Los novísimos

 

Leo las obsesiones de El Español (no las copio completas, búsquelas en el enlace) y:

1 – España y las Españas

España es la morada vital de los españoles. Es también la entidad histórica y política que garantiza los derechos y libertades de todos los ciudadanos, la solidaridad entre sus habitantes y el anclaje con la Unión Europea. Tenemos mucho de lo que enorgullecernos y unas cuantas cosas de las que avergonzarnos. Más allá de las ideologías, debemos impulsar un patriotismo transversal basado en los valores constitucionales …

España es un ficción. Su vida solo debería depender de su utilidad (una palabra que no leo). Lo demás es blablabla.

2 – Otra Ley Electoral

Lamentable análisis que ignora que no hay sistema sin problemas y que la división de poderes pura es un ideal impracticable. Propaganda para ingenuos.
4 – Jueces independientes
Es imprescindible impulsar y proteger la independencia de los jueces frente a las injerencias del poder político…

5 – Democratizar los partidos

Los partidos están controlados por sus cúpulas, elegidas de forma endogámica e incluso dedocrática. Hay que desarrollar el artículo 6 de la Constitución que establece que su “estructura y funcionamiento interno deberán ser democráticos”.

Sí. Aunque ya podían explicar cómo.

7 – Adelgazar la Administración

Los gobernantes han creado un aparato elefantiásico pensando más en intereses políticos que en el servicio a los ciudadanos. El resultado es una Administración cara, sobredimensionada e ineficiente.

9 – Menos multas de tráfico

La Administración ha encontrado en las multas de tráfico -tanto en vías urbanas como en carretera- una vía fácil para obtener ingresos. La mayoría de infracciones sancionadas, con cámaras, radares y controles estratégicamente situados, no suponen peligro alguno para el conductor ni para el resto de automovilistas. Lo que se persigue no es la seguridad vial sino, descaradamente, la recaudación…

11 – Libertad en la lengua vehicular

En algunos lugares de España las lenguas han dejado de ser un instrumento de comunicación de las personas y se han convertido en una herramienta política…

Vale.

Sí. También se agradecería que explicasen cómo.

15 – Igualdad sanitaria con muerte digna

Todos los ciudadanos españoles deben tener derecho a las mismas prestaciones públicas, independientemente del territorio en el que residan. Además, un paciente nunca tendría que estar desprotegido en una comunidad autónoma que no sea la suya. Hay que implantar una sola tarjeta sanitaria en todo el país…

16 – Más  Europa

España tiene que situarse en la vanguardia de quienes apuestan por dar un nuevo impulso a la Unión Europea. Sólo unidos, los europeos podrán recuperar su posición estratégica y tener voz y protagonismo en el nuevo orden mundial que se está configurando…

18 – Evitar la muerte de inmigrantes

La tragedia que supone que miles de desesperados mueran cada año intentando alcanzar el Primer Mundo no puede sernos ajena. España, por su situación geográfica, conoce bien el problema. Es un asunto que hay que abordar con realismo: es imposible acoger a todas las personas que están dispuestas a abandonar sus países.

22 – Libertad en la televisión

Los políticos deben dejar de contemplar la televisión como un instrumento de propaganda a su servicio. Hay que cerrar todas las televisiones públicas que supongan un agujero para el erario.

25 – La Ñ

El español es la lengua que nos abre las puertas de un continente entero y nos proyecta al mundo, donde lo hablan más de 500 millones de personas. La ñ es un símbolo de su riqueza en la medida en que representa con una sola letra un fonema para el que otros idiomas necesitan dos.

Salvemos la ñ. Un nuevo bandazo intervencionista del simplismo ciclotímico tan evidente en estos veinticinco puntos.

25 obsesiones que recuerdan a cualquier programa electoral. Un ejemplo más de vagancia intelectual, mezclada con mercadotecnia.

 

Un regalo de piedra

 

Mi madre murió en enero de este año. Era dura. Hace muchos años, en una de esas reuniones de familia en las que hablamos del pasado para hablar del presente, alguien me preguntó por qué nunca me había visto llorar. No tenía conciencia entonces de ese detalle, pero descubrí que tampoco yo me recordaba llorando. Mi madre me miró con algo parecido a la complicidad y dijo: es que es duro.

Estoy a punto de cumplir cincuenta años y sigo sin recordarme llorando, pero qué sabía mi madre. Lo suyo era simple presunción de la sangre y del prejuicio, y quizás un orgullo vano, estéril. Un regalo de piedra.

Así era ella: dura.

 

 

 

Oh catalán, mi catalán

 

Despotrico en twitter contra Ciudadanos, su líder, Albert Rivera, y contra el, al parecer, ministro de economía in pectore de dicho partido, Luis Garicano, por una frase que aparece hoy en un artículo de este, que se publica hoy y Pepe Albert de Paco me pide un link. Como el artículo trata del “capitalismo de amiguetes”, uso esa expresión más el nombre del autor y me encuentro con este artículo de El País de hoy mismo y deduzco que ese es el artículo de marras.

Doy el link y empiezo a releer el artículo y veo que no, que ese artículo no es, y otro amable tuitero (Antonio Portero, @ParmenioOle) me indica que el artículo que critico es uno publicado en La Vanguardia, también hoy, y que no se puede leer porque es de pago. Pero me da un enlace.

Y ahí está lo maravilloso: los lectores de La Vanguardia (en la web, si pagan, o del periódico en papel), verán que Luis Garicano dice esto:

Existe una alternativa. En nuestra opinión, Catalunya no rechaza al resto de España, rechaza a Rajoy y su capitalismo de amiguetes. La deriva nacionalista se ha alejado de la esencia catalana: el dinamismo económico, el emprendimiento, el europeísmo, el conocimiento, la apertura, el cosmopolitanismo. El modelo de sociedad que Catalunya necesita no sería más fácil de alcanzar con la independencia, dado que el impulso separatista está dominado por un populismo rancio que (incluso sin los problemas de transición que hemos analizado) llevarían a Catalunya al provincianismo y la irrelevancia económica.

Catalunya puede elegir, en vez de la ruptura, contribuir a construir una España dinámica, abierta y cosmopolita. Una España basada en la economía del conocimiento y la innovación, que elimine y no construya muros en el mercado interno, que simplifique las regulaciones, que despolitice las instituciones y acabe con la corrupción. Esta es la España que quiere construir Ciudadanos, con una Catalunya fuerte, y en la que se gobierne, con las manos limpias, para todos. Una España en la que, creemos, se reconocen la gran mayoría de catalanes. Porque la mejor alternativa al separatismo de Mas no es el inmovilismo del Gobierno, o el populismo de algunos, sino una España y una Catalunya que funcionen.

Sin embargo, los que hoy lean a Garicano en El País leerán un artículo en el que precisamente habla del “capitalismo de amiguetes”, desarrollando una serie de ideas sobre el particular, pero eso sí, no aparece ni una sola vez el nombre del presidente del Gobierno.

Esto es interesante: en El País desarrolla una tesis sobre un mal de España y plantea sus soluciones. El lector de El País quizás piense: vaya, este hombre nos explica una de las claves de un importante mal de nuestro país, pero no pensará que Luis Garicano crea que ese mal se debe al PP o al PSOE o a CiU o al PNV o a cualquier otro partido concreto que haya gobernado, en particular. Pensará que habla de todos ellos. Y no pensará que habla de Andalucía, Madrid o Cataluña. Pensará que habla de toda España.

Sin embargo, cuando se trata de publicar un artículo en La Vanguardia sobre las elecciones catalanas que son dentro de un mes, ah, amigo, ahí el capitalismo de amiguetes ya tiene dueño: el PP. Y no solo tiene dueño, sino que es la causa del rechazo de muchos catalanes a España. Sí, añade que la deriva nacionalista puede hacer que Cataluña termine siendo aún más provinciana, pero eso solo serviría para alejarla de su esencia: el dinamismo económico, el emprendimiento, el europeísmo, el conocimiento, la apertura y el cosmopolitanismo (sea esto lo que sea).

Ya ven: España tiene capitalismo de amiguetes (que hoy es de Rajoy) y Cataluña puede resolverlo volviendo a su esencia (ah, Cataluña tiene una esencia) y exportándola a España. Ese es el mensaje para el catalán (mensaje que no recibe el que no lea La Vanguardia): lo del capitalismo de amiguetes es cosa del PP y del turbio Rajoy (es corto el paso hacia el españolismo rancio) y, por tanto, de España, pero vosotros sois otra cosa, catalanes, aunque os habéis desviado un poquito. Vosotros sois Europa y podéis ayudar al resto de españoles a salir de África.

Naturalmente, puede que haya una lectura más benévola y todo sea coincidencia.

NOTA: Eso sí, como bien me dice @maralhino Rivera tuitea solo uno de los artículos: ¿adivinan cual?

Aunque siempre cabe la posibilidad de que no quiera aumentar el número de suscriptores de La Vanguardia.

 

Post hoc ergo propter hoc

 

Un mundo en el que las decisiones esenciales se tomen por cálculo racional es mejor que un mundo en el que las decisiones se basen en juicios emocionales. Afirmaría que esto que acabo de decir lo asumiría mucha gente. Al menos en las sociedades avanzadas. En cierto sentido las sociedades avanzadas (las que lo son según esos índices que solemos usar relativos a riqueza, esperanza de vida, alfabetización, acceso a estudios superiores y sanidad, entre otros) se caracterizan porque solo lo son aquellas en las que se han ido desechando al mundo privado los sistemas de valores que más trabas introducen al cálculo racional. Me refiero, claro está, a los religiosos (incluyo al comunismo en esta categoría). El dogma es peligroso porque es indiscutible. Lo racional exige, en primer lugar, la posibilidad de discutir cualquier cosa. La ventaja de la democracia representativa es doble: por un lado, permite la pacificación al crear una ficción de gobierno por el pueblo que, sin ser real por completo, se basa en algo real, la capacidad para eliminar al gobernante molesto; por otro lado, deja un campo abierto a la discusión civil, normalmente organizada en grupos de presión, con sus intereses y sus sesgos particulares. La propia discusión abierta es, en sí, una forma de decisión racional. Me explicaré: cuando permites que tus premisas se pongan en cuestión, es difícil que sus aspectos más absurdos o dañinos no se vean limados de alguna forma. El ruido y el caos de una discusión abierta son casi siempre moderadores. A veces se retroalimentan en una dirección errónea y producen más caos y dolor, pero esos fenómenos son como las infecciones más virulentas: producen muerte y extinguen al agente infeccioso con el que lo porta, cortando la infección. Por otra parte, la “lucha por la existencia” de las diferentes posiciones e intereses termina desembocando en formas de realismo material que también son moderadoras. La pluralidad diluye la capacidad de tomar decisiones de pocos al repartir el pastel. Esto no tiene por qué suceder cuando la discusión y la posibilidad de influir se cierra a unas pocas familias o grupos de interés, algo que solo se puede mantener si se basa en dogmas religiosos, como he dicho antes.

La consecuencia de esto es la del sentido. Las opciones pueden ser muchas, pero hay dos sentidos: uno hacia el cálculo más racional; otro en sentido contrario. Cuanto más nos movemos en el sentido correcto, más difícil es que una opción produzca daños. Cuanto más nos movemos en el sentido equivocado, más fácil es que se produzca el desastre. El sentido hacia la razón limita las consecuencias del azar. Por eso también es racional.

Si hay un sentido bueno y otro malo y queremos escoger el correcto, cualquier política que pretenda ser racional ha de procurar partir del análisis de la realidad. Nuestros instrumentos son imperfectos, por mucho que hayan mejorado, pero sin su uso estamos a merced de la intuición de uno o de unos pocos. Las formas tradicionales de adivinación religiosa no eran más que la forma de vestir la decisión intuitiva del líder.

Optar por el hombre que hace falta es, en consecuencia, un error. Solo las instituciones nos salvan de la anécdota y el juego de azar.

El problema es que, igual que buscamos patrones en la naturaleza, caemos con facilidad en la falacia post hoc ergo propter hoc. Cuando el líder acierta puede ser por simple casualidad. Más aún, como la historia es única, carecemos de escenario de contraste. Atribuimos a la intuición de uno el éxito y, lo que es peor, con ello alimentamos el ego y el poder de quien acertó, aumentando las probabilidades de error. Esta es también otra razón por la que hay que compartir el poder y diluir los efectos de las decisiones. También podemos caer en la falacia post hoc ergo propter hoc cuando la decisión afortunada es el simple producto de una negociación entre grupos y personas con intereses particulares. La ventaja de este segundo escenario es que su capacidad de retroalimentar posteriores errores es mucho más limitada, ya que, por definición, la decisión adoptada pertenece a muchos y todos querrán, en la siguiente ocasión, acercar más aún el ascua a su sardina, provocando una nueva discusión basada en la bondad o maldad de los propios intereses -es decir, aunque mediatamente, sobre la realidad- más que en la capacidad advinatoria de la mente que las adoptó.

La realidad es lo esencial. Seguir el curso del dinero, como hacen los buenos investigadores.

 

Suso de Toro es escritor

 

Como no vivo en Catalunya, cuando busco información u opinión me encuentro expuesto [es decir, en peligro] a los medios de comunicación no catalanes que estos días más que nunca [hombre, es que hay elecciones convocadas para proclamar una secesión; si eso hablamos de Lina Morgan] no paran de hablar de los catalanes. Por supuesto [claro, para qué empezar no dando por supuesto esto] , tanto los informantes como los opinadores de esos medios hablan desde un mismo lugar [¿cuál?] y, con algunos matices, desde el mismo punto de vista. Es muy difícil [sí, dificílísimo:

http://www.ccma.cat/tv3/

http://www.ccma.cat/catradio/directe/catalunya-radio/

http://www.racocatala.cat/

http://www.elperiodico.com/es/

http://www.elpuntavui.cat/barcelona.html

http://www.lavanguardia.com/index.html

… y todos los que uno quiera encontrar en medio minutopoder oír las opiniones de esa mitad de catalanes que no solo pretende la autodeterminación, como desean los tres cuartos [frase sin sentido, los catalanes ya se autodeterminan: en las elecciones generales, en la autonómicas y en las municipales; y ya tienen autogobierno; y además ¿de dónde sale esa cifra?], sino que pretenden directamente un Estado propio. Excluir [¿mande?] la opinión de esa mitad de catalanes que quieren la independencia cuando se habla precisamente de ellos [no solo se habla de ellos. Egotismo a “tutiplén”. Se habla de cuarenta y siete millones de españoles, ya que esa decisión nos afecta a todos], que ese es el problema [ese es el problema en este párrafo; luego, en otros, el problema es otro] solo se puede explicar de dos modos, o bien se censura su opinión conculcando la democracia [claro, durante los últimos treinta años los nacionalistas y los independentistas han estado censurados en Cataluña y en España] o bien se les desconsidera como personas alienadas, locas [los pueblos y las gentes a veces hacen el memo y a veces se comportan criminalmente sin necesidad de que se considere que cada una de ellas está loca: cualquier capítulo de cualquier libro de historia lo demuestra. Al parecer, además, solo se puede calificar de gravemente erróneo el comportamiento colectivo llamando locos a sus miembros. Para Suso solo hay dos explicaciones precisamente porque, pese a reclamar para sus defendidos una supuesta complejidad, ha decidido no aplicar eso mismo a los demás, a los que vemos el llamado proceso como un camino no solo ilegal, sino lleno de peligros y perfectamente inútil]

Mi opinión, basada en un muy relativo conocimiento de ese país que me resulta tan curioso y que me ha enseñado cosas [“mi opinión” basada en lo mucho que me gustan], es que no: los catalanes están muy cuerdos. Tanto los tres cuartos que desean la autodeterminación, como el cuarto que no la desea; tanto la mitad que pretende tener Estado propio como la mitad que no lo pretende [todos están cuerdos: el mito del catalán como tipo la hostia de centrado y sensato]. Aún más, creo que son una población mucho mejor informada que el resto de la población española [y son más altos y hablan mejor inglés] y, por tanto, que sus deliberaciones las hacen con mejor criterio y sin engañarse tanto. En Catalunya es posible leer, oír y ver los medios de comunicación madrileños, esos que los ignoran [entonces, Suso, oh Suso, ¿cómo van a estar mejor informados? Todo el que vea los medios “madrileños” -ese Madrid mitológico- estará desinformado, ya que los medios madrileños desinforman e ignoran a los catalanes; a ver si te aclaras], y además los medios catalanes. Además, una parte de los medios catalanes están a favor de una postura y otra parte de la contraria [digamos que sí, a pesar del sonrojante editorial conjunto tras la sentencia del Tribunal Constitucional: si es así será porque pueden. Como pueden los medios del resto de España estar mayoritariamente en contra de la secesión].

Claro que hay denuncias de periodistas sobre manipulación de los medios públicos catalanes a favor de una postura pero ¿qué habría que decir de la práctica totalidad de los medios públicos y privados españoles acerca de la manipulación informativa? Habría que denunciar la pura manipulación, pasando por la censura y el insulto [denuncia, hombre, no te cortes; eso sí haz denuncias concretas] .Y tampoco esos tres cuartos de la población que quiere autodeterminación ni la mitad que quiere independencia son más malvados que la media de la ciudadanía española [¿ya no son locos? ¿ahora son malvados? ¿tus dos opciones ahora son tres?], simplemente se hartaron. Mejor dicho, los hartaron.

Los hartó una España que ni siquiera aprendió a decir sus nombres [pon bien gordo ese “España” para poder apuntar al muñeco]: una España que ni siquiera se molestó en aprender a pronunciar el nombre del presidente de la Generalitat, del que hicieron un malvado de cuento infantil [Eso debe ser crimen de lesa humanidad al menos]. Le llaman ‘Ártur’, parodiando un inglés mal hablado, en vez de Artur, simplemente [Eso es gracioso. ¡Cree que hay una conspiración para pronunciar mal su nombre!] Ya eso resumiría la actitud de España hacia Catalunya [esto es puramente maravilloso: España -ente inventado- tiene una “actitud” -algo imposible- hacia Cataluña -ente inventado- que consiste en que España -ente inventado- pronuncia Ártur, en lugar de Artur. ¿No se le ha ocurrido algo un poco menos, cómo decirlo, estúpido?], ni siquiera saben sus nombres para denigrarlos con propiedad. La hostilidad xenófoba [triple salto mortal con tirabuzón y giro de meinventoloquemesaledeloshuevos] hacia los catalanes parece algo tan natural [natural, dejado ahí, como caquita flotante] porque se basa en la histórica ignorancia [histórica ignorancia de cómo se pronuncia Artur].

En la ignorancia y en la envidia [añadamos vicios a la viciosa España]. Solo la envidia explica [otra vez con su explicación única, qué firmes convicciones] que presidentes de autonomías traten con desprecio ofensivo a la población catalana [más afirmaciones inconcretas], cuando si ellos existen [vaya, al parece Cristina Cifuentes no habría nacido de no ser por los catalanes y su lucha], si existen sus autonomías es debido a la lucha democrática de las nacionalidades por su autogobierno [tesis indemostrada que, aun demostrada, no demostraría nada: que las autonomías existan gracias, es un decir, a la lucha democrática de los nacionalistas catalanes no implica que los presidentes de las autonomías deban tragar con cualquier gilipollez de los nacionalistas catalanes]. Y nunca, nunca, nunca han sentido el deber de dar unas educadas gracias [claro, a los demás, Franco y el franquismo les molaban mucho y Franco y el franquismo les trataban de perlas; ah, y no había franquistas en Cataluña]. Como ahora denuncian que si los catalanes se independizan otras partes del estado perderían transferencias de dinero, pero nunca antes han sentido el deber de dar unas educadas gracias [¿gracias? ¿los pobres tienen que dar gracias a los ricos por los impuestos que pagan los ricos? ¿seguro que eso lo que quieres decir Suso, oh Suso?]. Tampoco la cortesía es una virtud nacional [sigue, sigue pintando bien gordo el muñeco para disparar contra él]. Pensaba titular este artículo “Cuando fui federalista”, pero no es exacto porque nunca lo fui [nos alegramos en tal caso de que no lo hayas titulado así]. Desde hace cuarenta años me parece que no soy nada acabado en “ista”, a lo mejor hago mal [el maravilloso transito desde España, Cataluña, los españoles, los catalanes, al Yo Suso, a la intimidad de Suso, al padecer de Suso]. Nunca idealicé la Constitución vigente [menos mal, habría sido algo vomitivo], desde un principio fui crítico con sus limitaciones de carácter social y nacional [y ahí quedan tus anotaciones para la Historia], sin embargo intenté vivir y convivir dentro de ese marco [El Yo Suso en su esplendor: la constitución y Yo, la constitución como marco para que Suso viva]. Participé modestamente [ay, ese modestamente qué poco modesto suena] en intentos de promover otra idea de España y el federalismo. Cuando no encontraba uno frialdad o desdén encontraba hostilidad, ésa fue mi experiencia [terrible: desde “Si esto es un hombre” de Primo Levi, no he visto un testimonio tan espantoso de soledad]. Como lo he vivido puedo contarlo [No calles ahora, por favor, no calles]. Ahora que todos van a ser federalistas particularmente no les creo [¿todos es un apellido?], creo que mienten de forma interesada y algo tan delicado e importante como es la convivencia democrática [pero ¿no hablábamos de la secesión de Cataluña hasta ahora?] no se levanta sobre la mentira. Sobre falsedades convenientes se levantaron estas décadas tras el 23-F y condujo a esta España nuevamente ignorante e incívica [Las décadas se han levantado sobre falsedades y, anacolutando que es gerundio, algo que no sé que es condujo a esta España ignorante e incívica y yo ya estoy ebrio de literatura].

Hace ya unos años que las posibilidades del régimen nacido de la Transición fueron experimentadas hasta el límite y están agotadas de forma terminante [agotadas; como si no se siguiera eligiendo a gente en cada elección y como si esa gente no siguiera haciendo leyes; en realidad lo que quiere decir es: “hace ya años que vimos que las posibilidades de cargarnos esta constitución con esta constitución se habían agotado”]. Por  un lado, la oposición y el boicot efectivo de la derecha española a la ley de Memoria Histórica, que pretendía crear un consenso nacional, una memoria compartida, dando encaje dentro de un consenso nacional español [Suso de Toro es escritor: relean la frase]. Y, por otro lado, la campaña xenófoba y el recurso contra el ‘Estatut’ [¿campaña xenófoba contra una ley?] y la consiguiente sentencia del Tribunal Constitucional. En esa operación política participó el Estado entero [la Generalitad y el Parlamento de Cataluña son Estado, Suso, oh Suso], no solo el PP, también sectores del PSOE, el poder judicial [¿en serio? ¿una sentencia la dictaron unos jueces? Escandaloso todo] y hasta el ejército [otro muñeco gordo más: hablan un par de militares, alguno jubilado, y eso se convierte en “el ejército”] nos recordó que tiene su ideología, y qué ideología [las caquitas se van acumulando y empieza a heder]. En cerrarle el paso al reconocimiento nacional y un lugar a Catalunya [claro, ahora mismo Cataluña no ocupa ningún lugar; no tiene ningún peso; no elige diputados y senadores; no tiene una autonomía con instituciones; nadie legisla allí; nadie regula nada; los catalanes están todos presos en cárceles españolas, no pueden hablar catalán, ni pueden expresar libremente sus opiniones; Cataluña no ocupa ningún lugar y por eso ni en los mapas aparece].

Con esta España [de vuelta el muñeco gordo y Suso apuntando] no hay nada que hacer que no sea un cuestionamiento de sus mismas bases ideológicas, económicas y políticas [¿España tiene unas bases ideológicas, económicas y políticas y si se cuestionan Cataluña será libre? ¿Las bases ideológicas, económicas y políticas de Cataluña serían diferentes de las de España? ¿En qué Suso, en qué?] de Cataluña . Hoy por hoy no hay ningún proyecto de España [A ver, tron, ¿tiene unas bases pero no tiene proyecto? ¿somos malos y distintos pero no somos nada a la vez?]. Todo es tan patético que se resume en la figura de Mariano Rajoy [la actitud de “España” se resume en como dice Artur, y “España” se resume en Rajoy: Suso no es un pensador, es un gigante] un político que se opuso militantemente a la Constitución y al Estatuto de autonomía de Galicia en su día y que, finalmente, es el dueño de la Constitución [los dueños de la Constitución somos los españoles, Suso]. Ahora dice que,  ya que es suya, la va a cambiar [en este momento, Suso, oh Suso, se mira al espejo y sonríe]. Quédesela, hombre [la Constitución tampoco es tuya Suso, para dársela a nadie]. A su lado solo hay propuestas como reconocer la “singularidad” catalana, o vasca, o… 

A estas alturas. Todos somos singulares, cada uno de nosotros, nosotras, cada región, cada nación, cada pueblo… [extraordinario: todos somos singulares y contingentes, pero solo Suso es necesario] Lo que ocurre con Catalunya, señores y señoras, es que es una nación [¿Y? Aunque tuvieras razón, Suso, aunque la tuvieras. ¿Y?]. Lo era antes, lo es y lo va a ser, con o sin estado [Lo va a ser o no, hombre. Hace veinte siglos no existía España, ni Francia, ¡ni Cataluña! ¿Qué crees, que las naciones son eternas? ¿Tienes un altar con banderitas en casa, Suso?] . Ahora es tarde para reconocer su “singularidad” o incluso que son una nación, por no haberlo reconocido a tiempo hay lo que hay [El problema se resume, al parecer, en que no “hemos” reconocido a tiempo que Cataluña es una nación. Con eso ya estaba todo arreglado. Fastuoso análisis]. El problema no es Catalunya [hombre, claro, no jodas tío; ¿estás tonto?]. El problema es España. O Madrid. O lo que sea [Saca toda su lista de muñecos para al final reconocer que, en el fondo, no tiene ni idea de cuál es el problema. Yo Suso es tan sincero que admite que no sabe cuál es el problema, pero eso sí después de llenar todo con sus cacas flotantes]. Y puede que la independencia sea lo mejor [eso, como quien no quiere la cosa, como un vámonos de paseo al río]. A lo mejor toda la gente que nunca quiso conocer a ese país catalán, que siempre lo ignoró, quedaba más tranquila independizándose al fin de Catalunya [por si acaso el experimento termina siendo un estropicio, venga, échale también la culpa del secesionismo a “toda la gente que nunca quiso conocer a ese país catalán”].

Habrá quien piense que me preocupo demasiado de los catalanes y que ya ellos se saben defender [es muy tierno, egotista, pero tierno, pensar que alguien pensará eso], pero mi motivo no es la preocupación por esa gente sino por nosotros, las personas que vivimos en este Estado y se nos niega [Suso de Toro es escritor] la información y se nos pretende manipular [magia potagia: España se convierte en “este Estado” porque España ya no vale en la frase como muñeco: ¡cómo va a valer como muñeco si hay disidentes! Cambien “este Estado” por España en la frase y verán como explota llenando todo de metano]. Lo que me preocupa es la falta de democracia en España [¿Ven?, ya vuelve España; España es mala]. Defender la democracia en España, desde hace unos años y hoy por hoy, es principalmente exigir que se respete a la ciudadanía catalana, que no se le trata [Suso de Toro es escritor] como a dementes.Y a nosotros [¿y esos quienes son? Los españoles no pueden ser, porque España es mala] como niños y niñas, porque no lo somos [No, Suso. No eres un niño. Eres un pensador].

Machacantes

 

Hay cosas que tiene valor real y otras que solo tienen valor porque se lo damos. Un pato tiene valor real. Haga la prueba: va usted a un parque, a ser posible concurrido, y allí, delante de los niños, dispare contra algún pato, capture la presa y salga a toda prisa corriendo con el botín. Habrá obtenido dos trofeos reales: los lloros horrorizados de los niños y el pato, que podrá, mejor pasados varios días, guisar y consumir. Un billete no tiene valor real. Decimos que vale porque los demás también dicen que vale. De ahí ese puntazo cavernícola que sentimos cuando nos dan, por vez primera, billetes de alguna moneda extranjera. Los miramos con desconfianza, como si nos dieran algo peor que gato por liebre, ya que el gato y la liebre también tienen valor real. Esto pasó incluso con el euro. Los primeros días todo el mundo andaba con cierta tirantez, como si una estafa cósmica se hubiese iniciado y un día fuésemos a descubrir que esos billetes de colores demasiado vivos eran simples estampitas que habían servido para desplumarnos, robándonos nuestras, esas sí, valiosísimas pesetas. Solo hay una excepción: el dólar. Hemos visto en tantas películas lo mucho que valen esos billetes verdes, que aún nos extrañamos cuando en alguna de ellas se produce un intercambio de maletines entre mafiosos o espías internacionales y, al abrir uno de ellos, vemos billetes rosados de quinientos euros. Nuestro yo interior grita en ese momento: ¡imbécil, te están timando con moneda del monopoly!

 

Adivina dónde está tu deuda

 

“La definición de una auditoría ciudadana de la deuda es que la ciudadanía elija qué es deuda legítima y deuda ilegítima, qué deuda se debe pagar y cuál no, más allá de lo que sea legal o ilegal”.

“Para nosotros ilegítimo es lo que se ha hecho a espaldas de la ciudadanía, para el bien de unas pocas personas en contra del resto de la población, pero incluso vamos más allá y decimos que también es ilegítima una deuda que provoca carencias en otros ámbitos: para nosotros es ilegítimo dejar de pagar en gastos sociales para pagar deuda”.

Lo dice un señor llamado Yago Álvarez y, al parecer, su discurso ha sido asumido por los gobiernos municipales de Madrid, Cádiz y, quizás, algunos más.

Este sinsentido que tanto aburre analizar por obvio presenta un aspecto que me resulta especialmente gracioso: antepone el pago de la deuda al pago de gastos “sociales”. Como si fueran pagos del mismo tipo, como si fuera igual decidir entre gastar y pagar lo que debes. La putada, como sabe cualquiera que tiene deudas, es que lo que devuelves es precisamente el dinero que ya has gastado más la ganancia del que te lo prestó.

Lo voy a repetir: el que ya has gastado.

No puedes gastar dos veces lo que ya has gastado. No puedes decidir que lo que ya gastaste, hoy vas a gastarlo de nuevo en otra cosa.

Esa es la estafa implícita en el razonamiento. En realidad, lo que estos señores están defendiendo no es optar por gastar en algo en vez de gastar en otra cosa. Ni siquiera están defendiendo (que también) dejar de cumplir la ley. Defienden algo mucho peor: romper la base del comercio, la obligación de cumplir lo pactado y de devolver lo que te prestaron.

El problema de esta conducta filibustera es que te convierte en un filibustero. La sociedad y el comportamiento altruista se basan precisamente en la confianza, en el recuerdo y en el castigo al que incumple. Las sociedades ricas son aquellas en las que se respeta la ley y se respetan los pactos. En esas sociedades hay inversión a largo plazo porque sabes que los que te rodean harán lo preciso para que recibas lo que te corresponde.

Por otro lado, romper los pactos tiene un precio inmediato. Te convierte en un proscrito. Más tarde va desapareciendo el problema entre optar por pagar deuda o por pagar gastos sociales, porque termina no habiendo dinero para pagar nada.

La parte básica del asunto es así de simple y todo la retórica sobre que esto pueda evitarse es humo. Humo de trileros.

 

NOTA: Ya advierto al que me va a decir que los trileros eran los que nos gobernaban antes, que esos que nos gobernaban antes somos nosotros. Tan nosotros como los que nos gobiernan ahora. De nada.

¿Qué pasa si la mujer del César está imputada?

 

Leí este artículo de Arcadi Espada y me dije “vaya, qué cosas”, pero como hoy es 17 de agosto y cuando lo leí era 15 (fíjense en la precisión) me tumbé en otra posición (esto es absurdo, lo sé*) y hala.

Ahora, lo que sí es materia de esta época y me movió del sitio, es esta frase:

En cuanto al topos sobre la mujer del César y la necesaria prudencia estética del gobernante poco hay que añadir, como ya hemos comentado más de una vez entre nosotros: la mujer del César era la mujer de un dictador y sus obligaciones las de una dictadura.

Es justo al revés, estimado Arcadi: cuanto más se parece la mujer a la mujer de un dictador, menos aplicaremos esta frase, siempre tan mal entendida.

Supe de la mujer del César pronto, ya que Indro Montanelli, en su Historia de Roma, nos explica todo lo que tenemos que saber sobre el asunto y, como ya he contado, ese magno libro fue una de mis lecturas infantiles.

César tuvo cuatro mujeres y luego hablaré de la quinta como exemplum. La primera da igual, se la impuso el padre. La segunda, hija de Cinna, fortaleció el pacto de César con los populares, partido al que pertenecía por familia, pues Mario (el garrulo populista con cicatrices) era su tío. Cuando murió la segunda mujer, César se casó con la tercera, Pompeya Sila, nieta de Sila (qué personaje más fastuoso este), el dictador y jefe, por decirlo así, aunque no sea correcto del todo, de la derecha, de los optimates. Esta Pompeya Sila es la mujer del César que no solo debe ser honesta sino parecerlo según la versión modificada de la frase.

Cuento esto porque, en ese momento, César, dictador, lo que se dice dictador, no era: había sido cuestor, edil y pretor. Aún no había sido cónsul, ni procónsul, ni, por supuesto, conquistado las Galias. No era un mindundi, claro, pero si hubiera palmado por aquella época no saldría en un jodío libro de historia. Roma no era una democracia como la entendemos hoy, pero tampoco era un sistema autocrático todavía. Sus matrimonio tenían un fin político y el tercero también lo tuvo: transmitía la imagen de moderado que le convenía en ese momento.

César también había sido designado Pontifex Maximus y por esa razón su mujer tenía que presidir unas fiestas religiosas en las que estaba prohibida la presencia de hombres (ya saben, una manifa no mixta de esas). Un tipo, llamado Clodio, fue descubierto vestido de mujer y detenido. Se supone que quería practicar la bestia de dos espaldas con Pompeya y César se divorció.

César, en el juicio, afirmó que estaba seguro de que su mujer no sabía nada. Cuando el juez le preguntó por qué, en tal caso, se había divorciado, él contestó: “porque mi esposa no puede encontrarse bajo sospecha”. Ese es el origen de la frase. Lo interesante, sin embargo, es lo que pasó con Clodio. César tampoco declaró contra él, afirmando que el tipo al que habían pillado in fraganti y con rímel no podía ser capaz de algo así. Y eso pese a ser notorio, como cuenta Montanelli, que se había cepillado a su hermana (a la de Clodio).

La clave es esa: Clodio era el hombre perfecto para una conspiración.Una especie de cizaña a la caza de fortuna. Promotor de motines, receptor de sobornos, sablista y chaquetero, un año después del “escándalo” fue adoptado por un plebleyo de rancio abolengo (jeje) para, con el apoyo de Julio César, ser designado tribuno de la plebe, lugar desde el que pudo ayudar al gran calvo. Hizo bien de mamporrero y si no que se lo pregunten a Cicerón

Qué quieren que les diga, lo del travesti suena a montaje que apesta.

Ya llego. Esa frase sobre la honestidad de la mujer del César debería seguir usándose, pero no en el sentido habitual. Si es leche, esto blanco y en botella que les he contado, fue la ocurrencia de un político para justificar públicamente la ruptura diseñada de un matrimonio que le venía mal. Efectivamente, la siguiente, la cuarta mujer de César, Calpurnia, era hija de un tipo, Pisón, cónsul tras César, enemigo primero de Clodio y luego amiguete, que era entonces figura de cierta importancia en el partido popular. César, en uno de sus movimiento de péndulo habitual, ya estaba alejándose de Pompeyo y de su imagen “centrista”.

Esta frase es paradigmática de la política democrática, no de la dictatorial. Y es cínica como solo puede serlo la política democrática. Se trata de agarrarse a la excusa de las formas para quitar de en medio algo que te molesta y satisfacer al populacho. Fijo que el César que se cepillaba a Cleopatra no la habría pronunciado.

La prueba de que es así se encuentra en el propio artículo de Espada: ¿quiénes usan con el ministro ese “la mujer del César no solo debe ser honesta sino parecerla”? Claro, sus enemigos políticos, que saben bien cómo le gusta a la plebe rumiar maldades. Es la frase perfecta para la gran fiesta de la democracia, la transparencia y la regeneración.

 

 

NOTA: Dije que hablaría de la quinta mujer de César, la que no tuvo. Pompeyo y César habían sido aliados y, para solemnizarlo, Pompeyo se había casado con una hija de aquel, llamada Julia. Sin embargo, tras la conquista de las Galias, cada vez era mayor la distancia entre los dos hombres que más mandaban y la muerte de Julia rompió el último lazo que les unía. César, ya muy poderoso, pero aún no dueño de Roma, práctico como era, le propuso a Pompeyo lo siguiente: se divorciaría de la cuarta, Calpurnia, y se casaría con la hija de Pompeyo. Ese matrimonio le habría devuelto al “centro”. Ya ven, la mujer del César era pura política de partidos.

Pompeyo no aceptó. Luego perdió. Luego César sí se hizo dueño de Roma.

* “Agosto” es la palabra clave.

No te pongas a mi lado, negro, judío, moro, pordiosero, varón

Veo este tuit:

Sobre el derecho de reunión y manifestación el Tribunal Constitucional, en su sentencia núm. 284/2005 de 7 noviembre dice:

La doctrina sobre el contenido y los límites del derecho de reunión ha sido expuesta en numerosas Sentencias de este Tribunal. (…) «[e]l derecho de reunión, según ha reiterado este Tribunal, es una manifestación colectiva de la libertad de expresión ejercitada a través de una asociación transitoria de personas, que opera a modo de técnica instrumental puesta al servicio del intercambio o exposición de ideas, la defensa de intereses o la publicidad de problemas y reivindicaciones, y cuyos elementos configuradores son el subjetivo –agrupación de personas–, el temporal –duración transitoria–, el finalista –licitud de la finalidad– y el real y objetivo –lugar de celebración– (por todas,  STC 85/1988  [ RTC 1988, 85]  ). También hemos destacado en múltiples Sentencias el relieve fundamental que este derecho –cauce del principio democrático participativo– posee, tanto en su dimensión subjetiva como en la objetiva, en un Estado social y democrático de Derecho como el proclamado en la  Constitución  ( RCL 1978, 2836). Para muchos grupos sociales este derecho es, en la práctica, uno de los pocos medios de los que disponen para poder expresar públicamente sus ideas y reivindicaciones». La vinculación libertad de expresión-libertad de reunión ha sido igualmente destacada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en muchas de sus Sentencias; señalando a este respecto que «la protección de las opiniones y de la libertad de expresarlas constituye uno de los objetivos de la libertad de reunión» (STEDH caso Stankov , de  13 de febrero de 2003  [ JUR 2003, 50031]  , § 85), y afirmando que «la libertad de expresión constituye uno de los medios principales que permite asegurar el disfrute efectivo del derecho a la libertad de reunión y de asociación» (STEDH caso Rekvényi , de  20 de mayo de 1999  [ TEDH 1999, 23]  , § 58).

(…) En lo concerniente a su límites, hemos dicho, en la  STC 42/2000, de 14 de febrero  ( RTC 2000, 42)  , que el derecho de reunión «no es un derecho absoluto o ilimitado, sino que, al igual que los demás derechos fundamentales, tiene límites (  SSTC 2/1982, de 29 de enero  [ RTC 1982, 2]  , F. 5;  36/1982, de 16 de junio  [ RTC 1982, 36]  ;  59/1990, de 29 de marzo  [ RTC 1990, 59]  , FF. 5 y 7;  66/1995  [ RTC 1995, 66]  , F. 3; y  ATC 103/1982, de 3 de marzo  [ RTC 1982, 103 AUTO]  , F. 1), entre los que se encuentra tanto el específicamente previsto en el propio art. 21.2 CE –alteración del orden público con peligro para personas y bienes–, como aquellos otros que vienen impuestos por la necesidad de evitar que un ejercicio extralimitado de ese derecho pueda entrar en colisión con otros valores constitucionales» (F. 2), lo que también se deduce del art. 10.1 CE. Por tanto, en los casos en los que existan «razones fundadas» que lleven a la conclusión de que los límites antes señalados no van a ser respetados, la autoridad competente podrá exigir que la concentración se lleve a cabo de forma respetuosa con dichos límites constitucionales, o incluso, si no existe modo alguno de asegurar que el ejercicio de este derecho los respete, podría prohibirla.

La sentencia 163/2006, de 22 de mayo de 2006 del Tribunal Constitucional (entre otras) dice:

El contenido de las ideas o las reivindicaciones que pretenden expresarse y defenderse mediante el ejercicio del derecho de manifestación y concentración pública no puede ser sometido a controles de oportunidad política ni a juicios en los que se emplee como canon el sistema de valores que cimientan y dan cohesión al orden social en un momento histórico determinado. Al ponderar la aplicación el límite del art. 21.2, los poderes públicos deben garantizar el ejercicio del derecho de reunión por parte de todos en condiciones de igualdad y sin discriminación alguna en razón del contenido de los mensajes que los promotores de las concentraciones pretenden transmitir (salvo, claro es, que ese contenido infrinja la legalidad).

Un valor esencial de nuestra constitución es la igualdad. ¿Se puede convocar una manifestación a la que se invita a que no asistan hombres, es decir, aquella en la que se discrimina a ciudadanos por razón del contenido de los mensajes que los promotores de la concentración pretenden transmitir? (Aclaro que no sé si “no mixta” quiere decir eso, aunque no se me ocurre otra interpretación).

En principio, si leemos la ley que regula la materia y las normas del código penal, no parece que una manifestación a la que solo están invitadas mujeres pueda prohibirse, aunque sin duda encaja en la dicción general de las sentencias que acabo de copiar. Es decir en la interpretación constitucional del derecho fundamental de reunión.

¿Por qué? Es sencillo: no hay una razón admisible (de esas que permitirían habla de discriminación legal) para, en una manifestación contra la “violencia machista”, excluir a cualquier ciudadano que esté en contra de la violencia machista, sea hombre o mujer. Ese es el mensaje concreto que los promotores han decidido transmitir, según se lee en el cartel, que hay que luchar contra la violencia machista. Como es obvio, nadie podría convocar una manifestación en la que se dijese que los hombres son cucarachas o deberían estar sometidos o que hay que encerrarlos a todos o aplicarles medidas de seguridad (como un toque de queda o algo así o quizás una castración temprana), ya que todo eso sería inconstitucional (y delictivo). Si lo malo es la violencia machista, un hombre puede estar de acuerdo con ello.

Imaginemos que en Badalona se hace una concentración contra los actos delictivos y en la convocatoria se dice que está abierta a todos salvo a los gitanos rumanos. ¿Se admitiría una manifestación así?

El derecho de reunión y manifestación (en particular en la vía pública) no es propiedad de los promotores de la reunión o manifestación concreta. Es un derecho fundamental individual del que gozamos todos y cada uno de los ciudadanos y que ejercemos en conjunción con otros. Si alguien convoca a los demás para que se manifiesten en favor de algo, todos tienen derecho a acudir, siempre que no pretendan entorpecer o boicotear el acto. No solo esto es así, sino que los poderes públicos se deben asegurar de que cualquier ciudadano pueda acudir sin ser discriminado por razón de sexo, raza, religión, etc. Aunque las sentencias se refieren en principio a los poderes públicos, no sé por qué razón no se puede reclamar esta protección respecto de los propios manifestantes.

En cualquier caso, lo que me resulta evidente es que, aunque la manifestación fuese legal, ni los convocantes ni los manifestantes pueden impedir legalmente unirse a ella a quien quiera hacerlo pacíficamente para defender la causa que se invoca, por el simple hecho de ser hombre, ya que eso sería discriminatorio.

Lo interesante es que ese hecho (un intento de evitar que un hombre se manifieste) no sería algo que sucediese al margen de la propia convocatoria, sino que sería consecuencia de los propios límites que han querido imponer los que promueven la manifestación. Por aclarar esto mejor: no sería consecuencia de que los manifestantes actuasen violentamente contra alguien que creen no debe estar allí por no compartir los fines de la manifestación o por haber actuado previamente contra esos fines (como sucede en ocasiones), algo deplorable, pero que sería ajeno a la convocatoria. No, en este caso, la propia convocatoria ya estaría diciendo a algunos ciudadanos: no tenéis derecho, ciudadanos abstractos, a manifestaros con nosotras, aquí y hoy, puesto que sois hombres.

Alguien dirá que basta con que los hombres no aparezcan. Esto es peligroso. La constitución no exige militancia constitucional, pero para cambiarla es preciso utilizar los medios y hacerlo dentro de los límites que la constitución establece.

Naturalmente, no hablo de lo que la manifestación pretende transmitir al llamar solo a mujeres y de la inteligencia del asunto. Esa sería otra cuestión en la que no entro porque bah.