Gaudeamus igitur

a7558-vittore_carpaccio_069.jpg

Joven caballero en un paisaje, 1510 – Vittore Carpaccio

 

No sabemos quién es el caballero que pinta Carpaccio en esta extraordinaria pintura. Se ha dicho que San Eustaquio por lo del ciervo que aparece, o Fernando de Aragón, miembro de la orden del armiño, o un retrato póstumo de un caballero anónimo. Los más dicen que es Franceso Maria della Rovere, duque de Urbino, sobrino y sobrino nieto de papas. Y lo cierto es que existe un gran parecido con otros retratos que de él se conservan, como los de Rafael y Tiziano que aparecen más abajo. Sería, en tal caso, el primer retrato de cuerpo entero de la historia de la pintura occidental.

Escuché en el propio Museo Thyssen una explicación sobre el cuadro. Se centraba en la iconografía. Este retrato está repleto de detalles que hay que explicar. El joven a caballo parece que vaya de justa, o a una celebración con sus mejores galas. Lo curioso es que se trata del mismo caballero retratado, en un desdoblamiento extraño, que parece presentarnos a la misma persona en momentos diferentes. Está rodeado de animales y plantas que se presentan de forma abigarrada. Se dice que son símbolos de las cualidades del caballero: la lealtad representada por el perro, la fortaleza por el roble (que se relacionaría con el apellido del retratado si realmente es un della Rovere), el halcón con el valor, la azucena con la virtud, el armiño con la pureza. Además se representa la forma de caza del armiño, al que se rodea de inmundicias que es incapaz de atravesar, de ahí el mensaje (que lo es de la orden del armiño) que puede leerse en el cartellino, Malo mori quam foedari, antes morir que mancharse. Nos dicen que es primavera y que el joven roble al que le salen las primeras hojas es trasunto del joven caballero, del que se esperan las mejores hazañas.

Yo, sin embargo, siempre he tenido la sensación de que el caballero está muerto. Su extraordinaria palidez (aunque la blancura de piel es símbolo de nobleza en la Italia renacentista); su gesto melancólico y pensativo; la propia imagen a caballo, como un recuerdo; la vegetación y la fauna, con esos conejos que se encuentran al lado de la figura de un buitre, con el vuelo de las cigüeñas a las que mira el halcón sin inmutarse; esa ciudad al fondo, que parece una Jerusalén celeste, con sus murallas reflejadas en el agua; la atmósfera de irrealidad, casi otoñal, ocre y vaporosa, mezclada con los signos de una primavera que parece perpetua.

Quizás el pintor fue capaz de retratar a una persona viva, un caballero con educación humanística, que comprendería todos los símbolos y pensaría que se refieren a un futuro esplendoroso, lleno de nobleza y virtud, y a la vez, fue capaz de realizar un memento mori bellísimo, que nos habla de la juventud perdida tras la batalla y la fugacidad eterna del sacrificio voluntario.

Dawkins y la maldición de la inteligencia (y X)

Notas aclaratorias

I – IIIIIIV – V – VI – VII – VIII – IX

Termino mis comentarios sobre El Espejismo de Dios con el último capítulo y con una conclusión sobre el conjunto del libro. A este último capítulo Dawkins lo llama …

¿UN VACÍO MUY NECESARIO?

El título pretende ser un chiste: nos dice Richard Dawkins que su libro “rellena un vacío muy necesario”, y añade que simultáneamente comprendemos los dos significados opuestos 1. Pues mira que soy raro, yo no los entiendo (juntos claro). Se supone que lo que está vacío es la religión y Dios, y que se debe rellenar ese vacío con otras cosas, y Dawkins cita, entre interrogantes, la ciencia, el arte, la amistad, el humanismo, el amor a la naturaleza. Menos mal que para, porque si no podría haber empezado a incluir todas las disciplinas de una Universidad de Verano. El libro sería como aquello que escuché hace años mientras esperaba para cruzar una calle: ella le dice “no me haces caso, me aburro en casa” y él contesta “pues apúntate a un curso de pintura”. Es difícil de creer, pero, en suma, Dawkins parece desear que consideremos su libro como un manual de autoayuda.

Bien, veámoslo desde esa perspectiva. De eso se trata, porque una vez demostrado que la religión no explica el mundo, ni nos dice cómo debemos comportarnos, Dawkins intenta derrumbar el último parapeto, el de que la religión nos consuela o nos inspira.

Binker es un amigo imaginario. De un niño. Dawkins se pregunta si los binkers se convierten en dioses. O si los dioses se convierten en binkers. Vuelve a su tesis de la relación de la religión con el paidomorfismo; ya saben, la retención de caracteres infantiles que se observa en los seres humanos adultos, en comparación con otros primates. Yo siempre pensé que esa teoría —la de la retención de caracteres infantiles— partía de la necesidad de ampliar el período de crecimiento y maduración que permitiera el desarrollo cerebral. Lo que no entiendo es que llegue al punto de defender que nos haga más idiotas cuando debe hacernos más inteligentes. Es como si defendiese que un gorila no tiene amigos infantiles ni dioses porque en seguida madura y le resulta evidente que estamos solos en el universo y luego se fuma un pitillo y escucha jazz. A mí me da que la hipótesis es algo idiota. No puede defenderse, a la vez, que el desarrollo de la cría humana, que se prolonga durante años, permita que a un tipo se le ocurra lo de las supercuerdas porque nos hace listos y produzca lo de las religiones porque “seguimos” siendo gilipollas.

No les quiero decir nada sobre una tesis que menciona (eso sí con grandes reservas): la de que la percepción de nuestros yoes produce una disociación que era percibida como algo con realidad física hasta alrededor del 1000 a. e., momento en el que se produce una transición histórica que lleva a los hombres a darse cuenta de que esa segunda voz procedía de su interior. Es una tesis de un tal Julian Jaynes, un psicólogo. Me da que ese psicólogo sí que oye voces. Dice el sujeto que ese momento, que llama “ruptura de la mente bicameral”, se produce por una retirada progresiva hacia la niñez de ese comportamiento alucinatorio. Lo que no entiendo es por qué Dawkins cita en su libro teorías paranormales.

Pero bueno, un binker sirve para consolarnos y esa sería una función de la religión. Aclara Dawkins que, aunque cumpliera esa función, la religión no por ello sería más verdadera, aclaración que comparto. Lo que no comparto es la obsesión de Dawkins por demostrar, con los hechos, que su visión del mundo podría ser tan consoladora como la religión. ¿No hemos quedado en que lo importante es la verdad?

Distingue dos tipos de consuelo, el “directo físico” y el consuelo “por el descubrimiento de un hecho previamente inapreciado o por una forma anteriormente no identificada de observar hechos ya existentes”2. ¡Joder! ¿cómo clasificará los libros?: quizás, en un estante, los de ciencia y, en otro, los que tienen un número impar de páginas encuadernados en piel en los que no se menciona la palabra achicoria. Es evidente que, en realidad, lo que quiere decir es que, si piensas mucho, mucho, y te das cuenta de que eres un montón de átomos con barriga, ese hecho portentoso te hará levitar (figuradamente, claro) y hallarás un gran consuelo, sobre todo si te comparas con los memos que van a las procesiones.

Dawkins se decide a desvelar la gran hipocresía de los que creen en una vida futura. Sostiene que, en realidad, todo cristo (perdón) se agarra a la vida actual (salvo contados casos), hasta el punto de que precisamente los creyentes son los más encarnizados enemigos del suicidio asistido. De ahí deduce que la gente, en realidad, no cree demasiado en la vida futura y que si eres ateo, como lo tienes claro, miras el asunto con el distanciamiento del que sabe lo que hay. Incluso menciona el asunto del purgatorio —al que llama, con gracia, un “Ellis Island divino”3—, las indulgencias y esos negocietes de la Iglesia Católica Romana, tan querida del autor. No los menciona de pasada, claro. Se extiende un buen rato, conforme a su política de no hablar del Dios barbudo, y para llegar a la conclusión de que “nuestra vida es tan significativa, plena y maravillosa como nosotros elijamos hacerla. Y podemos, efectivamente, hacer que sea muy maravillosa” 4. ¡Qué hermoso propósito! El lector afectado por la pérdida de la fe encuentra al final del manual la clave para ser feliz en cien lecciones, con CD de regalo y profesor en línea.

No queda ahí la cosa. No sólo es posible consolarse con otras cosas que no sea la religión o el macramé. También podemos inspirarnos. De repente, aparece, en todo su esplendor el “brillante” Dawkins, “O rei” de la metáfora, ese hombre al que lees mientras te imaginas la danza cósmica en forma de doble hélice. Por ejemplo:

En Destejiendo el arco iris intenté expresar cuán afortunados éramos de estar vivos, dado que a la gran mayoría de la gente que potencialmente podría tocarle la lotería combinatoria del ADN, de hecho, nunca llegará a nacer. Para todos aquellos de nosotros afortunados de estar aquí, figúrese la relativa brevedad de la vida imaginando un pequeño punto láser deslizándose por una gigantesca regla de tiempo. Todo lo que esté antes o después del punto luminoso está envuelto en la oscuridad del pasado muerto o en la oscuridad del futuro desconocido. Somos asombrosamente felices de estar en el punto luminoso. Sin importar cuán breve sea nuestro tiempo bajo el sol, si malgastamos un solo segundo, o nos quejamos de que es pesado o estéril o (como un niño) aburrido, ¿no podría verse esto como un duro insulto para todos aquellos trillones de nonatos a quienes nunca se les ofreció en primer lugar la vida?” 5.

Perdonen la longitud de la cita, pero me parece tan pasmosamente cursi, absurda, infantil y propia de una mente religiosa, que no he podido resistirme. Vamos, que no puedo perder un segundo … (acabo de perder unos cuantos rascándome las gónadas, en un comportamiento similar al del chiste 6) … porque, si lo hago, insulto a ¡trillones! de nonatos a los que no “se les ofreció” (¡quién fue ese todopoderoso cabronazo insensible!) la vida. Me recuerda la coña que contaba Richard Feynman, cuando ponía cara de asombro y decía: “acabo de ver una matrícula de un coche con los siguientes números: 5497; imaginen la probabilidad de que suceda algo así. Es asombroso”. Vaya tela con el etopoeta.

No les cansaré con el apartado denominado “la madre de todos los burkas”, una metáfora acerca de lo que mola la ciencia y de cómo nos enseña cómo son las cosas de verdad, y qué poco se parecen a lo que percibimos con nuestros pobres sentidos de antropoides esteparios. Sigue por los mismos derroteros, pretendiendo convencer al personal de lo que estupendo que es imaginarte cómo se colapsan las funciones de ondas y cómo todo es espacio vacío, incluida Nastassja Kinski. No digo que no tenga razón, desde mi humilde punto de vista, pero ese soberbio intento de convertir la explicación científica en una fuente de inspiración y goce que llene nuestras vidas (un sustituto de la pedestre religión con sus mitos y sus tonterías), recuerda al comportamiento del pesado que se empeña en convencer a todo el mundo de lo excitante que es seguir la Copa América por la televisión. Dawkins, el proselitista, al final se dedica a vendernos “su” moto.

CONCLUSIÓN

Ya no les daré más la tabarra. El espejismo de Dios es un libro superfluo. Es un batiburrillo sin orden ni concierto, en el que el autor constantemente bombardea al lector con anécdotas que no vienen al caso de lo que trata en ese exacto momento, repleto de expresiones más propias de un panfleto que de un ensayo. Cursi y parcial, manifiesta el autor prejuicios constantes, que parecen fruto de su biografía personal. Pretende ser un tratado exhaustivo sobre Dios, pero aborda de forma superficial y, a mi juicio, poco trabajada, la cuestión relativa a las pruebas o reflexiones sobre su existencia o inexistencia. Respecto de la religión, su visión es la de un exanglicano criado en la animadversión contra el catolicismo, y se centra sobre todo en un fenómeno religioso muy concreto, el de los fundamentalistas americanos, que no representan más allá de un 0,5 % de la población mundial de personas que profesan una religión.

Es un libro escrito para los suyos. Sí, porque Dawkins pertenece a un grupo. En cuanto tal, es sectario y defiende una visión “trascendente” y “espiritual” del mundo, sujeto este a una finalidad. Toda la obra tiene un tufo pararreligioso que apesta.

La primera lectura me llevó al título de estos comentarios. Dawkins parte del hecho axiomático para él de que, merced a su inteligencia, probada en constantes debates con amables obispos anglicanos e imbéciles telepredicadores, podría hablar con solvencia de cualquier cuestión relacionada con el asunto religioso, derribando las murallas de la religión con el sonido de su trompeta. Tembló el monte y salió un ratón.

Supongo que dará igual, pero tanta arrogancia con tan magro resultado, solamente servirá, si es que sirve para algo, para dar argumentos a los maestros de la extrapolación.

———————————————————————————————–

NOTAS:

1.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 369.

2.- Ibíd. pág. 377.

3.- Ibíd. pág. 381.

4.- Ibíd. pág. 384.

5.- Ibíd. pág. 385.

6.- Ese al que cuentan que cada segundo muere un chino, toma aire y al rato dice: me he cargado a quince chinos.

Acto I, Escena final

 

(Una habitación normal. Luz tenue. Se ven los reflejos que emite la pantalla de un ordenador. El poeta está de pie. Ha sacado de una estantería un libro grueso y lo hojea. La ventana está abierta. Se apaga la luz por completo, salvo la que parpadea en la pantalla del ordenador. Pocos segundos después, cuando se enciende de nuevo, la muerte ha aparecido de repente. El poeta simula indiferencia)

LA MUERTE: (irónicamente) Comprendo que no te sorprenda, ya sabías que eras inmortal.

EL POETA: Sí, escribí … 

LA MUERTE: Conozco tu obra. Incluso la que aún no has escrito. 

EL POETA: ¿Aún? ¿No es mi hora?

LA MUERTE: Sí.

EL POETA: Pero has dicho …

LA MUERTE: Es mi broma favorita. Lo hago por desdramatizar.

EL POETA: Puedo vencerte.

LA MUERTE: Ya vi la peli.

EL POETA: No sé jugar al ajedrez. Te hablo de demostrar la imposibilidad de tu existencia.

LA MUERTE: No seas bruto, ya sé que no existo. Tú mismo lo escribiste. Eres inmortal, te lo he dicho nada más aparecer. 

EL POETA: Te equivocas, que yo sea inmortal no niega tu existencia. Ahí están tus obras, criatura siniestra. 

LA MUERTE: No te pongas melodramático. Yo no tengo nada que ver con eso que llamas mis “obras”. Yo siempre actúo después del The End. Pregunta al guionista que escribió tu vida por qué la llenó de efectos especiales, de actores que entran y salen de escena, de fondos que cambian. 

EL POETA: ¿Niegas tener algo que ver con la muerte de los otros?

LA MUERTE: Claro, estúpido. Yo soy la muerte. Cuando aparezco todo desaparece. 

EL POETA: (susurrando) Me ha tocado una muerte solipsista.

LA MUERTE: Aggh, aggh, aggh …

EL POETA: ¿Qué te pasa, estás bien?

LA MUERTE: Sí, sólo me reía. No sé hacerlo mejor. 

EL POETA: ¿Qué te parece tan gracioso?

LA MUERTE: Tú. Afirmas que eres inmortal y luego me acusas de solipsismo. No se puede hacer carrera de vosotros. Hagamos un trato.

EL POETA: ¿Cuál?

LA MUERTE: Yo reconozco ser el autor de todas las muertes, las pasadas y las futuras. Y me voy. Pero tú reconoces que sabes que tu vida es finita y que eres mortal.

EL POETA: Ja ja ja. Escucha:

                NADA TEMAS

Nada temas. Un día moriremos
y hasta ese día somos inmortales.

Dawkins y la maldición de la inteligencia (IX)

Notas aclaratorias

I – IIIIIIV – V – VI – VII – VIII

 

Estamos llegando al final, y el libro que está repleto de testimonios, hasta el punto de recordar uno de esos programas televisivos en los que la gente confiesa delante de las cámaras algún terrible pecado, adquiere, en el capítulo de hoy, tintes melodramáticos. No en vano, Dawkins nos habla de la …

INFANCIA, ABUSO Y LA FUGA DE LA RELIGIÓN

La historia de Edgardo Mortara sirve al autor de punto de partida. El niño judío, bautizado con apenas seis años por la analfabeta sirvienta católica, y secuestrado por la Iglesia para ser educado en la fe católica, le permite analizar el absurdo comportamiento de quiénes creen que el futuro espiritual y mental debía decidirse por el agua derramada recitando un ensalmo y el, también estúpido, de los padres, que no reniegan de su fe judía para recuperar a su hijo. Es una historia brutal desde nuestros parámetros, que adquirió relevancia en su época, seguramente porque estaba cambiando el paradigma moral, pero que ciertamente retrata una visión fundamentalista del mundo. Esa visión, nos dice Dawkins, no es comprensible sin el poder de la religión para “pervertir el sentido común y para pervertir la decencia humana moral”1, y en el que además creían sinceramente 2. Este hecho, defiende el autor, es absurdo además porque los niños no pueden tener una religión. Esta idea es la que básicamente desarrolla en el capítulo 3. Por cierto, es extraño que Dawkins no cuente que Edgardo Mortara terminó haciéndose sacerdote católico (creo que, de hacer algo, reforzaría su tesis), como se observa en la fotografía en la que por fin, veinte años después de su desaparición, se reencontró con su madre.

Para desarrollar su tesis, parte de una desafortunada comparación. Recuerda las denuncias sobre pedofilia y la histeria desatada en Reino Unido, que llevó incluso a que un pediatra, confundido con un pederasta, estuviera a punto de ser linchado. Y en consecuencia, como lo que le disgusta al autor, más que la propia Iglesia, “es la injusticia”, anuncia que cree que ha existido cierta demonización por hechos a veces remotos y que pudieran resultar de falsos recuerdos. Tengo una especie de extraña falta de sincronía con el autor. ¡Para una vez que no se mete con la Iglesia! Yo no dudo de que puedan haberse producido abusos para sacarle los cuartos a la Iglesia. Individualmente es algo lamentable, pero la institución ha hecho muy poco por remover ciertos comportamientos entre sus pastores, como si estuviese en el ADN de la profesión de los que allí mandan, la tolerancia con esos comportamientos “desviados”. Hay demasiados ejemplos y el afán por no pelear por su imagen, sino comprar silencios y voluntades, no ha ayudado mucho.

En fin, todo tiene trampa. A lo mejor es comprensivo porque su mirada está puesta en otro sitio. Y es que Dawkins defiende que aunque el abuso sexual sea horrible, “el daño era probablemente menor que el daño psicológico a largo plazo infligido por educar en primer lugar al niño en la fe católica” 4.

Y comienza con la retahíla de testimonios. Debo decir, en primer lugar que resulta sorprendente cómo, cuando cita Dawkins cartas o correos recibidos de personas que apuntalan sus tesis, los autores son descritos siempre de manera afectuosa: “(…), entre las muchas cartas que recibí estaba esta, de una obviamente brillante y honesta mujer (…)” 5; “Jill Mytton, una mujer deliciosa y profundamente sincera (…)” 6; “(…) la actriz cómica americana Julia Swenney y a su obstinado y simpáticamente humorístico empeño (…) y ahora es un modelo admirable para los jóvenes ateos de todas partes” 7 ; “esos eran profesores de Universidad muy educados, confiados en su erudición y en su madurez que, probablemente, superaban a sus padres en todos los asuntos del intelecto, no sólo de la religión” 8 . Cansa tanto testimonio de gente que lo pasó mal por su educación infantil y tenía pesadillas. No porque no se trate de historias auténticas, sino porque supongo que se podría presentar un montón de ejemplos de lo contrario (aunque Dawkins los calificaría de ilusos con la mente sorbida por el fanatismo). Además, me hace gracia que Dawkins no caiga en la cuenta de que seguramente sus correos, cuando narran experiencias personales, mayoritariamente sean, o de gentuza que quiere volarle la tapa de los sesos, o de conversos que ven en él una especie de padre espiritual. La mayoría de la gente, la que no va de Damasco en Damasco, la que habrá tenido una infancia normal, con sus cambios modulados y lentos, sin alharacas, dudo que tengan el más mínimo interés en contarle sus experiencias.

Frente a estas maravillosas personas ateas, maduras y reflexivas, los ejemplos de creyentes que presenta provienen, normalmente, de fundamentalistas norteamericanos. Gente curiosa que tiene “casas infernales“, parques temáticos donde llevar a los niños, que remedan las torturas del infierno.

Pues bien, de entrada he de decir que, afirmar que el abuso sexual (el propio Dawkins refiere haberlo sufrido aunque de forma ligera) causa menos o iguales daños que la educación católica, es una gilipollez de tal calibre que descalifica a su autor. Eso le pasa por seguir empeñándose en defender que las prácticas religiosas y las iglesias son todas iguales (no lo dice expresamente, pero espero que vayan convenciéndose de que subyace tras sus palabras). Cientos de millones de personas se han educado en colegios religiosos y con padres creyentes de alguna religión, y han sufrido por ello menos daños psicológicos que por tener que llegar a las diez a casa o porque se hayan reído de él, por tenerla pequeña, en el gimnasio del colegio. Comparar eso al abuso sexual es aberrante. Y no hablo sólo de sus formas más terribles. Me gustaría conocer que tiene que decir algún psicólogo clínico que haya tratado con personas víctimas de abusos sexuales en la infancia.

Pero es que esa afirmación es la premisa necesaria para defender la tesis del psicólogo Nicholas Humphrey que sostiene que:

“los niños (…) tienen el derecho humano de no ver sus mentes lisiadas por la exposición a las malas ideas de otras personas -sin importar quiénes sean esas otras personas-. Los padres, por lo tanto, no tienen licencia divina para adoctrinar a sus hijos en la forma que ellos personalmente eligen (…) Por ello no deberíamos permitir más a los padres enseñar a sus hijos a creer, por ejemplo, en la verdad literal de la Biblia o en que los planetas gobiernan sus vidas, de lo que deberíamos permitirles golpear a sus hijos en la boca o encerrarles en una mazmorra” 9.

Dawkins insiste en ello, relacionando esta tesis con las singularidades culturales y la necesidad de hacer prevalecer el derecho de los niños sobre el derecho a la existencia de aquellas, como no sucede en el caso Amish, resuelto negativamente por el Tribunal Supremo norteamericano en 1972.

Pero no da el paso que le exigen sus puntos de vista. Yo intentaré hacerlo por él. Si la cuestión fuese librar a niños de la tara que supone vivir en ambientes que no han podido escoger libremente, como el de los amish, nos plantearíamos una cuestión básicamente civil que se resuelve con sencillez: plantéese un mínimo educativo obligatorio, basado en estándares admitidos por la comunidad de expertos en cada materia y exíjase, con pruebas comunes y homologadas, que ese estándar se cumpla. Así sucede, por ejemplo, en España. Los niños que acuden a colegios religiosos estudian libros de “conocimiento del medio” aprobados por el Ministerio de Educación. A mi juicio, debería excluirse de las materias impartidas en los colegios la enseñanza religiosa (como todas las enseñanzas de valores), puesto que esa enseñanza debería ser, en su caso, materia reservada a los padres o a escuelas parroquiales. Como solución menos adecuada, la enseñanza religiosa en los centros confesionales exclusivamente, fuera del horario lectivo y sin influencia curricular. Pero, en cualquier caso, una asignatura de enseñanza de una religión no impide que se enseñen otros saberes. Una generación de españoles (socialmente ateos) puede testimoniarlo. Una solución así permitiría al niño amish conocer las alternativas al mundo de sus padres y resolvería las formas extremas de negligencia educativa.

Sin embargo, me temo que eso no bastaría a Dawkins y a su amigo el psicólogo. Ellos creen que enseñar religión causa daños psicológicos irreversibles. Yo les pregunto: ¿qué haríais si un padre que permite que se enseñe a su hijo a Darwin y Eddington luego quiere enseñarle religión católica? ¿Lo separaríais de él? ¿Encargaríais su educación al Estado? Aquí no valen triquiñuelas. Hay que dar una respuesta real, concreta. Es un problema como el del tradicional “un hombre, un voto”. Hay razones objetivas para considerar que no debieran valer igual los votos de unos y otros ciudadanos. El problema es ¿qué criterio de ponderación se seguiría? Cuando se analiza ese problema en profundidad, se observa que no puede seguirse ninguno mejor que el de la igualdad plena de los ciudadanos. Igual sucede en este caso. Porque hay que recordar a los amigos de la ingeniería social esos testimonios (sí testimonios) de los supervivientes de los jemeres rojos o de los que pasaron por la reeducación derivada de la revolución cultural. También decían que la música occidental era burguesa y un obstáculo para la consecución del socialismo, y obligaban a los músicos chinos a romper sus violines y olvidar a Bach. No pretendo sostener que esté en la mente de Dawkins algo similar. Precisamente por eso es precisa mayor concreción.

Cuando Dawkins se centra en un ejemplo de su país, al que dedica ni más ni menos que seis páginas, el de un colegio subvencionado con fondos públicos en el que la enseñanza de la ciencia es creacionista, hace trampas. No porque no tenga razón al acusar a Tony Blair y su Gobierno por ese hecho, sino porque muestra un caso de educación deficiente como ejemplo de educación religiosa. Y no, no es lo mismo. Es inadmisible que se enseñe creacionismo como alternativa científica. Es inadmisible que se enseñe que la Biblia contiene una descripción literal y física del mundo. Pero no es inadmisible que los padres escojan que sus hijos reciban una educación religiosa, siempre que no les hurten un acceso pleno al conocimiento humano. Dawkins critica a los censores y manipuladores, pero él mismo (si admitimos que quisiera llegar a ese punto) se comportaría como un censor. Más nos aprovecharía a todos, creyentes y ateos, si nos pusiéramos de acuerdo en un corpus común básico, sin exigir que luego los padres estén limitados a la hora de decidir que otros conocimientos o valores deban recibir sus hijos. Valores que seguramente rechazarán o releerán, por supuesto.

Es kafkiana la “mejora de la conciencia” que propone en este capítulo cuando exige que a los niños no se les etiquete como católicos o musulmanes, aduciendo que no se les etiqueta como ateos o agnósticos. Es kafkiana porque está implícito que los niños, hasta cierta edad sean lo que son sus padres (y todo el mundo sabe qué quiere decir que un niño de cuatro años es católico). Mantener otra cosa es mentir. Crecer es precisamente desprenderse del manto ideológico y de la visión del mundo de nuestros progenitores. Eso de que no se etiqueta a los niños como ateos pronto cambiará. Menciona Dawkins a los “Brillantes“, una asociación de ateos nacida en norteamérica. Como están muy leídos mantienen que “la decisión de ser un brillante debe ser del niño. Cualquier joven a quien se le ha dicho que él o ella debería, o podría (las negritas son mías), ser un brillante, NO puede ser un brillante”. ¡Qué ingenuidad! Dawkins es un brillante. ¿Serán sus hijos brillantes? Hombre, seguramente sí, por propia voluntad, y no por emular a su famoso progenitor, ni siquiera por llevar a la práctica esas enseñanzas que no producen ningún daño psicológico (ya saben que Dawkins les dirá que cuando te mueres se acabó, y que no existe el Ratoncito Pérez ni los Reyes Magos, y que si los demás niños reciben regalos es porque tienen infectada la mente por un intolerante virus). Porque, claro, la diferencia entre lo que enseña Dawkins a sus hijos y lo que enseña un luterano, es que lo que enseña Dawkins es verdad.

Por eso termina Dawkins advirtiendo que no quiere sacar la Biblia de las escuelas. Porque forma parte de nuestra tradición y nuestra cultura. Eso sí, siempre que quede claro que se trata de un libro más y sin tener que admitir la existencia de creencias sobrenaturales. Naturalmente tiene razón. La religión es un hecho histórico y social de tanta trascendencia que no se puede ser culto sin conocerlo a fondo, pero, insisto, el problema es que Dawkins no discute sólo por lo que sí debe enseñarse. Y aunque es ambiguo en ocasiones, hay afirmaciones tan excesivamente gruesas que le impiden a uno practicar con él la caridad del olvido.

———————————————————————————————-

NOTAS:

1.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 334.

2.- De nuevo llama poderosamente la atención que Dawkins, al contar la historia de Mortara, insista tanto en la sinceridad de las autoridades católicas que secuestraron al muchacho. Es decir, el papa, los cardenales y la inquisición del XIX sí es sincera porque realiza un acto “horrible” y que sirve para afianzar la idea de que lo malo es la religión y no las personas que la encarnan. Sin embargo, cuando un sucesor de aquél papa admite el Big Bang o una monja recibe el Nobel de la Paz, su comportamiento debe ser hipócrita.

3.- No reiteraré mi idea, que se menciona con profusión en anteriores comentarios, relativa a la importancia de las estructuras materiales y culturales de la época a la hora de analizar fenómenos como éste. La estructura religiosa sería, por tanto, más un síntoma del espíritu de la época que la causa de hechos que ahora calificamos como brutales.

4.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 338.

5.- Ibíd. pág. 341.

6.- Ibíd. pág. 343.

7.- Ibíd. pág. 344.

8.- Ibíd. pág. 346.

9.- Ibíd. pág. 348.

Māyā

Lytton en Calcuta: 1877

La reina Victoria I del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda fue proclamada Emperatriz de la India en 1876. Andaba detrás la mano de Disraeli y un trono vacante desde la muerte de Bahadur Sah II, el último de los Grandes Mogoles de la India. Bahadur era poeta y escribió su epitafio. El protagonista de esta historia también lo fue, y es lástima que nadie escribiera su epitafio antes de que cumpliera los cuarenta.

Pero no, el tipejo vivió bastantes años más. Los suficientes para preparar y celebrar, en enero de 1877 un durbar, en el que la designación de la reina como emperatriz de la India recibiera el respaldo de los nobles y los príncipes. Ese tipejo se llamaba Edward Robert Bulwer-Lytton, y fue el primer conde de Lytton.

Su padre era Edward Bulwer-Lytton, un escritor coñazo (recordado sobre todo —busquen en la biblioteca de sus padres o abuelos— por sus Últimos días de Pompeya), que lo metió a estudiar en un colegio de los buenos y lo mandó a la universidad a Alemania (supongo que para no verle el pelo). El caso es que decidió hacerse poeta y publicar, bajo el seudónimo de Owen Meredith, largos y soporíferos poemas que gustaron sobre todo a la reina. Me la imagino leyendo:

Now in May Fair, of course,--in the fair month of May--
When life is abundant, and busy, and gay:
When the markets of London are noisy about
Young ladies, and strawberries,--"only just out;"
Fresh strawberries sold under all the house-eaves,
And young ladies on sale for the strawberry-leaves:
When cards, invitations, and three-cornered notes
Fly about like white butterflies--gay little motes
In the sunbeam of Fashion; and even Blue Books
Take a heavy-wing'd flight, and grow busy as rooks;

Es curioso que eso, extraído de Lucile, un libro de poemas de Lord Lytton y dedicado a su padre, pudiese ser reclamado por nadie con sentido común y amor propio, pero el caso es que Swinburne y ¡el propio Bulwer-Lytton, su padre! acusaron a Lord Lytton de plagio. Misterios de la condición humana. O quizás consecuencia del consumo de opio, al que eran aficionados padre e hijo.

En fin, si de su obra literaria se hubiese tratado, nadie se acordaría hoy de él. Por desgracia también fue político, y debía estar bien relacionado, ya que, después de unos años de carrera diplomática, fue escogido para sustituir, como Virrey de la India, al conde de Northbrook, un hombre demasiado “independiente”. Quizás la razón fundamental de su éxito fuese precisamente su falta de talento. Disraeli y Salisbury (el poderoso Secretario de Estado para la India) estaban interesados en parar la influencia rusa en Afganistán y, de paso, vengar el honor del Imperio, aún manchado por los muertos del Paso de Khyber. Para ello escogieron a un hombre que, en octubre de 1877, se atreverá a denunciar la existencia de una coalición secreta anglo-franco-rusa contra Alemania. A partir de entonces se convierte en vox populi la demencia del Virrey.

Pero antes, nada más ser nombrado, Lord Lytton supo cuál era la prioridad, ya que empleó todos los recursos en dos tareas. Una fue el pozo que se recordará más tarde como segunda guerra afgana. La otra tenía que ver con la imagen que nos queda de la India del siglo XIX: una imagen llena de lujo y derroche. Una imagen que olvida a los perros y al mal.

Lord Salisbury le pidió a Lytton que la asamblea que iba a reunir a todos los que eran algo en la India, para que aclamasen a la Emperatriz Victoria, fuese una demostración de poder y riqueza que impresionase incluso a los maharajás. Y cumplió. Los fastos terminaron con un banquete al que asistieron 68.000 personas. Era enero de 1877.

Esto habría sido un ejemplo más de inútil gasto de dinero si no hubiese coincidido con unos hechos terribles. En 1876 comenzó una gravísima sequía que afectó sobre todo a la meseta del Decán. Prácticamente no hubo lluvia en la época del monzón y pronto comenzó la escasez. Por desgracia, en 1877 se repitió la misma ausencia de lluvias. La hambruna azotó el sur de la India. El Gobierno no solo decidió no hacer nada, sino que boicoteó todos los intentos de asistir a los hambrientos, incluso destituyendo a las autoridades locales demasiado “sensibles”. Casi 7 millones de toneladas de trigo fueron exportadas desde la India hacia la metrópoli en 1877 y 1878. La propia India, por tanto, podría haber alimentado a su población, pero el gobierno británico creía en una falsa autorregulación, absurda sobre todo cuando el competidor era la metrópoli y las normas y sanciones eran tan rígidas para los ciudadanos locales, carentes de derechos políticos, normas que fijaban la dieta de los trabajadores en cantidades que los condenaban a la muerte, inferiores a las de los campos de trabajo nazis. Y todo ello por un miedo absurdo a que los indios, los indios pobres, se “acostumbrasen” al auxilio público. La hambruna de dos años provocó la pérdida de todos los bienes, la venta de niños, el saqueo, el canibalismo. Cuando volvió a llover no había qué plantar, no había con que realizar las faenas agrícolas. Ya no quedaban animales. Regiones enteras quedaron despobladas, o pobladas por espectros. Y los mosquitos prosperaron por falta de predadores y la malaria acabó el trabajo.

Las voces horrorizadas se multiplicaron, pero el virrey sólo bajó hasta Madrás desde su residencia norteña, en agosto de 1877. Temía por la recaudación. Los más ingenuos creyeron que su corazón se ablandaría por el horror. Pero no. Sus cartas destilan asco por las masas de desheredados, de los que dice “revientan de gordos”, dibujando el retrato de un enajenado inmoral.

El cambio de gobierno cambió al virrey y las protestas provocaron una comisión en los Comunes. Los funcionarios del reino, entre ellos el principal, Lord Lytton, quedaron exonerados. La hambruna y la muerte eran simple resultado de la sequía.

En tres años murieron entre seis y diez millones de personas.

Dawkins y la maldición de la inteligencia (VIII)

Notas aclaratorias

I – IIIIIIV – V – VI – VII

El comentario de hoy analiza un intento de Dawkins de explicar su actitud para con la religión. Él, tan amable y pacífico, es acusado a menudo —en estos comentarios lo ha sido— de tener una actitud excesivamente combativa con la religión. Por eso, en este capítulo nos explica …

¿QUÉ HAY DE EQUIVOCADO EN LA RELIGIÓN? ¿POR QUÉ SER TAN HOSTILES?

De antemano Dawkins declara que no pretende poner una bomba o decapitar o lapidar a alguien por el hecho de profesar determinada religión. Creo que es una declaración innecesaria, salvo que pretenda (no lo creo) recordarnos a los que sí lo hacen.

Su discurso se centra de entrada en distinguir entre el fundamentalismo y la ciencia, incluida la ciencia apasionada. Esta idea ya ha aparecido varias veces: la ciencia se basa en la evidencia. Yo creo que aquí simplifica el autor a propósito. Sabemos que la ciencia es mucho más que una acumulación de evidencias, pero es graciosa la pulla que lanza a los “relativistas” sobre el concepto de “evidencia” y cómo no puedes (a la pregunta del fiscal sobre si estabas en el lugar del crimen), contestar “sólo es en su occidental sentido científico de la palabra ‘en’ que yo estuve en Chicago. Los bongoleses dan un sentido completamente distinto a la palabra ‘en’, de acuerdo con el cual usted solo estará verdaderamente ‘en’ un lugar si usted es un anciano ungido con derecho a esnifar el escroto seco de una cabra”1.

Así que es obvio que tiene razón. Ahora bien, hay dos cosas que decir al respecto. La primera es que la “evidencia” científica está limitada por la aplicación del método científico, que define muy rigurasamente su campo (y cuando lo sobrepasa empezamos con las metáforas y analogías peligrosas, tan propias de las ciencias sociales, menos “evidentes”). Esto, por tanto, nos retrotrae a los argumentos sobre las pruebas de la existencia de Dios y viceversa sobre su no existencia. La matraca que nos da Dawkins con la teoría de la evolución es, en este sentido, exagerada, porque la teoría de la evolución no lo explica todo, ni excluye la existencia de Dios ni excluye que una religión sea una religión verdadera. Todo lo más contradice ciertas afirmaciones de ciertas religiones concretas, asunto quizás trascendente, pero sin el alcance que Dawkins le da.

Lo segundo que quiero decir, tiene que ver con la actitud del propio Dawkins. También en esto soy reiterativo, pero creo que tiene importancia. Dawkins dice que no hay que confundir fundamentalismo con apasionamiento y añade que: “Mi pasión aumenta cuando pienso en cuán perdidos están los pobres fundamentalistas y todos aquellos en quienes ellos influyen. Las verdades de la evolución, al igual que otras muchas verdades científicas, son tan bellas y fascinantes; ¡cuán terriblemente trágico sería morir sin habernos dado cuenta de todo ello!”2. Lo siento, me subleva ese tono perdonavidas; esa cantinela sacerdotal sobre los pobres y perdidos fundamentalistas que van a morir sin conocer la verdad me parece deleznable. Pensar que uno tiene la clave de la felicidad de los demás es estomagante y pretencioso.

Así, Dawkins se regodea en la historia del anciano profesor que reconoce en público su error durante años, frente al científico que cae en garras de la Biblia y de la religión. Si se limitase a señalar que la diferencia se encuentra en la constante puesta en cuestión de la verdad científica, frente a la inmutabilidad de la verdad revelada, estaría de acuerdo. Lo malo es el lenguaje; que diga que la primera historia (la del anciano científico) le “arrancó lágrimas de admiración y de exultación”, mientras que la segunda historia, la del científico echado a perder le parezca “simplemente patética – patética y despreciable-. La herida, para su carrera y para su felicidad vital, fue autoinfligida, fue tan innecesaria (…)”3. Luego se extraña de que se le acuse de hostil, cuando se permite juicios sobre la “felicidad” de otros. Más aún cuando, como él mismo reconoce, una de las razones que pueden explicar el fenómeno religioso es precisamente su capacidad para consolar a los seres humanos. Yo esperaba de Dawkins más hechos y menos literatura. Sobre todo porque es un cursi de agárrate y no te menees.

En cualquier caso, después de hacer esta distinción llegamos al punto esencial. Dawkins sostiene que lo malo no es sólo el fundamentalismo religioso. Sostiene que la religión no fundamentalista y “sensible” permite que el mundo sea un lugar seguro para el fundamentalismo “al enseñar a los niños, desde sus más jóvenes años, que esa fe incondicional es una virtud” 4. Veámoslo.

Comienza Dawkins recordando (de nuevo, como hace a lo largo de todo el libro, una y otra vez) ejemplos de leyes fuera del zeitgeist ilustrado. Los delitos por blasfemar o por abjurar en Pakistán o Afganistán, por ejemplo. Recuerda también el poco tiempo transcurrido desde que “crímenes” similares han salido fuera de los códigos europeos. Así como la existencia de “talibanes” americanos, con discursos impropios de una sociedad avanzada. A continuación se centra en dos aspectos que le parecen especialmente relevantes: el tratamiento de la homosexualidad y del aborto.

En cuanto a la homosexualidad, cita el castigo en Afganistán, el caso de Alan Turing (un eminente matemático que contribuyó de manera decisiva en el éxito bélico en la II Guerra Mundial y que posiblemente se suicidó al ser castigado por un delito de homosexualidad en 1954) y, finalmente, reproduce las opiniones de diversos telepredicadores americanos, absolutamente descabelladas. Estas historias universales de la infamia no aportan nada relevante. Ya sabemos que hay países con legislaciones “atrasadas” y que hay gentuza suelta por el mundo que quisiera quemar a todos los homosexuales. Se me dirá que eso sucede sobre todo en países con iglesias estatales y entre gente religiosa. Pues bien, puede que sea cierto, pero también lo es que esos excesos no nos pueden llevar a culpar a quienes no mantienen prácticas “no fundamentalistas”5. Además, esta cuestión está más cerca de la defensa de la libertad que del origen de las creencias. Las sociedades en las que se defiende la libertad individual son menos proclives a persecuciones similares. La prueba la encontramos en regímenes ateos “por definición”, como los comunistas, en los que se persiguió y fue delito la homosexualidad. Recordemos el caso cubano, el soviético, el chino. Por cierto, la “ciencia médica” ha calificado hasta hace muy poco la homosexualidad como enfermedad psiquiátrica 6.

En cuanto al asunto del aborto, que trata con detalle, creo que de nuevo hay que distinguir dos planos. Los chiflados que hablan de bebés asesinados y que disparan a médicos que realizan prácticas legales en clínicas legales son eso, chiflados. Pero una cosa es eso y otra cosa es que Dawkins destierre con tanta facilidad el debate sobre el tema del aborto. Me explicaré. Personalmente soy partidario de que el aborto sea legal 7, pero me molesta que se base la argumentación en la comparación entre un cigoto y un médico abortista. Y no porque use el argumento “pendiente resbaladiza” que menciona Dawkins y que se basa en la necesidad de poner límites claros y exigentes para evitar un exceso de laxitud, sino porque creo que esa comparación evita intencionadamente el problema de los límites (que, sin embargo, utiliza cuando trata de la distinción entre seres humanos y otros primates). El principal argumento de Dawkins en favor del aborto es utilitarista y se basa en la inexistencia de un sistema nervioso en un embrión, que no puede sufrir, frente a la mujer embarazada que sí sufrirá si no se le permite abortar. Añade además que si sufre (por ser lo bastante maduro) sufrirá igual que el de una vaca o una oveja. Sinceramente me parece un argumento muy malo. Para empezar el sufrimiento puede evitarse. Una buena inyección de pentotal lo arregla. Y, en cualquier caso, ¿qué diferencia hay, desde la perspectiva del sufrimiento, entre un feto de ocho meses y un recién nacido? ¿Y si tiene un mes? Tampoco tiene biografía. Ni siquiera ve bien.

Al final, el problema es siempre un problema de límites y no es justo buscar ejemplos en los extremos. Así, cuando señala que la diferencia entre un utilitarista y un fundamentalista es que el primero se pregunta por si puede el embrión sufrir y el segundo por si es humano, yo creo que es injusto. Es básico, si queremos entendernos, reconocer que las normas y la ética buscan categorizar y lo hacen. Y que a Dawkins no le parece bien matar a un millón de bagdadíes aunque se utilice una bombra termonuclear en la noche, que seguramente les matará instantáneamente o algún tipo de gas nervioso que impida su sufrimiento. Al final, todos nos preguntamos por los límites y los fijamos y movemos arbitrariamente. Y, en este caso, a lo mejor, los fundamentalistas lo son porque ven en un cigoto un ser humano. Pero, siguiendo su lógica, Dawkins lo es por ver lo mismo en un recién nacido.

Por cierto, es anecdótico, pero lo cuento porque me desagrada. Dawkins se refiere de manera muy detallada a varios chiflados de esos que matan a médicos abortistas o que defienden que se les pueda matar por ser superior la ley de Dios a la de los hombres. Incluso coloca en plano de igualdad la “sinceridad” de los chiflados y de los médicos. Todo esto se explica porque quiere defender su tesis de que esos chiflados no son chiflados, sino personas honestas, sinceras y reflexivas, sólo que contaminadas por su fe religiosa. En esos términos se refiere a un tal Michael Bray, un defensor de esos asesinatos. Llega a decir que le gustó “bastante”. Obviamente, no conozco al tal Bray, pero llama la atención que diga en este mismo capítulo de la madre Teresa de Calcuta que es una “santurrona e hipócrita”, con un “juicio retorcido” 8, por defender que el aborto es “el mayor destructor de la paz” y, sin embargo, le parezca tan majo el tarado ese al que le parece tan bien volarle los sesos a un médico. Y, si bien es evidente que la madre Teresa de Calcuta no es santo de mi devoción (aun no habiendo leído la biblia del antiteresismo, The Missionary Position: Mother Teresa in Theory and Practice, la obra de Hitchens), me parece tremendamente significativo que, cuanto más cafre, fundamentalista y literalista es un creyente, más le guste a Dawkins. Parece que se mueve mejor en los blancos y negros, y que los grises le disgustan.

Llegamos al final, pero antes tenemos que pasar por un tema idiota. Se trata de la gran falacia de Beethoven, una cosa así: si abortas a lo mejor matas a un futuro Beethoven. Dawkins lo refuta. Pero el asunto es tan bobo que no merece ni un comentario.

Eso sí, aprovecha nuestro autor para referirse al hecho de que pro vida sea siempre pro vida humana y analiza algo que explica con mayor detalle en El capellán del diablo: La cuestión de que la continuidad gradual entre especies impida fijar el límite de la especie humana. Discrepo absolutamente y creo que se trata de una de esas falacias que buscan justificar sus gilipolleces sobre los gorilas. En primer lugar, es contradictorio con sus argumentos utilitaristas aplicados al aborto, porque tampoco hay un momento en que podamos decir que un cigoto se convierte en ser humano. En segundo lugar, porque el adn es digital, así que, aun cuando fuera un trabajo inútil (sobre todo porque debería aplicarse más que a especies a individuos), podríamos intentar buscar ese momento (en uno y otro caso). Por tanto, cuando se pone farruco preguntando dónde ponemos el límite entre Lucy y un ser humano, simplemente desbarra porque: a) no hay Lucys; b) los que quedan, esos simpáticos simios, no construyen ciudades.

Y, por fin, después de todo lo anterior, llegamos a la respuesta final. La afirmación era que la moderación religiosa está en la base del fundamentalismo y se pregunta ¿por qué? La respuesta tiene que ver con la fe. Cuando Bin Laden ordena los atentados, se dice que es un terrorista y luchar contra él es luchar contra el terror. Dawkins dice que no, que la causa es la religión y que si no se reconoce es por miedo a manchar la idea de que la fe es algo bueno; y si bien es cierto que esas acciones se pueden basar no sólo en la fe religiosa, sino en la patriótica o racial, la religión es un “silenciador especialmente potente del cálculo racional” 9, sobre todo por la promesa de una vida futura. Así, el respeto por la fe crea un ambiente adecuado para los excesos basados en interpretaciones fundamentalistas. Esta conclusión es muy fuerte y tiene una indudable base de verdad. Uno suele ser más tolerante con los excesos de “los míos”. No debería echarse en saco roto hacer una reflexión constante sobre los paños calientes que amortiguan ciertas expresiones inadmisibles que atentan contra la libertad de pensamiento.

Dawkins añade, refiriéndose a los líderes que excluyen al fundamentalismo como perversión, lo siguiente “¿cómo puede haber una perversión de la fe, si la fe, careciendo de justificación objetiva, no tiene ningún estándar demostrable que pervertir?” y lo ejemplifica citando las “versiones” más o menos extremas que pueden sacarse, por ejemplo, del Corán. Aquí demuestra una vez más que sí es un intolerante y que su actitud está teñida de fanatismo. Su convencimiento de que la religión es la raíz de comportamientos criminales le lleva a negar el derecho a los “moderados” a ¡criticar esos excesos! Es como si pretendiese evitar un buen polvo porque una de sus manifestaciones extremas es la violación. Claro, el sexo mola, dirá. Pero es que a muchas personas también les gusta lo de la religión. No hacen daño a nadie. No son responsables de que haya chiflados que estrellen aviones en nombre de Alá. No lo son ni siquiera por el hecho de enseñar a sus niños que la fe es una virtud, porque, por desgracia, está grabado en nuestro ADN el amor y la admiración por la generosidad y la heroicidad, derivada a menudo de una fe en cosas intangibles, como el amor o la lealtad.

————————————————————————————————-

NOTAS:

1.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 302.

2.- Ibíd. pág. 302.

3.- Ibíd. pág. 304.

4.- Ibíd. pág. 305.

5.- Curiosamente creo que todas las personas religiosas son fundamentalistas, en algún remoto lugar de sus cerebro, y creo que están a la espera de que nos descuidemos los que no lo somos para recuperar sectores de la ley y la moral que han perdido lentamente. Pero no pasa de ser un prejuicio y no me gusta razonar utilizando mis prejuicios como varas de medir. Por tanto, con actitud vigilante, concedo a los demás la duda sobre sus propósitos, porque no se puede atribuir a los creyentes actuales que se muestran partidarios de que el fenómeno religioso sea privado un comportamiento falsario a priori ni responsabilizarlos de conductas pasadas realizadas por otros creyentes.

6.- Es indudable que, en general, las iglesias son arrastradas por la evolución de las ciencias y de la moral social. Que tienden al inmovilismo y les cuesta modificar las leyes grabadas en piedra. Pero también lo es que eso mismo puede suceder por aplicación rigurosa de regímenes o reaccionarios o fundados en una visión “científica” del mundo.

7.- Yo creo que el fundamento capital de la ley es la búsqueda de la paz social, y que sus normas “suelen” estar fundamentadas por un consenso ético. No tengo inconveniente en reconocer que no hay regla natural que implique la maldad del aborto, el infanticidio o la pena de muerte. La prueba más evidente de que es así es que así ha sido hasta épocas muy recientes. Por eso es llamativo que los que se ríen de las disquisiciones sobre que es un “ser humano” no tengan inconveniente en sacralizar ese concepto a la hora de defender que es barbarie la pena de muerte o el infanticidio. O que lo es matar a los animales o torturarlos. Quizás algo menos de “absolutismo” de todos ayudase a la discusión de temas tan sensibles.

8.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 312.

9.- Ibíd. , pág. 327.

Convicto

 

¿Dónde estaba Manuel Fernández Martín en julio de 1936? No lo sabemos, porque los datos sobre su vida comienzan en octubre de ese mismo año, pero sería interesante saberlo.

Sabemos que había nacido en 1914, por lo que en 1936 tenía veintidós años únicamente. Era de Badajoz, pero Badajoz no fue conquistada por las tropas de Franco hasta agosto de 1936. No sabemos si estaba en Badajoz entonces. Si no supiéramos cómo fue, deberíamos creer que estuvo en territorio republicano hasta octubre de 1936, ya que el dos de ese mes se unió al ejército rebelde. Alguien como él se debería haber unido a los sublevados desde el principio, pero tardó tres meses.

No lo sé, pero aventuro que esperó el tiempo suficiente para ponderar las posibilidades de éxito. Eso sí, como tantos otros, su afección fue fulminante.

Manuel Fernández Martín, el bajito, rechoncho y graciosete Manuel Fernández Martín, era alférez a los seis días de unirse al ejército. Alférez médico. Sin embargo, no sabía nada de medicina. Pensarán ustedes que iba a ser difícil disimular, sobre todo en una guerra, pero durante seis meses participó en centenares de intervenciones quirúrgicas. Hasta que, en abril de 1937, se hizo jurídico militar. Hombre talentoso, nuestro Manuel, porque tampoco era abogado. Pero, qué quieren que les diga, es más fácil disimular que se sabe de derecho, sobre todo cuando se trata de juicios sumarísimos, que disimular que se sabe de medicina.

En lo que coinciden los que lo conocieron es en un detalle interesante: que era un auténtico hijo de puta, especialmente conocido por acosar e insultar a los procesados. Comenzó a participar en consejos de guerra. A lo largo de su vida, como fiscal o ayudante, intervino en más de cuatro mil procesos en los que se condenará a muerte a más de mil personas.

Tras la guerra le nombran director de los campos de concentración de prisioneros de Badajoz y Mérida y urde su justificación. Como es conocido como una persona especialmente afecta al Movimiento, consigue, del presidente del colegio de abogados de Cáceres, un certificado en el que pide que declare que se trata de “una persona de conducta intachable y afecto al régimen”, para inmediatamente después falsificar el documento añadiendo que está matriculado en dicho colegio. Cuando se le reclama el expediente académico afirma, y nadie lo discute, que fue quemado por los rojos, durante la guerra.

Gracias a ese papel falsificado fue ascendiendo y adquiriendo notoriedad. Muchos dirán luego que era evidente su carencia de conocimientos. Suponemos que sí, pero los servicios son pagados con creces.

Durante treinta años tomará decisiones sobre la vida y la muerte o ayudará a tomarlas, ya que asesoraba a jueces sin formación militar, actuando como ponente. Hasta que llegó el momento cumbre de su carrera. Han detenido a Julián Grimau en Madrid. Lo han torturado y lanzado por una ventana, pero ha sobrevivido. El caso se hace famoso y aparece en los periódicos de todo el mundo, justo cuando el régimen empieza a preocuparse por su imagen exterior y por el daño que puede hacer al turismo.

Manuel Fernández Martín es designado ponente y una de las primeras decisiones que toma es hablar con el abogado designado para la defensa de Grimau. Se llama Alejandro Rebollo, es oficial y licenciado en derecho, aunque no es preceptivo y además decide hacer bien su trabajo. Rebollo sabe que el ponente es una mala bestia que lee libros sobre los “crímenes de los rojos” para motivarse. Quiere una condena fácil y por eso exige al defensor que deje de tocar las narices, a la vez que lo acusa de ser el causante de las manifestaciones contra Franco que se repiten en diferentes capitales europeas. Cuenta Rebollo que el ponente le tiró un periódico a la cara y le dijo: “Ahí está tu salario. Ya tienes una calle en Praga”.

El abogado se ampara en algo incontrovertible: aunque Grimau hubiera cometido torturas y asesinatos en una checa de Barcelona, tal y como se sostenía, los crímenes habrían prescrito, salvo si se trataba de un delito continuado de rebelión militar. Pero lo cierto es que Grimau había estado más de veinte años en el extranjero. Dio lo mismo. Sin pruebas y en pocas horas fue condenado a muerte. Manuel Fernández Martín prácticamente no le dejó hablar en su defensa.

El Consejo de Ministros, incluido el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, ratificó la condena. El voto fue unánime, aunque Castiella intentó convencer a Franco de la repercusión internacional. Tiempo después se supo que dos semanas antes se había creado el Tribunal de Orden Público, lo que excluía la jurisdicción del tribunal militar. El juicio era nulo, pero se ocultó la información. aprobado en el consejo de ministros el proyecto que creaba el Tribunal de Orden Público, lo que excluiría la jurisdicción de los tribunales militares para el futuro. En esas circunstancias, habría sido más difícil negar el indulto. Sin embargo, se ocultó esa información (1).

Grimau abrazó a Rebollo, su abogado, en el paredón. Habían pasado la noche juntos. El teniente firmó el final de su carrera, al realizar demasiado bien su trabajo.

Lo más extraño es que en 1964 alguien se cansó de Manuel Fernández Martín. Debía ser vox populi que no era abogado y se abrió una investigación. Al final resultó que sólo había aprobado tres asignaturas de primero de Derecho en la Universidad de Sevilla. Se le condenó a un año y seis meses de prisión, ya que se le aplicó una extraña atenuante, que no había pretendido causar daños de tanta gravedad.

Murió en 1967. Nunca entendió por qué le habían humillado sus camaradas.

(1) En la versión original, se menciona que ya se había creado el TOP en el momento del juicio. Como bien me indican en los comentarios, la ley se firmó por Franco el 2/12/1963, se publicó el 5/12/1963 y no entró en vigor hasta bien entrado 1964. He encontrado la discusión de la ley en el pleno del 28/11/1963 (tras varios meses en comisión). Al parecer el proyecto fue aprobado en el Consejo de Ministros de 5/4/1963.

Dawkins y la maldición de la inteligencia (VII)

Notas aclaratorias

I – IIIIIIV – V – VI

Hoy, siguiendo el habitual y amistoso despiece, me voy a referir a dos capítulos, por razón de la brevedad del primero de ellos y por la estrecha relación que guardan los temas tratados en uno y otro. Se trata de …

LAS RAÍCES DE LA MORALIDAD: ¿POR QUÉ SOMOS BUENOS?
Y
EL “BUEN” LIBRO Y EL CAMBIANTE “ZEITGEIST” MORAL

Recordarán que Dawkins nos advirtió de que no iba hablar del Dios barbudo. ¡Inoceeentes! Lo hace todo el libro y, en el segundo de los capítulos a los que me referiré hoy, lo hace con evidente regocijo. Pero supongo que dirá que viene a cuento, porque nos habla de reglas morales.

Yo creo que el libro, a partir de estos capítulos, se desliza por una pendiente panfletaria evidente y que agradezco personalmente. Tanta profundidad empezaba a producirme secuelas. Ahora vamos a hablar de lo que realmente importa: de lo tonta que es la gente. Y lo mejor es que ya no hablamos de Dios. No, hablamos de la religión 1.

Pero no voy a adelantarme.

Estos capítulos tratan de la bondad y de la moralidad 2. La pregunta (que es de notable alto por lo menos, aunque hay que ser justos y reconocer que es una pregunta que le hacen a Dawkins) es si cabe la moralidad sin la religión.

A tal fin, y para ir haciendo boca, nos ilustra con una serie de cartas que le envían una cohorte de psicópatas agresivos que quieren matarlo, que se coma sus entrañas y que le suceda toda suerte de terribles males. Es encantador observar como Dawkins, a la vez que pone en la picota a esos turbios rufianes, aplica la razón a sus exabruptos. Por ejemplo, uno, después de lindezas varias, le dice “Jódanse, putas comunistas … Saquen sus negros culos de los Estados Unidos … No tienen excusa. la creación es una evidencia más que suficiente del omnipotente poder de JESUCRISTO NUESTRO SEÑOR”. ¿Y qué hace Dawkins? Pues dice: “¿Por qué no el omnipotente poder de Alá? ¿O de Brahma?¿O incluso deYahvé?”3.

¿Ustedes entienden algo? Un pirado le llama puta comunista con el culo negro y el hombre se pone a hacer disquisiciones. Me imagino al animal de bellota reflexionando con la aguda contestación.

En esa línea discursiva, Dawkins habla del posible origen evolutivo de la “moralidad”. Concepto éste que no define y que hace equivaler, de forma reduccionista, a bondad, altruismo o generosidad. Ya sabemos que el bien y el mal, y las reglas articuladas sobre cómo distinguirlos y desenvolvernos conforme a ellas, así como el complejo asunto de los valores, tienen conexión con la bondad o la generosidad. Y es posible que la génesis de los códigos morales se encuentre en el altruismo con miembros de la especie, pero el desarrollo posterior es mucho más complejo, formalizado y alejado de un concepto primario de bondad; hasta el punto de llegar a ser, en ocasiones, manifiestamente incompatible. Pero bueno, Dawkins menciona las explicaciones basadas en el parentesco genético, en la reciprocidad, en la reputación e, incluso, en la adquisición de “respeto”. Extrañamente, una vez que tiene cuatro explicaciones, plantea que a lo mejor la moralidad es un “subproducto” o “falla” del sistema (ojo, el “fallo” lo es a efectos darwinistas; a Dawkins le parecen “benditos ” los errores como este). Así que, bueno, ya sabemos que hay explicaciones evolucionistas para el altruismo.

A continuación, Dawkins recuerda los dilemas morales esos tan famosos (Marc Hauser) en los que un pobre gordo termina siempre arrojado cuando pasa un tren en marcha. Esos estudios se efectúan con gente de todas partes y se acredita con ellos que todos los seres humanos responden de igual manera. Eso apuntala el origen genético de la “conducta moral”. Vale.

Ahora, después de estos dimes y diretes, Dawkins llega al meollo: ¿por qué ser buenos si no hay Dios? Bien yo creo que las reflexiones de Dawkins en lo relativo a que la moralidad no proviene de la religión son acertadas en conjunto. Precisamente pienso que la diferencia entre la bondad y la moralidad se deriva de la existencia de mecanismos (más o menos sutiles —a veces extraordinariamente sutiles—) de presión del conjunto sobre los individuos, que terminan ajustando sus comportamientos de manera en ocasiones casi inconsciente a reglas aprendidas desde niños (no excluyo, claro está, que algunas reglas básicas sean instintivas). Sí me molesta el exceso, a mi juicio, de ciertas reflexiones. Por ejemplo, decir, como contrapeso a los que relacionan siempre el buen comportamiento con la creencia religiosa, que “otra posibilidad factible es que el ateísmo esté relacionado con algún tercer factor, como la educación superior, la inteligencia o la reflexión, que podrían contrarrestar los impulsos criminales”4 me parece demencial. Se basa en el mismo tipo de razonamiento que decía que los negros son más bobos que los blancos por los resultados del CI en los USA. Por la misma razón no me gustan nada los estudios que menciona, que relacionan las creencias religiosas con el voto republicano en ciertos estados y, a la vez, con el crimen, las infecciones, las enfermedades de transmisión sexual o el aborto. Todos conocemos la manipulación que se ha producido muy a menudo cuando se juega con factores tan complejos. No está lejos de esa tesis defender que los mil millones de musulmanes lo son porque son una panda de gilipollas poco reflexivos, sucios y criminales. De esas posibles razones, tan sólo la relacionada con la instrucción superior podría convencerme a priori. Pero tengo muchas dudas, a pesar de todo. Hace tiempo que he rebajado la esperanza en que una educación superior realmente instruya a las personas. Otra cosa es que las haga “creerse” superiores y que un signo de esa superioridad sea “convertirse” en ateo, igual que beber buenos vinos o ir a la ópera. También había falsos creyentes por razón de conveniencia social. Ahora quizás haya ateos.

También analiza la diferencia entre la opción kantiana y la utilitarista. Ésta es una discusión que se ha realizado con un vuelo muy amplio desde hace muchos siglos como para que entre en ella. El limitado sentido que le da Dawkins se basa en si debe existir un referente absoluto para la moralidad y si ese referente puede estar en un libro sagrado.

Y eso es lo que analiza en el segundo de los capítulos.

Ese capítulo tiene una parte dirigida sólo a los que nunca abrirán el libro de Dawkins y a los que admirarán todo lo que este haga, y una segunda parte muy interesante.

En la primera parte hace algo perfectamente inútil: cuenta historias de la Biblia y los Evangelios. Y nos explica que tal o cuál figura bíblica es un sátiro o un criminal o lo que sea. Y hace lo mismo con los Evangelios, con asuntos como la expiación de los pecados o el asunto del papel predestinado de todos los actores de la vida y muerte de Jesucristo. Me gusta muy poco esta parte. Percibo un cierto placer en Dawkins en jugar al sencillo juego de la burla hacia las narraciones literales de la Biblia. Algo que puede extenderse por cierto a muchas costumbres muy arraigadas en cualquier parte, como llevan demostrando los antropólogos desde hace tiempo. Acierta cuando se pregunta qué criterio de la Biblia se usa para decidir qué parte de la Biblia es o no simbólica. Ese simbolismo cada vez mayor se ha ido convirtiendo en el refugio de las iglesias de Occidente, cada vez que los datos contradecían la literalidad de los libros sagrados. Y también lo hace cuando defiende que la moral, nuestra moral no deriva, en realidad de los textos. Por eso, mantiene que existe un cambiante zeitgeist moral. Pero yo aquí percibo una contradicción, o una falla en su línea de pensamiento, a la que me referiré al final del comentario.

En relación con el asunto de la influencia religiosa sobre la moral, se refiere Dawkins a un experimento realizado por un psicólogo israelí, George Tamarin, que utiliza a niños de 9 a 14 años y les pregunta por el relato de la batalla de Jericó. A pesar de que la narración contiene una referencia a una masacre (que Dawkins denomina genocidio), los niños la justifican en general. Sin embargo, basta la sustitución de los personajes y el lugar, por una inventada guerra en China, para que todos estén horrorizados. Dice Dawkins: “en otras palabras, cuando se eliminaba de la ecuación la lealtad al judaísmo, la mayoría de los niños coincidían con los juicios morales que la mayoría de los seres humanos modernos habrían compartido”5. Y añade que “es la religión lo que establece la diferencia entre que los niños condenen o aprueben el genocidio”. Yo, sin embargo, creo que esa afirmación es, cuanto menos, aventurada; y creo que el propio Dawkins desliza una de las claves cuando habla de “lealtad al judaísmo” y no de obediencia religiosa. Estoy convencido de que en la mente de los niños, el hecho se incardina más dentro de una epopeya cultural que religiosa. Una gesta de los “nuestros” contra los “otros”. Podríamos utilizar muchos ejemplos que demostrarían que desgraciadamente el impulso tribal es fortísimo a la hora de juzgar hechos objetivamente iguales. Y si en esos hechos están implícitas las claves para comprender la nación o concurren virtudes militares, apaga y vámonos. Creo que de nuevo Dawkins da a la religión, en este caso un síntoma, estatus de causa.

Posteriormente Dawkins hace referencia, en cierto sentido, a esta objeción. La salva considerando que la religión es una “etiqueta” que, de no existir facilitaría la integración y al superación de conflictos, y cita Irlanda, Kosovo, Palestina y otros lugares similares. Curiosamente, con ese reconocimiento admite que la religión es utilizada. No se puede ser etiqueta y causa profunda. La contradicción está en pensar que sin esa etiqueta los hombres no crearían otras. Yo en eso soy pesimista. El instinto de grupo está tan arraigado que los hombres tenderían a buscar y encontrarían una cualquiera. Por cierto, lo peligroso de cierta ingeniería social es a menudo sustituir instituciones imperfectas, producto de una evolución lenta de las sociedades humanas, por otras libres de contradicciones, diseñadas por mentes preparadas, que de repente producen consecuencias crueles y normalmente opresoras. Y no hablo de regímenes totalitarios, sino de instituciones nacidas para beneficio de los atrasados.

En este punto llega la parte más interesante. Dawkins, con alguna risible escala en los “nuevos diez mandamientos“, se refiere al carácter cambiante del conjunto de reglas morales y al consenso mayoritario sobre las mismas. Menciona conductas que eran perfectamente admitidas hace pocas décadas y que, en la actualidad, obtendrían un rechazo mayoritario. Defiende, y yo lo comparto, que existe una dirección en la evolución de la moralidad. Una dirección hacia una ampliación del sujeto moral y hacia la igualdad de los seres humanos (supongo que él espera prosiga con otros seres vivos). Y, claro, el cambio y los contenidos de esas leyes morales no pueden derivar de las Escrituras, que contienen esas historias tan terribles. Básicamente puedo estar de acuerdo, siempre que consideremos la evolución cultural a plazo muy largo. Lo digo porque hay tendencia a creer que cualquier posición mayoritaria basada en la ausencia de sufrimiento va en la buena dirección. Yo creo, por contra, que el camino correcto es siempre resultado de una tensión experimental, el viejo ensayo y error, entre la libertad y la máxima paz social. Pero también es verdad que soy bastante amoral.

Hay un último apartado que pretende desterrar la tesis de que Hitler y Stalin hicieron lo que hicieron porque eran ateos. Es extraño que Dawkins pierda tanto tiempo en analizar las motivaciones de Hitler, sus raíces católicas, sus palabras en las que habla de Dios o de la providencia. ¿Qué más daría si Hitler hubiera declarado que mataba a los judíos por razón de su ateísmo? Dice Dawkins que no puede pensar en guerra alguna que haya sido realizada en nombre del ateísmo y añade que Stalin hizo cosas malvadas en nombre del “marxismo dogmático y doctrinario”. Es sorprendente. Cuando los jemeres rojos mataban gente lo hacían para liberarlos de todas sus referencias culturales, incluyendo expresamente las de tipo religioso. Eso es así. Yo realmente creo que el comunismo en esa versión nace del mismo sitio del que nace la religión, pero, si tengo razón, la religión no es la causa. La causa está en las explicaciones totalitarias que surgen de una pulsión especial del ser humano. Esas explicaciones totalitarias no exigen un Dios y formalmente no pueden ser llamadas religiones.

Para terminar me referiré a la contradicción que antes mencionaba. Dawkins expresamente afirma que su ataque no se dirige contra el Dios barbudo; lo hemos visto. Sin embargo, a la hora de poner ejemplos escoge los que más evidentemente chocan con la época actual. También afirma Dawkins que lo verdaderamente malo es la creencia en Dios y la religión. Y eso justifica que llegue a afirmar que prefiere a los creacionistas antes que al hipócrita obispo de Roma.

Pero curiosamente el zeitgeist moral, que tan bien y en tan buena dirección va, es producto del consenso. Ese consenso se realiza entre personas mayoritariamente creyentes. En Occidente muchas de esas personas (en Europa la mayoría) han renunciado a que su reglas religiosas sean obligatorias y se han sumado a un cuerpo común que permita básicamente el desarrollo de la libertad. Se ha convertido en algo privado, en suma. Sin embargo, Dawkins cree que esas mentes infantiles están infectadas. Y prefiere a los que están “atrasados” en el zeitgeist antes que al pacífico vecino que va a misa y no molesta a nadie.

Yo creo que la religión (y sobre todo las iglesias) han ido a rastras, inevitablemente y los sujetos de esa evolución han sido, a menudo, sus fieles que, manteniendo un reducto para sus creencias (cada vez menor), no querían verse superados por el progreso. El príncipe siempre quiere que sus cañones tengan más alcance que los del vecino, y el empresario asume la ciencia pagana si con sus fórmulas se fabrican buenos ordenadores. Quizás esos reductos sean patológicos. O quizás lo sean los de los que quieren que los orangutanes tengan derechos. Es discutible.

Por eso hay que tener cuidado. Si te empeñas en imponer tu visión del mundo te conviertes en un tirano y si, para hacerlo, te alías con los que te quemarían en la hoguera a las primeras de cambio, además de tirano eres gilipollas.

Así que, mal que me pese (y yo no he dicho esto), si el papa cree que detrás del Big Bang está Dios y el creacionista quiere que se rece obligatoriamente en todas las escuelas, me quedo con el papa, aunque sea un hipócrita que quiere conservar la clientela. Y si no lo haces eres un fundamentalista dogmático, que le da más valor a la verdad (la suya claro) que a la libertad .

—————————————————————————————————

NOTAS:

1.- Dawkins debería hablar sobre todo de Dios en un libro titulado The God delusion. Sin embargo, habla casi siempre de la religión y las estructuras religiosas. Salvo en los dos capítulos referidos a las pruebas de la existencia de Dios que, además, están trufados, como ya dije, de referencias a la religión (siempre o casi siempre cristiana) y a sus reglas. Comprendo que un libro se vende mejor si tiene 400 páginas, pero lo que no puede hacerse es decirnos que va a hablar de Dios y que, por eso da igual si no menciona las religiones que siguen dos de cada cuatro habitantes del triste planeta tierra, y luego dedicarse al cristianismo.

2.- Yo creo que es evidente que no son lo mismo. Su visión de la moralidad es algo superficial. Quizás eso explica lo mucho que le asustan los ejemplos que luego saca de las Escrituras. Y quizás por eso luego nos hablará de los Nuevos Diez Mandamientos. Si es que en el fondo Dawkins es un moralista. Buena persona, vamos.

3.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 220.

4.- Ibíd. , pág. 247. Aquí Dawkins se refiere a una hipótesis: que en las cárceles hay más creyentes que ateos. Yo también pienso que el pene es un símbolo fálico.

5.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 158.Ibid. , pág. 276.

La generación robada

 

¿Qué se puede hacer con unas gentes que no tienen palabras para ayer y mañana? Brutos desorganizados que no cultivan la tierra ni crían ganado; que creen que todo es de todos; hombres y mujeres semidesnudos que dedican su tiempo a amontonar conchas.

Echarlos de sus tierras, matarlos y dar su carne a los perros, torturarlos por diversión. Eso estuvo mal, aunque no fuera un delito, porque, incapaces de pensar y sentir (imbéciles a los que se podía envenenar), no tenían capacidad jurídica. Así fue hasta Myall Creek. Allí, veintiocho hombres, mujeres y niños aborígenes fueron atados, arrastrados durante horas y luego ejecutados a tiros y cuchilladas. Era 1838 y siete hombres fueron ahorcados.

Las cosas iban cambiando.

Iban cambiando a mejor.

Esos pobres niños, en manos de sus padres, incultos, imposibilitados de acceder a una buena educación, debían ser salvados. En 1910, el Estado inició el “robo” de niños. Durante sesenta años, funcionarios públicos separaron a los niños de sus padres; por cualquier razón, o por ninguna, porque hasta la década de los sesenta, los aborígenes no fueron legalmente custodios de sus hijos. No importaba el momento de la separación, porque los aborígenes pronto olvidaban a sus hijos. Eso es lo que dijeron los funcionarios. “Tus padres han muerto”, “tus padres no te quieren”.

Crecían en un orfanato hasta los dieciséis años. Luego podían volver o quedarse en la ciudad. Ser un aborigen en la ciudad, rodeado de blancos, o volver a un lugar que no comprendían. Extraño en todas partes.

Puede que el rapto abarcase a un tercio de los niños. Entre ellos prácticamente a todos los de raza mixta.

Un día, los australianos, decidieron investigar oficialmente su pasado. Tres años de trabajos dieron fruto: el Bringing Them Home: National Inquiry into the Separation of Aboriginal and Torres Strait Islander Children from Their Families. Las cifras absolutas eran terribles, pero se negó una asunción oficial de culpabilidad. Es duro, pero correcto. No eres responsable de las buenas intenciones de tus padres. Aunque todas las cifras (de mortalidad, violencia, enfermedad, media de vida) les siga situando en el siglo XIX.

Dicen que los aborígenes creen que la creación se produjo en el Tiempo del Sueño, un lugar donde puedes entrar. Pero tienes que conocer el camino.

Dawkins y la maldición de la inteligencia (VI)

Notas aclaratorias

I – IIIIIIV – V

Abandonando el espinoso terreno de las explicaciones primeras, Dawkins regresa al cómodo terreno del darwinismo y la memética, para hablarnos de

LAS RAÍCES DE LA RELIGIÓN

Este capítulo tiene un aire familiar para cualquiera que haya leído otros libros de Dawkins, porque las explicaciones para la existencia de la religión se efectúan desde la selección natural. Concretamente desde un a priori. Dawkins parte de un postulado: la religión es algo tan inútil y exige una inversión tal de energía que hay que buscar una explicación similar a la de las colas de los pavos reales.

De entrada he de decir que creo que el postulado es falso. Me explicaré, Dawkins dice que

La religión puede poner en peligro la vida del individuo piadoso, así como la vida de otros. Miles de personas han sido torturadas por su lealtad a la religión, perseguidos por fanáticos por lo que es, en muchos casos, una alternativa de fe apenas distinguible. La religión devora recursos, a veces a escala masiva. Una catedral medieval podía necesitar de cientos de hombres y de siglos para su construcción, aunque nunca se usaron como viviendas ni para ningún propósito útil reconocido. ¿Eran cierto tipo de “cola de pavo real” arquitectónicas? Si es así, ¿a quién estaba dirigida la publicidad? La música y la pintura sagradas monopolizaron en gran medida el talento medieval y el del Renacimiento1.

Y sigue, preguntándose por el beneficio de todo esto.

Yo creo que Dawkins aplica a este asunto la ley del embudo. Es indudable que los seres humanos tenemos una particularidad. El lenguaje permite la acumulación del conocimiento y la evolución de la cultura obedece a leyes lamarckianas y no darwinistas. Yo no necesito reproducir los elementos de Euclides. Puedo leerlos y entenderlos, y entender las reflexiones efectuadas durante veintitrés siglos por un montón de seres humanos que tampoco tuvieron que reproducirlos. Los seres humanos sí estiran sus cuellos para alcanzar cotas más altas de conocimiento, apoyándose en los estiramientos efectuados previamente por otros seres humanos.

Es evidente que conservamos el cerebro que evolucionó ajustándose (por medio de la presión del entorno y el juego de la evolución darwiniana) a un nicho ecológico concreto, situado en la sabana africana. Pero al aparecer el lenguaje y la acumulación del conocimiento, se produjo algo sorprendente. Los seres humanos podían mejorar y adaptarse sin necesidad de que variase su genoma. Bastaba con la tradición oral, primero, y luego con la escritura y la acumulación del conocimiento. Nuestro cerebro equivale al de la Eva negra. Pero nuestro hábitat es resultado de siglos de evolución cultural lamarckiana. Digo esto porque igual que me parece interesante preguntarse por la pulsión religiosa, me parece tramposo que esa pregunta (efectuada en términos darwinistas) incluya una respuesta para manifiestas producciones culturales, como las catedrales o las guerras de religión. Es posible que parezcan “colas de pavo real” las catedrales. Pero, así visto, también lo son el transbordador espacial y las cátedras en Oxford. Porque, ¿qué beneficio desde el punto de vista evolutivo se obtiene gastando auténticas fortunas para investigar los tres primeros minutos del universo? Y que no se conteste que es producto de la curiosidad, porque el mismo abismo hay entre el cromagnon que mira las estrellas y el hombre que hace catedrales que entre el cromagnon que mira las estrellas y el hombre que construye el Hubble. Si se piensa en el fanatismo, habrá que concluir que el fanatismo no es simplemente religioso.

Por ejemplo, Dawkins cita a un filósofo de la ciencia neozelandés, Kim Stelreny, que se pregunta como es posible que un aborigen, con un “conocimiento práctico del mundo natural” puede simultáneamente abarrotar su mente con “creencias inútiles”, como las “destructivas obsesiones sobre la contaminación menstrual de la mujer y la brujería”2. A mí me hace gracia que un filósofo de la ciencia se pregunte sobre la acumulación de creencias inútiles, teniendo en cuenta que pertenece a un gremio que ha ejemplificado como nadie la capacidad de acumular ideas inútiles. Pero lo que más gracia me hace es que se mencione el conocimiento de su entorno (que no es el de la sabana africana), sin reconocer que es la mente especulativa del ser humano la que permite la adaptación a entornos diferentes y que esa mente especulativa, por su flexibilidad, necesariamente produce ideas que, por llamarlas de alguna manera, son esbozos de una explicación totalizadora. Es el filósofo europeo (por formación) el que distingue entre las ideas prácticas útiles y las inútiles. No digo que no tenga razón, pero no por eso las útiles son producto de la adaptación. Lo que hay que explicar es la capacidad especulativa, fabuladora y creadora del cerebro. Esa capacidad es la que explica un viaducto y el ragnarok.

Por tanto, la pregunta directa por la ventaja adaptativa de la religión me parece que exige un esfuerzo previo de justificación que el autor no hace. No obstante, entraré en su análisis.

Dawkins plantea en primer lugar la hipótesis del placebo. La religión limitaría el estrés. No le convence, sin embargo, porque le parece una causa demasiado modesta para un efecto tan extraordinario. No se lo discutiré, a mí tampoco me parece muy convincente. Ahora, no puedo dejar de comentar la siguiente frase: “Por ejemplo, es difícil de creer que la salud se vea mejorada por el estado semipermanente de culpabilidad morbosa que padece un católico romano con la normal fragilidad humana con algo menos normal inteligencia. Quizás sea injusto escoger a los católicos”3. No, Richard, no, no es injusto, es graciosísimo. Pudiendo escoger todas las iglesias protestantes, vas y te refieres a los cristianos más cínicos. Si algo ha caracterizado a la Iglesia Católica, ha sido su relajo en el comportamiento habitual de los fieles (que siempre puede uno confesarse) con tal de mantener la parroquia y los beneficios. Y en el caso de los hombres, no les quiero contar. Pero bueno, como ya he advertido, Dawkins destila gotas de antipapismo cada veinte o treinta páginas.

Tampoco le convencen las explicaciones basadas en la satisfacción de la curiosidad o del consuelo. Dice Dawkins, citando a Pinker, que una “persona congelada no encuentra consuelo en creer que está caliente”4. Es cierto. Por eso no hay que buscar las “causa aproximadas” (dudo si el autor quería decir “causas próximas” y el traductor, un papista sin duda, le ha jugado una mala pasada), sino las “definitivas”, que para Dawkins tienen que ver con la “vulnerabilidad” ante la religión. Así, igual que la tortura funciona porque tememos al dolor (que es bueno y fue seleccionado porque evita accidentes), la religión debe funcionar por alguna razón similar que haya sido seleccionada. Yo insisto en la reducción que implica no preguntarse si más que vulnerabilidad ante la religión, lo que existe es inevitabilidad de la religión como producto del discurso mental de una mente flexible. En tal caso, bastaría con preguntarse qué hizo que una mente flexible, una mente que permite el lenguaje, fuera seleccionada. Pero claro, esta posibilidad, situaría la religión en la misma “zona” explicativa que la ciencia.

La primera respuesta a la vulnerabilidad se hace desde la perspectiva de la “selección de grupo”. Pone como ejemplo el de una tribu con “dioses beligerantes” que permiten a sus miembros ganar guerras contra vecinos pacíficos. Es curioso que este ejemplo (que no le gusta al autor por razones de fondo y que distingue de los casos —que si le gustan, ya lo sabemos— de selección familiar o altruismo recíproco) realmente sea difícilmente admisible desde un punto de vista darwinista, que es el que el autor manifiesta seguir. No hay más que ver las referencias a los yanomamis. Es posible que un escenario así tenga lugar, pero dudo mucho que se produzca si no es entre seres humanos “modernos”. Seres humanos que creerán en dioses beligerantes o serán pacíficos. Conceptos de esa índole parecen difícilmente aplicables al homo ergaster o al heidelbergensis. A mí, sinceramente me parece una simplificación del estilo de los viejos cuadros que van desde el chimpancé hasta el hombre. Sí, puedo comprender su aplicación en el caso de los ejemplos que sobre el comportamiento egoísta ponía Darwin. Pero es que “egoísta” o “altruista ” es algo predicable de cualquier especie con un sistema nervioso algo desarrollado. Pacifista no tanto. Y si de lo que quiere hablarse es del comportamiento agresivo, la religión no añade nada a cualquier explicación basada en la carrera de armamentos.

Por eso, abandonada la teoría de la selección de grupo, se centra en la explicación darwinista de la religión como subproducto evolutivo (es decir, como consecuencia de un comportamiento seleccionado por otras razones, explicables, pero del que nace el pensamiento y comportamiento religioso como subproducto). Ésta es la parte más interesante del capítulo. A modo de ejemplo escoge una explicación que se basa en la ventaja selectiva de los cerebros infantiles que obedecen las órdenes de sus mayores de manera acrítica. Algo que explicaría el mecánico comportamiento de un soldado en el frente. Así, “la selección natural construye cerebros infantiles con una tendencia a creer cualquier cosa que les digan sus padres y los ancianos de la tribu. Esta confiada obediencia es muy valiosa para la superviencia (…) Pero la cara opuesta de la obediencia confiada es la credulidad servil. El inevitable subproducto es la vulnerabilidad a la infección por virus mentales”5. El propio Dawkins aclara que es un ejemplo. Ahora bien, chirría de entrada que escoja un ejemplo que llama a los creyentes “crédulos infantiles”. Además, me temo que permite contraejemplos inmediatos. Se defiende (en textos estándar) que quizás el crecimiento tan lento de las crías humanas se explica por razones adaptativas. Fundamentalmente por el desarrollo cerebral (básicamente de sus sinapsis). Por tanto, un niño obediente y crédulo puede sobrevivir más que uno rebelde. Pero eso no puede decirse igualmente de los adultos. Es evidente la “superioridad” de un cerebro que permita una respuesta flexible (que exige necesariamente plantearse la “adecuación” de respuestas tradicionales) . Y son los adultos los que crean los sistemas de creencias, no los niños. Por tanto, siguiendo esta hipótesis, la selección favorecerá a niños crédulos que, al madurar, se hagan independientes de criterio. Precisamente esto enlaza con el ejemplo de los soldados que pone Dawkins. Cualquiera que sepa algo de historia militar conoce un hecho indudable: la disciplina es una creación cultural contraria a cuqluier instinto. Son los ejércitos de las naciones más desarrolladas los que nos permiten dar los mejores ejemplos de disciplina ciega. Diré más, esos ejemplos se producen más en sistemas de soldados ciudadanos que en sistemas de corte tiránico. Yo creo que el servilismo es antiadaptativo. Igual que lo es un individualismo extremo, porque somos gremiales. Así que, lo siento, el ejemplo de Dawkins me parece producto de una escasa reflexión y de una intención oculta de presentar a las personas religiosas como ovejas de pensamiento pueril.

Se mencionan, no obstante, otras posibilidades, como la del dualismo instintivo mente-cuerpo que defiende el psicólogo Paul Bloom (aunque no indica la explicación “definitiva” de ese dualismo, por lo que no sirve a los propósitos fijados por Dawkins) y la teleología también instintiva (Dawkins, en sus trece, dice que los niños son “teleólogos” de nacimiento)6. Sí da Dawkins, basándose en Dennett, una explicación “definitiva” del teleologismo. El teleologismo resultaría de lo que Dennett llama “postura intencional”, que se ejemplifica de manera clara contándonos la historia del tigre. No pensaremos cuando le veamos en cómo funciona un tigre, ni en su diseño, sino que le atribuiremos la intención de devorarnos. Eso es evidentemente bueno para la supervivencia.

Otra posibilidad que se menciona es la del enamoramiento. La idea de que se produce en una especie monógama como la nuestra un vínculo (suponemos que químico) que permite el mantenimiento de la pareja al menos hasta el destete. La fe religiosa sería un subproducto del enamoramiento que va destinado al éxito de la prole. Persistencias irracionales, las llama Dawkins.

Es extraño que nadie (al menos de los que Dawkins cita) se plantee la religión como subproducto de la capacidad especulativa del cerebro humano. Esa capacidad es fácilmente explicable en términos darwinianos. Y es obvio que las especulaciones humanas han producido y producen constantemente ejemplos indudablemente poco defendibles desde un punto de vista científico o basado en el sentido común. Si a eso se añade una consecuencia de la existencia de la mente especulativa, el miedo al vacío y las explicaciones parciales, y otra razón práctica, la fuerza de las ideas totalizadoras (todas ellas tienen un componente religioso) como pegamento y forma de control social, me parece que mi hipótesis es más “fuerte” que las basadas en la credulidad de los niños o en el enamoramiento. Pero claro, mi hipótesis es demasiado tradicional como para vender un mísero opúsculo.

El resto del capítulo habla de los memes y de los cultos al cargo. En este punto me van a perdonar. No les torturaré con los origamis y los teléfonos de Dawkins, esos ejemplos tan “interesantes” que aparecen en El gen egoísta y en el prólogo del bodrio de Susan Blackmore. La memética, a mi juicio, no pasa de ser una “cosa” tan en pañales que todas las vueltas que le da Dawkins a los memeplex y al fondo memético, para explicar la pervivencia de las ideas religiosas, más que aclarar la discusión, la oscurece y la trivializa. Cuando le leo estas cosas pienso inmediatamente en Matrix o en la “Biblia Católica Naranja“.

Y en cuanto a los cultos al cargo, Dawkins no cuenta nada que no sepamos. Son un buen ejemplo de la aparición de una religión y deberían hacer reflexionar a los que piensan que el manto de veinte siglos de oraciones hacen más venerables a sus religiones. Pero eso, como mucho, puede aplicarse a la crítica a las estructuras religiosas, no a Dios. Además, permite el contraejemplo. Que unos polinesios lleguen al punto de inventarse una religión basada en el regreso de un benefactor y construir “ficticios” de aviones y torres de control, es una prueba fortísima de la pulsión religiosa de los polinesios. Lo único que les falta es que llegue el sacerdote que les revele la religión verdadera. Ahora escojan.

———————————————————————————————–

NOTAS:

1.- R. Dawkins, El Espejismo de Dios, Editorial Espasa, pág. 179.

2.- Ibíd. , pág. 181.

3.- Ibíd. , pág. 183.

4.- Ibíd. , pág. 183.

5.- Ibíd. , pág. 192.

6.- Ibíd. , pág. 198.