a los glóbulos blancos: ¿Podría ese efecto o algún primo etiolado explotarse en un entorno controlado, un hospital, con dosis minúsculas y monitorizadas para hacer diana contra los glóbulos blancos malignos?

Aún nos queda un personaje más. Como habrán visto, si han seguido los enlaces, el primer paciente tratado con quimioterapia, en 1942, era un tal JD.

Se ignoraba todo acerca del misterioso paciente. No se conocía su nombre, su fecha de nacimiento, el número de su historia clínica o las fechas en las que había sido tratado. Sin embargo, en 2010, dos médicos de Yale dieron con su historial, que se había traspapelado. JD había padecido un linfosarcoma. Tratado primero con radioterapia, aceptó cometerse a un tratamiento experimental que, al principio, fue exitoso, pero que no impidió su muerte, un año y un día antes del ataque a Bari.

Los autores de la investigación la presentaron en 2011 con ocasión del bicentenario de Yale.

 

 

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Cien años de decadencia

Muzio Attendolo nació en 1369. Su madre, Elisa dei Petraccini, no era precisamente un modelo de buen gobierno doméstico. Feroz, casi selvática, da de comer a sus veintiún hijos cuando no queda más remedio. Duermen en jergones, en el suelo, y son pendencieros y bebedores.

Uno de los hermanos, Bartolo, corteja a una joven. También la corteja Martino Pasolini y con éxito. Los Pasolini son como los Attendoli, y por eso esperan violencia. Extrañamente, los Attendoli no reaccionan. ¿Cómo es posible que no hagan nada, cuando uno de ellos es humillado? Los Pasolini sólo encuentran una explicación. Quizás la muchacha no sea lo suficientemente virtuosa como para merecer la venganza. Eso los enfurece; asesinan a dos Attendoli e hieren* a Muzio. Esta vez, Giovanni Attendolo, padre de los diecinueve, reacciona. Matan y saquean. Los Pasolini son agricultores y tienen que realizar los trabajos del campo con sus armaduras, porque los ataques son constantes. Los Pasolini huyen.

Muzio, aunque joven, es un prodigio de fuerza física. Se contará más tarde que dobla las herraduras y es capaz de subir a su montura con la armadura puesta. Un día está cortando leña cuando pasan unos soldados. Reclutan gente para un conde local. Cuando ven al muchacho advierten en seguida en él las maneras del hombre de armas, pero observan sus dudas y se burlan. Muzio los reta: si lanza su hacha contra un árbol y se queda clavada lo enrolarán. Naturalmente, lo consigue, y sin despedirse se marcha a seguir la carrera del mercenario, robando un caballo al padre. Tarda dos años en regresar, cuando ya ha empezado a hacerse famoso porque es uno de los de la Compañía de San Giorgio de Alberico de Barbiano. Su padre lo recibe con un regalo: cuatro caballos. No sabe leer ni escribir, pero le encanta que le lean la Guerra de las Galias de Julio César.

Alberico lo aprecia. Un día lo ve discutir con dos hermanos, “Escorpión” y “Tarántula”, por el reparto de un botín. Antes de que corra la sangre quiere mediar y el joven Muzio no baja la voz, ni siquiera en presencia de su jefe, el famoso capitán de mercenarios. Alberico se ríe y le espeta “así pues, también tú intentas forzar a tu general”. Esa es una de las historias que intentan justificar su apodo, “sforza”. Comenzaba la carrera del condotiero. Sus descendientes fueron duques en Milán.

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Galeazzo Maria Sforza —decían— había matado a su madre. No extraña: la costumbre favorita del duque de Milán era el secuestro y violación de las mujeres que se cruzaban en su camino. Eso sí, era generoso y, una vez forzadas, las compartía con sus cortesanos. Poco dado al humor, no tenía problema en castigar a un súbdito poco complaciente clavándolo, vivo, a un ataúd, o en obligar a un cazador furtivo a tragarse una liebre, entera, todavía sin despellejar.

Galeazzo hablaba latín y su educación era todo lo refinada que podía esperarse en un príncipe italiano de la Italia humanista.

Un hombre, Giovanni Andrea Lampugnani, de la alta nobleza, cojo y violento, vio cómo Galeazzo se inhibía en un pleito sobre tierras. Juró venganza. Carlo Visconti era alto funcionario y tenía una hermana. El duque la había mancillado y juró venganza. Gerolamo Olgiati era joven e idealista. Además, había caído en las redes de un humanista, Cola Montano, que le hablaba con pasión de Catilina y la conjura republicana. Para Gerolamo el tiranicidio se convirtió en una obsesión.

El día 26 de diciembre de 1476, el duque fue a la iglesia de Santo Stefano. Las crónicas cuentan que el día era frío, y mencionan las dudas del duque antes de salir, aquejado por un extraño presentimiento. No sabemos si así ocurrió o si esos signos son signos añadidos por necesarios cuando caen los tiranos, de tanto que aparecen en relatos similares. Lo que sí sabemos es que lo esperaron en la iglesia, que Giovanni Andrea se arrodilló, aparentando pedir algo, para inmediatamente levantarse y clavar un cuchillo en la ingle y después en el pecho del Sforza. Luego Olgiati y Visconti y un criado, llamado Franzone, lo remataron. Todo el mundo huyó mientras el tirano expiraba.

FE DE ERRATAS: … y hieren …

Yo no soy uno de ellos

 

Antes de la Segunda Guerra Mundial los judíos franceses estaban muy orgullosos de serlo. Contaban con un órgano representativo, el Consistoire central, ya centenario, nacido del Gran Sanedrín napoleónico, en 1808. Ya en el siglo XX, la religión pasó a segundo plano, pero la institución conservó el nombre. En vísperas de la derrota francesa ante los nazis, su jefatura la ostentaba un Rothschild que tuvo la influencia y la rapidez suficientes para conseguir un salvoconducto que lo llevó a España en junio de 1940 y luego a Estados Unidos. Así que el cargo paso a ocuparlo el vicepresidente, Jacques Helbronner, amigo personal de Pétain.

Helbronner preparó, en noviembre de 1940, un memorándum dirigido a Pétain en el que intentaba limitar las consecuencias de las primeras leyes antijudías aprobadas por Vichy. En él dejaba bien claras las diferencias entre los franceses de origen judío y los inmigrantes judíos, diferencias basadas en que la comunidad judía estaba, según afirmaba, compuesta por muchas razas. Los primeros eran plenamente franceses y, por tanto, había que liberarlos de las medidas aprobadas por el gobierno. Los segundos eran la causa del creciente antisemitismo y la culpa de su llegada (él la llama invasión de “nuestro suelo”) había que atribuírsela a los gobiernos de izquierdas. Terminaba solicitando que se excluyera de su solicitud a los judíos extranjeros y a los recientemente naturalizados (personas que habían obtenido su nacionalidad francesa en los años posteriores a la 1ª Guerra Mundial). Peticiones del mismo tipo continuaron durante meses. Otro miembro ilustre del Consistoire, que luego sería ministro e, incluso, presidente del Consejo de Ministros, René Mayer, pidió a Xavier Vallat, el jefe de la Oficina Central para Asuntos Judíos, que animase a emigrar a los judíos extranjeros, y el mismo Marc Bloch llegó a distinguir entre la causa de los judíos franceses y la de los foráneos.

Esto no le debió chocar a los propios judíos alemanes que se encontraban en Francia. Al fin y al cabo, en 1939 y comienzos de 1940, los líderes judíos alemanes intentaron prohibir la emigración de los judíos polacos que estaban en el Reich (ampliado con las anexiones de parte del territorio polaco) a Palestina. Trataban de reservar esos puestos para ellos.

Por esa razón, y pese a los intentos de Theodor Dannecker (un enviado de Eichmann a París) los judíos franceses se resistían a entrar a formar parte de una de esas comisiones judías que fueron creando los nazis por toda Europa, una en la que se los mezclase con los judíos no franceses. La provocación, quizás, fue la razón también del ensayo general que tuvo lugar el 14 de mayo de 1941, cuando la misma policía francesa arrestó a casi 4.000 inmigrantes judíos. Terminaron donde ya se imaginan. Fue, supongo que lo saben, el ensayo de la “redada” del Velódromo de Invierno.

Al final, esas distinciones no ayudaron a Helbronner (asesinado en las cámaras de gas de Auschwitz junto con su mujer), ni a Bloch, que murió torturado por la Gestapo. Sin embargo, es bueno no olvidarlas. Fueron víctimas, pero por un tiempo creyeron que su causa no era la de los demás judíos. Porque eran alemanes o franceses.

Esta es una de mis obsesiones. Ciertos demonios atacan por igual a todos los hombres. Y la mayoría nos arrastraremos por el fango, llegado el caso. Solo algunos pocos son capaces de evitarlo. Pero no debemos dejarnos engañar por esos ejemplos. Nos llaman la atención precisamente por su escasez.

También por esta razón debemos impedirnos ciertas transacciones, por leves que sean, con nuestras mejores instituciones. Es mejor no situarnos en la terrible situación de tener que decir “yo no soy uno de ellos, yo soy un hombre”, demostrando que sí, que lo somos. Hombres.

 

Hombre blanco busca causa negra

En esta entrada voy a hablar bien de un abogado comunista. Dirán que eso es imposible (cada cuál que escoja su razón, si por abogado o por comunista), pero cuando terminen de leer quizás pasen por alto esos dos pequeños defectillos.

Su nombre era Bram Fischer. Era afrikáner: ya saben, un descendiente de los colonos holandeses que llegaron al Cabo en el siglo XVII y que fueron extendiéndose hacia el interior por la presión de los amos británicos, su afición al paseo, y su extrema y dura concepción de su destino manifiesto. Su familia llevaba por África desde el siglo XVIII y había alcanzado alguna posición. Su abuelo fue secretario de Estado primero y luego primer ministro de la Colonia del Río Orange —el sucedáneo que sustituyó al Estado Libre de Orange después de la guerra de los bóer—, y su padre juez del mismo Estado. Además, estaba casado con una sobrina de Jan Smuts.

Estudiante de derecho, terminó su carrera en Oxford en los años 30 y se dio un viajecito por la Unión Soviética. Podría haber sido uno más de esos jóvenes pálidos de clase alta que, en la década de la ceguera, terminaron siendo comunistas de libro y traición, y que tanto juego han dado en las novelas de espías de la guerra fría.

Sin embargo, fue comunista declarado, miembro del SACP (el partido comunista de por allí) y activista y protagonista en esas dos décadas en las que el régimen sudafricano fue haciéndose cada vez más brutal.

Sharpeville: 69 muertos y 180 heridos, la mayoría por disparos hechos por la policía, por la espalda, contra la multitud que huía y que poco antes se había manifestado. Más tarde disturbios que duraron varios días con un saldo de casi 20.000 detenidos. Por esas fechas estaba terminando un juicio por traición contra prominentes miembros del ANC, entre ellos Mandela, que serían declarados inocentes. Uno de los abogados era nuestro protagonista.

El juicio y su sentencia dieron igual: poco después, tras un viaje a Londres, Mandela fue detenido y condenado a cinco años de prisión, y en 1963 la policía entró en una granja en Rivonia y detuvo a seis de los dirigentes del SACP. Para entonces se había promulgado la ley de sabotaje, una norma que creaba listas de proscritos, que tenían prohibido reunirse si eran más de dos y que permitió arrestos indefinidos sin asistencia letrada. Esa norma era una habilitación para la tortura y la desaparición. Steve Biko fue el ejemplo más famoso de esa infamia con forma de ley.

El abogado que defendió a los dirigentes del SACP fue Fischer, ya en el punto de mira del régimen. Lo hizo brillantemente, tanto que algunos le atribuyen el mérito de salvar a los condenados de la pena de muerte y de llevarlos a las canteras de cal de la isla de Robben. Más realista es pensar que fue el miedo del régimen a crear héroes lo que les libró de la horca.

Poco después de la sentencia murió la mujer del letrado, en un accidente de coche. Activista, como él, había enseñado durante años en una High School para hindúes en Johannesburgo, establecida precisamente como protesta contra el cierre de escuelas ordenado por el gobierno sudafricano.

Al final le llegó el turno. Detenido en 1964, pidió permiso para viajar a Londres, ya que llegaba a su punto final, en los tribunales británicos, un asunto sobre patentes en Rodhesia que llevaba desde 1955. Para conseguirlo depositó una fianza y prometió volver:

I am an Afrikaner. My home is in South Africa. I will not leave my country because my political beliefs conflict with those of the Government.

(Soy un afrikaner. Mi casa está en Sudáfrica. No partiré de mi país porque mis creencias políticas estén en conflicto con las del Gobierno).

Después de ganar el caso, pese a las presiones de todo el mundo para que se quedase en Inglaterra y pese al embrutecimiento del régimen tras el atentado en una estación de ferrocarril en Johannesburgo, regresó.

Se presentó ante el Tribunal y al día siguiente se ocultó. Lo hizo mandando una nota, a través de su abogado, que decía:

By the time this reaches you I shall be a long way from Johannesburg and shall absent myself from the remainder of the trial. But I shall still be in the country to which I said I would return when I was granted bail. I wish you to inform the Court that my absence, though deliberate, is not intended in any way to be disrespectful. Nor is it prompted by any fear of the punishment which might be inflicted on me. Indeed I realise fully that my eventual punishment may be increased by my present conduct…

(En el momento en que leas estaré lejos de Johannesburgo y me abstendré de presentarme al juicio. Pero todavía seguiré en el país al cual dije que volvería cuando presté fianza. Deseo informes al tribunal de que mi ausencia, aunque deliberada, no debe entenderse en ningún caso como una falta de respeto, ni está motivada por ningún miedo al castigo que se me pueda imponer. Y me doy perfecta cuenta de que la pena final podría ser mayor por causa de mi actual conducta …)

My decision was made only because I believe that it is the duty of every true opponent of this Government to remain in this country and to oppose its monstrous policy of apartheid with every means in his power. That is what I shall do for as long as I can…

(Mi decisión fue adoptada únicamente porque creo que ése es el deber de todo oponente verdadero a que este Gobierno continúe en este país y que se oponga a su monstruosa política de apartheid con los instrumento a su alcance. Esto es lo que haré mientras pueda …)

Fue detenido poco después. Condenado a cadena perpetua, el cáncer y una caída lo dejaron en silla de ruedas e incapaz de hablar. Murió en la casa de su hermano, en Bloemfontein, en 1975.

¡A mí la legión!

El 22 de junio 168 a. de J., en Pidna, Paulo Emilio al mando de cuatro legiones se enfrentó a la falange macedónica de Perseo.

La víspera se produjo un eclipse total de Luna. Empezó la batalla, como tantas otras veces, por un encuentro fortuito entre tracios y romanos que casi cogió por sorpresa a Emilio Paulo. Cuenta Plutarco que a la vista de “aquél brillante muro de amenazadoras lanzas”, Emilio Paulo “se sintió dominado por el la sorpresa y el miedo”. Suponemos que el avance de miles de falangistas con sus sarisas, esas lanzas de seis metros de largo, con una profundidad de veinte hombres, debía ser un espectáculo único, hasta el punto de sobrecoger a todo un cónsul de la república romana.

La única manera de detener una formación tan poderosa fue la utilización del terreno. Empujados por Salvio, comandante de los pelignos, hombres de origen sabino, que lanzó su estandarte en medio de las tropas enemigas, se produjo un contraataque romano que falló. La falange avanzó hasta las estribaciones del monte Olocrus.

Allí era imposible mantener el orden de batalla y Emilio ordenó a sus cohortes que se dividieran y se introdujeran entre los huecos con sus falcatas. La mortandad empezó a ser importante, hasta que el propio Emilio, al mando de una de sus legiones, se introdujo por el intersticio más importante rompiendo definitivamente la línea enemiga. Los combates aislados decidieron la batalla. Más de veinte mil muertos en el campo macedónico por pocos centenares en el romano.

Había triunfado el espíritu republicano. Disciplina y capacidad de adaptación. Individuos que piensan.

La sangre era suya

 

Timur fue grande, pero no parece que fuera feliz. No, al menos, como sí lo fue Gengis Kan. Ambos bárbaros, sobre todo para los otros, pero Gengis fue el primero y él sí debió creer que el mundo le pertenecía. Los descendientes de Timur conocían la historia. Rukh, el único hijo supérstite, que no quiso perder el tiempo conservando el Azerbaiyán, fue mecenas y protector de artistas; Baysunqar, amante de los libros y de las joyas caligráficas; Ulugh Beg, el dueño de Mawarannhar, escrutador del cielo desde el observatorio de Samarcanda; Husayn Baiqara, espadachín y poeta en turco chagatái, artífice de la gloria pasajera de Herat. Todos ellos carecían de la creencia en el destino del Gran Kan y de sus hijos, y han sido olvidados, aunque pareciese que sus cortes eran la cumbre del refinamiento.

Gengis fue poderoso y feliz. Timur fue poderoso, pero en Otrar debió sospechar que su imperio no era nada sin él. En cierto sentido fue un gran ladrón. Quizás todo obedezca a que las grandes ideas se desgastan: no puede ser que aquellos, los de antes, siempre fueran gigantes. O que la sangre se diluyera. No, deben ser las ideas las que envejecen.

Muhammad Shaybani, con dieciséis años, tras perder a su abuelo

(el abuelo, Abu’l-Khayr, descendiente de Shayban, descendiente de Jochi, es el origen de la potencia uzbeka. Los oirates le harán morder el polvo y permitirán la rebeldía de dos capitanes, que tras refugiarse entre los chagatáis, huirán a las estepas, formando la nación kazaka)

y a su padre

(su padre, Shah Budaq, muere a manos de Yunus, kan de los chagatáis, protector de los kazakos, en una razia)

se hace bandido y soldado de fortuna. Llega a trabajar para los chagatáis, y desde la ciudad de Turkestán, el premio a su valor, reúne los restos dispersos de los uzbekos. Combate en Mawarannhar a los timúridas, entre ellos a Babur, el futuro conquistador de la India, abandonados por Bayqara. Caen Samarcanda, Bujara y el valle de la Fergana. Y Balkh y Qunduz. Y Jwarizm, Khiva y Herat (con Bayqara ya muerto). Pero ya no era tiempo para hombres poderosos y felices. Ni siquiera era tiempo para dinastías decadentes.

Shaybani se dirige a Afganistán, al lugar donde se refugian los últimos timúridas. El camino para la India.

Pero siempre hay nuevos bárbaros. Los kazakos le obligan a volver. Son como insectos molestos, que lo desgastan con peleas interminables. Lo suficiente como para llegar exhausto a la última batalla.

Venido desde Persia, Isma’il, el shah que funda la dinastía safávida, de sangre azerí y turcomana, descendiente por parte de madre de los ladrones del Azerbaiyán, acaba con Shaybani. Es el año 1510.

Del kan de los uzbekos sólo quedará su calavera, revestida de oro, y usada como copa en los banquetes.

 

 

El primer emperador

El primer emperador del mundo fue un bastardo. Bueno, no tanto, pero hay que adornar las historias, ¿no? Tutmosis III era hijo del faraón Tutmosis II y de una concubina, la última opción del arquitecto Ineni para seguir mangoneando así …

… en Egipto. Por desgracia para el tercero de los Tutmosis, la hermanastra y esposa de su padre, la famosa Hatshepsut, que había tenido que tragar con un matrimonio que la relegaba a “gran esposa real” cuando lo que quería era ser faraón, pensó que ya había tragado suficiente. Así que, cuando se murió Tutmosis II y fue designado el tercero como faraón, se hizo la loca y silbaba por las estancias de palacio cuando le recordaban el conveniente matrimonio del pobre Tutmosis III y su propia hija (la de Hatshepsut … ya, ya sé que es un lío). Tanto se hizo la loca que el matrimonio no tuvo lugar y, de buenas a primeras, se hizo asociar como faraón al sobrino.

En realidad, Hatshepsut estaba afectada por una especie de odio furibundo a esos segundones que había tenido que soportar durante años. Ella era hija de Tutmosis I y de la gran esposa real Ahmose, y solo por el hecho de ser mujer había tenido que aguantar a todos esos farsantes. Así que se le ocurrió una idea interesante: hacerse faraón, ir apartando poco a poco del poder al bobo de Tutmosis III y crear una dinastía de faraonas. Por esa razón, pese a resultar un enlace de lo más lógico, impidió que su hija Neferura se casase con Tutmosis III, el bastardo. Y llegó a designar a Neferura “esposa de Amón”, o lo que es lo mismo, gran esposa real sin esposo.

Así estaban las cosas, ya ven. El pobre bastardo reinaba pero no gobernaba. Su tía y madrastra hacía y deshacía a su antojo. Y su supuesta prometida se lo hacía con Amón delante de sus narices (demostrando Amón, por cierto, gran aprecio por la familia, ya que la propia Hatshepsut sugería que su padre Tutmosis I era un cornudo y que el burlador había sido el dios, que se revolcaba con gran gusto con la feliz Ahmose, ya saben, la legítima). Poco de fiar eran estas hembras egipcias.

En fin, menos mal que la providencia vino en ayuda del pobre Tutmosis III. Neferura murió y —cosas del destino—, a la vez murieron un sumo sacerdote y un arquitecto que apoyaban a Hatshepsut y hacían el Amón con ella. Extraña coincidencia, es verdad, pero los designios de los dioses son inescrutables. El mensaje era cristalino: Tutmosis III empezó a mandar y Hatshepsut se dedicó, con gran sentido de la oportunidad, a la meditación. Aún reinó durante varios años, pero Egipto ya no se dedicaba a la femenina obra pública, sino a la masculina guerra.

Y es que no se pueden dejar en manos de mujeres los destinos de las naciones. Todo el rato hablando de templos y ciudades, de viajecitos por Punt, el país del incienso y la mirra, y de pasta para los curas. Y mientras tanto, los sirios cachondeándose de los egipcios, con el rey de Kadesh a la cabeza.

Tutmosis III recuperó la cordura y bañó de sangre la tierra de Canaán y aledaños, hinchándose a matar, a pillar, a violar y a saquear. Por cierto, la primera paliza que le dio al rey de Kadesh tuvo lugar al sur del Monte Carmelo, en abril del 1479 a.e., después de sitiar la fortaleza que da nombre al Armagedón. Cuenta Flinders Petrie que los hombres de Kadesh tuvieron que ser izados por los muros, por el canguelo que tenían a abrir las puertas de la ciudad. Al menos no mató a todos: a los hijos de los vencidos los mandó a Egipto, para su educación en los valores eternos, entre los que destacaba la adoración al faraón.

Ese éxito fue el primero de muchos. Hizo quince expediciones más. Tomó Kadesh, pasando el Orontes, ese riachuelo por el que transitarán tantos conquistadores con ínfulas, y después invadió Mitani. También se inventó una flota y acojonó con ella a Epiménides y a todos los cretenses (y esto es verdad) y se paseó chulescamente por el Mediterráneo. Tanto miedo dio a los mitanios que pronunciaban su nombre en los exorcismos y para asustar a los niños, como luego se hará en los Países Bajos con el Duque de Alba.


Cincuenta y cuatro años reinó el amigo. Sí, el primer emperador del mundo fue un bastardo. Pueden saludarlo en el museo de El Cairo.

Cuando la frontera son las cuatro esquinas del mundo

Yesugei muere a manos de los tatar, envenenado en un convite, y se rompen las esperanzas de su viuda Oelon-Eke. El hijo, Temüdjin, es demasiado joven y los hombres no lo reconocen como bogatur de los kiutes de ojos grises. Es posible que, en ese momento, Temüdjin recuerde el viaje, con su padre, a las lejanas tierras de los chungiratos, casi donde empieza el Imperio del Medio. Allí se prometió a Burte, niña como él.

Es historia conocida la de las penalidades de Temüdjin, su madre, sus hermanos y medio hermanos.

Sois como lobos, como perros rabiosos que se muerden entre sí … Acaba de matar a Bektar, su medio hermano.

Sufre cautiverio y persecución.

La historia, real, se desenvuelve a través de la neblina de la leyenda. Le cuelgan el kang, el cepo, para dominarlo, y Temüdjin lo usa para abrir cabezas y huir. Cuatro años más tarde, cuando su nombre vuela entre las hogueras y las borracheras de kumys, reclama a su prometida. Así comienza la historia inmortal de Gengis Kan.

Hoy, sin embargo, quiero contar una anécdota que nos enseña algo sobre la mente del nómada.

Hombres del norte. Una expresión que han usado tantos pueblos. El miedo al bárbaro que viene del frío y de las selvas. De noche atacan el ordu, y los hombre huyen porque son sabios y saben que solo pueden vengarse si están vivos. Dos días después el ordu está en silencio. Los bandidos han robado el ganado y los carros, y se han llevado a las mujeres.

Temüdjin asciende a la sagrada cumbre del Burján-Jaldún, hace las genuflexiones rituales, vierte kumys y da las gracias al eterno cielo azul, porque tiene días por delante y flechas que gastar.

Pide ayuda al kan de los keraitos, el poderoso Toghrul, andah, hermano por adopciónde su padre. Se encamina al norte, a la tierra de los merkitas. Trescientos hombres son pasados a cuchillo.

Temüdjin busca a Burte y la encuentra en la tienda de uno de los raptores. Amamanta a un niño. Lo llamará Yochi.

El hijo mayor de Gengis Kan. Cuando Temüdjin se dirige a doblegar al indigno sah de Corasmia, atrincherado tras las murallas de su enorme ejército, manda a su hijo mayor a través del terrible Pamir, por pasos a más de cuatro mil metros de altura. Los hombres beben la sangre caliente de las venas de los caballos, que van muriendo lentamente, congelados pese a tener las patas cubiertas de pieles de yac; pero logran su objetivo. Miles de fantasmas aparecen en la retaguardia del sah, donde es imposible llegar. Bajan desde las montañas al feraz valle de la Fergana, el país de los viñedos y la seda, famoso por la destreza de herreros y fundidores.

El hijo mayor de Genghis Kan. Recibe de su padre las tierras de Kipchak, las ingentes estepas que darán a sus herederos el título de kanes de la Horda de Oro. Pero Yochi quería Corasmia y Corasmia no es para él. El Gran Kan está irritado porque su hijo no atiende a su llamada y sospecha por qué. Ha mandado caballos como homenaje; dice que está enfermo, pero no le cree. La infición la inoculan las palabras de los envidiosos. Dicen que lo han visto de caza … Decide mandar a su ejército. Entonces llega la noticia. Yochi ha muerto. Dos días, solo, en su tienda; Temüdjin habla con su hijo y le pide perdón.

Temüdjin entra en la tienda y ve a Burte amamantando a un recién nacido. Burte le dará tres hijos más, Chagatai, Ogodei y Tului. Pero antes le ha dado a Yochi, “el huesped”; al fin y al cabo, no sabe si su hijo mayor es hijo suyo.

La dirección de la historia

Desde las brumosas tierras que les cedió un rey (o que tomaron), los descendientes de los hombres del Norte se esparcieron por el mundo. Dos hermanos, Rogelio y Ricardo, empujados por su ambición de segundones, con algunas decenas de hombres, decidieron conquistar el sur de Italia y lo consiguieron. Rápidamente fueron absorbidos por una tierra que había visto pasar a griegos, fenicios, romanos, germanos, bizantinos y árabes. Y una de ellos, Constanza, fue casada con el heredero del Barbarroja, ese coloso que, pese a haber muerto ahogado en un río en la lejana Anatolia, pervivió en la imaginación del pueblo alemán, esperando en lo alto de la montaña, hasta que fuera preciso su regreso.

Constanza, secuestrada por el usurpador (es usurpador porque perdió), casi no sobrevivió a su marido, el emperador Enrique VI, rey de Sicilia, pero dejó un hijo, al que se terminará llamando Stupor Mundi y que fue bautizado con el nombre su abuelo. Se trata, claro está, de Federico II Hohenstaufen.

Recuerda a otro Federico. Por lo curioso, por lo cruel, por lo infeliz. Crecido bajo la tutela de un Papa, siempre prometiendo limitar su poder. Rodeado de sabios, aprendió ocho o nueve idiomas, mientras descuartizaba cadáveres, a oscuras, en los sótanos de palacio, como un moderno Prometeo.

Salimbene de Parma nos ofrece un retrato brutal del emperador …

fu uomo pestifero e maledetto, scismatico, eretico ed epicureo, corruttore di tutta la terra, giacché seminò il seme della divisione e della discordia nelle città d’Italia, tanto che dura fino ad oggi. Federico quasi sempre amò aver discordia con la Chiesa, e la contrastò in molti modi. Proprio la Chiesa, che lo aveva nutrito e difeso ed elevato. Della fede in Dio non ne aveva neanche un po’. Era un uomo astuto, sagace, avido, lussurioso, malizioso, iracondo. E fu uomo valente qualche volta, quando volle dimostrare le sue buone qualità e cortesie: sollazzevole, allegro, delizioso, industre. Sapeva leggere, scrivere e cantare; e sapeva comporre cantilene e canzoni. Fu bell’uomo e ben formato, ma era di statura media

… y nos cuenta una anécdota terrible, la de los niños secuestrados al nacer y criados en su propio palacio, bajo la prohibición de dirigirles la palabra. Quería Federico, con ello, averiguar, cuál lengua era la lengua adánica, presumiendo que podría probarlo cuando los niños arrancasen a hablar, quizás hebreo. Los niños murieron.

*****

Al Kamil Muhammad al-Malik era sobrino del gran Salah ad-Din Yusuf ibn Ayyub, al que en Occidente llamamos Saladino y que Dante, en el Canto IV, sitúa en el infierno, pero entre los justos no cristianos.

Su dinastía carecía de raigambre y además era kurda. Descienden de Ayyub, el que les dio nombre, un simple hombre de armas del señor de Mosul, un turco selyúcida.

Cuando murió su padre, Al Kamil tuvo que repartir el poder con sus hermanos y, además, resistir a los cruzados que, en su quinto impulso, llegaron a conquistar Damietta.

Les ofreció Jerusalén y la Santa Cruz, pero el legado papal, un cardenal español llamado Pelayo, se negó. Solo admitía la derrota y la derrota se produjo, pero la de los cruzados, sorprendidos por la crecida del Nilo, en un anticipo de la estúpida “gesta” de San Luis de Francia, treinta y cinco años después.

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Cuando a Al Kamil le hablan los cruzados de “al enboror”, el poderoso rey de los francos, no le da importancia. Muchas veces se ha hablado de la llegada de reyes que vienen de Occidente y la mayoría ha terminado sus días bajo el polvo del desierto. Sin embargo, la insistencia durante años, esos años en los que Federico II resulta excomulgado por su tardanza en acudir a la cruzada, termina excitando su curiosidad. Más aún cuando le cuentan que, por matrimonio, Federico es rey de Jerusalén.

Decide entablar negociaciones y envía a Fajr al Din ibn ash Sheij, uno de sus emires. A través de su mediación, en cartas que se demoran en los barcos que recorren el Mediterráneo, los dos gobernantes hablan, en árabe, de Aristóteles, de Averroes, de la creación del mundo. Al Kamil regala a Federico animales para su zoo particular, ese que le acompaña a todas partes. Incluso un elefante llega a Palermo. Y finalmente, le promete Jerusalén. Al fin y al cabo, ahora es de su hermano .

Sin embargo, cuando Federico llega por fin a Acre, Al-Mu’azzam, el dueño de Jerusalén, ha muerto y Al Kamil, sultán de Egipto, puede ocupar las tierras de Palestina. Duda en cumplir con su palabra. Federico, confiado, ha llegado casi sin tropas. Nuevas cartas se cruzan entre ambos y el honor prevalece. Se acuerda una pantomima de invasión que permita a Al Kamil jugar con la amenaza de la guerra.

En el año de 1229, Federico recupera Jerusalén para la cristiandad, aunque se acuerda que no podrá amurallarla.

Cuando visita Jerusalén, alaba Al Aqsa, a la vez que cierra el paso a un sacerdote furibundo que quiere profanar la mezquita. Sus interlocutores árabes transmitirán los comentarios del pálido emperador miope y los cronistas árabes de la época afirmarán de él que es ateo o quizás criptomusulmán.

*****

En 1229, el sultán de Damasco, An Nasser, hizo la guerra a su tío, Al Kamil. La causa fue la entrega de Jerusalén, la santa, a los infieles. Perdió, pero no descansó en su empeño; diez años más tarde la reconquistó definitivamente para el islam y el adhan volvió a resonar cinco veces al día.

En 1229, Federico recibió noticias de su imperio. Una revuelta, instigada por el papa Gregorio había estallado en Italia. Jerusalén no bastaba si no venía acompañada de sangre de infieles derramada y más si la conquista venía del excomulgado. Federico tuvo que regresar rápidamente y aunque ofreció la paz, la paz le fue rechazada. El Papa perdió la guerra y las ciudades del Patrimonium Petri fueron arrasadas. Perdió, pero Gregorio no descansó: incluso excomulgó, diez años más tarde, de nuevo, a Federico.

En 1250, nos dicen las crónicas, Berardo, arzobispo de Palermo, confesó a Federico en su lecho de muerte. El emperador viste el hábito del Císter, antes de expirar.

El círculo se ha cerrado de nuevo.

La búsqueda de la felicidad

La historia de las naciones, a menudo, es cruelmente paradójica. No sé cuál era el número de españoles analfabetos a mediados del siglo XIX. Supongo que la cifra sería muy elevada. Sin embargo, los liberales que gobiernan en España, para demostrar su buen hacer en las colonias, aprobaron en 1863 una ley que hacía obligatoria y gratuita la educación primaria en Filipinas. Para llevar a la práctica esa ley, se crean escuelas de magisterio y, con ello, en un plazo relativamente breve, se consiguió que el pueblo con más altos niveles de educación de todo el sudeste asiático fuese el filipino.

A esa circunstancia se unieron los ecos de la revolución de 1868. La educación y la emulación serán la fuente de tres años de sueños de libertad que finalizan en 1871, con el nuevo gobernador general, ese que llega a prohibir a los sacerdotes filipinos desafectos decir misa y que reprime el motín de Cavite, de 1872, con dureza. Se ejecuta a liberales y sacerdotes y se inicia el exilio.

De los sueños se derivan las andanzas de Rizal (ejecutado por los españoles), Bonifacio (ejecutado por los filipinos) y Aguinaldo.

Sin embargo, más que hablar de la resistencia filipina o de la guerra hispano-norteamericana, me gustaría recordar un episodio olvidado, el de la conquista norteamericana.

Cuando los norteamericanos declararon la guerra a España por el asunto del Maine (hay que ver lo que acabo de decir), no tardaron en llamar a Emilio Aguinaldo (presidente a la sazón según los republicanos filipinos), para que desde su residencia en Hong Kong marchase a Filipinas, a fin de abrir un segundo frente.

Sólo un mes después la guerra de Cuba había terminado. En París, Estados Unidos y España firmaron un tratado por el que se cedían las Filipinas a los norteamericanos, a cambio de veinte millones de dólares.

Claro, cuando Filipinas era española los norteamericanos prometía la libertad. Cuando pasó a ser suya, se olvidaron de todas las promesas. Aguinaldo, al comprender la traición, convocó en Malolos un congreso que declaró la independencia. Poco después se aprobó una constitución republicana. Pero McKinley no había hecho la guerra contra España para regalar las Filipinas.

Aguinaldo y algunos delegados
enero de 1899, congreso constituyente

De nuevo se buscó una causa para la guerra, forzando las tensiones entre las tropas norteamericanas establecidas en Filipinas y las fuerzas de los independentistas. Se dice que las primeras balas silbaron al intentar cruzar un soldado filipino uno de los puentes, en San Juan del Monte (hoy forma parte de la metrópolis de Manila), uno de los accesos a Manila (la única zona de Filipinas controlada por los norteamericanos). En la wiki se dice que estudios actuales sostienen que el incidente se produjo en Manila propiamente dicha, a la altura de la calle Sorrego. Se cuenta que fueron unos soldados borrachos los que dispararon y mataron al soldado filipino. Es igual, lo que es evidente es que la noche del 4 al 5 de febrero de 1899 se produjeron enfrentamientos que se recogen en la declaración que efectuó Aguinaldo:

“SUPLEMENTO
AL
HERALDO FILIPINO
=======
Domingo, 5 de Febrero de 1899
ORDEN GENERAL

AL EJERCITO FILIPINO

A las nueve de la noche de este día, he recibido de la Estación de Caloocan un parte comunicándome que las fuerzas americanas atacaron sin previo aviso ni motivo justificado nuestro campamento en San Juan del Monte y nuestras fuerzas que guarecen los blockhouses de los alrededores de Manila, causando bajas entre nuestros soldados, los cuales en vista de tan inesperada agresión y del decidido empeño de los agresores, hubieron de defenderse hasta que se generalizó el fuego por toda la línea.

Yo deploro como el que más esta ruptura de hostilidades: tengo la conciencia tranquila de haberla querido evitar a todo trance, procurando conservar con todas mis fuerzas la amistad del Ejército de ocupación aún a costa de no pocas humillaciones y mucho derechos sacrificados.

Pero tengo el deber ineludible de mantener íntegro el honor nacional y el del ejército tan injustamente atacado por los que, preciándose de amigos y libertadores, pretenden dominarnos en sustitución de los españoles, como lo demuestran los agravios enumerados en mi manifiesto del 8 de Enero ultimo; los continuos atropellos y violentas exacciones cometidos contra el vecindario de Manila; las conferencias inútiles y todos mis esfuerzos frustrados en pro de la paz y la concordia.

Ante esta provocación que no esperaba, solicitado por los deberes que me imponen el honor y el patriotismo y la defensa de la nación a mí encomendada, invocando a Dios por testigo de mi buena fe y de la rectitud de mis intenciones;

Ordeno y mando:

1º Quedan rotas la paz y las relaciones de amistad entre las fuerzas filipinas y las americanas de ocupación, las cuales serán tratadas como enemigos dentro de los límites prescritos por las leyes de la guerra.

2º Serán tratados como prisioneros de guerra los soldados americanos que fueren cogidos por las fuerzas filipinas.

3º Este Bando será notificado a los Sres. Cónsules acreditados en Manila y al Congreso, para que acuerde la suspensión de las garantías constitucionales y la consiguiente declaración en estado de guerra.

Dado en Malolos a 4 de Febrero de 1899

Emilio Aguinaldo,
General en Jefe”

 

Los historiadores discuten si la guerra (nunca declarada, ya que los americanos dieron por sentado que era una insurrección en territorio que les pertenecía) dura hasta 1901 o hasta 1906. Poco tenían que hacer los filipinos contra el moderno ejército norteamericano y los 70.000 soldados que se trasladan a las islas. Murieron cinco mil norteamericanos y de diez a veinte mil “insurgentes”.

Pero lo verdaderamente grave de esta guerra y la razón fundamental por la que la recuerdo es que, durante la misma, se produjeron una serie de crímenes de guerra de los que fueron responsables los norteamericanos y que suele olvidarse cuando se habla de grandes matanzas y genocidios.

El escenario de la guerra era muy difícil. Cientos de islas y un terreno poco propicio. Recuerda a una guerra que tendrá lugar casi cien años después. Para facilitar las operaciones militares la armada y el ejército norteamericanos no dudaron en concentrar en campos de concentración —como los que hicieron famoso al general Weyler, luego al ejército inglés en la guerra de los bóer y, más tarde, a tantos y tantos hijoputas— a los habitantes de las zonas en las que es mayoritaria la presencia de los rebeldes. Qué gran sarcasmo que Hearst y Pullitzer denuncien los campos de Cuba para dar gasolina a los tambores de guerra. Usaron también los estadounidenses los cañones de sus barcos para bombardear indiscriminadamente las zonas de la costa. No se cortaron, vamos. No se conoce el número de muertos. Las estimaciones más bajas hablan de doscientos mil muertos. Las más altas de un millón. Las más creíbles, se sitúan en el medio millón. En toda Filipinas vivían nueve millones de personas.

No está mal. Como para tener una entrada apreciable en una Enciclopedia Universal de la Infamia.