Derecho penal

 

Esta es la sentencia que absuelve a los mossos de las lesiones que llevaron a una ciudadana catalana a perder un ojo.

Había dos acusados: un mosso que dijo haber disparado una salva siguiendo instrucciones de su jefe, y el propio jefe.

La víctima perdió el ojo por un objeto contundente, romo, que impactó en el globo ocular a gran velocidad.

De la sentencia se deduce que:

1.- Los responsables del departamento de interior hicieron una investigación como mínimo chapucera, influida por la tesis exculpatoria de sus jefes políticos que negaron credibilidad a la víctima y a otros testigos.

2.- Pese a contar con GPS, los responsables de ese departamento fueron incapaces de determinar el itinerario y posición de tres vehículos policiales, cuando, por ejemplo, la guardia urbana lo hace sin problemas.

3.- En los incidentes intervienen tres vehículos policiales y todos los mossos que iban en ellos han mentido. El tribunal no lo dice así, pero otorga nula credibilidad a sus declaraciones. Por contra, da total credibilidad a las declaraciones de la víctima y explica por qué. Esto debería tener consecuencias. Tengamos en cuenta que, salvo los dos acusados, todos los demás son testigos.

4.- Pese a todo lo anterior, el tribunal absuelve porque:

A) En el caso del jefe, no hay una sola prueba que acredite que dio orden de disparar otra cosa que no fueran salvas (pelotas de goma —más peligros y dañinos— o foam —más precisos y menos dañinos—) y tampoco que realmente tuviera oportunidad de evitar un comportamiento delictivo de algún agente —por la velocidad de lo que sucede y por el lugar que ocupaba, delante de los agentes— debido a la posición de garante del jefe.

B) En el caso del agente porque aunque se acredita que disparó, existe el problema de que se escuchan dos disparos (que suenan diferentes, el segundo más intenso) con un intervalo de dos segundos. El tribunal da validez a un informe pericial de la guardia civil que dice que es imposible que el mismo agente hiciese ambos disparos en menos de entre cinco y quince segundos, lo que implicaría que hay dos agentes que intervienen: el acusado y un agente desconocido. El tribunal admite la cadena de custodia, aunque esto sí que está más cogido por los pelos. Los hechos son de noviembre de 2012, pero hasta febrero de 2013 no se ordena por el Jefe de la Brigada Móvil intervenir el arma para hacer una prueba pericial. Lo normal es que, al existir una persona herida, ese mismo día se hubieran intervenido las armas de todos los agentes. El mismo día, no meses después. Claro, para eso, los responsables del Departamento de Interior deberían preocuparse más por los ciudadanos que por exculpar a los agentes antes de hacer una investigación.

Además, yo creo que hay un factor que, aunque se menciona de pasada, explica por qué hay absolución: creo que los magistrados sospechan que el agente que hizo el disparo que provocó la lesión, no era el acusado porque iba en otro vehículo policial, situado cerca de la fuente en el cruce del Pº de Gracia y Gran Vía, conforme cuenta la propia víctima y otro testigo, que mencionan a un agente que lleva una escopeta. Es decir, los magistrados no han llegado a la convicción de que el mosso sea quien disparó.

5.- Por cierto, la sentencia dice que los hechos son dolosos como decía la acusación particular. Nada de imprudencia como sostiene el fiscal. Lo son por dolo eventual. Es decir, el agente que disparó tenía que ser consciente del daño que podía causar, por la distancia desde la que disparó (según las declaraciones testificales), incumpliendo los protocolos de la policía catalana y haciéndolo en un entorno que no justificaba el uso del arma. De haber existido condena, el agente habría terminado en prisión.

En resumen, una sentencia razonada. Que deja al Departamento de Interior por el suelo. Que deja a los agentes a la altura del betún. Que tendría que tener consecuencias, ya que muchos eran testigos. Pero que no condena porque los magistrados no han visto que se demuestre que el agente que se sentaba en el banquillo no pudiera terminar siendo una cabeza de turco por los hechos de otros.

Trenos por sesenta millones de muertos

Uno de abril de 1945. Más de cien mil soldados japoneses, muchos llegados de China y Manchuria, defienden Okinawa, una de las islas Ryukyu, que no forman parte de Japón sino desde finales del siglo XIX. En Okinawa, vive casi medio millón de personas. Los estadounidenses acaban de tomar Iwo Jima y, en la invasión, habían muerto más soldados atacantes que defensores. Estratégicamente fue un éxito: la marina y la aviación ganaban un puesto avanzado. Sin embargo, el número de bajas comenzó a influir de manera evidente en la mente de los militares que estaban ya diseñando el ataque definitivo al Japón.

Okinawa confirmó esos temores. Los norteamericanos tardaron casi tres meses en tomar la isla. En la campaña, la marina norteamericana sufrió tantas bajas como en los dos años anteriores de guerra. En cuanto al ejército y la infantería de marina, las bajas igualaron a las de los defensores: 80.000 muertos en combate, 30.000 heridos, y 25.000 más que murieron por accidente o enfermedad. Y ello pese a tratarse de los veteranos de la guerra en el Pacífico.

Ahora pasemos a Harry S. Truman. El 12 de abril de 1945 se convirtió en presidente de los Estados Unidos por la muerte de Roosevelt. Ese mismo día se entera de que existe la bomba atómica. Todavía es un proyecto de resultado incierto. Aunque hace casi un año que existe una unidad especial de aviación designada para su lanzamiento, hasta mayo y junio de 1945 no fue destinada a las Marianas, el lugar desde el que partiría la misión de bombardeo.

Ahora volvemos atrás. Esto era Japón. Aplicar nuestra idea de una sociedad autoritaria y jerarquizada, en la que se cumple la cadena de mando, a los disciplinados japoneses, es un error. Su disciplina era básicamente ideológica y religiosa. La rebeldía por razones morales se generaba de forma natural en esa ideología, y crecía y se ampliaba según se subía en la escala social. Sobre todo porque era auténtica, sincera, ya que llevaba aparejada el autosacrificio. Japón era entonces un lugar complicado si pretendías imponer algo contrario a esa visión del mundo. Incluso aunque el que pretendiera imponerlo fuese el propio emperador.

En enero de 1945 (antes de Iwo Jima y Okinawa), los norteamericanos y los ingleses habían calculado que iban a necesitar un millón y medio de hombres, toda la flota del Pacífico y parte de la Royal Navy, y cinco mil aviones para invadir Japón. Ya entonces se calculaba (tomando como base para el cálculo las operaciones de los años precedentes) más de medio millón de bajas. Y si se consideraba la pérdida de vidas entre los japoneses, bien por un bloqueo que ya era total, bien por las previsibles acciones bélicas de bombardeo incendiario, bien por la propia invasión, no era descabellado pensar en millones de muertos. Es cierto que militares norteamericanos tan famosos como McArthur (que no fue consultado), Leahy, Eisenhower o Spaatz afirmaron tener dudas sobre la capacidad de resistencia del Japón, pero fue tras la guerra y tras haberse lanzado las bombas, como crítica a su lanzamiento y cuando ya se había tomado conciencia de que no se trataba de un arma más, puesto que cualquier estrategia general futura entre las superpotencias debía considerar la autodestrucción. Los hechos objetivos, sin embargo, antes del lanzamiento, no avalaban esas tesis, en absoluto. En los relatos críticos sobre el lanzamiento de las bombas atómicas planea, a menudo, un sesgo retrospectivo de libro.

El coste previsto de la invasión era, en ese momento, de tal calibre, que algunos estrategas y analistas llegaron incluso a plantear un bloqueo como forma menos costosa de rendir al Japón. Sin embargo, esa opción chocaba con factores económicos, políticos y emocionales. En Estados Unidos seguía existiendo libertad de información y la población no dudaba —alimentada además por la propia propaganda de guerra— en calificar a Hitler y a Hirohito como bestias salvajes. Esa calificación no era, además, ya lo sabemos, arbitraria: las noticias de los campos de exterminio de Alemania y de las Filipinas han llegado a la opinión pública. Esto, a menudo, se olvida: seis años de guerra y sesenta millones de muertos exigían un precio, la rendición incondicional.

Veamos ahora el factor ruso. Roosevelt obtuvo de Stalin una promesa de colaboración en la derrota del Japón. Un ataque en Manchuria dificultaría la defensa de las islas y del propio Japón. Sin embargo, en Yalta, en febrero de 1945, la bomba, aunque avanzada, no era un factor decisivo. Luego las cosas empezaron a cambiar. Los rusos, que habían estado nadando y guardando la ropa, vieron una oportunidad excelente en el este de Asia. No sólo para pagar la humillación de la guerra ruso-japonesa, sino para su propia expansión territorial e ideológica. Así que, cuando en abril, los soviéticos anunciaron que no renovarían la neutralidad con el Japón, los japoneses intentaron el camino diplomático con Stalin para llegar a una rendición con condiciones, ignorando que el propio Stalin era el más interesado en una guerra larga y hasta el fin. Quienes sí lo sabían eran los norteamericanos, al igual que sabían que los soviéticos habían decidido que Europa del este iba a ser suya, a pesar de las conversaciones sobre el papel de una nueva “Sociedad de Naciones”. Que la rapidez del desenlace y el uso de la bomba pudieran atemorizar a los rusos estuvo con seguridad en la mente de Truman y de los dirigentes norteamericanos. Que fuese la razón principal para el lanzamiento es contrario a la evidencia. Por cierto, Stalin ni siquiera se inmutó cuando, en Potsdam, Truman le comunicó la existencia de una “superbomba”. No se inmutó porque conocía los detalles perfectamente, a través de sus espías en el Proyecto Manhattan. Además, siempre que se habla de la bomba y la URSS, se olvida que, hasta mediados de julio de 1945, no existió certeza (al menos entre los pocos militares y políticos que conocían su existencia) de que la bomba funcionaría y de cuál era su poder destructor. Considerar que la política norteamericana iba destinada a alargar la guerra para demostrar algo a los rusos y que, por eso, se hizo caso omiso a supuestos signos que venían del Japón desde varios meses antes, es absurdo.

Efectivamente, uno de los errores sobre las posibilidades para la paz en abril de 1945, que lleva a muchos autores a juzgar severamente las declaraciones de Potsdam, de las que luego hablaré, es la de ignorar hasta qué punto eran aquellas serias o no. Es cierto que Kantaro Suzuki, un almirante retirado, y presunta “paloma”, fue designado jefe de gobierno en abril de 1945. También lo es que, después de la guerra, el mismo Stimson, Secretario de Estado, manifestó que tenían conocimiento de que una gran parte del gabinete japonés era partidario de la paz. También leerán en algún lugar sobre la existencia de comunicaciones del propio Hirohito, en julio de 1945, con manifestaciones en ese mismo sentido. Lo malo de estos relatos es que chocan con los hechos, total y absolutamente, porque no puede ser cierto que los japoneses solo quisieran que se mantuviese formalmente al emperador en su trono. No puede serlo por una sencilla razón: incluso después de la primera bomba las exigencias fueron muy superiores.

Para dejarlo claro hay que hablar de Potsdam, la conferencia celebrada del 17 de julio al 2 de agosto de 1945, por los vencedores. Allí se discutió, entre otras cosas, sobre la rendición del Japón. Era evidente que Japón había perdido la guerra y también lo era que los japoneses querían una rendición “honrosa”. Stalin se lo comunicó a Truman, y a Truman se lo confirmaron también sus propios servicios de inteligencia. Lo que no estaba tan claro era qué significa rendición honrosa. Por eso Truman, el 26 de julio, hizo una declaración: los japoneses sólo podrían evitar la catástrofe rindiéndose en el acto y eliminando los obstáculos para el desarrollo de las “tendencias democráticas entre el pueblo japonés”. Se estaba dando al gobierno japonés la oportunidad de sondear el mantenimiento formal de la figura del emperador. Sin embargo, Kantaro Suzuki —se dice que por un error de traducción—, decidió ignorar esa declaración, sin intentar siquiera obtener algún tipo de especificación. Mientras tanto, Hirohito se preocupaba, sobre todo, del tesoro imperial del Japón, demostrando lo difícil que es afirmar sensatamente que existía una voluntad más o menos uniforme de obtener una paz con mínimas concesiones.

Bien, ya estamos en agosto de 1945. Los japoneses, pese a ser evidente que su fin era inevitable, seguían sin dar signos de querer capitular. Al contrario, estaban implantando planes de resistencia alegremente denominados La Gloriosa Muerte de Cien Millones, y en junio de 1945 habían llamado a filas a toda la población, según cálculos de la época, dos millones de soldados y veintiocho millones de miembros de la milicia local. Sus alocados planes incluían el llamado Cerezos en flor por la noche, ataques kamikaze sobre California para esparcir el ántrax sobre el que viene trabajando el ominoso y repugnante Escuadrón 731.

Por otro lado, Iwo Jima y Okinawa les han demostrado a los norteamericanos lo que les podía costar una invasión. La guerra estaba ganada, pero las pérdidas eran superiores a etapas anteriores de la guerra. Entre abril y junio de 1945, mil quinientos kamikazes habían ocasionado pérdidas terribles a la 5ª Flota. Cientro treinta buques resultaron perdidos o muy dañados, entre ellos cinco portaaviones, y los servicios de inteligencia afirmaban que siete mil quinientos aviones esperaban en Japón a las lanchas de desembarco y los buques de apoyo.

En ese momento, tras seis años de guerra y sesenta millones de muertos, el presidente fue informado de que la bomba funcionaba. La prueba había tenido lugar el 16 de julio de 1945, en Los Álamos. Se trataba de una bomba de plutonio, idéntica a la que luego estallaría en Nagasaki. Truman, en ese momento, tomó una decisión razonable, considerando los hechos. Ya habían muerto más de cien mil personas en Tokio, en los bombardeos de marzo de 1945, y habían sido arrasadas Nagoya, Osaka y Kobe, y, pese a ello, los japoneses no se habían rendido. La demostración del poder destructivo de una sola arma, debía ser concluyente, y de no producir el efecto moral previsto en la mente de los mandatarios japoneses, debían producir su efecto más propio: el destructivo. Y con ello facilitar la invasión.

No es muy trascendente por qué se escogió Hiroshima. Era un blanco más fácil que otros, había tropas acantonadas, tenía importancia militar y logística y se pensaba que no había campos de prisioneros aliados. El 6 de agosto de 1945 quedó completamente destruida.

Los dirigentes japoneses ya supieron el mismo día 6 que la ciudad había desaparecido, aunque  siguieron existiendo dudas entre el primer y el segundo ataque, acerca de la naturaleza del arma.

En cualquier caso, y pese al ataque, el gobierno japonés y el consejo de guerra siguieron discutiendo acerca de la necesidad de que se respetasen cuatro puntos para que la rendición fuera honrosa: el mantenimiento del modelo instaurado en la constitución de 1889 (precisamente aquél que había originado y fundamentado el militarismo, expansionismo y racismo japonés), que no se ocupase el Japón, que el desarme correspondiera a las propias fuerzas armadas japonesas, y que los crímenes de guerra fueran juzgados en el seno de estas. Como es evidente, se trataba de exigencias disparatadas.

Ni siquiera la declaración de guerra de la URSS, el 8 de agosto, y los ataques en Manchuria, cambiaron el sentido de las discusiones. Al contrario: la orden que recibieron los ejércitos japoneses de Manchuria fue batirse hasta la muerte.

La madrugada del 9 de agosto, los seis miembros más importante del gabinete se encontraban empatados: tres de ellos (demos sus nombres para escarnio de su memoria, Korechika Anami, Yoshijiro Umezu y Soemu Toyoda) exigían seguir adelante con la guerra, frente a otros tres, que planteaban negociar directamente con los norteamericanos. Obsérvese que lo que planteaba la alternativa “pacifista” no era renidrse incondicionalmente, sino negociar directamente. Debido al empate, se permitió la entrada a todos los miembros del gabinete, pero eso no desbloqueó la situación.

Las discusiones continuaban cuando llegaron las noticias de la destrucción de Nagasaki.

Hay que decir algunas cosas de la segunda bomba y del porqué de su lanzamiento. Se ha criticado a veces a los estadounidenses por no hacer, con la bomba de Hiroshima, algo así como un tiro de aviso. Los que dicen eso se olvidan de qué es una guerra. Y, sobre todo, se olvidan de qué fue la 2ª Guerra Mundial. Los norteamericanos tenían material para cuatro bombas (y cada bomba se fabricaba artesanalmente) en ese momento. Esas bombas, además de para intimidar, cumplían la misma función (sólo que aumentada) de cualquier arma y temían malgastarlas, sabiendo que iban a tardar, presumiblemente, algún tiempo en tener listas nuevas bombas (y así sucedió con el material de una de ellas: se malgastó en pruebas antes del bombardeo de Nagasaki). Por esa razón, los estadounidenses sólo disponían de una bomba más tras Nagasaki, una bomba que ya tenía un destino fijado en caso de que no se produjera la rendición: Sapporo.

La bomba se lanzó tres días después, y no cinco días como se había previsto inicialmente, porque iba a comenzar un período de mal tiempo, y los norteamericanos querían que el efecto acumulativo sobre la mente de los gobernantes japoneses —que ignoraban cuántas bombas similares podían lanzar los norteamericanos— fuese devastador. Se lanzó sobre Nagasaki y no sobre Kokura, el objetivo principal, porque ésta estaba cubierta de nubes.

Volvamos a la reunión del gabinete japonés. Cuando llegaron las noticias del segundo lanzamiento, Korechika Anami, líder de los intransigentes, siguió negándose a la rendición. Incluso a negociar con los norteamericanos directamente. Y fue necesario que Kantaro Suzuki convocase una nueva reunión a la que invitó al propio Hirohito. Durante esa reunión, las opiniones seguían enfrentadas, y fue Hirohito el que impuso la decisión de rendirse; eso sí, con la condición de que se le mantuviese “simbólicamente” como emperador del Japón. Hicieron falta dos bombas atómicas para que el emperador, el 10 de agosto, autorizase al ministro de relaciones exteriores para hacer esa proposición de paz.

Esa proposición podía haberse hecho tras la declaración de Potsdam, pero no se hizo porque los mandatarios japoneses aún querían salvar un régimen criminal y genocida. Todos los análisis a posteriori sobre la voluntad de los dirigentes del Japón, en la primavera de 1945, o sobre las vagas proclamas de paz de Hirohito, chocan contra la terrible realidad de las discusiones tras Hiroshima y Nagasaki y son incompatibles con ellas. Son malas falacias del historiador causadas por el horror nacido de la contemplación de la terrible capacidad destructiva del arma atómica y su proyección en un posible armagedón final.

Esos análisis, además, chocan, con el comportamiento de los oficiales que, ese mismo día, se plantearon dar un golpe de estado, y salvar al emperador de su deshonor; y que fracasaron, al comprobar que sus cabecillas naturales, los mismos que habían querido continuar con el sacrificio de su pueblo, habían optado por el suicidio ritual.

Y chocan con la decisión tomada por Hirohito, en una fecha tan tardía como el 14 de agosto, de exigir la firma personal de los altos cargos de los ministerios en las condiciones de la rendición.

Y chocan con la batalla sucedida, poco después, entre la guardia de palacio y jóvenes oficiales que pretendían evitar que el mensaje de rendición grabado por el emperador para su pueblo, fuera retransmitido, y que después se suicidaron en masa.

Y chocan con el hecho de que los que firmarían, el 2 de septiembre, la rendición del japón, en el buque Missouri, escogieran vehículos camuflados, por si se producía un ataque de fuerzas contrarias a la rendición.

Y chocan con las declaraciones del hombre más cercano al emperador, Koichi Kido, que afirmó que las bombas les habían ayudado a ellos, los partidarios de la paz, a ganar las discusiones sobre la rendición o el exterminio.

Y chocan, sobre todo, con el hecho de que Truman, siguiendo el consejo de Stimson, y apoyado por todo su gabinete, aceptara que Hirohito siguiera siendo emperador, a pesar de todo lo sucedido, y a pesar del lanzamiento de dos bombas atómicas.

No hay ninguna razón para pensar que no habría admitido lo mismo quince días antes.

Alejad de mí el peligroso pecado de pensar

 

Me preguntan con evidente mala leche esto:

Es decir, qué pienso de esto:

Es gracioso. Como es obvio, no soy un diputado venezolano ni sé en qué circunstancias concretas se ha aprobado esa ley con ese texto concreto y por qué razón, pero voy a especular un poco. Fíjense, voy a especular sin ni siquiera comprobar si esa es la ley de amnistía o qué dice el texto que falta. Total, es gratis.

Parece raro que se pretendan amnistiar hechos como los que se mencionan en la lista, aunque se establezca que solo cuando se produzcan en el marco de acciones corte político como las que se mencionan en el tuit. Pero veamos una cuestión: en la única sentencia que he leído, que afecta a opositores al régimen chavista, Leopoldo López y otros tres condenados lo son por los siguientes delitos:

LL1

LL2

LL3

Es decir, los cuatro están condenados por, ¡sorpresa!: delitos de incendio, daños, asociación para delinquir, instigación pública y agavillamiento.

Yo he leído esa sentencia. Y lo he dicho mil veces, es una sentencia grotesca. Basta con leerla para darse cuenta de que se ha inventado una causa contra Leopoldo López, y que todo apesta en el resto de los acusados (aunque es más difícil de determinar, la sentencia de entrada queda contaminada por la condena al propio López).

Ahora imaginen ustedes que son el legislador venezolano. Saben que esas condenas son una invención, que se les condena considerando que patochadas obscenas son pruebas de cargo. Y por eso los legisladores quieren amnistiar. Pero la sentencia sigue diciendo lo que dice. También podría decir que se les condena porque ha quedado probado que intentaron asesinar a Maduro utilizando un dispositivo mental y que lo prueban mediante la pericial del licenciado en periodismo doctor Arístides Sinvergüenza que además tiene una maestría por la Facultad de Psicohomeopatía de la Universidad de Maracaibo, doctor que ha manifestado muy serio en el juicio que interceptó el ataque mentalista como si fuera el Profesor X.

¿Ustedes, si quisieran amnistiar a esos condenados incluirían o no también el intento de asesinato por ataque mentalista entre los delitos amnistiables?

Porque, recuerden, se pretende que esa ley saque de la cárcel a esas personas condenadas injustamente, y si la ley no amnistía específicamente por los delitos por los que fueron condenados, no sirve para tomar por culo y los del Gobierno se la saltan tan tranquilos. Como, por cierto, han hecho de todas formas.

Sin embargo, siempre hay algún tontolnabo que se cree que porque la ley hable de esos delitos, eso implica que los amnistiados realmente los hayan cometidos.

Como digo, todo esto es simple especulación. Tampoco conozco otras sentencias que hayan servido para entrullar a otros opositores. No hablo de ellas, claro. Simplemente digo que una vez leído el esperpento por el que Maduro, sus sicarios y sus sicofantes han tenido los huevos de meter en la cárcel a alguien tan importante como López, imaginen lo que puede haber en las sentencias por las que han condenado a un montón de opositores pringados sin nombre.

Naturalmente, nada de esto servirá para convencer a los que son capaces de tragar cualquier zurullo, siempre que venga del trasero adecuado.

Por qué quiero que pierda mi equipo

 

Olas de indignación espero por esto que voy a escribir. Y lo peor es que van a venir de muchos amigos y colegas.

Sé que lo normal es que desease la victoria del Real Madrid en la final de pasado mañana. Más aún, la humillación de su rival.

Este comportamiento tribal, tan humano, carece de empatía. Ya llevamos diez. ¿Por qué ese egoísmo?

Sin duda, una victoria del Atlético de Madrid permitiría a tantos amigos y conocidos superar una grave aflicción histórica y esa acumulación de tristeza y odio contra el mundo que se remonta a aquella final de los setenta.

Tanto da que perdamos una oportunidad. Para nosotros es un diez por ciento. Para ellos, es el todo.

¿O acaso es cierta la acusación de prepotencia tantas veces dirigida contra los blancos?

Y se equivocarán ustedes si me consideran un traidor. Esas analogías olvidan que esto es solo deporte.

Tendamos, por una vez, nuestra mano al rival de siempre. Construyamos los puentes que puedan convertir la animadversión tradicional en sana búsqueda de la excelencia.

Roguemos a los dioses más amigables del panteón deportivo.

Otra cosa solo servirá para enquistar aún más la relación con los atléticos (es decir, con nuestros deudos y amigos) y para dar armas a los que piensan que los madridistas somos egoístas y sádicos que disfrutamos con la miseria de los demás.

Los anteriores argumentos puede que me conviertan, a ojos de tantos descerebrados, en un tipo que no es de fiar. Correré el riesgo.

Espero, al menos, que los amigos hagan el esfuerzo, a pesar de la inflamación que ya les está haciendo caer en el extremismo, de leer reposadamente esta entrada.

A menudo la verdad está delante y no somos capaces de verla. A veces hay que entresacarla oblicuamente, buscar los signos, desechar el ruido de fondo.

Nadie debería ser expuesto en la plaza pública para que la plebe sanguinaria se dedique a destrozarlo.

Diré solo una cosa más: si os dejáis llevar por las pasiones renunciáis a la razón, a la facultad que nos separa de las bestias. A lo que nos hace humanos.

Odiadme y os odiaréis a vosotros mismos.

 

La farsa

 

El desprecio intelectual que me produce este editorial de El Español es difícilmente superable. Basado en premisas falaces, con conclusiones falaces y aderezado con algún dato interpretado falazmente, me resulta tan populista, inane, enano y carente de rigor, que voy a escribir una entrada cortísima. Sería un insulto a la inteligencia de los lectores de este blog decir una palabra más sobre este asunto.

 

No todos los pobres son iguales

 

Leo en un comentario a la anterior entrada de este blog esto:

En España tenemos problemas más que de sobra como para ir impartiendo doctrina por el mundo. Por ejemplo tenemos un 28% de pobres y un 23% de paro. Y gente cobrando 400€ o 300€. Qué opinaran de ello nuestros admirados politicos? Sinceramente, a mi me interesa mucho más esto que la situación en Venezuela.

Estos días, a raíz de noticias como esta he venido leyendo a personas que afirman que en España hay un 28% de pobres.

No voy a minimizar las dificultades, algunas muy severas, por las que están pasando muchos españoles. Demasiados. Ahora, si hablamos de un 28% de algo para compararlo con lo que pasa en Venezuela (un lugar en el que la gente no puede comprar medicamentos, en el que niños están muriendo por falta de asistencia médica, en el que las personas no pueden adquirir lo más básico porque simplemente no está disponible, en el que hay una tasa de criminalidad salvaje, de las más altas del mundo, con una economía que este año va a caer un 8% y en el que hay una inflación gigantesca —de un 720% este año—), es preciso que sepamos a qué se refiere ese 28%.

Veámoslo. Aquí está la nota de prensa del informe del INE. Pueden leerla completa. No es muy larga, pero me voy a centrar en ese 28%.

El indicador AROPE de riesgo de pobreza o exclusión social es un indicador que se construye con la población que se encuentra bien en riesgo de pobreza, o con carencia material o con baja intensidad en el empleo. Así, se define la población en riesgo de pobreza o exclusión social como aquella que está al menos en alguna de estas tres situaciones:

– En riesgo de pobreza (ingresos por unidad de consumo por debajo del 60% de la mediana). Se construye con los ingresos del año anterior.

– En hogares sin empleo o con baja intensidad en el empleo (hogares en los que sus miembros en edad de trabajar lo hicieron menos del 20% del total de su potencial de trabajo durante el año de referencia de los ingresos, es decir, el año anterior a la entrevista).

– En carencia material severa (definida como la carencia de al menos cuatro conceptos de los nueve de la lista siguiente que se preguntan en la encuesta). Los nueve conceptos considerados son:

1. No puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año.

2. No puede permitirse una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días.

3. No puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada.

4. No tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos (de 650 euros).

5. Ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal (hipoteca o alquiler, recibos de gas, comunidad…) o en compras a plazos en los últimos 12 meses.

6. No puede permitirse disponer de un automóvil.

7. No puede permitirse disponer de teléfono.

8. No puede permitirse disponer de un televisor.

9. No puede permitirse disponer de una lavadora.

Según los resultados para estos nueve conceptos, se estima una distribución de la población en relación con su situación de condiciones materiales de vida. En 2015, el 48,2% de la población no tenía carencia en ninguno de los nueve conceptos considerados, mientras que el 6,4% de la población estaba en situación de carencia material severa (con carencia en al menos cuatro conceptos de la lista de nueve). De los nueve conceptos que determinan la inclusión de la población en este grupo, los más frecuentes han sido: ‘no tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos’ (afecta al 99,4% de las personas en situación de carencia material severa), ‘no puede permitirse ir de vacaciones al menos una semana al año’ (98,9%), ‘no puede permitirse mantener la vivienda con una temperatura adecuada’ (78,2%) y ‘ha tenido retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal o en compras a plazos en los últimos 12 meses’ (75,6%).

Porcentajes:

Personas que consideran que no tienen carencia en ninguno de los nueve conceptos 48,2

Personas que consideran que tienen carencia en al menos un concepto de los nueve 51,8

Personas que consideran que tienen carencia en al menos dos conceptos de los nueve 35,4

Personas que consideran que tienen carencia en al menos tres conceptos de los nueve 16,5

Personas que consideran que tienen carencia en al menos cuatro conceptos de los nueve 6,4

Personas que consideran que tienen carencia en al menos cinco conceptos de los nueve 1,9

En la ECV de 2015, el indicador agregado AROPE de riesgo de pobreza o exclusión social se situó en el 28,6% de la población residente en España, frente al 29,2% registrado el año anterior. La reducción global de la tasa AROPE se produce de forma común en sus tres componentes. Así, el riesgo de pobreza pasa del 22,2% al 22,1%; la carencia material severa, del 7,1% al 6,4% y la baja intensidad en el empleo se reduce del 17,1% al 15,4%.

Es decir:

1.- El 28,6% es un indicador no de pobreza, sino de riesgo de pobreza o exclusión social.

2.- Están en ese 28,6% personas en las que se reúne una de estas tres situaciones:

a) Que ganan un 60% menos que la mediana. Ese 60% de la mediana de ingresos es, en 2015, de 8.011 €. En una familia con dos adultos y dos hijos es de 16.823 €.

b) Los que no tienen trabajo o forman parte de una unidad familiar en el que se trabaja por debajo del 20% de lo que se podría trabajar, con independencia de los ingresos o el patrimonio que tengan.

c) Los que reúnen cuatro de al menos los conceptos antes citados. Ojo, en la encuesta nos dicen cuántas personas reúnen cuatro al menos (lo que se llama carencia material severa): un 6,4%. Más aún, sabemos que la mayoría de ese 6,4% está ahí incluido por no tener capacidad para afrontar gastos imprevistos (tener 650 € disponibles), no poder ir de vacaciones al menos una semana al año, tener que ahorrar en calefacción de la casa y haberse retrasado en pagos de hipotecas, alquileres, gastos de la casa o en compras a plazos.

3.- La evolución de la carencia material severa es esta (ojo, se refiere a los ingresos del año anterior): en 2011, un 4,5%, en 2012, un 5,8%, en 2013, un 6,2 %, en 2014, un 7,1%, en 2015, un 6,4%. Como vemos, tras años de crecimiento, desciende en el último año medido.

Ahora, una vez examinado esto, ¿en serio alguien cree que ese 28,6% y las razones por las que se les incluye en ese porcentaje tienen algo que ver con los datos actuales de Venezuela?

¿En serio?

 

 

Hablemos de España

 

Insisten mucho los podemitas y muchos periodistas y tertulianos en preguntar por qué se ha convertido Venezuela en el tema de las elecciones con la de problemas que tenemos. Y, ya puestos, nos dicen, ¿por qué no hablar de Bután, Burkina Faso o Arabia Saudita?

Esa pregunta, si es sincera, demuestra una enorme miopía. Cuando en España hablamos de Venezuela no estamos hablando de Venezuela, estamos hablando de España, y cuando hablamos de Grecia también hablamos de España. Esos países no están en la agenda por ciencia infusa. Los pusieron allí los máximos dirigentes de Podemos con sus biografías recientes, la financiación de las plataformas de las que nace su partido, su asesoramiento y con su propio discurso, tanto el de análisis supuestamente objetivo y alabanza de modelos y propuestas como el manifiestamente hagiográfico, con esas emociones poco contenidas, demostrativas de culto al líder bolivariano.

Esas personas que antes nos bombardeaban con Venezuela y Grecia ahora nos preguntan por qué queremos hablar de Venezuela y Grecia. Ahora que los que mandan en Grecia bajan las pensiones y privatizan lo que antes decían que era intocable. Es decir, cuando los que mandan en Grecia hacen aquello que incendió Grecia cuando los que ahora mandan eran oposición. Y ahora que ya no se puede ocultar la ruina económica y social, la crisis humanitaria, la conculcación de los derechos humanos y la deriva autoritaria del régimen bolivariano.

Yo no quiero hablar de Grecia y Venezuela más que de otros lugares. Si hablo más de ellos que del Congo, es porque no quiero que España termine convertida en una versión más del fracaso del populismo de izquierdas y del comunismo. Además, no hablamos de Cuba o Corea del Norte. Hablamos de los modelos que vendían hasta hace dos días los que ahora pretenden ser socialdemócratas nórdicos.

No ver que se da una alternativa entre partidos que no quieren acabar con el sistema y uno que ha tenido —mientras sus hechos no alcanzaron el tamaño del Everest— como modelo esa ruina concreta es estar completamente ciego.

Esa alternativa es, además, independiente de la responsabilidad de que estemos donde estamos. No digo que esto no sea importante. Lo es, naturalmente, pero es mucho más importante no pretender curar nuestros males poniéndonos en manos del hechicero.

Hablemos, pues, de España. Hablemos de Podemos y de sus dirigentes. De lo que han sido, de lo que han dicho, de lo que han defendido. Por suerte, podemos hablar de Podemos, de qué es Podemos, sin haber padecido aún la ruina, la miseria y la naturaleza liberticida de un gobierno de Podemos.

Que me lo expliquen

 

Estos día hemos sabido que el PP tiene que pagar una fianza para cubrir una posible responsabilidad subsidiaria en unas diligencias previas de 2008, referidas a una serie de delitos fiscales relacionados (en lo que se refiere al PP) por las obras realizadas en su sede.

La suma, superior a un millón doscientos mil euros, es resultado de lo que dejó de pagar el PP por el Impuesto de Sociedades de 2008 (algo más de doscientos mil euros) y por el Impuesto de Sociedades de 2007 de la sociedad mercantil del arquitecto que hizo esas obras (en este caso, algo más un millón de euros). He estado releyendo el auto y hay una serie de cuestiones interesantes de tipo jurídico que pueden plantearse, pero las dejaré para otra ocasión, ya que un día se abrirá juicio (por cierto, es un escándalo que este asunto lleve más de ocho años —la mayoría en instrucción— y aún no se haya juzgado).

Escribo esto por que los peperos se han empezado a quejar de que estas cosas salgan precisamente antes de unas elecciones (véase Cifuentes), incluso criticando al juez por creerse absolutamente la versión de Bárcenas.

Es un chiste y los del PP son muy torpes.

Es un chiste porque el juez (y lo explica en el auto) se basa en bastantes cosas más que las declaraciones de Bárcenas. Y los del PP son muy torpes porque ¿cómo es posible que ese dinero no esté ya depositado en el juzgado, aun sin necesidad de esperar a un requerimiento que, al parecer, les acaba de llegar?

El auto es de mayo de 2015. Este auto es por ley irrecurrible, salvo en lo relativo a cuestiones que nada tienen que ver con la fianza. Sabiendo como tienen que saber los letrados del PP que ninguno de los responsables civiles directos ha depositado la fianza, ¿cómo se han tirado un año sin ingresar voluntariamente ese dinero y han esperado a que se lo requieran?

No parece que sean muy espabilados, no.

Rajoy mefistofélico

 

Leo con atención este artículo de, al parecer, Aurora Nacarino-Brabo. Digo, al parecer, porque así se dice en el tuit de Daniel Gascón que me ha llevado a leerlo, ya que en la web no encuentro el nombre de su autor. Si no lo fuera, pido disculpas.

Llevo un tiempo escuchando que al Partido Popular le interesa el crecimiento de Podemos. Hay algunos que van más lejos (por ejemplo, Jiménez-Losantos) y dicen que, en realidad, Podemos es una criatura del PP (el locutor de Esradio se centra en una confabulación en la que participan Soraya Sáenz de Santamaría, las cloacas del Estado y los grupos mediáticos de izquierdas —que son prácticamente todos, en su opinión—). Como estas últimas me parecen ideas conspiranoicas y delirantes, y no he visto una prueba de que sean reales (al margen de las conexiones que todo buen conspiranoico encuentra siempre, ya que, recuerden, todo demuestra todo), me centraré en la versión “débil” de esta idea: la de que Podemos no lo crea el PP, pero sí le interesa su crecimiento.

Sobre esto, hay algo que se suele olvidar: a todos los partidos les interesa la fragmentación del voto de sus rivales, pero a la vez deben intentar evitar hacer nada que explícitamente dé vuelo a los partidos antagónicos, a los que más alejados están de sus votantes. Sobre todo, porque lo pagarían en las urnas. Como se puede observar, el PP, al menos de cara a la galería, es el partido que más explícitamente ha colocado a Podemos en el extremismo, puesto que eso es lo que con seguridad piensa su votante medio.

Por otra parte, el resto de partidos juegan a esto mismo. Podemos y el PSOE, de forma explícita, también han colocado al PP en el extremo. El PP es, en el mensaje de esos partidos, la banda corrupta responsable de eso que llaman el austericidio. El PSOE llegó al punto de afirmar que los únicos partidos con los que nunca pactarían son Batasuna y el PP. Incluso Ciudadanos, como consecuencia de  su estrategia de acercamiento al PSOE y de la necesidad de desvincularse de la percepción de ser marca blanca del PP, ha tonteado con la idea de situar al PP, o al menos a sus dirigentes actuales, como un cáncer que apesta a todo el que se acerca a ellos.

Una cosa más, antes de hablar del artículo que enlazo: a Ciudadanos también le interesa vender que la estrategia del PP de situarse como partido moderado y denunciar el peligro del ascenso del populismo de extrema izquierda es espuria. Es decir, que solo busca el ascenso de ese populismo para acabar con lo que venden como auténticos moderados y centristas: ellos, claro, y residualmente y de momento los que fueron sus socios en el intento de investidura: el PSOE. ¿Por qué? Porque es rentable situar al PP en el extremismo y la irresponsabilidad, y de paso sabotear la estrategia pepera de llamar al voto útil (estrategia especialmente peligrosa para Ciudadanos).

Hace una semana, más o menos, un periódico publicó que el PP había decidido que su estrategia iba a centrarse en atacar duramente a Rivera. Naturalmente, esa noticia, como es habitual en la prensa, era resultado de una filtración. El lector no podía saber si El Mundo se la había inventado por completo. Dio igual. Se dio por buena y se atacó con dureza al PP por la irresponsabilidad de centrar sus ataques en el único que podía ser socio de gobierno. Ahora se nos cuenta que, en realidad, la estrategia es radicalizar la campaña hablando del “peligro rojo” para, en realidad, favorecer diabólicamente a Unidos Podemos. Nadie se responsabiliza de la incongruencia. Total, ¿quién se acuerda de las noticias de ayer?

En cuanto al artículo de Nacarino-Brabo, mi contador de word me dice que ha utilizado 757 palabras.

En ellas se dice expresamente que el PP es como el que propaga un virus para vender su cura, que “el gobierno en funciones es responsable de la propagación de ese virus para el que nos quiere vender la vacuna”.

Menciono el número de palabras porque lo acojonante es que una acusación tan grave como esa no está fundamentada, en el artículo, en un solo intento de probarla. No hay ni el comienzo de un intento de un razonamiento basado en indicios de algo que pruebe que el PP es el creador del virus Podemos.

¿Qué hay en el artículo?

1.- Una introducción que nos explica que todos los partidos quieren sacar más votos en las próximas elecciones, pero que para conseguirlo se pueden usar estrategias irresponsables. Informados quedamos.

2.- Una analogía entre una multinacional asesina y el PP.

3.- Una referencia a que el PP “se presenta a las elecciones del 26 de junio como un dique de contención contra el populismo de Podemos y su alianza con los comunistas”. ¿Y? ¿Acaso es esto ilegítimo?

4.- Una afirmación de que “los populares son los primeros interesados en que Podemos llegue a la cita con las urnas fuerte en las encuestas, porque ello les permite ahondar en la campaña de la polarización y el miedo que tantos réditos electorales les granjea”. Hombre, los réditos de ciertas polarizaciones y sentimientos los obtienen ellos y todos. Hoy Rivera está en Venezuela (pese a que estamos ya en campaña en España) y el PSOE y Podemos también venden sus filias y fobias particulares, incluidos miedos y odios ancestrales. En todo caso, la autora afirma, pero no prueba. Además, no es muy racional pensar que al PP le interesa un ascenso mayor de Podemos. Podemos YA es muy grande. Aplicando la mera racionalidad política, al PP le interesa que Podemos y PSOE obtengan resultados similares y recuperar voto de Ciudadanos.

5.- Una referencia a las esteladas y a la posibilidad de que la decisión de Dancausa obedeciera a estrategia, a la intención de “crispar las bajas pasiones”. Naturalmente, esto no prueba nada en relación a Podemos y no pasa de ser una mera hipótesis no sustentada en un solo hecho, solo en la idea de que, de esa forma se atrae al votante de Ciudadanos. Pruebas, ni una, pero además contrasta con las acusaciones, tan frecuentes, que se le hacen al PP, desde ciertos sectores, de ser débil con el nacionalismo (por ejemplo, no prohibiendo la consulta trucha). Lo cierto es que uno lee el artículo y observa cómo todo es simple hipótesis y cómo, además, al final, el resultado de las elucubraciones termina enfrentando lo que sostiene Ciudadanos (al parecer de forma responsable, sincera y desprendida de dobleces) frente a lo que aparenta defender la malvada farmacéutica asesina, es decir, el PP, que actúa, pero no porque crea en ello, sino para masajear los bajos instintos.

6.- Una nueva referencia a que “el ambiente de polarización” favorece al PP, como si no fuera objetivamente cierto que en la pasada esta legislatura todos los partidos, unos más, otros menos, han tratado trataron al PP como un apestado.

8.- Una anticipación de lo que veremos en la campaña: concretamente “nuevas muestras de la estrategia de los extremos a la que juega el PP”. La autora, cuando afirma esto, aún no ha sido capaz de demostrar cuales son las anteriores muestras de esa estrategia de los extremos.

9.- Una afirmación muy divertida: que Iglesias y Rajoy se desenvuelven bien en la polarización. ¿En serio? Vamos a ver: ¿no es Rajoy el señor triste ese de los plasmas que no mueve un dedo y que o sigue una estrategia fabiana o simplemente es imbécil? Esto se viene diciendo desde hace mucho. Esto es lo que dicen TODOS los partidos de Rajoy. Sin embargo, ahora emerge un nuevo Rajoy, al que le va de miedo la polarización, como si fuera un tribuno terrible, un demagogo populista que enfervoriza a las masas con discursos extremistas.

10.- Se dice “Mientras tanto, el PP se presenta como el partido de la España moderada, el que tiene los mejores equipos, las mejores políticas, el mejor candidato; y está centrado en atender los problemas reales de las personas”. Pues claro. Qué cosas, verdad, presentarse como los mejores y los más adecuados para gobernar al país.

11.- Se añade que “Este discurso, que podría ser el de Ciudadanos, no solo delata el voto de qué partido aspiran a fagocitar el 26J, sino que da cuenta de una total falta de correspondencia entre su mensaje y su estrategia”. Esto es acojonante. A la autora parece que le joda que el PP ¡se apropie de la estrategia de Ciudadanos de venderse como los moderados, los que los tienen mejores cuadros y los que se van a ocupar de los problemas de la gente! Esto demuestra que no estamos ante un análisis objetivo. Además, es absurdo. El PP no se presenta así para “fagocitar” a Ciudadanos (objetivo al que sin duda aspira —la inversa también es cierta—), el PP se presenta así porque, al margen de que sea verdad o no, ese ha sido siempre el mensaje que han querido vender. Qué terrible acusación de la autora: el PP se presenta como partido moderado de centroderecha. Por cierto, parece como si el PP fuera el partido nuevo y Ciudadanos el partido viejo, al que le roban esos mensajes.

12.- Se afirma que “Detrás del mensaje de moderación, sensatez y pragmatismo se esconde una estrategia que pone en riesgo la estabilidad política, tensiona a la sociedad y antepone los intereses del partido al bienestar del país”. Ya ven, de nuevo la acusación de crear el virus podemita. Y de nuevo la ausencia del más mínimo intento de prueba.

13.- Y una nueva e inútil referencia al secesionismo catalán, en la que eso de que la prohibición fue buscado ya no aparece como hipótesis sino como realidad (“Lo saben bien los bomberos: el más impetuoso del retén suele ser el que provocó el incendio”) desmintiéndose a sí misma.

Todo el artículo es una petición de principio. No hay en él una sola prueba de que su análisis no padezca del mal que denuncia: crear el virus de que el PP está detrás de la creación y ascenso de Podemos para que los enemigos de Podemos —potenciales votantes del PP y Ciudadanos— se lo traguen y castiguen al PP en las urnas, votando al responsable Rivera.

Yo, como no conozco a la autora, no puedo afirmar que sea eso lo que pretende.

Paranoia constructiva

 

Hace más de cincuenta años, mis padres veraneaban en Fuenterrabía. Mi padre, para entretenerse, compró una lancha motora. Con ella se iba a pescar a mar abierto.

Un día, acompañado de un amigo y de uno de mis tíos, que no sabía nadar, decidió hacer lo de costumbre. Conozco la historia con algo de detalle porque nos la contó décadas después, aunque era obvio que no le gustaba nada recordarlo y solo lo hizo por la insistencia de sus hijos.

Antes de salir, un pescador le advirtió de que iba a hacer mal tiempo. Mi padre echó un vistazo, vio que hacía un día magnífico, sin una nube, y decidió no hacer caso. Ese fue su primer error del día.

Iban vestidos solo con un bañador y una camisa.

Ya en alta mar el tiempo cambió bruscamente y las olas se fueron haciendo cada vez más altas y frecuentes. Aunque puso rumbo a la costa, se le paró el motor, la lancha se cruzó, empezó a recibir las olas por el través y una de ellas la volcó. No llevaban chalecos salvavidas.

No se sumergió por completo. La proa estaba al descubierto y los tres se agarraron a la bola que se usaba para remolcarla.

En ese momento, mi padre vio cómo pasaba flotando el respaldo de uno de los asientos de la lancha. Allí había dejado, en una especie de bolsillo cerrado por una cremallera, su documentación y las llaves del coche. Como era muy buen nadador, decidió ir a recuperarlas. Ese fue el segundo gran error del día.

Comenzó a nadar, pero no era capaz de alcanzar el respaldo. A la vez, la lancha estaba cada vez más lejos y empezó a dudar de si era mejor seguir o volver. Con un esfuerzo tremendo, terminó por agarrar el respaldo. Como ya estaba agotado, lo abrazó con fuerza. Ya no veía la lancha.

Las olas eran cada vez peores y empezó a tener frío. Aunque tenía las manos entumecidas, continuó aferrando una contra otra, por miedo a no poder sujetarse bien si cambiaba su postura, a pesar de que estaba expuesto a los golpes, que lo volteaban, y al agua.

Nos contaba, muchos años después, que el tiempo le pareció eterno. Aunque era joven y muy fuerte, empezó a desesperarse, sobre todo al ver que caía la noche.

Estuvo cinco horas flotando a la deriva. Lo rescató un pesquero francés. Habían encontrado horas antes a los otros dos tripulantes de la lancha, que estaban convencidos de que mi padre se había ahogado, ya que no le habían visto agarrar el respaldo.

El pesquero también recuperó la lancha motora. Al día siguiente mi padre la vendió por lo que le quisieron dar. Nunca más se subió a un barco. Ni a un mísero bote. Yo nací poco después.

Me he acordado de esta historia al leer el capítulo de un libro de Jared Diamond. El autor titula ese capítulo “Paranoia constructiva” y cuenta una anécdota personal similar, en la que estuvo a punto de perecer en aguas del Pacífico.

Paranoia constructiva, qué término más adecuado. Tiene que ver con esas medidas que a tantos —sobre todo jóvenes— les parecen idiotas, pero que nos salvan la vida cuando sucede lo que nos parece improbable, precisamente por juventud e inexperiencia.