La búsqueda de la felicidad

La historia de las naciones, a menudo, es cruelmente paradójica. No sé cuál era el número de españoles analfabetos a mediados del siglo XIX. Supongo que la cifra sería muy elevada. Sin embargo, los liberales que gobiernan en España, para demostrar su buen hacer en las colonias, aprobaron en 1863 una ley que hacía obligatoria y gratuita la educación primaria en Filipinas. Para llevar a la práctica esa ley, se crean escuelas de magisterio y, con ello, en un plazo relativamente breve, se consiguió que el pueblo con más altos niveles de educación de todo el sudeste asiático fuese el filipino.

A esa circunstancia se unieron los ecos de la revolución de 1868. La educación y la emulación serán la fuente de tres años de sueños de libertad que finalizan en 1871, con el nuevo gobernador general, ese que llega a prohibir a los sacerdotes filipinos desafectos decir misa y que reprime el motín de Cavite, de 1872, con dureza. Se ejecuta a liberales y sacerdotes y se inicia el exilio.

De los sueños se derivan las andanzas de Rizal (ejecutado por los españoles), Bonifacio (ejecutado por los filipinos) y Aguinaldo.

Sin embargo, más que hablar de la resistencia filipina o de la guerra hispano-norteamericana, me gustaría recordar un episodio olvidado, el de la conquista norteamericana.

Cuando los norteamericanos declararon la guerra a España por el asunto del Maine (hay que ver lo que acabo de decir), no tardaron en llamar a Emilio Aguinaldo (presidente a la sazón según los republicanos filipinos), para que desde su residencia en Hong Kong marchase a Filipinas, a fin de abrir un segundo frente.

Sólo un mes después la guerra de Cuba había terminado. En París, Estados Unidos y España firmaron un tratado por el que se cedían las Filipinas a los norteamericanos, a cambio de veinte millones de dólares.

Claro, cuando Filipinas era española los norteamericanos prometía la libertad. Cuando pasó a ser suya, se olvidaron de todas las promesas. Aguinaldo, al comprender la traición, convocó en Malolos un congreso que declaró la independencia. Poco después se aprobó una constitución republicana. Pero McKinley no había hecho la guerra contra España para regalar las Filipinas.

Aguinaldo y algunos delegados
enero de 1899, congreso constituyente

De nuevo se buscó una causa para la guerra, forzando las tensiones entre las tropas norteamericanas establecidas en Filipinas y las fuerzas de los independentistas. Se dice que las primeras balas silbaron al intentar cruzar un soldado filipino uno de los puentes, en San Juan del Monte (hoy forma parte de la metrópolis de Manila), uno de los accesos a Manila (la única zona de Filipinas controlada por los norteamericanos). En la wiki se dice que estudios actuales sostienen que el incidente se produjo en Manila propiamente dicha, a la altura de la calle Sorrego. Se cuenta que fueron unos soldados borrachos los que dispararon y mataron al soldado filipino. Es igual, lo que es evidente es que la noche del 4 al 5 de febrero de 1899 se produjeron enfrentamientos que se recogen en la declaración que efectuó Aguinaldo:

“SUPLEMENTO
AL
HERALDO FILIPINO
=======
Domingo, 5 de Febrero de 1899
ORDEN GENERAL

AL EJERCITO FILIPINO

A las nueve de la noche de este día, he recibido de la Estación de Caloocan un parte comunicándome que las fuerzas americanas atacaron sin previo aviso ni motivo justificado nuestro campamento en San Juan del Monte y nuestras fuerzas que guarecen los blockhouses de los alrededores de Manila, causando bajas entre nuestros soldados, los cuales en vista de tan inesperada agresión y del decidido empeño de los agresores, hubieron de defenderse hasta que se generalizó el fuego por toda la línea.

Yo deploro como el que más esta ruptura de hostilidades: tengo la conciencia tranquila de haberla querido evitar a todo trance, procurando conservar con todas mis fuerzas la amistad del Ejército de ocupación aún a costa de no pocas humillaciones y mucho derechos sacrificados.

Pero tengo el deber ineludible de mantener íntegro el honor nacional y el del ejército tan injustamente atacado por los que, preciándose de amigos y libertadores, pretenden dominarnos en sustitución de los españoles, como lo demuestran los agravios enumerados en mi manifiesto del 8 de Enero ultimo; los continuos atropellos y violentas exacciones cometidos contra el vecindario de Manila; las conferencias inútiles y todos mis esfuerzos frustrados en pro de la paz y la concordia.

Ante esta provocación que no esperaba, solicitado por los deberes que me imponen el honor y el patriotismo y la defensa de la nación a mí encomendada, invocando a Dios por testigo de mi buena fe y de la rectitud de mis intenciones;

Ordeno y mando:

1º Quedan rotas la paz y las relaciones de amistad entre las fuerzas filipinas y las americanas de ocupación, las cuales serán tratadas como enemigos dentro de los límites prescritos por las leyes de la guerra.

2º Serán tratados como prisioneros de guerra los soldados americanos que fueren cogidos por las fuerzas filipinas.

3º Este Bando será notificado a los Sres. Cónsules acreditados en Manila y al Congreso, para que acuerde la suspensión de las garantías constitucionales y la consiguiente declaración en estado de guerra.

Dado en Malolos a 4 de Febrero de 1899

Emilio Aguinaldo,
General en Jefe”

 

Los historiadores discuten si la guerra (nunca declarada, ya que los americanos dieron por sentado que era una insurrección en territorio que les pertenecía) dura hasta 1901 o hasta 1906. Poco tenían que hacer los filipinos contra el moderno ejército norteamericano y los 70.000 soldados que se trasladan a las islas. Murieron cinco mil norteamericanos y de diez a veinte mil “insurgentes”.

Pero lo verdaderamente grave de esta guerra y la razón fundamental por la que la recuerdo es que, durante la misma, se produjeron una serie de crímenes de guerra de los que fueron responsables los norteamericanos y que suele olvidarse cuando se habla de grandes matanzas y genocidios.

El escenario de la guerra era muy difícil. Cientos de islas y un terreno poco propicio. Recuerda a una guerra que tendrá lugar casi cien años después. Para facilitar las operaciones militares la armada y el ejército norteamericanos no dudaron en concentrar en campos de concentración —como los que hicieron famoso al general Weyler, luego al ejército inglés en la guerra de los bóer y, más tarde, a tantos y tantos hijoputas— a los habitantes de las zonas en las que es mayoritaria la presencia de los rebeldes. Qué gran sarcasmo que Hearst y Pullitzer denuncien los campos de Cuba para dar gasolina a los tambores de guerra. Usaron también los estadounidenses los cañones de sus barcos para bombardear indiscriminadamente las zonas de la costa. No se cortaron, vamos. No se conoce el número de muertos. Las estimaciones más bajas hablan de doscientos mil muertos. Las más altas de un millón. Las más creíbles, se sitúan en el medio millón. En toda Filipinas vivían nueve millones de personas.

No está mal. Como para tener una entrada apreciable en una Enciclopedia Universal de la Infamia.

Matteotti

 

El once junio de 1924 murió el diputado socialista Giacomo Matteotti. Tenía 39 años. Había sido elegido por tercera vez.

Mussolini, tras la marcha sobre Roma, había formado gobierno con la indecente complicidad de Victor Manuel III. La reforma de la ley electoral y las fraudulentas elecciones (Potevo fare di questa Aula sorda e grigia un bivacco di manipoli) convirtieron la cámara de diputados en un redil lleno de fascistas.

Matteoti pronunció dos discursos en los que denunció fogosamente el incumplimiento de la ley y el fraude. El último de ellos, de 30 de mayo de 1924, fue aplaudido con rabia por sus compañeros socialistas. Matteotti, al sentarse, dijo: Io, il mio discorso l’ho fatto. Ora voi preparate il discorso funebre per me.

La historia si se repite, se repite como farsa. En este caso, al menos, porque el precedente es inseguro y todo supura mala literatura. Se cuenta que Enrique II, conde de Anjou, conde de Maine, duque de Normandía, duque de Aquitania, conde de Nantes, señor de Irlanda y rey de Inglaterra, harto de su antiguo amigo, Tomás Becket, susurró esa pregunta: Who will rid me of this troublesome priest?

Dicen que Benito Mussolini, ese payaso aupado en los hombros de tantos intelectuales ahítos de sueños húmedos sobre el poder y la acción, le dijo a su perro: Cosa fa questa Ceka? Cosa fa Dumini? Quell’uomo dopo quel discorso non dovrebbe più circolare…

El 10 de junio, Matteotti fue secuestrado y asesinado. Su cadáver fue descubierto casi dos meses después.

 

Vida y hazañas del ilustre guipuzcoano Andrés de Urdaneta y Cerain

I. Primeras andanzas

 

Andrés es un zagal avispado y revoltoso. No es de extrañar que su padre, Juan Ochoa, alcalde de Villafranca de Oria, lo encamine a la carrera de las armas. Es joven cuando anda por las Italias y por las tierras del César Carlos. Solo diecisiete años cuando, de vuelta a su tierra, se enrola en la armada de Don García Jofré de Loayza, compuesta de siete naos que quieren dar la vuelta al mundo y repetir la hazaña de la flota de Magallanes. Poco puede verlo su madre, Doña Gutierra, que meditará quizás que esta segunda aventura no puede ser peor que la primera, la que le ha hecho un hombre por los campos de Europa.

Andrés es paje de Don Juan Sebastián Elcano, segundo capitán general de la expedición y piloto mayor. No en vano van a surcar mares que solo conocen diecisiete hombres. El más distinguido de entre ellos es Elcano, vasco como Andrés.

El 24 de Agosto de 1525 zarpa la armada de la Coruña. Comienza la aventura del hombre que descubrirá el tornaviaje.

 

II. El baile del patagón

 

Andrés, aunque joven y memorión, tiene costumbres de hombre avezado en viajes y letras, pues anota en un diario el devenir de las singladuras. Cuatro meses han consumido hasta alcanzar la desembocadura del río de la Santa Cruz, ya tan al sur. La Sancti Spiritus, nao de Elcano, navega la primera, cuando el piloto mayor observa que la capitana y la San Gabriel faltan. Él quiere esperar, pero le convencen; es enero y hay que abreviar, no sea que los coja el invierno, pero se confunde al entrar al estrecho y, para más desgracia, una tormenta terrible desbarata la Sancti Spiritus. Se impone orillarse. Entre las brumas, algún marinero divisa figuras vestidas de rojo. Rápidamente un esquife transporta a los hombres necesarios para, al menos, prender a un patagón, según el nombre impuesto por Magallanes, lector de novelas de caballería.

Han de subirlo con un aparejo al buque, tal es el miedo del indígena. Allí, sobre la cubierta le dan de comer, y vino, y después un espejo, “con el cual hizo tantas cosas de ver su figura dentro del espejo, que no haría más un mono”. El patagón intenta asir a su congénere y, al no conseguirlo, lanza grandes risotadas y baila, hasta que ya no puede más, con gran regocijo de la tripulación. Se le deja en tierra y se le despide.

 

III. De salvamento entre penalidades

 

Andrés forma parte de la cuadrilla de siete que va a tierra a buscar náufragos. Pronto, mientras vagan por la orilla, se ven rodeados de patagones. Habían trascendido los dones recibidos por el patagón bailarín, y los siete no saben —o temen— negarse a compartir con ellos las provisiones. De repente, sin víveres ni agua, sin saber bien donde están los navíos, Andrés descubre lo que es pasar penalidades. Algunos llegarán a beberse su propia orina. La providencia está, sin embargo, con nuestro protagonista, cuando descubiertos algunos náufragos, divisa la nave capitana y dos naos más.

Parece que ha pasado lo peor, pero estamos a finales de febrero. Una nueva tormenta, peor que la anterior, se abalanza sobre la flota. Llueve sobre mojado. Entre la confusión, una nao, la Anunciada, deserta, y de ella no se tendrán más noticias. Hará lo mismo poco después la San Gabriel.

No queda más remedio que poner en seco las embarcaciones. Las reparaciones durarán un mes. Cazan focas y juegan con los pingüinos, y se aprovisionan; anticipan lo que les espera en ese océano inmenso, casi sin tierras emergidas.

 

IV. La orfandad de Andrés

 

El 24 de marzo de 1525 parte la flota hacia el estrecho y el 8 de abril, entre presagios, lo empiezan a navegar. ¿Exagera cuando narra los padecimientos por el frío y las noches infestadas de piojos? “No hay quien pudiese ver”, cuenta Andrés y es verosímil, porque serán muchas sus hazañas, como para atribuirlas a varios hombres, y no precisa de artificios o fanfarronerías.

Cuarenta y ocho días de frío y cuarenta y ocho noches de plaga tardan en cruzar el estrecho. El sábado 26 de mayo singlan en el Pacífico, que los recibe con una nueva tempestad que dispersa la flota para siempre.

Andrés esta en la capitana, la Santa María de Victoria, junto con Elcano y Loayza, cuando les alcanza la mala suerte. El 30 de julio muere Loayza y el 6 de agosto Elcano.

 

V. Un gallego en las Islas de los Ladrones

 

Don Toribio Alonso de Salazar se hace con el mando de la nave y, tras consultas, decide poner rumbo a las Islas de los Ladrones. Tres meses más tarde, los hombres parecen ánimas y la propia nao se lamenta, pero se asombran cuando se topan con una isla tropical, con una laguna interior de aguas cristalinas. Deben pensar que es un espejismo, porque son incapaces de acercarse y se ven forzados a seguir rumbo. El 4 de septiembre llegan por fin a su destino.

Pronto se ven rodeados por decenas de canoas, repletas de indígenas desnudos.

No saben qué hacer, cuando uno de los salvajes, se levanta y los saluda en castellano. Es Gonzalo de Vigo, marinero de la nave Trinidad, de la flota magallánica, y su único superviviente. Lleva tres años allí y ya habla la lengua de los naturales de la isla. Se aprovisionan gracias a su inesperado intérprete, pero pronto piensan en partir, porque los indígenas se comportan haciendo honor al nombre que les dio Magallanes.

 

VI. Democracia a la española

 

La mala racha no cede, va a lomos del escorbuto. Al poco de partir de las Islas de los Ladrones, muere Don Toribio y se apodera de los hombres la cizaña. Dos se disputan el mando. Ambos son supervivientes de la primera vuelta al mundo. A votar. Parece que Fernando Bustamante va ganando cuando su opositor, Martín Íñiguez de Carquizano, arrebata los votos de las manos del escribano y los arroja por la borda. A punto está de producirse, en plena alta mar, rodeados por la nada, una batalla entre los partidarios de uno y otro. Al final retrasan la cuestión al momento de llegar al Moluco, su próximo destino.

Sin embargo, antes lo harán a Mindanao. Íñiguez, de mayores virtudes militares, ve su oportunidad. Reúne en cubierta a los hombres y les advierte del riesgo de entrar en terreno desconocido sin capitán, a la vez que explica sus méritos, mayores que los de Bustamante. Los hombres aceptan; todos menos Bustamante, al que engrillan hasta que jura obediencia.

 

VII. Entre bellacos

 

No le gustan estos indios a Urdaneta, que los trata de corrompidos y traicioneros. Aunque se le nota cierta desazón en el elogio comedido, cuando dice que dan culto a ídolos de madera “pintados con alguna delicadeza”.

Algo de rencor debe de haber en el hecho de que les resulte difícil hacer bastimento con indios tan guerreros, que aceptan las cuentas de vidrio una vez, pero se niegan displicentes a la segunda. Andrés les dice “bellacos”, pero sería curiosa de ver la reacción del vascongado de ser a la inversa el trueque.

Tras pasar por Cebú, donde se avituallan y dan una bandera con las armas del emperador al cacique, arriban a Gilolo. Han llegado al Moluco.

 

VIII. El mundo dividido

 

Ajeno al viaje de los españoles, Almanzor, rey de Tidore, muere envenenado. No han podido las armas de sus rivales de Ternate doblegarlo. Ha hecho falta el apoyo de los arcabuces portugueses.

En esas llegan los españoles y el nuevo rey les manda un mensajero. Son nuevos tiempos y hay que pactar con esos hombres poderosos que vienen de tan lejos. Íñiguez acepta y embarca rumbo a Tidore. Don García Henríquez, gobernador portugués del Moluco, es informado y manda raudo una embarcación con una requisitoria. Íñiguez se limita a exhibir la provisión del emperador ordenando construir una fortaleza en las tierras que le corresponden. Recuerda al portugués que su mitad del mundo no incluye el Moluco y cuestión tan científica va a ser resuelta a cañonazos.

Dos navíos y doce galeras tienen los portugueses. Los españoles son apenas ciento cincuenta.

 

IX. Si vis pacem

 

No todos están conformes con las locuras de su capitán. Soto, contador de la nave, ha conspirado para deponerlo y pactar con los portugueses. Íñiguez se adelanta. Son menos cada vez.

Íñiguez escoge a Urdaneta, de diecinueve años, para sustituir a Soto. Son otros tiempos, pero llama la atención que un hombre tan joven sea el elegido. Ha debido hacerlo bien nuestro Andrés. Mandará uno de tres pelotones.

Íñiguez le hace decir al capellán misa seca, para lo que saltan a tierra. Después, a todos se pide opinión, y todos a una, ciento y cinco, se conjuran.

El uno de enero de 1527 llegan a Tidore y el mismo día, con el año nuevo, comienzan a construir un fortín. Diecisiete días más tarde atacan los portugueses. Los rechazan. Luego intentan desembarcar y los españoles les obligan a retornar a las naves.

Ha empezado la guerra.

 

X. En guerra

 

La furia portuguesa se manifiesta en forma de navío con una bandera roja y una divisa: “A sangre y fuego”.

Y cumplen. Empiezan por la Santa María de la Victoria. No queda más remedio que quemarla. Los españoles se encuentran, de repente, sin medio de partir de las islas. Los paraos indígenas no sirven de mucho y no hay forma de construir un navío, pese a contar con hombres capaces, porque la madera del lugar es muy “bellaca”.

No se arrugan. Abordan una galera portuguesa y asaltan la isla de Motiel, pero va pasando el tiempo y van pasando los rumores de auxilio desde el este. Urdaneta los busca durante más de un mes y aprende a conocer esas aguas. En uno de esos viajes, topa con un barco portugués y, en la refriega, explota un barril de pólvora que lo desfigura.

Tanta es la resistencia española que se acuerda un armisticio, roto por las ínfulas del nuevo gobernador portugués, Don Jorge de Meneses. Nuevo ultimátum y nuevo rechazo, y a los portugueses les pareció “mal tener nosotros tanto ánimo”, dirá Urdaneta.

Entre tanto, Urdaneta ya lidia en la política local y contra las órdenes de Íñiguez ataca a un convoy del enemigo. A punto está de costarle la destitución, si no fuera por su valía y por el rápido perdón solicitado del capitán. No podrá este retener a nuestro protagonista por más tiempo, ya que muere, dicen algunos que víctima del veneno portugués.

 

XI. Esperanza y fracaso

 

Hernando de la Torre es el quinto jefe que conoce Urdaneta. Es tanto o más osado que el anterior. Quizás su osadía es fruto de la desesperación. Sin embargo, el día menos pensado, un navío, la Florida, aparece. Viene desde México; lo envía Cortés y, con él, hombres, pólvora, balas y pócimas.

Acuerdan Hernando de la Torre y el capitán de la Florida, Álvaro de Saavedra, que la nao vuelva a México en demanda de más ayuda. Hay que aprovisionar la nao y, para ello, planean un golpe audaz contra los portugueses, asaltando alguno de sus principales almacenes con la ayuda de los recién llegados.

Dos veces intentará volver la Florida. Dos fracasos. Los vientos no son propicios. Será Urdaneta quien resuelva el misterio del tornaviaje.

 

XII. Decisión

 

Meneses está furioso por la pertinacia de los españoles. Prepara un fuerte ataque y es rechazado. Los españoles, sin embargo, están agotando su fortuna. El número de portugueses no cesa de aumentar; su fuente es Malaca y controlan las rutas africanas. Los reyezuelos que han apoyado a los españoles los van abandonando.

El golpe de gracia lo da una incursión temeraria que dirige Urdaneta. Los portugueses se enteran. Quedan pocos hombres en la base española y Bustamante, aquel que quiso mandar, ha soliviantado a algunos contra La Torre.

Al final La Torre capitula y promete abandonar el Moluco.

¿Y Urdaneta? No está en Tidore y no se siente obligado por las promesas de su capitán, que ha jurado sobre una hostia consagrada.

A sus veintidós años, al mando de veintisiete hombres, decide hacerse pirata.

 

XIII. Urdaneta pirata

 

Los españoles y los indios de Gilolo hacen “saltos por todas las islas”. Urdaneta los manda. Sólo se detienen para alguna correría de caza.

Nadie hay sobre él. Actúa a su antojo, pero sigue las órdenes del emperador. Llega incluso a abortar una conjura indígena contra españoles y portugueses. Lo cortés no quita lo valiente.

Estamos en noviembre de 1530 cuando aparece el tercer gobernador portugués que ha conocido Urdaneta. Se trata de Gonzalo de Pereira, que trae noticias importantes. El emperador Carlos, a cambio de una gran suma, renuncia a reclamar el Moluco.

Se lo comunican a Urdaneta, que desconfía. Quiere ver los despachos del emperador, pero no los tiene Pereira, los tiene el Gobernador General de las Indias portuguesas. El tiempo transcurre y la desconfianza aumenta y, en el ínterin, Pereira es muerto por los indígenas. Los españoles comandados por La Torre ayudan a los portugueses y, gracias a eso, lograrán salvoconducto para marchar a la patria. Ya es el año de Nuestro Señor de 1534.

Urdaneta no parte con los demás. Tiene vales por especias que cobrar de los indígenas. Hasta noviembre de 1535 se retrasa en salir hacia Ceilán y hasta enero de 1536, en un navío portugués, en emprender camino a Lisboa.

 

XIV. ¿En casa?

 

En junio de 1536, Urdaneta llega a Lisboa. Nada más desembarcar se le despoja de todo cuanto posee, incluyendo planos y escritos. Protesta, llega a pedir audiencia al rey de Portugal. El embajador español teme por él y le da un caballo para que huya.

Atrás deja lo único que conserva de sus años en las Indias, una hija. Sí, el joven, el paje, el marino, el militar, el pirata, la ha traído con él. No sabemos más de su hija mestiza, ni de la amante que deja atrás.

Tiene veintiocho años nada más, pero lleva diez fuera; diez años que parecen diez vidas. ¿Cómo verán los cortesanos al hombre desfigurado, marcado con los surcos y el color del trópico?

Los miembros del Consejo Real y Supremo de Indias le quieren oír y Andrés de Urdaneta y Cerain lo cuenta todo, con tal detalle y orden que asombra a los que lo escuchan. Es un sabio este guipuzcoano, dirá de él Fernández de Oviedo.

Marcha de palacio y pasea por Valladolid. ¿Por dónde pasean sus pensamientos?

 

XV. Lo que sale en los libros.

 

Urdaneta marcha a Nueva España. En 1552 se hace fraile agustino.

Mientras tanto sigue ocurriendo que los barcos saben ir hacia el oeste, pero no saben volver. Cinco veces se ha intentado en treinta años y cinco se ha fracasado.

Un nuevo intento va a ser capitaneado por Legazpi. Urdaneta tiene 56 años y ha sido fraile los doce últimos. Sin embargo, se le encarga pilotar la armada.

Su hazaña y la de Legazpi están contadas. Llegan a las Filipinas y las toman. En ese momento, Urdaneta ha de demostrar sus conocimientos de navegación y cartografía. Desde la isla de Cebú sale la nao San Pedro, con doscientos hombres, el uno de junio de 1565. El 18 de septiembre ven la primera tierra de la costa de Nueva España.

Casi cuatro meses han usado, primero para subir y subir, dejando los trópicos y encontrar vientos favorables, a la altura del paralelo 42º, y después para viajar hacia el este. Urdaneta ha encontrado el tornaviaje, el que usará por siglos el galeón de Manila.

El tributo es terrible. Solo dieciocho hombres han soportado el viaje y es tal su debilidad que, al hacer la maniobra de fondeo en el puerto de Acapulco, optan por cortar la amarra, pues no tienen fuerza para izar el ancla.

Uno de los dieciocho es Urdaneta, que aún conserva ánimos para viajar a España e informar a Felipe II.

De vuelta en Nueva España muere. Tiene sesenta años.

 

03

Patente de corso

Una de las preguntas tontas que aparecen en juegos estilo trivial es ¿cuánto duró al Guerra de los Cien Años? La verdad es que la mejor respuesta es ¿cuál?, porque los contemporáneos las vieron como una sucesión de peleas por feudos y territorios (cosas de familia, vamos), más que como la secular lucha entre dos naciones, la francesa y la inglesa.

El caso es que hay algo a lo que no solemos (los españoles) prestar atención. Me refiero a nuestra intervención (básicamente castellana), seguramente decisiva.

El asunto tiene su origen en una decisión inteligente de Carlos V de Francia. Como este es un blog de nivel, vamos a tirar de datos y fuentes fidedignos: si recuerdan Braveheart, William Wallace se cepilló a La Loba (la fgancesa que está como un queso, casada con Eduagdo II el sodomita) y engendró a Eduardo III de Inglaterra, que suponemos había leído el guión de Mel Gibson y por eso estuvo de acuerdo con que “abdicasen” a su padre (que la había estado cagando en sus “encuentros” con Robert el Bruce, el hijo del leproso maligno), lo encerraran en un castillo y le dieran matarile. Como ven, el rigor blogal no está peleado con la amenidad.

El caso es que Eduardo III —olviden todo lo que han leído hasta ahora— le dio para el pelo a los franceses en la batalla naval de la Esclusa, y esto le permitió mandar a la feraz Galia a sus arqueros con bigote a lo Errol y regar la tierra francesa con la sangre de miles de caballeros.

Así que Carlos V pensó que tenía que resolver el problema de la flota y se fijó en España y en las peleas de dos hermanos.

Pedro I era conocido por su crueldad, a diferencia de su hermano bastardo, el Trastamara, luego Enrique II, conocido por “el de las Mercedes” —aunque la verdad es que el “de las Mercedes” se cargó personalmente al “Cruel”—. Pedro I se llevaba bien con Eduardo III, el rey inglés. Los hermanos, sin embargo, se llevaban tirando a mal, por el simple hecho de que la madre del primero fuese reina y despechada mientras la madre del otro, tatatataranieta de reyes, calentaba el lecho del rey y producía bastardos a veces en camada. Dicho esto, Pedro, ya rey, pese a sus levantiscos medio hermanos, perdonó más de lo que se deduce del apodo. Quizás demasiado, porque Enrique terminó pagando la laxitud del rey con una invasión, apoyada por franceses y aragoneses.

Ahí entra Carlos V. Pensaba en los barcos del rey castellano, desperdigados por los puertos del Atlántico y la apuesta le salió bien. Es verdad que en Nájera, el pérfido Príncipe Negro triunfó sobre Du Guesclin. Sin embargo, al final, el apoyo del rey francés le permitió a Enrique vencer en Montiel y cargarse al hermano.

¡Y los castellanos nos hicimos aliados de los franceses!

Fue mano de santo. Para empezar un tipo llamado Ambrosio Bocanegra, en 1372, al mando de un par de decenas de galeras y naos castellanas le dio una mano (léase mano de hostias) a los ingleses en La Rochela. Aprovechando la marea y los problemas de los barcos ingleses (de más calado) se dedicó a bombardar (no es errata) a los miles de ingleses que cayeron como moscas. Y la Guyena, que llevaba muchos años en poder de los ingleses, fue reconquistada.

Carlos V aprovechó para construir una escuadra en condiciones y le dio el mando a uno que sabía distinguir babor de estribor, un almirante llamado Juan de Viena.

En ese acto del drama se amplió el dramatis personae con un personaje muy curioso: Fernando Sánchez de Tovar, hombre de cualquier tiempo. Se nota en que, después de recibir honores de Pedro el Cruel, terminó de almirante del fratricida. En fin, pelillos a la mar. El tipo, con veinte galeras (y algún barco francés), se dedicó a saquear la costa inglesa. Lo recuerdan con especial cariño en la isla de Wight. Tras una tregua, en compañía de Juan de Viena, volvió a asolar los puertos ingleses y, en una de esas, se introdujo —en 1380— en el Artemisa (¡sí, es el Támesis!), llegando hasta Gravesend —a las puertas de Londres— que incendió junto con los almacenes situados a la orilla del río. Luego se dedicó a portugueses y holandeses, pero esa es otra historia. Murió en su barco, como procede.

Ahí no terminó la intervención castellana. Eso sí, cambiamos de round. En el rincón inglés mandaba el hijo de un usurpador, de nombre Enrique V (el de las dos partes de Shakespeare, el que se prueba la corona mientras el padre vive y abandona la compañía de borrachos y puteros estilo Juan Falstaff). En el francés, los guantes los calzaba Carlos VI, un tipo bastante tocado del ala (su biografía es acojonante). El árbitro era español, de nombre Enrique III el doliente, nieto del fratricida y algo pachucho.

A los ingleses no les fue mal en tierra, ahí están Agincourt y el … that fought with us upon Saint Crispin’s day, pero en el mar la cosa estuvo más reñida (al menos hasta que el pirado vendió su flota).

En esas lides destacó otro castellano, llamado Pero Niño. Las hazañas del pollo destacan incluso en tan ilustre compañía. Fue un auténtico pirata y lo sabemos porque tenemos la fortuna de que Gutierre Díez de Games, un subordinado, nos contó su vida en un libro llamado El Victorial o Crónica de don Pero Niño: sus correrías como corsario, su ataque a Southampton creyendo que era Londres (ya entonces andábamos poco viajados), el asalto a Jersey.

Era gente sin ínfulas imperiales. El último que las había tenido era el único leído: Alfonso X el Sabio. Estos eran mercenarios. Quién sabe si no nos habría ido mejor de haber seguido así, mercantilizando la mala hostia.

Leopoldo II

En el mes de Agosto de 1885, los que sabían algo acerca de África en el Foreign Office estaban de vacaciones. Alguien, sin embargo, remitió una comunicación, un “nos damos por enterados”, algo intrascendente. Y al hacerlo, le dio al tramposo un póquer de ases. Me explicaré.

Los americanos no se interesan demasiado por los negros. Esto lo dijo, en 1884, uno de los tipos más extraordinarios de todos lo tiempos, y no entiendan lo de extraordinario como un elogio, sino en sentido literal. Un tipo que necesitaría varias entradas para empezar a hablar de él y de su asquerosa obra. Un timador, un trilero, un sujeto amoral, el rey de un país demasiado pequeño y ordenado, capaz de soportar su afición por las niñas, pero incapaz de darle su sueño hecho de mapas, barcos y mercaderías.

Lo curioso es que el mismo hombre que preguntaba si estaban en venta las Filipinas, que pensaba en conquistar algún pedazo de China o que ponía por escrito que el tesoro del emperador del Japón estaba “mal custodiado”, terminó haciéndose con un territorio tan grande como media Europa. Lo consiguió engañando a todo el mundo, jugando con cartas marcadas, y aprovechándose de la apatía y la ignorancia de unos, y de la negligencia de otros.

Primero encabezó un movimiento (la AIA) casi filantrópico destinado a crear bases en África Central e introducir allí la “civilización”; luego compró a Stanley y creó una compañía mercantil, la CEHC, en la que participaban, además del tahúr, otras personas que pronto desaparecieron de la empresa, de dudosa reputación (ellos) y prácticamente en quiebra, especialmente interesadas en la explotación la navegación del río Congo y la construcción de un vía férrea que salvase los últimos kilómetros del río, imposibles de navegar. Finalmente convirtió el comité en la Association Internationale du Congo, la AIC. Sir Travers Twiss, el experto oxoniense, contestó, cuando se le consultó formalmente acerca de la posibilidad de depositar en algo tan extraño la soberanía de una nación, que por qué no, que ahí estaban la Orden de Malta o los Caballeros Teutónicos.

Pero me he adelantado. La cosa africana lo era de costas y casi todas estaban ocupadas. Portugueses, ingleses y franceses discutían sobre la desembocadura del Congo y nuestro trilero fue prometiendo a todos lo que negaba a todos, sin más fuerza que las proclamas y una buena fortuna. Cuando el inmigrante despreciado, el extraordinario Brazza, firmó con el reyezuelo Makoko un tratado de amistad, un diputado de la Asamblea dijo con sorna: “Por fin tenemos un aliado”. Lo cierto es que la presencia, no buscada, de Francia, al norte del río Congo, llevó a los políticos ingleses a aceptar a los negreros portugueses. No parecía haber otra solución. Sin embargo, el timador, alto y barbudo y amante de la filantropía, proclamó: ¡libre comercio! Nada hay que guste más a un inglés que eso. Tan filantrópico era nuestro protagonista que anunció que asumiría todos los gastos de la empresa. Los ingleses gritaron ¡hurra! y los franceses, que creían que el tipo era un excéntrico, se encontraron con garantías de que Francia tenía “preferencia” para ocupar el territorio si no era capaz de sacarlo adelante. Y no crean que se olvidaron; pregúntenle a De Gaulle.

Tan absurdo era todo que, cuando Bismarck organizó la Conferencia de Berlín (esa en la que según los libros que habrán leído supuestamente se repartió África), nadie invitó al tahúr. No importó; se coló en la fiesta usando a la delegación americana y al viejo Stanley; y fue prudente: solo pidió, a través de su marioneta, que el territorio incluyeses lo que llamó la “cuenca geográfica y comercial del Congo”, o lo que es lo mismo África central de costa a costa. No se le hizo caso, claro, pero las actas de la conferencia se llenaron de mapas y más mapas, repletos de errores, de cordilleras y lagos inexistentes, y el trilero los fue convenciendo, de uno en uno. Los americanos fueron fáciles: no se interesaban por los negros y “su” hombre era “su” hombre. Bismarck era más difícil. No se tragó las proclamas de buenas intenciones, pero calculó sobre contrapesos: así, cuando el timador se presentó sin fronteras le mandó a paseo, pero luego aceptó un Congo sin Katanga. Los franceses le darían el resto: el timador les dijo que renunciaba a los territorios al norte del río, que no controlaba, pero que, a cambio, reclamaba los que había excluido de los mapas presentados al “canciller de hierro”. Y los franceses, por segunda vez, se asombraron por tanta generosidad. Así que el mapa que firmaron los franceses era diferente: incluía Katanga, la zona más rica del Congo.

El hueso más duro era el inglés. Y entonces se produjo la farsa. El 1 de agosto de 1885, el timador se proclamó rey soberano del Congo, incluyendo la neutralidad y el libre comercio como elementos fundadores. Y se lo comunicó a los firmantes del acta de Berlín.

El acta no contenía ningún acuerdo sobre fronteras, pero todos los documentos que se habían discutido, junto con sus mapas, estaban en un solo dossier. Alguien comprobó que el mapa que aparecía en el dossier coincidía con el que enviaba el rey trilero, y pensó que los ingleses habían aceptado la creación del nuevo Estado. Salió del Foreign Office una comunicación dando al Gobierno inglés por enterado, lo que equivalía a dar por buena la creación del nuevo Estado con las fronteras admitidas por Francia. A la vuelta de vacaciones, los expertos se encontraron con el error ya cometido, e Inglaterra no quiso desdecirse. Cuando años más tarde Rhodes intente hacerse con Katanga (ese oscuro episodio en el que el rey timador termina enviando sicarios), el gobierno inglés se atendrá a su palabra.

El golpe se había consumado. Había nacido un aborto, el horroroso negativo del siglo XX.

Cháchara de Ignatieff

 

Recuerde esta cita de Ignatieff, así sea para escarmentar en su cenicienta cabeza: “Una vida a la defensiva no es una vida vivida en plenitud. Si adoptas la prudencia como lema, el coraje te abandonará cuando llegue el momento de mostrarlo”.

 

En el año 217 a.e., tras los desastres de Tesino, Trebia y Lago Trasimeno, el Senado romano nombró al patricio Quinto Fabio Máximo dictador. También designó al plebeyo Marco Minucio Rufo como su magister equitum, es decir, jefe de la caballería. Ambos nombramientos eran inusuales (pues lo habitual es que el dictador fuera designado por los cónsules, pero uno había muerto y el otro estaba fuera de Roma, y el magister equitum solía ser designado por el dictador) y demostraban cómo la invasión de Italia por Aníbal había trastocado a los romanos.

Quinto Fabio Máximo era aparentemente un hombre gris, funcionarial. Se dedicó a seguir siempre los procedimientos, sobre todo los religiosos. Al ser nombrado y antes de avanzar contra Aníbal ocupó su tiempo en reconstruir las murallas de Roma y en ordenar el derribo de puentes y el abandono de ciudades mal defendidas.

Más tarde, al avanzar hacia las fuerzas de Aníbal hizo algo escandalosamente inusual. Durante meses evitó cualquier batalla que pudiera merecer ese nombre. Se acercaba a Aníbal, ocupando colinas en las que el gran cartaginés perdía la ventaja de sus caballería y, en cuanto podía, atacaba a las columnas de aprovisionamiento de aquel. En esos meses, el ejército romano se fue convirtiendo en un ejército de veteranos y Aníbal fue debilitándose.

La desesperación de Aníbal ante la estrategia de su rival le obligó a hacerse más audaz y casi lo llevó a la derrota total. Al norte de Capua hay una llanura, “ager falernus”. Cuando Aníbal la penetró, buscando aprovisionamiento y quizás la defección de la ciudad, se encontró al poco encerrado. Fabio se había situado y había reforzado las posiciones de tal manera que la única forma de escapar exigía un ataque contra posiciones romanas en alto y bien defendidas. No olvidemos que Fabio se enfrentaba a uno de los mayores genios militares de la historia. Aníbal solo pudo escapar con un ardid. Concentró miles de bueyes, ordenando que se ataran gavillas a sus cuernos. De noche se incendiaron las gavillas y los bueyes huyeron en estampida. Fabio se negó a moverse, temiendo la batalla nocturna, pero la guarnición que defendía uno de los pasos se abalanzó a luchar. Ese fue su fin. El ejército cartaginés había iniciado la huida por el paso previamente defendido y los soldados romanos se vieron desbaratados por la estampida y luego masacrados por la retaguardia ibera.

El incidente de “ager falernus” y la victoria en una escaramuza de Marco Minucio Rufo, avivó la oposición en Roma a las tácticas de cunctator, el ápodo que se empezaba a usar contra Fabio: “el que retrasa”. Un tribuno de la plebe propuso dividir las tropas entre Marco Minucio Rufo y Quinto Fabio Máximo. Fabio aceptó con espíritu deportivo la decisión y Aníbal lo hizo con espíritu de depredador. En Geronium Aníbal tendió una trampa a Minucio, que solo se salvó del desastre por la aparición de las tropas de Fabio. Minucio comprendió la lección y devolvió el mando a Fabio, pero la derrota y la estrategia de tierra quemada empezaban a cansar a los romanos.

Cuando venció el plazo para el ejercicio del cargo de dictador, los romanos designaron nuevamente cónsules. Dos de ellos, Lucio Emilio Paulo y Cayo Terencio Varrón, un año después se enfrentaron a Aníbal en campo abierto, en Cannas. Allí Aníbal masacró a los romanos, en una de las victorias más imponentes de la historia, dejando decenas de miles de muertos en el campo de batalla.

Cuando Cayo Terencio Varrón, uno de los pocos supervivientes de la batalla y principal responsable de la derrota, regresó a Roma, los principales de la ciudad lo recibieron a las puertas y le dieron las gracias por no haber dudado de la patria. En primera fila estaba Fabio.

Quinto Fabio Máximo Cunctator murió en 203 a.e. No tuvo tiempo de conocer la derrota final de Aníbal, pero sí de cumplir más servicios a Roma, al recuperar Tarento. El año de su muerte, Aníbal abandonaba Italia, después de quince años.

Añado Cunctator a su nombre porque el senado romano, tras la derrota de Cannas, convirtió el apodo insultante en título honorífico.

Quinto Ennio, en sus “Annales”, escribió:

Unus homo nobis cunctando restituit rem,
Non ponebat enim rumores ante salutem

Un solo hombre de entre nosotros, retrasando, restituyó la república, al preferir la seguridad pública a la cháchara.

 

No puedo más

El 6 de octubre de 1973 los ejércitos sirio y egipcio atacaron a las fuerzas armadas de Israel, que fueron sorprendidas sin estar preparadas. Comenzaba la Guerra del Yom Kipur.

Ese día Zvi Greenhold, el señor de la fotografía, estaba de permiso. Tenía rango de teniente y, al enterarse de que había comenzado la guerra, se puso su uniforme, hizo autostop y llegó hasta Nafekh. En ese lugar se encontraba el Cuartel General de la Brigada Barak. Muy cerca pasa la llamada ruta Tapline. No se trata de una carretera, sino de un oleoducto comenzado en 1947.

En la imagen de google maps, la ruta aparece como una línea diagonal y Nafekh está señalado con la A. A la derecha del mapa se ve la frontera entre Siria e Israel.

Zvi no había destacado especialmente hasta ese momento; eso sí, conocía bien la zona en la que se estaba produciendo el ataque sirio, ya que había nacido en el kibbutz Lohamei HaGeta’ot, que se encuentra en la costa, muy cerca de la frontera con el Líbano.

Es muy largo contar la masiva batalla (batallas) de tanques que tuvo (tuvieron) lugar a lo largo de la primera semana de guerra en los Altos del Golán. Basta con decir que se la ha comparado con Kursk. Y en ella, el episodio más destacado, hasta el punto de ser considerado un ejemplo casi perfecto de batalla defensiva, es la actuación de la 7ª Brigada en el Valle de las Lágrimas, que entre el 7 y el 8 de octubre de 1973 destruyó más de quinientos tanques y blindados en un frente de apenas veinte kilómetros.

Sin embargo, la acción de guerra más llamativa de la campaña fue resultado de la necesidad de improvisar y es extraordinaria. Si se divide el frente en dos partes, la norte y la sur, resulta más fácil de comprender. En la parte sur, la que atraviesa la ruta Tapline hasta Nafekh, las fuerzas sirias destruyeron prácticamente la Brigada Barak, que perdió casi un noventa por ciento de sus comandantes, entre ellos al coronel Ben Shoham, que fue alcanzado cerca de Nafekh, en uno de los momentos culminantes de la guerra. Y por ese agujero abierto a través del camino del oleoducto se intentaron colar dos divisiones sirias más una división acorazada. Casi seiscientos tanques hicieron lo posible por llegar al puente de Arik, sobre el río Jordán. Y se quedaron muy cerca. Si no lo lograron fue gracias a la rapidez de los israelíes a la hora de movilizar sus reservas y al tiempo que ganaron unas fuerzas muy escasas.

Cuando el teniente Zvi llegó, la situación ya era caótica. Pidió el mando de una fuerza de carros y le entregaron cuatro, de los que tres estaban siendo reparados mientras se extraían de ellos los cadáveres de sus tripulantes. Su nombre sería el de Fuerza Zwicka, el apodo del teniente.

Esa misma tarde avanzó con sus cuatro tanques por la ruta Tapline y se encontró con la avanzada de las fuerza sirias, que habían sobrepasado y rodeado las fuerzas de Ben Shoham (que anduvo toda la noche ocultándose y dirigiendo sus fuerzas por radio). Mientras tanto, Zwicka había empezado su cuenta particular. Eran las nueve de la noche del día 6. En los primeros enfrentamientos su tanque perdió el sistema de comunicaciones, así que se pasó a otro y ordenó al que había sido suyo que siguiera sus movimientos. Sin embargo, al poco tiempo, su anterior carro de combate había sido destruido. Se había quedado solo, así que decidió esperar, al oeste de la ruta Tapline.

Pronto todo el mundo, por radio, comenzó a seguir las andanzas de la Fuerza Zwicka, formada por un solo tanque, aunque solo él conocía ese hecho. Una media hora más tarde de haberse emboscado, vio como una columna de treinta blindados sirios y camiones de apoyo avanzaban por la carretera, así que esperó, y cuando estaban muy cerca, a apenas veinte metros, disparó contra el primer tanque, huyó y empezó a disparar desde diferentes posiciones, moviéndose constantemente y haciendo creer a los sirios que estaban siendo atacados por una fuerza superior. Cuando había alcanzado a diez tanques, los sirios retrocedieron.

Parecía que a Zvi le acompañaba la suerte, ya que se le unieron otros siete blindados, al mando del teniente coronel Uzi. Por desgracia, la columna, que había avanzado hacia el sur, siguiendo la ruta, en la dirección del repliegue sirio, fue sorprendida por fuerzas sirias y tuvo que defenderse durante tres horas, en las que prácticamente fue destruida y en la que el propio Uzi perdió un brazo y quedó ciego.

Zvi, que mandaba un pelotón de tres tanques dentro de la fuerza de Uzi, retrocedió, pero sus tanques fueron alcanzados y sus ocupantes muertos o heridos. El propio Zvi salió ardiendo del tanque y tras rodar por el suelo, huyó hacia la alambrada que discurría paralela al oleoducto y saltó a la carretera, por la que corrió hasta encontrarse con un tanque israelí, que venía siguiendo el camino de la fuerza de Uzi. Zvi se hizo cargo del carro (tuvo que cambiar seis veces de tanque) y de otro que estaba evacuando heridos y anunció por radio que la Fuerza Zwicka seguía existiendo, justo antes de atacar a dos tanques sirios que, de nuevo, avanzaban por la carretera.

Ya estaba amaneciendo cuando pudo unirse a las fuerzas del coronel Yisraelí, que parecía ser capaz de detener el avance sirio, en esa mañana del día 7 de octubre. Sin embargo, se trataba de una ilusión. Los sirios habían flanqueado a las fuerzas israelíes, habían avanzado más de cuatro kilómetros más allá de donde se encontraban y estaban a punto de tomar Nafekh. Así que Ysiraeli ordenó retirada, entre fuertes combates. Poco tiempo después, De la fuerza de Ysiraeli sólo quedaban tres tanques, entre ellos el de Zvi, que, de camino a Nafekh, sobrepasó el blindado de Ben Soham, que colgaba muerto a los pies, tras haber sido ametrallado en lo alto de la torreta.

Zvi, otra vez solo, dejó la carretera, en la que estaban emboscado los sirios, esperando el repliegue, y se dirigió a Nafekh campo a través. Cuando se acercaba al Cuartel General, que estaba siendo asediado, se encontró con otro tanque, al mando de un reservista, y le ordenó actuar con él. En ese momento, empezó a disparar como un loco contra todos los blindados que veía. Tras treinta horas de lucha sin descanso, el conductor de su tanque, en estado de shock, lo mandó todo a la mierda, paró el tanque y salió huyendo. Zvi pudo localizar otro conductor y seguir luchando. En una conversación, ya famosa, un capitán informó que Nafekh estaba perdido y que sólo quedaba un centurión (el tanque de Zvi), llenó de locos, disparando contra los sirios.

En ese momento, apareció la 79ª Brigada del coronel Ori, la esperada fuerza de reserva, que torció el curso de la batalla.

Zvi no paró. Se dirigió hacia otra base que estaba siendo atacada, pero al pasar cerca de tres tanques israelíes vacíos e intactos, con los motores en marcha, descendió del suyo y empezó a patear uno de los tanques. Poco después, con las ropas y el cuerpo quemados, se dirigió al mayor Dov, el segundo de Ben Soham y le dijo, “no puedo más”. Se derrumbó. Había destruido cuarenta tanques y veinte blindados sirios.

He leído que los sirios dan todavía, a la Fuerza Zwicka, la categoría de batallón, y hay quien sostiene que un tanque paró el avance de una división acorazada.

El propio Zvi Greenhold llegó a afirmar que tampoco estaba tan cansado, que fue ver esos centuriones abandonados lo que le llevó a pensar que lo que había hecho quizás no había servido para nada. Parece que se equivocaba.

Dahomey

Jean Marie Bayol llegó a Abomey en 1889. El Gobierno francés lo enviaba para meter en cintura al salvaje rey Glegle, un tipo que se empeñaba en pretender que el rey de Porto-Novo, un buen hombre llamado Toffa, era vasallo suyo, cuando todo el mundo en Francia sabía que era vasallo de los franceses. Esa discusión no era nominalista, Glegle mantenía la costumbre de sus predecesores de “visitar”, de vez en cuando, a sus vecinos y, de paso, agenciarse de una buena colección de trofeos. No en vano Dahomey, que así se llamaba el reino de Glegle, llevaba sus buenos dos siglos dedicado al comercio de esclavos.

La historia de Dahomey se remonta al siglo XVII. Entre los actuales Accra y Lagos, se encontraba una zona libre de selva, conocida como el “Gran Claro”. No es un accidente geográfico: fue producto del desbrozo del bosque. Allí, y por los alrededores (entiéndanlo en un sentido amplio), vivían (y viven) los yoruba, los edo, los ibo, los akan, los ewe. A nosotros, los que nos interesan son los fon, instalados en el centro del “Gran Claro”. Su historia mítica y la de sus ciudades se remonta a las peleas entre tres hermanos: el que ganó se quedó con Allada, el núcleo de expansión. Otro fundó Ayaché, a la que los portugueses llamaron Porto Novo. El tercero se fue al norte y fundó Abomey.

Los europeos no tenían, al principio, especial interés en esa zona y se centraron en explorar y explotar la vecina Costa de Oro, al sur del país ashanti. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que oro había poco y gente mucha, y que era mejor negocio la captura y trata de esclavos. Y la mejor zona para el tráfico era el Gran Claro, pronto rebautizado como Costa de los Esclavos. Su centro fue Widah, un villorrio infecto, controlado por europeos, que rápidamente comenzó a tratar con los fon de Allada.

Las noticias, ya lo saben, vuelan. Y más si se trata de dinero y ganancias. Los fon del norte, los que vivían en Abomey, habían fundado una pequeña Esparta, a la que llamaron Danhomé, que se convirtió entre los españoles, los portugueses y los franceses del lugar, en Dahomey. Los occidentales pronto crearán mitos alrededor de sus prácticas bestiales: los sacrificios rituales, sobre todo a la muerte de algún rey, el canibalismo, la tortura de los enemigos …

Uno de esos mitos, el más fastuoso, precisamente por no serlo, es el del regimiento de amazonas. Lo había fundado un rey con iniciativa que ordenó a unas cuantas de sus esposas defender la patria. La cosa resultó bien, se dice que por la ferocidad de las pobres amazonas, que en su calidad de esposas del rey sólo podían fornicar con este, bajo pena de muerte. Y no le veían mucho.

Como todos los cuerpos de élite que en el mundo han sido, se las atendía muy bien, tenían un rancho especial, y, cuando no andaban matando y aterrorizando a la gente, vivían en las mejores chozas que se podían adquirir en la “urbe”.

El caso es que esta gente no se iba a quedar cruzada de brazos, dejando en manos de sus muelles primos del sur el negocio de la trata. Así que conquistaron todo el país fon y lo hicieron tan bien que terminaron incluyendo en la conquista la propia Widah. Los militaristas, ya saben, no entienden bien de la cosa mercantil, y suelen matar la gallina de los huevos de oro a base de maniobras. Los tratantes, que gozaban de una envidiable movilidad geográfica y funcional, se piraron a Porto Novo, o más al este, a la costa de la actual Nigeria. El negocio fue decayendo hasta que, a principios del siglo XIX, aparecieron los negreros brasileños, dando lugar a una época dorada de los reyes del Dahomey. Esa prosperidad se acredita con la dilatada duración del reinado de sus dos reyes más importantes, Guezo, entre 1818 y 1858, y Glele, entre 1858 y 1889. Lo malo de las economías esclavistas es que no suele ser vista con buenos ojos por los esclavizados. Cuando llega el senador Bayol a Abomey, los yoruba y los ingleses ya les habían dado unos cuantos sustos a los simpáticos prusianos de Dahomey, que habían terminado prometiendo, con la boca pequeña, abandonar una práctica tan fea.

Sin embargo, la clave de su destino no fue la trata, sino la presencia alemana en Togo. Ya saben: la carrera, pero no hacia el mar, sino hacia el interior. Los franceses no podían permitir que los alemanes se hicieran con el control de Dahomey. Glele no vio el peligro: se estaba muriendo cuando llegó Bayol a Abomey. Uno de sus hijos le dijo al explorador que el rey de Dahomey no iba a regalar su tierra y que, además, no entendía como podía pretender eso una nación gobernada por jóvenes irreflexivos. A esa conclusión había llegado al enterarse de que Francia era una república y no un reino. Lo gracioso es que se lo dijera al provecto Bayol.

Todo se precipitó a la muerte de Glele. En su funeral, su sucesor, que se autodenominaba “Tiburón de Tiburones”, de nombre de pila Kondo, y coronado como Behanzin, dio un fiestorro que no gustó mucho en la puritana Europa. Sobre todo por el sacrificio de cuarenta y un muchachitos y cuarenta y un muchachitas. En el parlamento francés se alzaron las voces de la cultura y la defensa de los derechos humanos, sobre todo la de un diputado que llamó a Behanzin “gorila real”, y se acordó sacar a Dahomey de la barbarie antes de que lo hicieran los alemanes. Dos años les costó a los franceses, que no comprendían cómo podían usar tan bien los cañones los putos negros (tal era su sorpresa que siempre vieron detrás de esas habilidades la mano alemana; creo que no salieron del error hasta Dien Bien Phu). Las amazonas se portaron como de costumbre y no quedó una en pie.

Y el gorila real, Behanzin, terminó fatal: vean que sólo se pudo llevarse cinco de sus doce mujeres a Martinica. Murió en Argelia, supongo que fumando su pipa.

Vivan las cadenas

 

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill se encontraba, aparentemente, en la cumbre de su poder. Nadie simbolizaba como él la resistencia frente al nazismo.

Sin embargo, en el Reino Unido hubo elecciones y las perdió. Como de costumbre, las simplificaciones terminan amontonando los votos de forma binaria y la gente confunde las sumas con las razones. La más usual dice que los británicos no creían que el hombre que les había mandado en la guerra fuese el más adecuado para mandar en la paz; otros creen que pasaron factura a los conservadores por los errores previos a la contienda. A saber. Sobre todo, a saber si se puede saber. Lo importante es que da igual: los votantes le dieron una patada en el culo. Y eso, además, no impidió que volviera a ser Primer Ministro cuatro años más tarde. Como es evidente, no hay ninguna razón para pensar que eso que llaman “las oligarquías” o la “casta” prefiriesen el gobierno de los laboristas. También los británicos, ya ven, se ciscaron en las explicaciones sobre el control de las élites del proceso político.

Así de raras son las democracias. La gente vota y le vuela la cabeza “figuradamente” a cualquiera. Dan igual los méritos. En particular, dan igual los méritos históricos.

Por eso me repugnan tanto las portadas sobre Fidel Castro. Gente de todo tipo hablando de la importancia de un sujeto que siguió mandando porque no hubo una sola ocasión en la que los cubanos pudieran votar. Fíjense: es posible que de haber podido votar, hoy Castro no apareciera más que en la necrológica de algún periódico de una Cuba libre.

¿Saben por qué no hay gobernantes democráticos que estén cinco décadas en el poder? Porque a la gente se la sudan los destinos históricos, los fines de siglo, los pilares de la civilización y las luces y las sombras. Cuando la gente decide, decide sin pensar en los libros de historia y en las masturbaciones de lo intelectuales.

Antes de entrar a discutir las mentiras de los hagiógrafos del tirano, la reflexión es esta: ¿no os da asco, en pleno siglo XXI, alabar la figura de un tipo que nunca permitió a su pueblo darle la patada?

Joder, cincuenta años mandando. Y va a seguir mandando, a través de su hermano, después de muerto. Pero esto no les llama la atención. Al parecer, el pecado original es menos importante que sus erecciones juveniles.

Hay que ser imbécil.

Malik Mir Sultan Khan

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Es muy poco lo que se conoce de Malik Mir Sultan Khan. Esa ausencia de información, unida a su extraordinaria aparición en el ajedrez mundial durante apenas cinco años, exige mucha cautela a la hora de dar por buenas anécdotas que aparecen en libros, artículos y memorias.

Los datos seguros son los siguientes: que había nacido en la India británica, concretamente en el Punyab; que prácticamente no hablaba inglés; que llegó a Europa acompañando a Sir Malik Mohammed Umar Hayat Khan, soldado, terrateniente y aristócrata; que ganó tres veces el campeonato británico de ajedrez; que era un genio.

Al parecer Sultan Khan aprendió ajedrez de su padre, pero con las reglas del juego tradicional indio (sin enroque y sin la posibilidad de avance inicial del peón de dos escaques). Cuando se convirtió en el ajedrecista más fuerte del Punyab, Sir Umar lo acogió en su casa para que aprendiese ajedrez conforme a las normas internacionales. Dos años más tarde, en 1928, con veintitrés años, se convirtió en campeón de la India, demostrando, al ganar prácticamente todas las partidas (solo firmó unas tablas), que no tenía rival. Sir Umar, que iba a viajar a Londres, se lo llevó consigo. Su primera participación en un torneo de entrenamiento fue mediocre, pero solo un par de meses más tarde, y después de unas clases aceleradas con un fuerte maestro inglés —Frederick Yates— venció en el campeonato británico. Al parecer necesitaba la asistencia constante del secretario personal de Sir Umar, como traductor.

A partir de ese momento, Sultan Khan ingresó en la élite del ajedrez. Participó en tres Olimpiadas (Hamburgo, 1930, Praga, 1931, Folkestone, 1933), en algunos de los más fuertes torneos (Lieja, Hastings, Berna, Londres) y se enfrentó a los más fuertes jugadores de la época. La más famosa de sus partidas es la que le enfrentó a Capablanca, en 1930, en el torneo de Hastings. Capablanca, para muchos estudiosos el ajedrecista más dotado de la historia, afirmó tras jugar ese torneo y perder esa partida que Sultan Khan era un genio. Tenía que serlo para vencer a y hacer tablas con esos monstruos sin saber nada prácticamente de la teoría de aperturas. Sus partidas se caracterizan precisamente por la necesidad de recuperarse en el medio juego de las debilidades que otros maestros creaban en la apertura.

Khan, en esos años, ganó a Capablanca, a Flohr, a Tartakower, a Rubinstein, y obtuvo tablas con dos campeones del mundo de la época, Euwe y Alekhine. La enormidad de este logro es difícil de evaluar. Estamos hablando no solo de los jugadores más fuertes de su época, sino de algunos de los más extraordinarios genios de la historia del ajedrez.

En 1933, Sir Umar volvió al Punyab y con él se marchó Sultan Khan. Se dice que no se aclimató y que siempre estaba enfermo. Es comprensible que se le haya llamado el Ramanujan del ajedrez. Ambos compartieron el talento natural, la ausencia de formación académica y la aversión por la humedad de Londres. A lo mejor también influyó el resultado de la última Olimpiada en la que participó, la menos exitosa. Quizás Khan no pudiera recuperar el tiempo perdido y fuera consciente de que, sin la base teórica y una vez superada la sorpresa inicial, cada vez le iba a resultar más difícil enfrentarse a oponentes que yo no lo subestimaban.

Prácticamente no se supo nada de él hasta su muerte en 1966 (de vez cuando aparecieron noticias en periódicos occidentales sobre aquel jugador indio que asombró al mundo, normalmente falsas; en una de ellas se le confundió con un cantante). Su patrón, muerto en 1944, le había legado una granja. Cuentan sus biógrafos que no enseñó ajedrez a sus hijos para que dedicaran su tiempo a algo útil. A saber si es cierta esa anécdota. No obstante, encaja con lo que contó Reuben Fine, el fortísimo jugador estadounidense, en su libro Lessons From My Games. 

After the tournament [the 1933 Folkestone Olympiad] the American team was invited to the home of Sultan Khan’s master in London. When we were ushered in we were greeted by the maharajah with the remark, “It is an honor for you to be here; ordinarily I converse only with my greyhounds.” Although he was a Mohammedan, the maharajah had been granted special permission to drink intoxicating beverages, and he made liberal use of this dispensation. He presented us with a four-page printed biography telling of his life and exploits; so far as we could see his greatest achievement was to have been born a maharajah. In the meantime Sultan Khan, who was our real entrée to his presence, was treated as a servant by the maharajah (which in fact he was according to Indian law), and we found ourselves in the peculiar position of being waited on at table by a chess grand master.

De sus partidas, la que más me gusta es esta contra Flohr.

Por cierto, entre los datos seguros, el último que he citado es que Khan era un genio. Lo afirmo porque, como ya he contado, es lo que dijo Capablanca, y no vamos a poner en entredicho la opinión del gran cubano, ¿verdad?