El alimento de la turba

 

El proceso secesionista se fundamenta, todo él, en una gigantesca mentira. Es esto tan obvio que no voy a perder un segundo en demostrarlo. Quien no esté de acuerdo puede ahorrarse todo lo que viene a continuación.

Pero hay otra mentira, especialmente dañina, que ha sido alimentada y que tiene una fuerza enorme, ya que se ajusta perfectamente a los sesgos de muchas personas.

Para explicar cuál es, les expongo cuál es mi postura (en este momento) sobre la cuestión catalana. Yo creo que no hay que cambiar la Constitución. Estoy en contra, en particular, de una reforma que permita un procedimiento de secesión. Estoy en contra de que se apruebe un procedimiento que permita un referéndum nacional o uno restringido a una comunidad autónoma con el fin de someter la posibilidad de una secesión a todos los ciudadanos españoles o a una parte. En cuanto a las competencias del Estado y de las comunidades autónomas, siendo como es esta cuestión tan compleja y pudiéndose referir a materias tan diversas me pronunciaría en cada caso, no prejuzgando ninguna posibilidad: es decir que las comunidades autónomas reciban más competencias o que alguna de las cedidas sea recuperada por el Estado o cedida a la Unión Europea. Mi proyecto a largo plazo (lástima que no pueda ser a corto) pasa por la creación de un Estado europeo que reciba tal nombre y perder mi nacionalidad española sustituyéndola por otra europea.

Mi posición no solo es legítima, sino que es legal. Es decir, se ajusta a la ley vigente. Por decirlo de otra forma: nadie me puede reprochar que defienda el mantenimiento del edificio constitucional tal y como existe, porque fue producto de decisiones legales, constitucionales y democráticas. Como es obvio, se puede defender la necesidad de un cambio constitucional como posición política, pero el que lo haga no puede imponerme su posición política mientras no obtenga las mayorías legales y mientras no se cumplan escrupulosamente todos los procedimientos legales para el cambio de la ley y la Constitución.

Sin embargo, se ha ido trasladando la idea de que una posición como la mía es inmovilista. Es decir, que es problemática. Aparentemente lo es porque muchas personas de una región española quieren cambiar la ley. Por lo visto, no es legítimo (cuando se usa el término “inmovilista” no se hace por capricho) simplemente oponerse a los deseos de otro. Si otros (sin tener las mayorías para ello) desean un cambio de la ley, la mayoría ha de ceder de alguna forma.

Esa postura es la que se expone tan habitualmente con la frase: ¿habrá que hacer algo, no? Por lo visto no es legítimo decir simplemente no. Yo, ciudadano cumplidor de la ley, no puede mantener una opción política que pase por que no se cambie la Constitución en un determinado sentido.

Esa idea de que hay dos extremos, los que quieren saltarse la ley y los “inmovilistas” que no ofrecen nada, es moral e intelectualmente asquerosa. Pringa. Los que quieren saltarse la ley, los que se constituyen en turba soberana, no tienen nada que ver conmigo. Yo acepto las leyes. También las que no me gustan. Y les aseguro que hay muchas leyes que no me gustan nada.

Esa idea tiene padres y defensores. Mucha gente lleva haciendo análisis políticos desde hace muchos años que se basan en la tesis de que es preciso ofrecer algo a los que no son mayoría para evitar que la cosa “pase a mayores”. Se basa en la tesis de que hay algo malo, inmoral o peligroso en posiciones como la mía, a pesar de que yo sí respeto la ley. Esa tesis, la que habla del “problema político”, lleva años excluyendo lo principal: la rotunda e inequívoca denuncia del golpismo.

Ya sé que muchas de las personas que lean esto se van a cabrear, pero qué le vamos a hacer. Estoy hasta las gónadas de medias verdades. Si desde el primer día hubieran afirmado que es ilegítimo cualquier camino hacia la secesión que no pase por una reforma constitucional, si hubieran denunciado el golpe en ciernes (he leído muchas bromas sobre esto, porque llevo años diciendo lo mismo, aunque, oh mundo, ahora se ha extendido el término) y hubieran admitido que una postura como la mía es totalmente legítima y legal, sin haberla demonizado, podría admitir matices. Pero esto no ha pasado. Porque esas personas también tienen sus agendas, y el ruido secesionista era favorable a esas agendas. Han jugado desde hace años con la solución intermedia entre el golpe de Estado y lo que llamaban inmovilismo. Para que los “inmovilistas” como yo tuviéramos que ceder y que pensar que a lo mejor había que tragar con cosas con las que no queríamos tragar, hacía falta el fondo sordo del miedo a la confrontación civil. No estoy hablando de juego político. Esa es la gran mentira. No hay equivalencias. Un científico no debe discutir con un creacionista sobre evolución. No debe otorgarle el nivel que sus posiciones intelectuales (más bien su ausencia) no le dan. Sin embargo, los que hablan del problema político mientras nos señalan nos han colocado en un extremo de una línea falsa. No hay una línea entre mi posición y la de un golpista. El golpista está fuera de la línea porque ha decidido situarse fuera de la ley y la democracia.

En realidad, en el otro extremo de la línea están los que quieren cambiar el sistema legalmente. El problema es que muchos de ellos han usado a los golpistas para obtener músculo.

Ahora, cuando las cosas se ponen negras, muchos de los que llevan años llamándome inmovilista, se acojonan y gritan contra los que se están saltando la ley. Los creo sinceros; a la mayoría, al menos. Pero también son responsables. Cada vez que me etiquetaban para hacerme más débil; cada vez que me convertían en extremista; cada vez que representaban el papel de moderados dialogantes y “entendían” a los que habían anunciado que se iban a saltar la ley, los blanqueaban.

No espero que lo admitan y rectifiquen. De hecho, cuando, algunos de ellos, hace unos días, escribieron un manifiesto, se cuidaron de explicar que están contra Rajoy, que no los confundan. Y de hecho, todavía hoy, con los golpistas en la calle y en las instituciones catalanas, siguen diciendo, sí, hay que cumplir la ley, pero habrá que hacer algo más ¿no? Como si no fuera legítimo decir solo: hay que cumplir la ley, que lo otro depende de si convences a suficiente gente o no.

Por eso no quiero escribir ninguna cara B, como si hubiera un debate posible entre los que aceptamos cumplir la ley democrática y los que se la saltan. Soy una persona civilizada. No me avergüenzo de tener una posición propia. Cumplo con la ley e intento no dañar a nadie innecesaria e injustamente. No deseo el mal. Me alegraría muchísimo si todos los que están incumpliendo la ley rectificasen, minimizando el daño que nos causan y que se causan.

Tampoco quiero que me pidan perdón los que llevan años llamándome fascista o intransigente. Me bastaría con que lean esto y entiendan lo que digo, aunque una vez más sucumbo a mi habitual pesimismo. Seguro que habrá quien me diga, tras leer todo lo anterior: tienes razón, cúmplase la ley, pero ¿habrá que hacer algo más, no?

 

 

Anuncios

Y si …

 

Traigo esto de aquí …:

He contado muchas veces mi relación especial (que diría un inglés refiriéndose a Estados Unidos) con la Historia de Roma de Indro Montanelli. Lo leí con trece años, gracias a un amigo de colegio, que lo sacó de la biblioteca paterna y me lo prestó. Me gustó tanto que, angustiado por tener que devolverlo, lo fui resumiendo en folios blancos, cortados por la mitad, que rellenaba con letra minúscula aprovechando todo el espacio disponible. Tardé como un mes, en la cocina de casa, aprovechando el sueño de los demás para evitarme las regañinas. Salieron entre treinta y cuarenta hojas, que conservé muchos años, hasta que se perdieron en una mudanza. Como comprenderán, casi me aprendí el libro de memoria y descubrí que allí estaba todo, como en Los Simpson.

… porque, a raíz de algunas respuestas leídas en tuiter a la pregunta sobre los beneficios objetivos de una secesión catalana frente a su riesgos, se me ha preguntado por cómo habría sido la historia de Barcelona o Valencia si nuestra historia no hubiera sido como fue.

Y he recordado algo que tenía ahí guardado en la memoria. Cuando empecé a leer sobre Roma (en la inmortal obra de Montanelli y en otras que fui encontrando, introducida ya la espita), fabulé con entusiasmo durante un tiempo y lo hablé con algún amigo, con la idea de que César hubiera podido llevar a cabo la empresa que había diseñado: atacar en Asia Menor y luego girar hacia el norte, penetrando en las tierras de los germanos por el este. Fabulé sobre un imperio que no habría sufrido las invasiones de los germanos porque los germanos habrían sido romanizados. Imaginé un mundo completamente diferente.

Tenía trece años. No puedo decir con exactitud cuando dejé de lado estas tonterías infantiles. Quizás con catorce años.

Intentar prever el futuro es difícil, aunque es una tarea imprescindible. De hecho lo hacemos constantemente. Por eso no metemos la mano en aceite hirviendo. También por esta razón la humanidad lleva milenios refinando los procedimientos para mejorar nuestras predicciones.

Intentar dibujar un pasado, un presente o un futuro alternativos, basados en un pasado alternativo, es inútil y es estúpido. Solo se me ocurren tres utilidades para una actividad de esta naturaleza: rellenar el tiempo con banalidades entretenidas, ganarte la vida escribiendo obras literarias y justificar tus acciones actuales dañinas a falta de argumentos. Las dos primeras son legítimas. La tercera es una muestra de mendacidad e irresponsabilidad.

 

Mataviejas

 

Mataviejas fue nuestro segundo cliente. Lo conocimos en medio de la mudanza, nada más abrir el despacho. No teníamos aún oficina ni un lugar en el que recibir, así que imprimimos el presupuesto y se lo llevamos a su casa. Vivía en el barrio de Salamanca, en un edificio algo destartalado, en un piso de la madre. Ella vivía con Mataviejas. Supusimos pronto que había sido madre soltera, por retales de información que fuimos recolectando. La vivienda era vieja, los muebles eran viejos y olía a viejo. Mataviejas era bastante joven, pero parecía viejo. Fofo, con apenas unos mechones rubios pegados a su calva, y lampiño, sonreía permanentemente, hasta cuando simulaba enfadarse. Su aspecto era dulzón y siempre vestía un jersey fino con rombos. Mataviejas daba la mano lacia y su tono de voz era chillón y desagradable, como de tubo de órgano desafinado.

Éramos muy baratos y nos contrató. Al principio para una cuestión sencilla, pero pronto todo se complicó. Mataviejas y su madre se dedicaban a cuidar ancianos y dos de ellos, hermanos, les habían dejado pisos en su testamento. Uno murió poco después, en su casa, y los sobrinos del difunto, al descubrir el legado y, con él, el testamento del que todavía vivía, presentaron una denuncia. La primera acusación fue de asesinato. El muerto tenía un golpe en la cabeza. Esa fue mi primera declaración como abogado. Eran otros tiempos, menos serios. Mataviejas no declaró en sala ni en el despacho del juez, sino en la secretaría del juzgado. Sudaba intranquilo. Llevaba una especie de mariconera y, cuando el oficial le pidió el DNI, mientras esperábamos al juez, la abrió y rebuscó nervioso. En su afán por encontrar el documento, al remover el contenido del bolso empezó a asomar un trozo de tela, una especie de pañuelo, con manchas oscuras como de líquido pegajoso parecido a sangre seca. Nada más verlo, pensé que no podíamos empezar con peor pie, así que comencé a distraer al oficial, intentando evitar que se diese cuenta.

Ese día Mataviejas se convirtió en Mataviejas. Éramos muy jóvenes, muy poco respetuosos y el asunto nos venía grande. Tuvimos suerte. Los forenses no encontraron indicios de muerte violenta y se archivó. También parecía que la impugnación del testamento del fallecido iba por buen camino, hasta que, tras revocar el suyo, el hermano vivo, asesorado por los sobrinos, presentó una querella por estafa. La suerte se acabó. Fue una gran pelea, pero era muy difícil explicar cómo madre e hijo se habían ganado el agradecimiento de ambos hermanos en tan poco tiempo, de no ser por ardides, y no ayudó mucho que los testamentos se hubiesen completado con un par de poderes de ruina.

Mataviejas terminó en prisión. Su madre se salvó por su avanzada edad, por su bondadoso aspecto y por la asunción que hizo el hijo de todo lo sucedido. Nosotros siempre sospechamos, sin embargo, que ella era a la vez el cerebro y el arma ejecutora. Quién mejor que una versión femenina de Papá Noel para convencer a ancianos medio abandonados por sus familiares.

Mataviejas se portó muy bien en prisión y no tardó mucho en salir. Al parecer hizo allí bastantes amigos.

En cuanto a su madre, recibió con aplomo y deportividad la condena de su hijo; solo quizás durante un instante sus bondadosos ojos azules me parecieron de metal.

 

Cajones

 

El problema de mezclar la ideología con ciertos males es que, si el diagnóstico y la solución prescrita no funcionan, es posible que los demás denuncien la ideología completamente. A veces, de forma injusta y apresurada. También por eso se encastillan los creyentes y, si se convierten, defienden la nueva fe con más fuerza que nadie. Si la realidad no se ajusta, ajustan la realidad a la vieja o a la nueva fe.

La ventaja de una aproximación a los problemas sin prejuicios ideológicos es, por esto, indiscutible. Es cierto que a veces esa ausencia es falsa, mera apariencia. O, seamos generosos, que el aparato ideológico exista e influya, y no nos demos cuenta. No obstante, siempre es mejor esto que lo contrario. Al menos revela pudor e introduce una salida para el orgullo, ese vicio tan humano. Si dices que estás dispuesto a revisar tus postulados si no se ajustan a los datos, aunque no te lo creas del todo, puede que, llegado el momento, des un paso atrás: la retirada es digna. Sin embargo, si crees en un dogma, en un aparato productor de explicaciones, quemas los puentes.

Algo más: esos aparatos no solo producen explicaciones a las que la realidad debe ajustarse. Producen algo más sutil y por eso más dañino. El aparato ideológico se convierte en parte de la realidad. Introduce en ella discursos que se independizan. Es algo que recuerda a la marxista superestructura ideológica. El propio marxismo lo es, irónicamente, de manera destacada. Nuestros análisis están infectados de productos exitosos, no por su utilidad, sino por su sonoridad y sencillez. Su poder deletéreo estriba a veces en el espacio que ocupan. Son como los medicamentos homeopáticos, que no dañan directamente, pero impiden al enfermo ocuparse realmente de su salud.

Pondré un ejemplo de lo anterior: cada vez más a menudo encuentro en las denuncias por violencia doméstica un lenguaje ideologizado. No pretendo decir que ese lenguaje tenga un origen único; no sé si proviene de los medios de comunicación, los abogados, las asociaciones de apoyo a mujeres maltratadas o de todos ellos. Incluso del propio Estado. Con esto último me refiero, por ejemplo, a la creación de formularios para los cuerpos policiales, a los que se les pide que formulen ciertas preguntas, en un orden concreto. Es sabido que las preguntas determinan en gran medida las respuestas.

Vean preguntas extraídas de una denuncia real. Las hacen agentes de policía:

Lo interesante es que las denuncias, muchas veces, ya no cuentan en lenguaje llano lo que pasa. No cuentan los hechos. No nos dicen que el día tal pasó tal cosa concreta. O no solo al menos. No, se añaden síntomas y conclusiones, propios de peritos o de académicos. La espontaneidad desaparece y se sustituye por construcciones predeterminadas. Justo las que se adaptan a determinadas explicaciones.

Ya no son los peritos, los abogados, los fiscales y los jueces los que hacen el trabajo de subsumir pedazos de realidad en las normas o en las categorías académicas. Denunciantes y denunciados que son incapaces de producir un mínimo discurso complejo utilizan categorías creadas (en el mejor de los casos) para describir de forma abstracta lo que les pasa en concreto. No entienden las preguntas, pero compran el lenguaje. ¿Saben qué respondió a la primera de las preguntas la denunciante? Que una vez su marido le pegó un golpe a un armario y ella sintió miedo.

Los hechos se difuminan desde el primer momento, si no se falsean. Lo interesante sería saber qué pasa en cada caso concreto, no encajar lo que sucede en cómodos cajones. Es lo interesante por tres razones: para dar a cada uno lo suyo, para intentar encontrar categorías que sean útiles de verdad y para prevenir.

Hoy todo el mundo ha estado alguna vez deprimido, ha visto un marco incomparable, ha cargado las pilas, se ha encontrado a sí mismo, vive la vida, es demócrata y apasionado. Gastamos banalidades como si fueran píldoras de colores con principios desconocidos avalados por sabios. Compramos estas explicaciones como antes compramos otras, sin tener ni idea de su significado.

Es menos cansado, más cómodo, más satisfactorio. Cuando se trata de vender un viaje a un paraíso exótico, no importa mucho. Cuando se trata del mal, de la violencia, del asesinato y de la libertad es peligrosamente estúpido.

Las categorías, además, funcionan como monedas en una máquina expendedora. Un hombre es condenado en conformidad. Es decir, asume hechos. No pueden tratarse de hechos demasiado graves, porque el Estado no castiga hechos graves con una pena de tres meses. Yo he estado ahí. No sabes quién dice la verdad, puede que el tipo mienta y sea un auténtico hijo de puta. O que mienta y no sea un auténtico hijo de puta. Pero creímos que la pena exigía prueba y que, puestos a escoger por un estado básico, teníamos que escoger el de presumir la inocencia de todo el mundo. En un mundo perfecto, esto te protegería (a ti y a todos los ciudadanos, pues ese saldo es el que importa), pero en el mundo real, el de las categorías, todos los actores tienen miedo. En el mundo real basta muy poco para que se invierta la presunción. Muchas veces la simple declaración de quien denuncia. En el mundo real, hacemos tratos en casos de violencia doméstica que no haríamos si el hecho fuese un robo o una estafa. En el mundo real uno dice: aléjate de ella para siempre; si es verdad lo que denuncia, para que no se repita; si es mentira, para que no se repita la denuncia. En el mundo real, la gente repite el error y da una oportunidad a quien no la merece. En el mundo real, vuelves a vivir con ese que te maltrata y anula, y tienes hijos con él.  O en el mundo real, vuelves a vivir con esa que te denunció contando algo sobre un marco incomparable y tienes hijos con ella. O en el mundo real, dos que se han hecho daño vuelven a vivir juntos y tienen hijos. En el mundo real, el fantasma de las navidades pasadas vuelve acompañado por los justos. Aquel pacto, producto de tres minutos de conversación en el pasillo de un juzgado, vuelve, pero esta vez vivías en Gran Hermano y todo el mundo te señala con el dedo y te expulsa de la casa. La moneda ha entrado en la máquina y devuelve una categoría: maltratador. Una categoría que sirve para definir al que da un empujón y al que echa ácido en la cara. A un maltratador hay que quitarle todo, incluso los hijos que nacieron después del maltrato.

Un tipo con la etiqueta de maltratador no puede ser padre; da igual que lo sea por decisión voluntaria de su víctima, tomada después de contarle al mundo que lo era.

A la vez, en la mente de muchos, las falsas categorías se ven sustituidas por otras prístinas, sencillas y manejables. Han visto la luz. Son apasionados y sinceros, amigos de sus amigos y también viven la vida. Tampoco necesitan la complejidad. Estos creen que les estoy dando argumentos y enlazarán esta entrada mientras llaman feminazi a alguien.

 

Las pruebas, esa cosa machista

 

En el mismo periódico (llamémoslo así) en el que se publica el artículo vomitivo que comento en la entrada anterior, se ha publicado esto de Lidia Falcón, licenciada en Derecho y candidata a inquisidor.

Les voy a mostrar solo algunas perlas:

Se ha filtrado el borrador del Pacto de Estado Contra la Violencia de Género (como le llaman) (…)  No he leído las 70 u 80 páginas que llenan las 200 medidas, porque me parece que a mi edad no me lo merezco. (…) Pero tampoco las leerán los fiscales ni los jueces ni los policías ni las asistentes sociales ni los psicólogos ni los forenses a los que conciernen, porque eso es ilegible.

La señora Falcón sabe que algo que no ha leído es ilegible.

Como también que ahora se enterarán de que una mujer es víctima de maltrato sin necesidad de que vaya a la policía a denunciar, cosa que por lo visto hasta hoy no sucedía. Porque ¡tantas técnicas de igualdad, asistentes sociales, policías municipales, médicos, forenses, psiquiatras, y otros profesionales ad hoc, que pagamos, eran incapaces de saber que la mujer que acudía a su consulta con un ojo morado o un brazo roto no se había dado un golpe con una puerta o caído por la escalera!.

La señora Falcón ignora u oculta que todos esos funcionarios que menciona están obligados a dar parte al juez si observan indicios en la comisión de delitos (por ejemplo, porque una mujer presenta lesiones), y que de lo que se está hablando es de qué requisitos se han de cumplir para acreditar la posible existencia de una situación de maltrato a los exclusivos efectos de acceder a determinadas ayudas y servicios.

Todavía ni siquiera se han puesto de acuerdo en retirar el régimen de visitas, la custodia y la patria potestad de los desgraciados menores sometidos al poder omnímodo de machos maltratadores, violadores y asesinos, porque se deben seguir preservando los privilegios del patriarca.

“Machos maltratadores, violadores y asesinos”. Moderada, la articulista en el uso de las conjunciones copulativas.

Me repito, ¿era necesario escribir 200 párrafos de mala literatura para describir las desgracias de las mujeres …

Veremos enseguida que no es necesario. Que estos que están…

… fingiendo que se preocupaban mucho de la situación de la mujer y de la infancia.

… no se preocupan de los datos que maneja la señora Falcón con tanta soltura. Datos conforme a los cuales en los últimos siete meses, en España, se ha “… maltratado a millones  …” de mujeres porque “... cálculos internacionales...” afirman que solo denuncia el 10% de las víctimas reales. Naturalmente, todos sabemos quiénes son los culpables: la OTAN, el Ejército, los bancos, la Iglesia católica, las grandes corporaciones que significan “el mercado” y las Casas Reales, porque …

“… el Estado es un eufemismo que encubre a los partidos que gobiernan, y que como decía Marx [ese gran feminista], es el consejo de administración de El Capital.”

Ya sabemos que El Capital usa  una “maraña de legalismos y constitucionalismos“, pero es aún peor en el caso de la violencia contra la mujer, porque hacer lo correcto sería barato. Sí:

“… disponer de una ley que obligue al acusado a demostrar su inocencia y exonere a la víctima de aportar las pruebas, que ordene la detención y prisión de los maltratadores y los obligue a cumplir íntegras las penas, no cuesta dinero, no pone en dificultades al Capitalismo y apenas le da una patada al Patriarcado.”

Lo han leído bien: una ley que obligue al acusado a demostrar su inocencia. Quizás con una ordalía: echamos al puto machista de mierda al agua con unos pesos atados a las piernas y si flota es inocente.

No, no crean que se ha equivocado la articulista y ha escrito inocencia donde quería poner culpabilidad:

Como tampoco están dispuestos, ni dispuestas, a introducir la inversión de la carga de la prueba, no vaya a ser que los buenos y pobrecitos hombres sean acusados falsamente por las malvadas mujeres.

Los “buenos y pobrecitos”. Estupenda ironía: ya sabemos que todos los hombres acusados son culpables. Lo que me pregunto es cómo Falcón, tan generosa ella, admite que demuestren su inocencia. ¡Es imposible que ningún hombre sea inocente! ¡Es imposible que ninguna mujer acuse en falso! Nada de invertir la carga de la prueba: ahorremos. Que la denuncia se convierta en sentencia.

Y así seguimos. Personas con un discurso tan totalitario publican impune y alegremente. No hay problema: como están en el lado “correcto” de la historia, pueden vomitar una basura así sin pestañear. Total, quien las critique solo será un machista, un violador y un asesino. Algo que va de suyo y que no necesitan demostrar, claro.

 

Si compras esto, estás enfermo

 

Lo más pavoroso de este artículo es que su autor estará convencido de que dice mil verdades. Verdades como puños. Que no es un tarado haciendo comparaciones infamantes, y afirmaciones que demuestran que no tiene ni puta idea sobre responsabilidad y sucesión hereditaria. Sí, seguro que está convencido de que la verdad y la ética hablan por su boca.

Yo, estimado lector, simplemente le exhorto a que, si cree que algo, no ya la tesis principal —si se puede hablar de eso— de este desperdicio publicado en un periódico español, sino cualquiera de las colaterales que va dejando caer su perpetrador, es admisible, realice una profunda reflexión. Quizás esté aún a tiempo de curarse.

Por lo demás, qué joya esto: Lo ha dicho el Instituto Nacional de Estadística: desde el inicio de la presunta crisis económica –por otros llamada fraude– el porcentaje de suicidios en España ha crecido un 20%. Nosotros somos cinco hermanos: me toca uno. ¿Cómo me va a entristecer el suicidio cobarde de Miguel Blesa?

Y no tanto porque la afirmación sea falsa (para hacerla auténtica hay que torturar los datos, usando 2007 como punto de partida de la crisis y terminar en 2014, el año con mayor número de suicidios; si, por ejemplo, usamos 2008 y 2015 —los últimos publicados— el aumento de suicidios entre uno y otro año es de un 4,03% —3457 suicidios en 2008 y 3602 en 2015—), sino porque demuestra cómo razona el articulista. ¿Cómo vamos a tomar en serio nada de lo que opine alguien que afirma que un aumento de un 20% en el número de suicidios en España supone que haya nueve millones más de suicidas?

Y esa, sin embargo, es la menos necia de sus afirmaciones.

 

El respeto escrupuloso por la ley

 

He estado escuchando unas declaraciones de Pedro Sánchez en las que dice, resumidamente, que si la política consistiese solo en el respeto escrupuloso a la ley, gobernarían los jueces y no los políticos. Estas declaraciones las efectúa después de manifestar que, naturalmente, va de suyo que hay que respetar escrupulosamente la ley.

Como ven, la frase en sí parece irreprochable.

Sin embargo, démosle una vuelta. Imaginemos una frase que parece a simple vista mucho más escandalosa: “la política consiste solo en el respeto escrupuloso a la ley”. Si esta frase se sostiene, esto indica que la contraria puede presentar algún fallo (y quizás empezar a indicarnos cuál es ese fallo). Lo interesante es que, analizada, la frase que propongo se sostiene sin problema alguno. Eso sí, para ello es preciso saber en qué consiste respetar escrupulosamente la ley. Y ahí está la cuestión. Parto —no debiera ser preciso explicarlo, pero en los tiempos que corren no queda otra— de la única ley que merece ese nombre: la ley democrática.

Hay un prejuicio muy extendido: la ley, en el mejor de los casos, es un obstáculo justificado. Una especie de freno a la libertad individual y al cambio. No quiero meterme en ciertos jardines (por eso dejo para otro día explicar por qué me parece un prejuicio). La cuestión es que, en realidad, la ley no es un freno de ningún tipo. También forma parte de la ley (del ordenamiento jurídico en su conjunto) la posibilidad de cambio de la ley y las reglas para que ese cambio sea legal. No solo esto, también forma parte de la ley (en el sentido de que la ley delimita el campo de lo legal —admisible— y lo ilegal —inadmisible—) la propia actividad política. La actividad política puede ser legal o ilegal. Supongo que nadie refutará esto. La actividad política legal —y doy por sentado que es a esto a lo que se refiere Sánchez— es un ejemplo evidente de respeto escrupuloso a la ley.

Más aún, los jueces se encargan de hacer cumplir la ley (tras interpretarla, aplicarla y ejecutar, incluso de forma violenta y forzosa, sus resoluciones) cuando alguien no la cumple o cuando surgen discrepancias sobre su sentido recto. Los jueces son un último recurso del sistema. En un mundo perfecto (es decir, con un ley perfecta, sin ambigüedades, y formado por ciudadanos que voluntariamente cumplen la ley), los jueces estarían todo el día cruzados de brazos. Cumplir escrupulosamente la ley es algo que incumbe a todos. Un lugar en el que la política consiste solo en cumplir escrupulosamente la ley no es un lugar en el que los jueces gobiernan. En realidad, es un lugar fantástico en el que los jueces no tienen ningún trabajo.

La frase de Sánchez, tan irreprochable a primera vista, falla, una vez examinada la proposición contraria.

Sí, la política debería consistir solo en cumplir escrupulosamente la ley. ¿Saben por qué? Porque la ley democrática no es una traba, sino una garantía para los ciudadanos. La ley democrática no fija los contenidos de las políticas posibles, sino sus límites. Límites que, además, pueden cambiar legalmente, siempre que los cambios se efectúen conforme a sus reglas. “Mi” frase es mejor porque es la que establece los límites entre lo que debe y lo que no debe hacerse en política.

Voy a terminar con un acto de soberbia: creo que ese “solo” de la frase hará que muchas personas no estén de acuerdo conmigo y, a la vez, creo que habrá personas que estén de acuerdo conmigo por razones equivocadas.

 

Madama Espanto

 

Ayer fui al el Teatro Real, en teoría a ver y escuchar Madama Butterfly. Un horror infame. Dinero tirado. Además, un niño joputa de nacionalidad francesa estuvo dando por saco todo el rato. Pero no puedo desechar la posibilidad de que el infante solo estuviese defendiéndose de la agresión. Ante una legítima defensa de libro, uno se queda sin argumentos.

Me voy a consolar con música enlatada. Al menos, esto sí es música.

 

Entremeses

 

De esto de Espada, me ha hecho mucha gracia la frase: Leer está al alcance de cualquiera, y leer reseñas y contraportadas, específicamente, al alcance de la izquierda española. (Sobre la derecha nada debe decirse porque está claro que la derecha no lee, y cuando lee es que lee de verdad).

Por lo demás, el discurso de Fernández es correcto. Si a algunos les parece brillante sospecho que es por comparación. Esto explica alguna reacción airada que he visto contra el discurso, por lo demás tan moderado y crepuscular. Espada da en la diana: ¿se imaginan algo similar producido por Pedro Sánchez? Solo menciono al líder del PSOE porque Fernández es algo así como su antecesor.

* * * * * *

Racional, prudente y didáctico, Ignacio Gomá: aquí.

* * * * * *

El artículo 155 debería haberse utilizado ya. Hace al menos dos años que se dan sus supuestos de hecho. No se ha utilizado porque los españoles no tienen interiorizado que hay que respetar la ley siempre. Es así de simple. Hemos comprado todos los principios, nos hemos dado la pátina, pero solo nos separa una generación del hambre, como a Clarice Starling y se nota: nuestro bolso es caro, pero los zapatos nos delatan.