Violencia estructural

El texto que luego les copiaré apareció como artículo en JotDown Donw en 2012. Lo traigo a mi blog porque no lo encuentro ya en la web de la revista y no puedo enlazarlo, y porque quiero comentar un par de cuestiones que aparecen en este interesante artículo de Óscar Monsalvo y traer lo que escribí sirve para dejar claras algunas de mis opiniones sobre el tema.

A continuación mi artículo:

En España, hasta hace muy poco, cuando la madre de un recién nacido, o los abuelos maternos, lo mataban, se imponía una pena mucho menor que a cualquier otro asesino. Esta «ventaja» ya no existe en nuestra legislación, pero permanece así en la de muchos países. Por citar algunos, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Costa Rica, El Salvador, Guatemala o Venezuela, entre otros. Hay algunos países, por ejemplo Dinamarca o Suiza, que lo recogen como asesinato atenuado, pero no por la cuestión del honor, sino considerando la situación de crisis tras el parto.

Las causas del infanticidio, en la actualidad o en el pasado, han sido discutidas por muchos antropólogos y biólogos. Y no se han puesto de acuerdo. Esto no importa demasiado a los efectos del asunto que quiero tratar en este artículo. Que sea una forma de control de población, como sostenía Marvin Harris, o una estrategia dirigida al éxito reproductivo de otros hijos, presentes o futuros, es una cuestión muy interesante, pero podemos dejarla para otra ocasión. Lo que importa es que siempre ha existido y que sigue existiendo y que es un comportamiento mucho más extendido de lo que pensamos. Veamos algunos datos.

Nos cuentan los antropólogos que han estudiado a los ayoreo, los yanomamo y los aché, que es frecuente que las madres maten -por ejemplo, enterrándolos- a sus hijos recién nacidos por causas como que la madre no tenga marido, que el hijo sea deforme, que hayan nacido gemelos o que el hijo nazca relativamente cerca de uno anterior. Los esquimales abandonan en la nieve a un 20% de las niñas nacidas y esto al parecer se relaciona con el hecho de que sean los varones adultos los que sufren un número mayor de accidentes, ya que son ellos los que cazan. El sesgo sexual en el infanticidio no es un caso aislado: en China (los europeos que llegaron en el siglo XIX se encontraron con cuatro veces más niños que niñas en algunas regiones, sobre todo con escasez de tierras, como en el bajo Yangtsé), en Birmania, India, Bangladesh, Jordania, Pakistán o Tailandia, tiene mucha más probabilidad de morir una niña recién nacida que un niño.

Las madres (y a veces los padres) suelen matar de forma que reciben un consuelo psicológico: dan menos alimento al niño, lo exponen más al frío, lo aplastan cuando duermen con ellos, a veces incluso dando el pecho. En Europa, en siglos pasados, las nodrizas con fama de carniceras tenían éxito comercial y los tornos en los que se dejaba a los recién nacidos eran una forma encubierta de infanticidio: hay datos de la primera mitad del siglo XIX, en Francia, de los que resulta que, entre el 85% y el 90% de los niños abandonados en esas instituciones fallecía en el primer año de vida. En la Alemania del siglo pasado, los hijos de viudas morían en un porcentaje muy superior tras la muerte del padre, mientras que los del viudo no se apartaban de la media hasta que el viudo se casaba y los hijos competían con la prole futura de la nueva esposa. Esto coincide además con los datos actuales del primer mundo. En Canadá, un 12% de los nacimientos lo son de mujeres no casadas. Sin embargo, acumulan el 61 % de los infanticidios. Más aún, las mujeres matan a sus hijos con frecuencia 1,5 veces mayor que los hombres y demuestran menos remordimiento: sólo se suicida una de cada cincuenta madres infanticidas, mientras los hace el 43,6% de los padres infanticidas. En Estados Unidos, las madres solteras son, según una encuesta del sociólogo Richard Gelles, un 71% más violentas que las casadas y los padres solteros un 420% más violentos que los casados. También está acreditado que los padrastros son mucho más violentos con los hijos de su esposa (es 50 veces más probable que el violento sea el padrastro –y no el padre- en Inglaterra, 70 veces más probable en Canadá y 100 veces en Estados Unidos).

El infanticidio era más habitual en épocas pasadas por una razón añadida: los métodos abortivos como pócimas, apretar fuertemente con vendas, golpear la barriga de la embarazada o introducir objetos para provocar el aborto, eran muy peligrosos. Simplemente es más sencillo y menos arriesgado para la madre matar al recién nacido o procurar que no tenga oportunidades de crecer. Además, la muerte del recién nacido deja la madre disponible para nuevos embarazos y por tanto para oportunidades maritales (hay estudios al respecto incluso en sociedades industriales del primer mundo). Por esa razón, para evitar la amenorrea derivada de la lactancia, es tan habitual en muchas especies, y singularmente en los primates, que el nuevo macho dominante mate las anteriores crías de las hembras.

En fin, la antropóloga Susan Scrimshaw reunió esos datos y concluyó que el infanticidio era general en Asia, que en África lo practicaban el 58% de las sociedades, en América del Norte el 65% y en América del Sur el 69%. En un estudio realizado en 60 sociedades abiertamente infanticidas, la causa se repartía entre la existencia de un exceso de prole (un 50%), malformaciones o mala salud (un 19%), el adulterio (un 18%), el incesto (un 3%), el sexo del nacido (un 3,5%) y el resto por otras causas.

Esos mecanismos de consuelo, además, se relacionan con prácticas conocidas que tiene una gran importancia en relación con el asunto del aborto que trataré después. En muchas sociedades hay rituales de bienvenida al recién nacido que se extienden hasta plazos muy largos. Se solía decir que la razón fundamental de estos plazos era asegurarse de que el nacido es viable. Sucede, sin embargo, que dentro de esa viabilidad se incluye la voluntad de la madre o del padre de que subsista. Como dice Harris, «igual que los partidarios del aborto definen al feto como ‘no persona’ las sociedades que alientan o admiten el infanticidio hacen lo mismo con el neonato». Así, en el Japón premoderno, los parientes y amigos no felicitaban a los padres hasta que éstos manifestasen si iba a ser criado o no. Los famosos ¡kung consideran que el hecho de que se le dé nombre al nacido es la prueba de que la madre querrá criarlo y que no es una amenaza para sus hermanos. Los amahuaca de Perú simplemente no consideran «ser humano» al nacido hasta los tres años.

El infanticidio empezó a ser especialmente mal visto precisamente cuando los métodos anticonceptivos y el aborto se hicieron más seguros. Su uso generalizado a lo largo de la historia humana demuestra que esa idea de que las mujeres están programadas para tener una pulsión reproductora y para cuidar de todos sus hijos es, al menos, matizable. La realidad es que, en las sociedades avanzadas, estos sistemas de control de la natalidad (sí, el aborto es uno de ellos) permitieron rebajar el número de hijos y éstos se hicieron más valiosos porque en cada uno de ellos la inversión económica era cada vez mayor. Esto provocó el desarrollo de una cultura de protección de la infancia y muchas personas han interiorizado que siempre fue así.

Los seres humanos solemos confundir los productos de la evolución cultural con principios inmutables. Uno de ellos es el valor de la vida humana. Muchas personas creen que la vida humana tiene un valor absoluto y en ello basan su defensa de la abolición de la pena de muerte y el castigo del homicidio. No aceptan que el razonamiento sea simplemente práctico. Están infectadas por el mal de la «tolerancia cero». Ciertas cosas están mal y hay que perseguirlas o impedirlas nos cueste lo que nos cueste. Esa manera perniciosa de pensar es la que explica que el pánico ante el mal de las vacas locas llevase a la Unión Europea a una orgía de prohibiciones y de destrucción de ganado (incluso de incineración) sobre la base de unos riesgos mínimos —las medidas básicas se habían adoptado ya en Inglaterra— y ello pese a que ese proceso resultase tremendamente costoso y detrajese recursos que se habrían podido usar para evitar otras muertes. La manera razonable de pensar, sin embargo, es otra. En toda medida hay que evaluar sus costes y resultados predecibles, y minimizar los resultados dañinos hasta el punto en que seguir con esa minimización no provoque un gasto de recursos que puedan utilizarse para otros fines similares. Los seres humanos sí han sabido que la vida de un anciano o de un niño no era absoluta. Hacían cálculos y tomaban decisiones que eran admitidas por el grupo. Las leyes, incluso las penales, se basan en esos cálculos. Y si se han vestido de absolutos lo ha sido por el miedo a relativizar la vida humana, por ejemplo, y que eso dé lugar a un régimen como el nazi. Yo soy partidario de lo contrario. La mejor manera de evitar la vestidura de los valores absolutos (también existía esa vestidura en el nazismo, que llegó a perjudicar su esfuerzo de guerra por llevar al fin su locura racista y genocida) es precisamente insistir constantemente en que las sociedades y el derecho son un resultado cultural, que las normas suelen basarse en razones y que el avance se debe fundamentar en una ponderación serena de pros y contras.

Ayer, el ministro Ruiz Gallardón, ante una pregunta idiota dio una respuesta idiota. La pregunta era idiota porque definir el aborto como «derecho reproductivo» es un ejemplo de ese lenguaje enmascarador del que hablo en este artículo. Abortar es matar a un ser humano dependiente en un momento de su desarrollo y no tiene nada que ver con la reproducción, sino justo con lo contrario. Hace muchos años, cuando era adolescente, escuché a una mujer, en un debate televisivo, una frase que me impactó. Decía «cómo va a ser lo mismo matar a un niño que poner fin a unas cuántas células». Me parecía una forma de expresarse cruel. Con el tiempo comprendí que la realidad es mucho más complicada, que el ser humano lo es desde que tiene un genoma único, pero que no es lo mismo un feto de cuatro semanas que uno de siete, o un recién nacido que una persona de veinte años, y comprendí que el derecho debía llegar a soluciones razonables que evitasen que las mujeres abortasen jugándose la vida en cuchitriles infectos o que matasen subrepticiamente a sus hijos recién nacidos; y que controlar cuándo decides tener un hijo o no es importante, porque se relaciona con la vida de una persona que ya es adulta (la madre), de forma directa, y porque de esa decisión puede depender la vida de aquel que viene al mundo. Aprendí a descender a la realidad, a una realidad como la que encabeza este artículo, y a pensar en soluciones.

Por otra parte, hay muchas personas angustiadas por la proliferación de lo que consideran un crimen horrendo. Si hay una trivialización del aborto, esta se produce sobre todo en relación con los sentimientos de estas personas a las que se acusa, a menudo injustamente, de retrógradas.

Yo no puedo admitir que se me impongan dogmas sobre lo que es natural o no, y de ahí deducir nuestras instituciones jurídicas. No transijo sobre esto, pero también es un dato el que muchas personas consideren este un grave crimen y un problema que se oculta bajo las estadísticas. Por esa razón, hace mucho llegué a la conclusión de que –mientras se inventa un anticonceptivo ideal- sólo en un sistema equilibrado y que privilegiase la seguridad jurídica podría producirse un acuerdo básico. Ya sé que los que defienden que el aborto es un crimen horrendo, lo seguirán pensando aunque se prohíba a partir de una determinada semana de embarazo, pero tendrán que admitir que es «mejor» que se prohíba de forma eficaz a partir de esa fecha a que se permita en cualquier caso. La seguridad jurídica se obtiene fijando un plazo antes del cual se permitirá el aborto sin restricciones, y fijando consecuencias penales para los abortos a posteriori. Con un plazo razonable (salvo excepciones como el riesgo para la vida de la madre que es un caso típico de conflicto de derechos), ninguna mujer puede alegar que no ha tenido oportunidad de evitar un embarazo no deseado y la consecuencia sólo puede ser que, traspasado ese límite, el aborto sea delito. Y que lo sea de verdad es el pago que debe hacerse a los que se oponen al aborto en cualquier caso para encontrar ese lugar de acuerdo. Naturalmente, soy consciente de que esta posición no se admitirá por mucha gente, pero la creo razonable y, como es la mía, la expongo, antes de seguir adelante.

Decía que el ministro había dicho algo idiota. Me explicaré. El uso del término «violencia estructural» contra las mujeres que abortan —y que, se supone, sin esa «violencia» no abortarían— es una manera retorcida de introducir el debate sobre si el aborto debe o no ser legal, y en qué condiciones. La coacción ya es delito. Para evitarse la pregunta de qué hace un ministro que consiente que se cometan delitos en masa contra las mujeres que abortan, el señor Ruiz Gallardón habla de una violencia difusa que tiene que ver con las condiciones laborales, con las opiniones de los progenitores A, con el futuro profesional o laboral. Es asombroso. Ellas son ellas y sus circunstancias nos dice el ministro y abortan por sus circunstancias «violentas». Sin embargo, actuamos aplicando la ficción de que los seres humanos son libres y capaces de tomar decisiones conociendo que los hay más tontos o más listos, más agraciados o más feos, más ricos o pobres. Ya sabemos que la suerte influye y que tiene que ver con cosas como el lugar de nacimiento, el sexo, la clase social de tus padres, y tus características físicas. Es una ficción importantísima porque no hay alternativa. No podemos legislar para completar las decisiones de las personas, como un Gran Hermano que le indicará a él o ella cuál es la decisión correcta. La cuestión que hay que discutir es si el aborto debe o no ser legal. Si lo es, las mujeres mayores de edad y capaces deben poder decidir sin intromisiones. Y si el señor ministro quiere fomentar la natalidad que lo haga favoreciendo los nacimientos en abstracto, no intentando penetrar en la mente de una mujer que decide abortar. La libertad es eso: dejar de discutir las razones de la gente para hacer esto o aquello y que asuman las consecuencias de sus decisiones. Dejar de perseguir a los gordos, a los obsesos sexuales, a los machistas, a los zurdos, a los que fuman o se drogan, a los aficionados al fútbol, a los que escuchan a Amaral, a los que piensan cosas diferentes a las «correctas», sin perjuicio de que asuman las consecuencias de su conducta. Las que sean. El afán regulatorio es la manera de uniformarnos, mediante el procedimiento de demostrarnos que el Estado es más capaz que nadie de decidir qué nos conviene.

Nos han vendido una motocicleta brillante en la que todo se debe hacer por buenos motivos, que nos deben gustar los animalitos y no ser crueles, que debemos ser comprensivos y sentir empatía por la madre naturaleza. Por eso, cuando hacemos cosas que no concuerdan con ese mundo irreal, disfrazamos nuestro discurso y hacemos piruetas para justificar esas «pequeñas» disonancias. Esa es una forma de calmar nuestra mala conciencia y, de paso, de ceder nuestro raciocinio y nuestra capacidad de decidir en aquéllos que construyen sistemas en los que todas las causas y todos los efectos encajan maravillosamente. Yo prefiero la realidad. Es más jodida, pero no te engaña.

Creo que cambiaría poco del artículo. Supongo que no diría esquimales, por ejemplo, no sea que alguien se enfade (no un esquimal, claro, ya que es muy improbable que un esquimal lea este artículo). En fin, tonterías al margen, aunque el artículo ya responde a algunas cuestiones que plantea Óscar, creo que interesa añadir un par de reflexiones.

La primera tiene que ver con el concepto «derecho». Uno de los problemas del artículo de Óscar es que, siquiera como forma de plantear la discusión, asume la sacralización de la palabra derecho. No del derecho como ciencia o como conjunto de normas o leyes, sino del derecho como capacidad de hacer o de evitar que se haga, dicho de forma pedestre. Lo que tradicionalmente se entendía como derecho subjetivo, que en el caso de los llamados derechos humanos o fundamentales adquiere un aura casi religiosa (por derivar de una supuesta dignidad humana, ese constructo tan peliagudo).

La realidad es que basta con examinar cualquier regulación positiva y con darte un garbeo por su aplicación real para asumir que no existen los derechos subjetivos absolutos. Que son todos, incluso los más queridos, un desiderátum que encajamos con esfuerzo en la vida real, intentando maximizar, pero conscientes de sus limitaciones y excepciones. La discusión, en suma, se trampea. La cuestión no debe ser si el aborto es o no un derecho, sino si existe un derecho al aborto conforme a una regulación concreta, que establece definiciones, reglas, límites, formalidades. Por eso siempre que se discute sobre derechos y sus límites hay que descender al detalle, a ser posible incluyendo en la discusión el texto que se propone como regulación. Y por eso esos ejemplos que trae Óscar a su artículo de gente que hace proclamaciones altisonantes son en general mera cháchara para evitar la discusión en profundidad, quizás porque, como dice el articulista, es más fácil escribir un eslogan y exhibir una pancarta que entrar en el asunto en serio.

La segunda reflexión se relaciona con la anterior. Dice Óscar que el debate sobre qué es una persona excede a la ciencia y nos lleva al terreno de las intuiciones morales. Sí y no. Excede a la ciencia, pero también a la moral. De hecho, la ciencia y la moral (ambas) son instrumentos esenciales en esta discusión, porque sin ellas careceríamos de una serie de datos y elementos, así como de un sistema para integrarlos en un discurso coherente. Pero la definición, en mi opinión, tampoco es moral. La definición es jurídica y, por tanto, intrínsecamente deficiente y ad hoc. Porque nace en el terreno de las aproximaciones, de las fronteras dudosas, de la reconsideración continua, del acervo, de la experiencia del pasado y las novedades producidas por la evolución del conocimiento y la evolución de las sociedades, de las excepciones, los límites y el casuismo. De las reglas y sus consecuencias, interpretadas una y mil veces, entre balbuceos, en un continuo que se retroalimenta y que es consciente de la inabarcabilidad de la vida.

Por decirlo de forma telegráfica: no se puede responder en serio a la cuestión del aborto con un lema que quepa en un tuit.

Menuda perspectiva

Hace tres años escribí esta entrada. Les invito a que la lean.

En ella analizaba la noticia que anticipaba los problemas e injusticias de una posible aprobación de una reforma del Código civil que estableciese la prohibición de estancias o comunicaciones de hijos menores con padres acusados de cualquier delito relacionado con violencia doméstica.

Y contaba una historia. Un caso que llevaba entre manos. Lo retomo:

Un hombre —mi cliente—  y una mujer tienen una hija, menor de edad. Surgen problemas entre ellos, que no voy a contar, porque no viene al caso y por no crear prejuicios al que lea esto. El caso es que terminan yendo a abogados que presentan demandas. Ella además presenta una denuncia: amenazas, agresiones e incluso agresión sexual. Lo detiene la policía y pasa dos días en un calabozo. Él es muy cuidadoso. Lo anota todo. Lo guarda todo. Lo graba todo. Por suerte, las enormes inconsistencias de ella —y las mentiras— dan lugar a un sobreseimiento inmediato, pese a la gravedad de las acusaciones. Recurre en apelación. La audiencia confirma el archivo. Viven en la misma casa, en habitaciones separadas; pero ella se mete en la cama de él, lo empuja, lo provoca. Él conserva la calma, mientras lo graba todo. Poco tiempo después, unos amigos de ella, a la que creen una víctima, pegan a mi cliente. Mi cliente denuncia y obtiene una sentencia condenatoria contra los agresores. Sigue: la mujer termina marchándose de la vivienda familiar, pero llevándose a la niña con ella e impide al padre que la vea. Presentamos una denuncia por secuestro, a sabiendas de que no prosperará, ya que el conflicto está judicializado. Se archiva la denuncia, pero el padre durante dos meses no ve a su hija. Las pocas veces que logra hablar con ella, la niña carga al padre de reproches: que ya no la quiere, que la ha abandonado. El padre es incapaz de explicar a su hija que tiene que esperar a un juicio que tarda en celebrarse diez meses. Mientras tanto, ella le comunica al padre que puede recoger a la niña: es una trampa. Pretende aprovechar ese momento y provocar un nuevo conflicto. Él lo graba todo y va acompañado de testigos. Ella denuncia, pero el procedimiento se abre y se cierra cuando la fiscal comprueba, por las declaraciones de los testigos y las grabaciones, que la denuncia es una burda mentira, tras «aconsejar» a la madre que retire la denuncia antes de que el asunto pueda perjudicarla. Él se niega a denunciarla por denuncia falsa, a pesar de que en las resoluciones constan los elementos de su falsedad, porque no quiere estropear la mínima posibilidad de establecimiento de un régimen civilizado. Dos denuncias, ambas objetivamente falsas, de esas que no aparecen en las estadísticas de denuncias falsas. Se celebra el juicio por la custodia. Mi cliente ha pedido la custodia para él y, en su defecto, la custodia compartida. Juez y fiscal, ambas mujeres, «abroncan» a la madre, que miente manifiestamente en el juicio, reconociendo los esfuerzos del padre por mantener el contacto con su hija y ocuparse de ella, pese a las maniobras de la madre. A pesar de dos denuncias previas por maltrato, se acuerda un régimen de custodia compartida.

Hoy, más de un año después, y tras aguantar —por mi consejo— incumplimientos constantes del régimen por la madre, además de tras una serie de episodios que no voy a contar, mi cliente va a pedir la custodia para él. Él es un padre responsable y cariñoso. Su hija tiene un hogar estable cuando está con él. Ella es irresponsable y está perjudicando gravemente a su hija, que quiere vivir solo con su padre.

Anticipaba en la entrada los problemas que habría tenido en el caso de que esa reforma hubiese entrado en vigor. Desde el 03/09/2021 ya está en vigor algo no tan radical, ya que siempre cabe que el juez se aparte de la respuesta prevista por defecto, pero que obliga al juez a un esfuerzo de motivación que supone, en mi opinión, un ataque directo a la presunción de inocencia. No voy a extenderme más sobre los efectos perniciosos y liberticidas de esta deriva. Me remito a mi entrada anterior. Pero sí quería explicarles qué pasó con mi cliente, con su hija y con mi nueva demanda.

Como explicaba, en el procedimiento inicial se estableció un sistema de custodia compartida (al que se oponía la madre). Hoy, una medida así habría requerido una justificación extraordinaria.

Mi cliente solicitó la modificación de medidas al año y medio. Y se dictó sentencia que atribuía la custodia al padre y un régimen de visitas a la madre.

Durante dos años, el padre hizo todo lo posible para que el régimen de visitas funcionase, pero ha sido imposible por los incumplimientos y la irresponsable conducta de la madre. Finalmente, hace unos meses tuvimos que presentar una nueva modificación de medidas para solicitar que no hubiese ningún régimen de visitas y que la hija, que ya es adolescente, decidiera si, cuándo y cómo quiere relacionarse con su madre.

Ahora, con la reforma ya en vigor, se ha acordado lo que pedíamos. El padre es el único custodio y la hija puede, si lo desea, no relacionarse más con su madre.

Por un lado piensas que las instituciones han funcionado. La jueza y los fiscales que han intervenido lo vieron.

Por otro lado, asusta saber qué lo que ha conseguido este hombre, tras cinco años de pelea, es cada vez más difícil. Y asusta preguntarse qué habría sido, de haber obtenido la madre lo que quería, de esa niña (que hoy es feliz con su padre y obtiene unos rendimientos escolares estupendos). La perspectiva es atroz.

Y la muerte no se dejó encontrar

Hoy voy a hablarles de un titiritero. Uno de esos tipos que maneja los hilos de la historia tras las bambalinas; sin aparecer. Uno de sus auténticos y desconocidos protagonistas.

Vale, estaba de coña y ese párrafo es un ejemplo de mala literatura. Mala literatura típica de aficionados a las historias secretas y paralelas. Si el tipo es desconocido normalmente es porque no hizo nada relevante. Y además no suele ser tan desconocido. Solo pasa que uno lo descubre un día y actúa como el que dice «esto no lo leerán en ningún medio» cuando el sucedido ha aparecido urbi et orbi.

Lo que sí hay es gente que carece de relevancia, pero no de interés. Gente que aparece en todas las fotografías; ahí en una esquina, borroso, como el que intenta hacerse sitio. ¿Recuerdan El secreto de sus ojos? ¿El tipo de mirada torva? Pues eso: el tipo de mirada torva aparece en todas las fotos y uno se pregunta quién cojones es.

Carlo Camillo Di Rudio era hijo de un conde. Un segundón. Lo meten con quince años, con un hermano, en una conocida academia militar milanesa (entonces Colegio Imperial por eso de que Milán pertenecía a un imperio) y en 1848, cuando los milaneses se alzan contra el opresor (¡Viva Verdi!) ve cómo sus compatriotas los atacan. Se retira con el resto de «imperiales», pero en la retirada comprueba lo mal que tratan los extranjeros a los suyos y deserta. Esto lo cuenta él, muchos años después y hay que tomarlo con distancia, pero ¿por qué no va a ser verdad? Al parecer, el detonante es la violación de una joven italiana por un soldado croata, al que mata con la ayuda de su hermano. En resumen, se convierte en un patriota y se va con el hermano a las barricadas venecianas, a combatir a los austríacos. Allí muere el hermano de cólera y él empieza su tour revolucionario. Pasa por la joven república romana de Mazzini y se supone que conoce a Garibaldi y forma parte de su guardia personal, pero ya saben que el lugar era pelín inestable, así que se pira a París, a unirse a los opositores a Napoleón III, que andaba dando golpes de Estado. Por lo visto estuvo poco, porque se supone que regresa a Italia y le pasan cosas durante seis años un tanto oscuras. Que si embarca en Génova para ir a América, pero naufraga y termina en España. Que si estuvo preso de los franceses, tras la derrota romana de los garibaldinos, pero logró escapar de la prisión (como su luego colega de andanzas, el famoso Orsini). Que si se dedicó a recaudar y mover fondos por el norte de Italia para la causa nacionalista y estuvo a punto de ser capturado por los austríacos, salvándose a punta pistola en una barca que atravesó el lago Lemán para llevarlo a salvo a Suiza (a los remos iba el desafortunado propietario de la barca).

Pongamos que todo eso es verdad o mentira. Lo que sí es seguro es que en 1855, con veintitrés años, se establece en Inglaterra y se casa con la hija de un pastelero. He leído que tuvo cinco hijos y que trabajó de jardinero. Lo segundo, puede; lo primero parece una hazaña, ya que tres años después vuelve a las andadas y se mete en una conspiración. Aunque hay trampa. Carlo volvió con su esposa tras un nuevo episodio revolucionario, este sí perfectamente documentado.

El 14 de enero de 1858 Felice Orsini y su simpática pandilla atentan contra Napoleón III cuando va camino de la ópera, para asistir a una representación de Guillermo Tell (jeje). Lanzan contra el emperador tres bombas y el tipo sale ileso, aunque mueren ocho personas. Entre los conjurados se encuentra Carlo, que imagino estaba aburrido de hacer hijos y plantar coliflores. Todos fueron detenidos o eso creyeron los franceses. Se salvó de la guillotina, dicen, gracias a la intervención de su esposa, que escribió a su diputado, que escribió a la reina Victoria, que escribió al Napoleón pequeño.

La condena se conmutó por prisión perpetua en la Isla del Diablo. Allí la gente caía como moscas (también los guardias) y Carlo se propuso escapar. A la segunda lo consiguió —aunque es posible que la huida fuese desde el continente y no desde la isla—. Un puñado de condenados asaltó un barco de pesca y pudieron llegar al actual Surinam, de allí a la Guyana inglesa y de allí de vuelta a Inglaterra. Volvió famoso, ya que la tumultuaria huida había sido sonada, y se dedicó a dar conferencias. Los franceses estaban muy cabreados y los ingleses tampoco veían con buenos ojos las actividades del amigo, al que había salvado la reina de la muerte. Así que Charles (ya ha dejado de ser Carlo) decidió emigrar de nuevo, por si las extradiciones, pero esta vez rumbo a Estados Unidos.

Llega en 1864 y, ya lo imaginan, se alista como soldado raso en el ejército de la Unión. Pero como sabía de verdad de las cosas estas de la milicia, lo hicieron oficial y lo pusieron a mandar en un regimiento de soldados negros en Florida. Parece que luchó con valor y tras la guerra pidió su ingreso en el ejército regular. Aunque al principio se le denegó por una supuesta cuestión testicular (no es que no tuviese huevos, es que los médicos decían que uno de sus testículos era más retraído que el propietario) que se interpretó como una conspiración ocasionada por el pasado turbio del personaje, al final logró el nombramiento y terminó en caballería.

Algunos compañeros de profesión lo llamaban, por eso de ser hijo de conde y por su altanería, Count No-Account. Puede que la mala fama le viniera también de perseguir a peña del KKK y proteger a población negra a la que algún terrateniente no dejaba votar, aunque las malas lenguas aseguraban que su motivación era otra y que el terrateniente había sido general de Napoleón III. A saber. Lo que sí es seguro es que ascendió a teniente y lo enviaron a Montana. Al 7º de Caballería.

¿Van comprendiendo lo de la foto, verdad? Efectivamente, el teniente Charles participó en la batalla de Little Bighorn. Si recuerdan la batalla, Custer (muchos dicen que para atribuirse el mérito) dividió sus fuerzas y las que él mandaba directamente (cinco compañías) fueron aniquiladas (por cierto, Charles fue el encargado de contar los cadáveres). Las otras siete compañías, reagrupadas tras numerosas bajas, pudieron aguantar y ser rescatadas. Charles, poco antes, era segundo al mando en la compañía E, pero al cambiar de destino el primero al mando, Custer colocó allí a un amigo y trasladó al conde (que al parecer era el auténtico jefe de la compañía), para que no hiciese sombra a su colega. Así que fue a la compañía A, al puesto que ocupaba el enchufado. Todos los miembros de la compañía E murieron en la batalla (entre ellos el nepote) y esa intriga salvó de nuevo a Charles de palmarla. Eso sí, pasó un par de días complicados, huyendo de los indios, hasta que pudo volver con sus camarada: Esos dos días incluso dieron lugar a acusaciones de supuesta cobardía, que finalmente fueron desestimadas.

Participó poco después en la guerra Nez-Percé, famosa por la persecución al jefe José y sus palabras estilo Diez Osos —I am tired of fighting— que no sabemos si fueron suyas o de uno que terminó siendo abogado y poeta. Ascendió a capitán y lo enviaron a Texas. En una de sus entrevistas contó que había conocido a Gerónimo. No me extrañaría nada. Después de tirar una bomba al paso de Napoleón III y Eugenia de Montijo, presumir falsamente de haber conocido a Gerónimo parece un tanto absurdo.

Se retiró con el grado de mayor y se marchó a California con su esposa inglesa y sus hijos. En esos años dio entrevistas y confirmó a un biógrafo de Orsini que había un quinto hombre en Dallas e incluso lo delató: Francesco Crispi, uno de los más importantes políticos italianos de la segunda mitad del siglo XIX, que había llegado a ser primer ministro de Italia y que aún estaba vivo. A lo mejor era una trola.

A saber si no era todo una trola.

Charles Di Rudio murió en 1910. En la cama. O no, y está como el Conde de Saint Germain dando por saco por ahí. Por si acaso, por si lo ven, les pongo su foto.

Ocho putas negras, un funcionario corrupto y un libro contaminado

Geoffrey Robertson es un abogado británico/australiano de gran renombre profesional en el campo de los derechos humanos. Como les he enlazado su página de wikipedia, mírenlo allí y así no pierdo tiempo. También es conocido por sus libros de divulgación y por su trabajo en televisión.

Uno de sus libros es Crímenes contra la humanidad: la lucha por una justicia global.

Es un libro interesante, que ya había leído hace años. Lo volví a hojear hace poco porque estuve viendo la recomendable serie sobre los juicios de Tokio que pueden encontrar en Netflix y tuve la sensación de que algo contradecía lo que recordaba del capítulo del libro sobre el tema. El caso es que empecé a releer el libro y he llegado al momento en el que comenta la desastrosa conferencia de Durban conocida como Durban I, que tuvo lugar en 2001. Los más viejos recordarán las noticias de prensa de entonces, muy centradas en el circo que se montó, justo antes de los ataques del 11 S contra estados Unidos. Era verano y había pocas noticias hasta que llegó la noticia que nos hizo a todos olvidarnos de los payasos de aquel circo, esos siniestros tiranos que andaban dando lecciones.

Pues bien, el libro, al narrar las contradicciones entre los loables objetivos perseguidos y la realidad de lo que iba sucediendo, cuenta esto:

«El delegado marroquí, inmediatamente después de votar a favor de poner fin a la prostitución del Tercer Mundo, alquiló para satisfacer sus deseos privados a varias trabajadoras del sexo negras, que le robaron y le mataron: un siniestro regalo para los cínicos de los medios de comunicación, que únicamente ven corrupción e hipocresía manifiestas de estas verborreicas celebraciones de la ONU»

No sé por qué, pero, al leerlo ayer, se activó mi sentido arácnido y decidí buscar la información en esos cínicos medios de comunicación de los que habla el autor.

Y esto es lo que he encontrado:

a) El nombre del «delegado marroquí» es Mostafà Souhir y no era delegado marroquí. Era marroquí de nacimiento, luego estudiante de Ciencias Políticas en Florencia y residente desde entonces en Italia, en donde se dedicó al activismo en el campo de los derechos humanos. En 1997 empezó a trabajar para o en COSPE, una asociación italiana centrada también en el campo de los Derechos Humanos y el desarrollo sostenible.

De hecho, Souhir fue a Durban representando a COSPE. Es decir, no solo no era delegado marroquí, sino que no era delegado de ningún país. Tenía 33 años al morir.

Saco esta información de aquí.

Y es llamativo que Souhir dio su nombre a una serie de premios por la multiculturalidad en los medios. Aquí tienen el de 2005 (hay más).

Por supuesto, esa biografía elogiosa y el uso de su nombre para designar un premio no son garantía de nada, pero es obvio que no es igual que el asesinado fuera un funcionario oficial que representa a un Gobierno (¡africano!) a que fuese un señor que solo representaba a una ONG italiana.

Por cierto, era fácil saber que no representaba a Marruecos. Sale en las noticias a nada que busques. Por ejemplo, en The Guardian.

b) El libro dice que el fallecido alquiló a varias trabajadoras negras para satisfacer sus deseos.

Si leen la noticia que antes he enlazado, lo que se cuenta en ella es que Souhir invitó a una copa a una mujer, a la que que luego le pidió que le acompañase a su habitación, que otra mujer le dio unas tabletas, que se las echaron en la cerveza a Souhir y que el tipo se murió mientras ellas intentaban reanimarlo. Y que luego se les unieron 6 mujeres más y robaron al pobre desgraciado.

La noticia, sin embargo, no es muy precisa. Aquí y aquí se cuenta con más detalle.

Si nos basamos en esas noticias, que a su vez se basan en las declaraciones de las ocho mujeres, lo que resulta es que Souhir le dijo a la mujer que no podían ir a su habitación (a la de él), porque la compartía con otras personas; que entonces ella lo llevó a una habitación que compartía con otras mujeres; que una de ellas estaba allí o llegó más tarde y le dio las pastillas (querían drogarlo y robarle); que el tipo empezó a morirse e intentaron reanimarlo, mientras iban llegando más y más mujeres; que metieron el cadáver bajo la cama al llegar la seguridad del hotel, mientras reprochaban a la primera mujer el lío en el que les había metido. Y que después de esto, le cogieron la llave de la habitación a Souhir, fueron allí y le robaron.

Ojo, esta es la declaración de ellas. La de él no la tenemos. Ni siquiera sabemos si fue él quien se aproximó a ella o si fue él quien le propuso ir a una habitación.

Pero démoslas por buenas. Solo con esta información queda claro que no alquiló a varias mujeres. Ni siquiera está claro que supiese que la única mujer que supuestamente abordó era una prostituta. No hay ningún lugar en esas noticias en el que se afirme que él quería pagar a cambio de sexo. En realidad, lo que se cuenta es perfectamente compatible con una historia en la que una mujer engaña a un tipo para drogarlo y robarle.

c) El libro dice que el «delegado marroquí» hizo esto «inmediatamente después» de votar a favor de acabar con la prostitución en el Tercer Mundo.

Me llama sobre todo la atención la expresión «inmediatamente después». Creo que esto es lo que hizo que saltara mi alarma. Era demasiado bonito. Esa tarde el (imaginemos) sudoroso, viejo y gordo delegado corrupto vota poner fin a la prostitución y justo después se agencia ocho putas negras.

No puedo decir qué hizo ese día el pobre Sohuir. Internet no da para tanto. En todo caso, no pudo votar nada en la Conferencia, porque no era miembro de la delegación de ningún país. Pudo quizás intervenir como observador. O participar en lo que se llamó foro de ONGs. Ese foro no era oficial.

La verdad es que no puedo probar que la afirmación «inmediatamente después de votar a favor de poner fin a la prostitución del Tercer Mundo» sea falsa. Pero, qué quieren que les diga, después de todo lo anterior, no tengo dudas de que es una trola para redondear la historia. Sacada seguramente del hecho de que la resolución firmada, la oficial, la de los países, efectivamente, contuviera una referencia a la prostitución en el Tercer Mundo.

En fin, menudo rollo les he contado, ¿eh? Pero es que no vean cómo me joden estas cosas.

¿Y ahora qué hace uno con el resto del libro?

Temo, luego existo

En el mes de agosto de 1944, nosotros, internados cinco meses antes, nos contábamos ya entre los veteranos. Como tales, nosotros, los del Kommando 98, no nos habíamos asombrado de que las promesas hechas y el examen de química aprobado no hubiesen tenido consecuencias: ni asombrados ni demasiado tristes: en el fondo, todos teníamos cierto temor a los cambios: «Cuando se cambia, se cambia para peor», decía uno de los proverbios del campo. Mas en general la experiencia nos había demostrado ya infinitas veces la vanidad de toda previsión: ¿con qué objeto esforzarse en prever el porvenir cuando ninguno de nuestros actos, ninguna de nuestras palabras lo habría podido influenciar en lo más mínimo? Éramos viejos Häftlinge; nuestra sabiduría consistía en «no tratar de entender», ni imaginarse el futuro, no atormentarse por cómo y cuándo acabaría todo: no hacer y no hacerse preguntas.

¿Conozco el miedo? Me lo pregunto seriamente por no acumular más palabras inútiles y por no perpetrar nuevos énfasis. Primo Levi, en Si esto es un hombre, tarda pocas páginas, las mismas que lo llevan a Auschwitz, en decir «Ya no teníamos miedo». No creo que mienta, aunque más tarde utilice la palabra miedo varias veces. Su narración es un work in progress. El mismo Levi lo explica mejor, lo pienso desde mi ignorancia, en el párrafo que comienza este artículo. El miedo se enraiza en la previsión. Lo hay cuando hay futuro.

Suelo mencionar una frase maravillosa de Polibio que conocí en la inigualable obra de Basil Liddell Hart, Estrategia: la aproximación indirecta, y que viene a decir que para el hombre lo más insoportable es la incertidumbre y que, una vez ha tomado una decisión, es capaz de arrostrar las más terribles dificultades. La incertidumbre y el miedo fueron paridos por la misma madre. Los seres vivos somos extravagantes centros de disipación, aceleradores de la muerte térmica, estructuras transitorias, mejoradas por un impulso destructor. Y la muerte es la cuenta que nos trae la naturaleza después del festín.

Hay quien dice que no tiene miedo a la muerte. Incluso parecen existir pruebas circunstanciales de ello, aunque nunca conoceremos la verdad sobre tan interesante cuestión: los únicos testigos válidos no pueden ser traídos al tribunal porque están muertos. Admitamos como hipótesis verosímil que la frase «peor que la muerte» no solo sea un lugar común: cómo es posible que nos dé más miedo lo que pueda sucedernos que el propio hecho de dejar de existir y que, pese a ello, admitamos tanto para seguir viviendo.

Levi, en uno de los lugares más espantosos que pueda imaginarse, incurre en una aparentemente paradójica contradicción: afirma que tenían miedo al cambio, porque siempre era para peor, para luego afirmar que supieron de la vanidad de la previsión y decidieron no atormentarse por cómo y cuándo acabaría todo.

Creo, con una convicción llena de dudas, que la fuente principal del miedo es la incertidumbre. Es también la fuente de nuestro placer. Así, en cierto sentido, nuestro miedo sería producto de nuestro afán por ser felices. Las religiones, esas adormideras, lo saben bien: siempre intentan asegurar un estado final inmutable. No es que esa eternidad lo sea de felicidad por alguna cualidad añadida. Llaman felicidad a la ausencia de miedo. A la parálisis. A la nada. Al todo. A esas metáforas en las que fluimos hacia la quietud eterna. La manifestación más extrema de esta perversión se encuentra en el budismo, enemigo del yo.

Nuestro afán por el placer es tan poderoso que siempre hay quien explora caminos nuevos. La cultura es «lamarckiana»: los aciertos, tanto los imaginados como los insospechados, pueden ser retenidos. Y llegamos a deshacernos voluntariamente de lo que nos es absolutamente inútil, sin acumular órganos vestigiales. Los avances y la acumulación son resultado de la tensión entre el miedo a lo nuevo y la búsqueda de la felicidad.

Levi dice que tenían miedo al cambio porque siempre era para peor. Vivían y no querían dejar de vivir. No, al menos Levi, ni aquellos que no se quitaron la vida. Sin embargo, poco después afirma que su sabiduría consistía en no querer prever el futuro. No imagino nada más angustioso que saber que cada futuro segundo está en las manos de decisiones ajenas a toda racionalidad. Que no sirva para nada decidir hacer o no hacer, que cualquier cálculo sea inútil. Pese a ello, Levi afirma que se acostumbraron. Que crearon en su mente una rutina que consistía en no tener rutina alguna. Que para no tener miedo al cambio excluyeron que el comportamiento arbitrario de sus verdugos se incluyera dentro del cambio. Es como si sus guardianes se convirtieran en el fondo, en el paisaje, como fenómenos naturales, como lo que los anglosajones llaman actos de Dios. Es como si en las mentes de esas pobres gentes los nazis ya no fueran hombres.

A nosotros nos parece terrible. Nos atemoriza físicamente un lugar así porque es imposible, sin sufrir el mal en grado tan extremo, alcanzar el estado psicológico de los que sí lo sufrieron, hombres para los que el futuro era ese lugar en el que no cambiaba nada, en el que su vida solo consistía en estar vivos, porque se les había privado de la oportunidad de escoger.

Por eso creo que vivir sin miedo es imposible. Hay placer y miedo, como ruido de fondo, en el simple hecho de poder actuar, es decir, de estar vivos. 

Avanzamos a tientas, intentando sucesivamente distinguirnos y camuflarnos. Cada decisión es la apertura de oportunidades para el error y el dolor, pero es la única manera de vivir. Y cada estructura creada, cada regla moral, cada costumbre, cada ley, son pasos sobre sagrado, mosquetones que aseguran las cuerdas con las que nos asomamos a los abismos. Somos conservadores por miedo. La incertidumbre es la fuente del miedo porque nos impide prever el futuro. Cuando repetimos caminos conocidos lo hacemos porque son los que nos permiten calcular las consecuencias de manera más fiel. Sí, lo sabido y perfectamente anticipado nos puede dar miedo o placer, pero de forma trivial. Lo prueba la disminución progresiva del placer y del dolor cada vez que recorremos el camino trillado. El éxito de las disciplinas dirigidas a controlar el miedo, a minimizar sus efectos, se basa precisamente en replicar situaciones que generan el estado mental que se pretende dominar. Es decir, se basa precisamente en la previsión y la repetición. No me extrañaría que alguien que busca controlar el miedo a toda costa tenga un miedo insensato por el miedo mismo, por dejarse llevar por él.

El miedo no mata la mente. A la mente solo la mata la muerte. Temes, luego existes.

Artículo nº 5

Cierto reyezuelo indio adoraba despeñar elefantes. No por presenciar la barahúnda de polvo y muerte, sino por el placer de escuchar los chillidos de los aterrorizados animales al precipitarse. Ese reyezuelo se despeñaba también, entregándose a un vicio, al que nosotros llamamos maldad, que estaba al alcance de su mano. Podía hacerlo porque era poderoso.


El poder se ha demostrado con frecuencia así, con excesos inimaginables y prohibidos para el común, a menudo con consecuencias irreversibles. Qué mayor exceso y libertinaje que quitar arbitrariamente la vida de otros por placer. En esta última frase, la clave no es, sin embargo, placer, sino arbitrariamente, y voy a intentar explicar por qué.


No se puede derrochar si no se tiene, pero lo que más importa para que el exceso sea, simultáneamente, inadmisible y deseado, no es la presunta inutilidad destructiva de tal acto, sino su naturaleza «delictiva». El potlatch, esa ceremonia de algunas tribus indias del noroeste de Norteamérica, es un buen ejemplo de desenfreno reglado, por paradójico que esto pueda resultar a primera vista. Los jefes disputaban por demostrar su riqueza, repartiéndola a manos llenas, pugnando por adquirir a ojos de los demás la altura exigida por el carisma. Algo similar sucede con esas fiestas nacidas como ritos de adoración a la naturaleza que se transformaron en una válvula de escape que permitió a los súbditos reírse, aunque fuera por poco tiempo, de las reglas y orden «natural» de las cosas, y hacer más liviana la brida de los señores naturales. Esos excesos no me interesan ahora: como digo, son simples espitas de seguridad. Cuando Giambattista Basile quiere entretener al pueblo, disfraza su propósito: cuenta que lo hace para que ría la imaginada Zosa, hija del rey de Vallepelosa, a la que no alegran ni titiriteros ni artistas, hasta que una vieja arpía le enseña su coño peludo. Los cincuenta cuentos de Basile pintan un carnaval literario, lleno de vida y ventosidades. Sin embargo, es un jardín de las delicias demasiado cercano, como en la primavera del mundo, ingenuo y bienintencionado, en el que nadie tiene culpa de nada porque los niños son irresponsables.


Tampoco son «delictivos» los deseos a menudo malentendidos de Gengis Kan: no creía que hubiera mayor placer que matar a sus enemigos y poseer a sus mujeres, pero no decía con ello nada con lo que no pudiera estar de acuerdo cualquiera de los nómadas que compartían tienda con él. Más aún, la ley que dice que la palabra del kan es ley no es arbitraria siempre que el kan no se aparte de lo que cualquiera de sus hombres haría en su lugar. Es una especie de imperativo kantiano avant la lettre.


Por poner un ejemplo de lo contrario: Wu Zetian —el famoso emperador hembra chino— fue acusada, además de muchas otras cosas, de libertina durante mil trescientos años, hasta que la viuda de Mao intentó —y en parte consiguió— rehabilitar su memoria. Esas acusaciones parecen un tanto extravagantes teniendo en cuenta que la corte de los emperadores Tang, con sus ocho categorías de concubinas, era un sitio en la que lo del fornicio con personas de igual o diferente sexo, en parejas o grupos, era bastante habitual. Sin embargo, las acusaciones tenían su parte de verdad. Wu era demasiado monógama y abusaba al no compartir el semen del emperador Gaozong. Hacía algo en contra de lo admitido. Ese es el terreno de la arbitrariedad, el terreno en el que nace la anécdota, falsa sin duda, de los mandatarios romanos que pidieron licencia al Papa romano para el pecado de sodomía durante los meses de la canícula. Roma, el lugar del que manaban todas las prohibiciones, fue siempre centro de libertinaje, campeona de la prostitución masculina y femenina, hasta el punto de que, en el Renacimiento, uno de cada quince de sus habitantes se dedicaba a profesión tan venerable.


Un poco a empellones me acerco a esa definición ad hoc de arbitrariedad.

Habrá quien piense que la reacción contra la rigidez de los sistemas morales y de las estructuras de dominación se produce en gran medida cuando algunos genios rompen con ellos, demostrando que no se basan en algo inmutable. Y que una de las mejores formas para lograrlo es el comportamiento libertino, ya que libertino sería simplemente una calificación moral, para un tiempo y un lugar, derivada precisamente de esas estructuras. Esta idea romántica me parece un mito. En realidad, puede haber sido al contrario: el libertino auténtico es un producto «aristocrático» y lo que queda, una vez van desapareciendo las zonas grises de arbitrariedad, es un imitador.


Cualquier cosa prohibida para la mayoría podía ser admitida por la minoría gobernante siempre que no pusiera en peligro su dominación. En el caso extremo del gobernante absoluto, ni siquiera este requisito era exigible, aunque de pocos gobernantes se puede decir que hayan sido realmente absolutos. Por esa razón, los más famosos libertinos han sido personas que pertenecían a las clases altas o estaban protegidos por ellas —qué eran sino un juguete de esas clases aristocráticas lo que ahora llamamos artistas e intelectuales— y sus excesos se veían como asuntos de familia. Eso es lo que no comprendió Oscar Wilde cuando decidió acusar al marqués de Queensberry de injurias por haberle llamado sodomita. El crimen que lo llevó a prisión fue la publicidad. Mejor dicho, su libertino deseo de exceso de publicidad. Sin embargo, en el siglo XVI, el insidioso y pródigo Pietro Aretino fue apaleado varias veces y eso no le impidió prosperar en las cortes de la época: no sólo no discutió su lugar, sino que hizo intentos por escapar mediante el capelo de cardenal.


No es el ejemplo de personajes excepcionales —y no introduzco aquí un componente valorativo— el que va abriendo a las sociedades hacia sistemas morales más laxos. Es la limitación de la arbitrariedad y, en gran medida y como consecuencia de ella, del libertinaje de los poderosos. Es posible que algún magnate pueda permitirse esclavizar a niños y utilizarlos en orgías, pero eso, en sociedades avanzadas, es muy peligroso y debe llevarse en secreto. También lo es que, en esas mismas sociedades, los psicópatas ya no pueden disfrutar de su psicopatía en público, salvo en situaciones de excepcionalidad, como han hecho en tantas ocasiones tiranos y tiranuelos. Sólo se ha dejado al margen —y veremos por cuanto tiempo— el placer de la autodestrucción.


El libertinaje era una «riqueza de lujo». Al entrar en los palacios, revolvimos en los arcones, nos pusimos sus pelucas y comimos hasta hartarnos. Al menos así lo hicieron los que se atrevieron. Eso fue la revolución sexual. No podía basarse en la violencia o la dominación porque la arbitrariedad había muerto, pero ¿lo demás? ¡Lo demás era maravilloso! Despojado del lado turbio, parecía una vuelta a un edén desordenado.


Ahora, tras esa comilona, ha vuelto la normalidad. Vivimos en un deseo de pequeño potlatch permanente. Creemos que podemos aspirar a hacer lo que queramos y que no hay nada que no esté a nuestro alcance porque tenemos el catálogo a mano. Que podemos derrochar como aquel marqués de Osuna que tiraba los platos de oro al Neva para asombrar al zar de todas las Rusias. Pero no, la «moralidad» se está recomponiendo bajo las leyes de lo políticamente correcto. No podrás tirar tus platos al Neva, aunque sean de hierro, porque la propiedad está limitada por su utilidad social; no podrás excederte en tu comportamiento sexual, no sea que alguien vea en ello una cosificación del otro, sobre todo si es mujer; no podrás comer demasiadas grasas porque la obesidad será un vicio; no podrás pensar nada que vaya contracorriente, porque serás un apestado; no podrás autodestruirte, en alguna forma que te haga felizmente desgraciado, porque la sociedad tutela tu bienestar.


Pero, pese a ello, la pulsión se mantiene. Para satisfacerla la gente consume sucedáneos de riesgo, desenfreno y locura, hechos con plantilla, protocolo de intenciones y seguro de viaje. Ser un puerco de la piara de Epicuro, pero con pringao de catorce pagas y dietas en el papel del famoso filósofo griego. Todo está al alcance. Todo está descrito. No hay sorpresa.


Supongo que era inevitable, lo del péndulo y tal, pero ¿tanto costaba seguir con las pelucas puestas y no dejar entrar a los aguafiestas? Ahora, la corriente subterránea del exceso prohibido reclama la libertad para actuar contra la inercia del have a nice day. De algo así hablaba, con humor, Joe Haldeman en La guerra interminable, con la imposición moral de la homosexualidad y la conclusión lógica del humano único clonado. Así que, quién sabe, quizás, como Wu, haya que ser monógamo para romper las reglas y dar la nota.

Póngase en pie el acusado

Sobre un fondo negro se va perfilando, primero borrosa, la silueta de un hombre que se acerca caminando, hasta que notamos que lleva un niño en brazos. Se escucha el inefable adagio del concierto para piano nº 23, K. 488, de Mozart.

Cuando el actor y director francés, Marcel Bluwal dirigió en 1982 una coproducción europea destinada a contar la vida de Mozart, creó uno de los más felices comienzos que recuerdo, una joya sin más adorno que la música de su protagonista; tan impactante, que la imagen de Mozart se me presenta desde entonces así, dormido, niño, en brazos de su padre, Leopold.

Esta serie, llena de logros, hoy está prácticamente olvidada. No merece ese olvido. Sus primeros capítulos, en particular, eran excelentes. Sobre todo por el inmenso acierto de su director al elegir al actor que interpretaría a Leopold Mozart, el gran Michel Bouquet, y por la fortuna de contar con dos Mozart, niño, enormemente convincentes. Uno de ellos, Karol Beffa, es hoy un conocido compositor.

(Un carruaje llega a una posada. Baja Leopold Mozart. Su hijo, de apenas cinco años, duerme, pero repentinamente se agita y dice «qué horror». El posadero pregunta si el niño está enfermo; Leopold contesta que no, que la trompeta que acaba de sonar a lo lejos desafina. Es fácil pensar que el autor exagera, pero en realidad es tímido.

Cuando Mozart tiene cuatro años, Andreas Schachtner, un músico salzburgués amigo de la familia toca el violín con el pequeño; nada más comenzar Wolfgang le advierte de que su violín está afinado una mitad de un cuarto de tono por debajo del suyo.)

No he vuelto a ver Mozart, la serie de Bluwal. Ha pasado un cuarto de siglo y tengo que fiarme de la memoria, pero no importa, porque no es la serie la materia de este artículo. Tampoco lo es Amadeus, la película de Milos Forman, a la que haré referencia a partir de ahora. Ni lo es, por ser sincero, el propio Mozart.

La que sí vi hace poco fue Amadeus de nuevo. En realidad, lo que vi fue la versión mercantil que llaman Director’s cut, que algunos han elevado a la categoría de filigrana y que sirve, básicamente, para que gastemos dinero y compremos lo que ya tenemos. Esto es especialmente evidente cuando localizamos las escenas añadidas en la versión extendida y que podían haber desaparecido para siempre por un sumidero: las que nos muestran a Amadeus dando clase a la hija de un patán con chuchos, y más tarde, borracho, suplicando porque no tiene ya alumnos, o a Constanze, la mujer de Mozart, ofreciéndose a Salieri a cambio de su ayuda. Tuvo Forman mucho ojo al suprimirlas, porque incidían precisamente en los defectos más sonoros de su película.

Años atrás había asistido a una representación de la obra de teatro en la que se basó la película, del inglés Shaffer. Desde el primer momento pensé que la obra habría tenido más sentido llamándola Salieri. Mostrar el odio y estupefacción de un hombre ante lo que él considera una venganza de Dios: la elección de un hombre vulgar y miserable como vehículo para su gloria y la obsesión de quien es capaz de comprender hasta qué punto las obras de ese hombrecillo repugnante son sublimes, a la vez de que es consciente de ser incapaz de producirlas. El tema de Mozart y Salieri, producto de aquella obrilla de Pushkin en la que el olvidado compositor italiano finge ser amigo de quien más desprecia para lograr envenenarlo, resultaba comprensiblemente irresistible, pero siempre que el Mozart dibujado no fuera el real, sino una caricatura producto de una mente inficionada por la rabia y el odio.

Forman, sin embargo, decidió ir más allá y presentar un Amadeus objetivo, cambiando una trama psicológica por otra, algo tramposa, en la que planteaba realmente el dilema de Salieri como si fuera cierto. Digo tramposa, porque Forman, empequeñeciendo a todos los que rodean a Amadeus, convirtiéndolos en idiotas y egoístas, siquiera a tiempo parcial, nos lanza a los espectadores un mensaje de complicidad: Mozart se ríe como un bobo y pedorrea, pero es el «bueno» y todos podemos ser un poco como él. Así, la admonición final de la obra de Shaffer —«mediocres del mundo yo os absuelvo»— que en la obra de teatro se dirigía al espectador, en la película lo hace a los locos, a otros, a los que son incapaces de ver que el genio puede ser «democrático».

Esa objetivación es lo que me molestó de Amadeus. Podía admitir que el Mozart de Bluwal fuera serio y riguroso (y, por muchas razones, algo gris y funcionarial), mientras que el Amadeus de Forman fuese brillante —con una banda sonora maravillosa— y falso. Al fin y al cabo, Bluwal escoge para titular el apellido, mientras Forman opta por el nombre que nunca usó Wolfgang, bautizado Gottlieb, y autodenominado Amadeo o Amadé, nunca Amadeus. Podría hacerlo si Amadeus fuese una creación de una mente enferma. Por desgracia no es eso lo que nos muestra Forman.

Así, vemos a un sujeto que parece no haber pisado nunca una corte y que es incapaz de comportarse en presencia de un emperador, cuando lo cierto es que Mozart, desde niño, estuvo rodeado de notables. Pensar que el tipo que habla de los dioses que «cagan mármol» es el mismo que compartió mesa con la emperatriz y varios emperadores de Austria, el rey y la reina de Francia, el rey de Inglaterra, el papa romano, todos los jodidos príncipes electores alemanes y la mitad de la nobleza europea es irritante. Como lo es que Constanze y su madre aparezcan como unas ágrafas verduleras amusicales, cuando no sólo no lo eran, sino que eran hermana y madre de Aloysia, una de las mejores sopranos de Viena y objeto de deseo del compositor. La misma irritación causa comprobar que Leopold Mozart es mostrado como un padre tiránico y explotador a la vez que como un gusano servil, cuando la realidad es que fue un hombre de educación amplísima, que empeñó toda su fortuna en dar a conocer el prodigio descubierto por él antes que por nadie, y que fue capaz de «ordaguear» a reyes y señores en defensa de su dignidad y de la de sus hijos. Y no vean lo que me irrita que se nos muestre a un Mozart sin alumnos, cuando tuvo muchos y muy poderosos, hasta el último momento, y que nos presenten a José II, el emperador que lo protegió —y que lo designó como sustituto de Gluck—, como un memo que prácticamente es incapaz de leer una partitura, cuando era un músico excelente; o que nos muestren el falso fracaso de sus óperas, cuando Don Giovanni triunfó en Praga y Così fan tutte fue encargada por el emperador austríaco y estrenada en Viena.

Estos son los actores de mi juicio. Y ahora, tras el sumario, llega el momento de preguntarnos ¿es Mozart culpable?

Hay hombres que nos atraen por sus obras. Podríamos limitarnos a decir que tal novela, tal cuadro o tal sinfonía son geniales, y dejarlo estar. En cierto sentido, también la vida es una obra, y de tal aventurero afirmamos que hizo aquel viaje o arrostró aquel peligro. El romanticismo, esa pulsión dañina y traicionera, nos lo impide. Así, hay una tesis que se repite: las obras geniales de Mozart denotan al genio y tenemos que escudriñar al hombre para ver cómo era, qué pensaba, dónde está el secreto. Eso intenta Bluwal, filmando lo documentado. Frente a esa tesis parece levantarse Amadeus, pero esa oposición es sólo aparente. No es que nos diga Forman «juzguemos a Mozart por sus obras y dejemos de lado al hombre, porque no podemos saber quién fue». No, la verdad es que Forman sí nos quiere enseñar al hombre, a una especie de sujeto cercano, moderno y travieso, un hombre que parece vulgar, pero sólo porque los tipos que lo rodean son unos estirados aristócratas. El tratamiento más amable, en la película, es para el pueblo, el único capaz de apreciar La flauta mágica.

Puede que ese camino —el de la búsqueda del yo que dé sentido a la obra— sea inevitable, pero polemicemos. Hoy quiero sacar mis armas legales y defender al acusado Mozart. Cada juicio es una pelea secular por acabar con el derecho penal de autor, en la que casi siempre se pierde. Ya saben ustedes, se trata de decidir si juzgamos a alguien por ser quien es o por lo que ha hecho. Si sigue existiendo una lucha constante no es porque no haya triunfado la tesis, sino porque los seres humanos tendemos a juzgar a las personas contaminando nuestros juicios con nuestros prejuicios. Los jueces afirman que ellos no deciden considerando si el reo es alto, bajo, pobre, rico, hombre, mujer, blanco o negro; que no considerarán si el acusado ha sido denunciado o condenado antes, o si tiene la mirada torva o se expresa con dificultad. Lo afirman, pero no dejan de observar al ser humano. Y uno, que nunca ha sido juez, sospecha que lo hacen para concluir quién es el que tienen delante. Por eso, a la vez que el defensor insiste en repetir que sólo hay que juzgar el acto vende, por si acaso, una historia creíble sobre quién es su cliente; sobre sus motivos, su carácter y su pasado.

Eso quisiera hacer yo, recordarles que el acusado Mozart debe de ser juzgado por sus obras y no por lo que creamos deducir de una palabra malsonante en una carta o de la admiración de un contemporáneo. Mi alegato se basa en que no podemos saber quién es Mozart, aunque habrán visto que el letrado ha dejado caer por aquí y por allá rasgos de carácter para hacerles más digerible su tesis: que el hombre no importa, porque no sabemos quién es el hombre, ni siquiera cuando de nuestros contemporáneos se trata. El fiscal —no se sorprendan— dirá lo mismo, pero, tramposo y capaz, señalará los pedos, las borracheras y las palabrotas. Ese es el juego.

Yo no sé cómo es un genio. Ni siquiera creo que sepamos muy bien qué significa esa palabra. Sin embargo, si Mozart se fía de mí puede que salga bien parado, porque yo hablaré muy poco de él y me centraré en usted, en el jurado, en lo que le pasa cuando escucha sus obras.

¡Viva Verdi!

Que Verdi es considerado un padre de la patria no creo que exija justificación. Basta con escuchar los aplausos, los bises y los «¡viva Italia!» tras las interpretaciones del Va pensiero de la ópera Nabucco. La historia es conocida: Verdi es hombre del Risorgimento y su música, sobre todo los coros de algunas de sus óperas, tiene un contenido patriótico inmediatamente evidente en el recuerdo del terruño, en las llamadas a su liberación o en los conjurados que juran. Naturalmente, no tardó en plantearse la cuestión de las motivaciones, tan amigos como somos del cotilleo: ¿usó Verdi el movimiento de construcción nacional italiano en su beneficio o, por el contrario, fue este quien utilizó su música porque le convenía? Esta polémica, bastante absurda, sirve sin embargo como preámbulo de una cuestión que me parece mucho más atractiva y a la que luego me referiré.

Son muchos los argumentos que pueden utilizarse a favor de la primera tesis. Así Verdi, en una carta de precisamente 1848 a Francesco Maria Piave, le plantea escribir una ópera sobre Francesco Ferruccio, al que denomina mártir de la libertad italiana, y que había sido incluido precisamente por Goffredo Mameli el año anterior en el que terminaría convirtiéndose en himno de Italia. También avala esta tesis la estratégica inclusión en la mayoría de las óperas de la época, las que luego denomino «óperas de galeras» para distanciarse de su calidad discutible, de tantos cantos colectivos que, con independencia del accidente histórico al que se refieran, siempre podían interpretarse, en una época de sociedades secretas y censura, como una evocación de la lucha por la liberación nacional: tras el coro de Nabucco, en I lombardi, los valerosos «italianos», allá en el desierto, cantan en Oh Signore, dal tetto natio, a las fuentes, los prados, los lagos y los viñedos de la patria; en Ernani, los conjurados castellanos cantan Si ridesti il leon di Castiglia y no había que ser muy inteligente para relacionar el león castellano con el veneciano; en Macbeth son dos los coros que hablan de la patria traicionada y oprimida, uno de ellos, por cierto, muy notable y tenebroso. En fin, hay ejemplos para aburrir.

Otra razón para ver cálculo en el comportamiento de Verdi es que el fracaso de la revolución del 48 y el abrazo a la causa de la unificación italiana alrededor del Reino de Piamonte-Cerdeña prácticamente coincide con el fin de esa etapa en la que cada una de sus óperas parecía incluir una invitación directa a la insurrección de la nación. Más aún, cuando el comportamiento de Verdi parecía encajar perfectamente con las tesis de Mazzini que criticaba veladamente el cinismo e individualismo de los personajes de Rossini y exigía una «espiritualización» de la música mediante la persecución de fines más elevados; léase el fin patriótico. Mazzini sugirió mucho antes de que Verdi estrenase su primera ópera que ese fin podría obtenerse a través de la elevación del coro operístico de personaje secundario a protagonista, a voz del pueblo.

El resumen de esta posición revisionista implicaría que los apoyos a la causa por parte de Verdi serían puramente tácticos e incluso hipócritas, como se deduce de esas cartas escritas desde la seguridad de París, en las que se lamenta de gastar papel pautado que podría servir para hacer cartuchos, y en las que da excusas peregrinas sobre su ausencia del lugar de la auténtica pelea, haciendo referencia a su condición de tribuno y a sus limitaciones físicas.

Muchos, sin embargo, ven en la evolución operística de Verdi una línea intrínseca capaz de explicarlo todo. Fue un hombre de teatro que intentó encontrar su voz desde el principio, y las coincidencias de su obra con el trasfondo político de su tiempo son solo eso. En su vida personal estuvo siempre implicado con la construcción de Italia, y es perfectamente natural que se dejase influir por el mainstream, pero la coherencia de su evolución sería la prueba de que la feliz casualidad de que su obra se identificase con el romántico y apasionado movimiento que llevó a la unificación italiana no implicaba ningún tipo de cálculo. Verdi habría sido el hombre porque era Verdi.

También son muchos los argumentos que pueden blandirse para defender esta posición, pero su núcleo duro se encontraría en el interés central de Verdi como autor de teatro: siempre le interesó la vida en su totalidad. Su obra tiene un fondo básicamente realista, porque las pasiones a las que pone música no son exclusivamente las derivadas del amor, para las que la política, la vida social, las clases, la traición o la generosidad solo serían tramoya. Al contrario, en Verdi esos conflictos tienen una fuerza extraordinaria y suele ocurrir que las pasiones mejor dibujadas, las más complejas, no sean de tipo amoroso. Por eso lo que más recuerda el espectador del Don Carlo es el aterrador dúo entre el rey Felipe II y el gran inquisidor, y el centro de Otello es un credo espantosamente moderno del inicuo Yago. Este interés por las complejidades de la vida política se muestra desde el comienzo de su obra, en I Due FoscariGiovanna d’ArcoAttila, o La battaglia di Legnano, y continúa presente de manera muy destacada en su obra de madurez, en Simone Boccanegra, en Aida, en Un ballo in maschera.

Siempre que se habla de Verdi se recuerda esto. No hay artículo que no mencione el uso del apellido del compositor como acrónimo popular de las pretensiones monárquicas del rey piamontés, Víctor Manuel II. La idea de que Verdi y su obra forman parte de la columna vertebral de la nación italiana es un lugar tan común que si no hubiera sido cierto lo habría terminado siendo a fuerza de repeticiones.

En realidad, lo más interesante de todo esto, al menos en mi humilde opinión, no es nada de lo que han leído hasta ahora. Lo interesante no es si Verdi es o no uno de los padres de la patria, sino cómo pudo llegar a serlo, y esto tiene que ver con la artificialidad de Italia y con su naturaleza de creación intelectual, elitista.

Italia es para occidente lo que Grecia fue para Roma. Graecia capta ferum victorem cepit podría servir para nosotros cambiando el sujeto. Sin Roma no se explica el mundo occidental. Es tanto lo que debemos a Roma que resulta difícil incluso decidir por dónde empezar. Lo extraordinario es que Roma nunca pereció. Las polis griegas desaparecieron y solo nos quedaron las obras de sus hombres y algunas ideas, vivificadas en las instituciones republicanas. Por desgracia, ya no había griegos. Esto nunca sucedió con Roma. Larvada, bostezando, decayendo siempre, Roma se mantuvo presente, sobre todo en Italia, y el mundo clásico nos largaba un chute brutal cada cierto tiempo. Italia no existía como nación mientras se iban creando esas naciones añejas de Europa, España, Francia, Gran Bretaña, pero Italia existía como nación intelectual. Lo folclórico era aquí clásico y el ciudadano lo era en un sentido individual y universal como no podía serlo en ningún otro sitio. Lo que unía a los habitantes de la península no era una llamada a la naturaleza y al pueblo, porque aquí las piedras, las más venerables piedras tenían forma: habían sido labradas y caído desde los lugares en los que se contemplaba un imperio basado en reglas y conceptos imperfectos pero racionales. Las diferencias con el nacionalismo alemán son, puede verse, esenciales. El pueblo italiano es viejo. Su descripción negativa más sublime aparece magistralmente en boca del príncipe de Salina. Los sicilianos se creen dioses. Puede valer para todos.

La única manera de que esta nación vieja, sabia, cínica, amante del amor, de la buena vida y de la racionalización de las pasiones, pudiera crearse como nación política exigió una cierta renuncia a los frutos de su sabiduría; una infantilización. El impulso fue en gran medida intelectual y artístico. Hubo que construir una tradición ciudadana “liberal” e individualista, en la que el mal siempre venía de fuera y la tiranía era alemana o española. Los intelectuales italianos, los Alfieri, Foscolo, Manzoni, Leopardi, buscaron un patriotismo ciudadano, como harían los norteamericanos, pero a diferencia de estos el enorme pasado los aplastaba y no pudieron renunciar al glorioso clasicismo, trufado de un romanticismo a la italiana. Era inevitable que este movimiento alcanzase al otro gran pilar artístico de la nación: la música y, sobre todo, la ópera. Italia también existía porque existía la música italiana. Lo malo es que la tradición de la ópera seria y de la bufa, con sus temas y sus artificios, no ayudaba mucho a la construcción nacional y se empezó a exigir de los compositores que fueran más serios y comprometidos. Es el signo de los tiempos: lo grande se puede volver pequeño si sirve a fines extraños. Por eso se comprende que Rossini renunciase a seguir componiendo tras su Guillermo Tell. Lo que le proponía el ambiente era demasiado serio como para ser tratado en serio. Él nos mostraba lo mejor de la civilización occidental exhibiendo al hombre, estereotipado, sí, pero como producto refinado y exquisito, y esto no servía para el nuevo hombre que exigían los tiempos. La pasión musical en el mundo de Bellini y Donizetti era más apropiada, más en sintonía con ese desgraciado siglo XIX, pasto de la irracionalidad y la juventud, pero les faltaba mensaje. No servía para movilizar a una nación. Verdi, los temas de Verdi, sin embargo, eran el vehículo perfecto para el movimiento de masas que exigía crear una conciencia nacional.

Si Verdi hubiera muerto en 1848 seguiría siendo en Italia un padre de la patria, pero nadie lo conocería fuera de ella. Ahí permanecerían esos coros que enardecen a los italianos. ¿Quién se acuerda fuera de Italia de Caritea, la ópera de Mercadante? En esta obra, estrenada en La Fenice en 1826, se escucha un coro que los «mazzinianos» hermanos Bandiera cantaban camino del fusilamiento en Cosenza, en 1844 (por cierto cambiando algunas palabras para hacerlo más adecuado para la causa). Ya ven, será por cantos patrióticos.

Sin embargo, Verdi vivió muchos años y atrás quedan sus episodios de juventud. Fue un hombre comprometido, serio, tenaz, trabajador y generoso. Peleó siempre por encontrar su voz y en esa búsqueda fue dejando de lado esos sones pretenciosos y algo cómicos que tanto lo relacionan con el nacimiento de la Italia moderna. Y su búsqueda lo reconcilió con lo mejor de la tradición italiana, con esos productos que no podían pertenecer a ninguna nación porque Italia no existía en los tratados. Naturalmente, la nación que se construía no podía seguirle el paso porque se habría destruido inmediatamente. La nación tenía que seguir viviendo en la infantilización del Corazón de Edmondo de Amicis.

Italia y el «hombre italiano», dice Masimo Mila, gracias al Risorgimento han dejado de lado el cinismo maquiavélico y el individualismo escéptico rossiniano y se han decidido a creer en algo positivo: en el amor. Ese hombre no es una construcción racial, sino intelectual. Verdi representaría este ideal de hombre apasionado y optimista, capaz de perder los estribos, pero siempre sujeto a pasiones sanas, por destructivos que puedan resultar sus efectos. Incluso Otelo intenta ser justo y se ve como un instrumento para el castigo del delito. Tanto es así que tras descubrir que su Desdémona es pura, se juzga tan severamente como juzgó antes.

Quizás un italiano tenga que o quiera ver este asunto así, pero yo no.

Italia fue un regalo durante todos esos siglos en los que no fue una nación. Y a Verdi le sucedió lo mismo aunque su proceso fuera el inverso. Es un regalo para todos nosotros comprobar cómo un hombre puede ir haciéndose mejor, más sabio, más sublime con los años. Quién sabe, quizás tengamos la suerte de que nos pase lo mismo. La música patriótica verdiana es provinciana, por hermosa que pueda resultar en algún caso. Sin embargo, otra cosa muy distinta pasa cuando Verdi, en la mejor tradición de su país, compuso para todos.

En esta época en la que la inflamación nacional ocupa tantas cabezas, sería bueno recordar algo que los italianos vivieron durante siglos, obligados por las circunstancias: la mejor patria se encuentra en el territorio de ciertas ideas compartidas. Esas ideas fértiles en las que han crecido las mejores instituciones, las que han ampliado la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Reducirnos y refugiarnos en el útero de la tribu es un error. En parte la nación italiana se creó sobre la base de algunas de estas ideas, pero las fronteras se construyeron sobre su simplificación y esto tuvo su precio en el ascenso de una visión estúpida de sus credos instrumentales encarnada en el fascismo. Esos eran los riesgos: la mejor singularidad de Italia se encontraba en la presencia constante del pasado en su devenir que, a falta de glorias nacionales, pudo centrarse en el hombre. Occidente no se explica sin ese laboratorio.

La mejor expresión que encuentro de este milagro está en las palabras que Maquiavelo dirigió a Francesco Vettori: 

Venuta la sera, mi ritorno in casa ed entro nel mio scrittoio; e in su l’uscio mi spoglio quella veste cotidiana, piena di fango e di loto, e mi metto panni reali e curiali; e rivestito condecentemente, entro nelle antique corti delli antiqui uomini, dove, da loro ricevuto amorevolmente, mi pasco di quel cibo che solum è mio e che io nacqui per lui; dove io non mi vergogno parlare con loro e domandargli della ragione delle loro azioni; e quelli per loro umanità mi rispondono; e non sento per quattro ore di tempo alcuna noia; sdimentico ogni affanno, non temo la povertà, non mi sbigottisce la morte; tutto mi trasferisco in loro.

Verdi es un hito más de la grandeza que se encuentra en esas palabras. ¿Quién no querría encontrar una patria construida sobre el artificio aristocrático y humano de las armonías cristalinas de Falstaff?

Qué error fue escoger como himno de la Unión Europea la Oda a la alegría beethoveniana. Es demasiado seria esa alegría.

No, mucho mejor haber dicho:

Tutto nel mondo é burla.

L’uom é nato burlone,

la fede in cor gli ciurla,

gli ciurla la ragione.

Hacer de la necesidad virtud

Este número de Jot Down, que no he leído, es un fraude. No puede hablarse con sentido de lo políticamente incorrecto porque no existe. La etiqueta es temporal, papel para envolver pescado. Todo lo que el hombre formula quiere ser respetable, y si se viste de incorrección es simplemente para adornarse con las plumas de la avanzadilla, el riesgo y el modo de vida.

Voltaire, en su sexta carta filosófica, asusta a los ingenuos de su época: escribe que en la Bolsa de Londres solo es infiel el que se encuentra en bancarrota, y que allí el judío, el «mahometano» y el cristiano discuten como si fueran de la misma religión y sólo parecen distintos cuando salen de esas «pacíficas y libres reuniones». El agudo sonríe; se siente en compañía de uno de los suyos. Considerado como el gran provocador, utiliza el recurso de Swift, tan querido por los grandes simplificadores, benignos o maléficos: contar lo que vemos a través de los ojos del extranjero —un persa vale— o del  hombre venido del espacio. Esa misma técnica le permite al «antropólogo» espacial inventado concluir que los primeros humanos que ve, de piel negra y con lana en la cabeza, tan parecidos a los monos, son inferiores a otros que descubre más tarde. El manejo de lo etic por Voltaire consigue justificar sus inversiones en la trata de esclavos. El gran provocador y su amigo sonriente nos explican, como Nietzsche, por qué son tan inteligentes, pero el tiempo enseña las costuras.

No relativizo. Hay buenas y malas ideas, ideas inteligentes y torpes, ideas que hacen daño y que curan. Lo que no existe es un reservorio de pensamientos incorrectos, al alcance de unos pocos marcados por la capacidad de advertir las trivialidades de los demás.

Todos usamos ese truco alguna vez. Incluimos a los que no piensan como nosotros en la masa de los idiotas convencidos, para ganar adeptos y formar nuestra propia tribu. La corrección política es la marca de la tribu del otro lado del río. Es una estrategia defensiva, sectaria, a la espera de tiempos mejores.

No hay forma de superar el pensamiento grupal. Ni siquiera la crítica negativa, la única que debe mantenerse contra viento y marea, lo permite. «¿Y tú qué harías?» te pregunta el criticado y no puedes estar demasiado tiempo diciendo «nada».

Esto que he escrito también es un fraude. Y si sonríe mientras piensa «me había dado cuenta y soy uno de los nuestros» es que no se ha dado cuenta de verdad.

Explorador blanco, corazón negro

En noviembre de 1883, Henry Morton Stanley volvía a las cataratas que llevaron su nombre, el lugar en que el Lualaba se empieza a llamar Congo, y que ahora llamamos cataratas Boyoma. Era su tercera incursión por la zona, enviado, una vez más, por Leopoldo II, el rey constitucional de los belgas, y déspota y dueño de un país gigantesco ganado en una estrambótica lotería diplomática. Stanley venía remontando el río desde Leopoldville cuando empezó a encontrar signos de destrucción. Al acercarse a un poblado del que solo quedaban restos quemados, vio, inmóviles, a cientos de personas que los «miraban con lerda indiferencia, como si estuvieran más allá del bien y del mal».

Stanley escribía, sin la maestría de Conrad, una precuela real del corazón de las tinieblas, la negra visión europea de un río voraz y miasmático, oculto por la bruma y la selva impenetrable en la que resuenan ominosos tambores que anuncian antropófagos, pleno de peligros y malos augurios. Sin embargo, si este artículo habla del Congo, en un número «negro», no es para insistir en un mito literario en el que la población sirve como fondo para experiencias al límite de personajes ambivalentes. O sí, pero mirando desde el otro lado del espejo: el explorador blanco que admiramos, pese a su brutalidad, por la naturaleza inequívoca de sus hazañas, se convierte en un instrumento del desprecio por la vida y la libertad de personas que no tenían nada que ver con juegos imperiales y narraciones para ociosos nuevos ricos. Del negro corazón de los que eran recibidos como héroes en la civilizada Europa, y del negro corazón de los que diseñaron una tiranía supuestamente bienintencionada, usando para ello la negra tinta de tratados esperpénticos, es de eso de lo que quiero hablar.

Habíamos dejado a Stanley escribiendo sobre la lerda indiferencia de las miradas de negros más allá del bien y del mal. Continúa describiendo orillas quemadas y canoas carbonizadas puestas en pie, a modo de columnas, mientras suben por el río. «Detectamos un objeto, color pizarra, que flotaba río abajo», nos explica. El «objeto» eran los cadáveres atados de dos mujeres. Los negreros de Tippu Tip habían arrasado la región buscando esclavos. Más de dos mil —la mayoría mujeres con sus hijos—, encadenados y amontonados, quedaban de los miles que habían perecido intentado salvar a sus familiares. Stanley, en sus escritos, clama contra el horror que presencia. Reflexiona incluso sobre la posibilidad de vengar a esos pobres diablos. Sin embargo, termina renunciando por carecer de autoridad y por la necesidad de mantener buenas relaciones con los culpables de la masacre. La impostura hiede y viene de antiguo. Stanley no solo renunció a la venganza, sino que propuso a Tippu Tip como gobernador del Congo oriental. Leopoldo II aceptó y el negrero pudo campar a sus anchas durante cinco años, justo hasta que dejó de ser útil. En ese momento, y utilizando nuevamente la excusa de la persecución del esclavismo, Leopoldo desencadenó una guerra brutal en la que la mayoría de los soldados que usaron ambas partes eran nativos de las zonas cercanas al Lualaba, que solían darse festines con los prisioneros, a los que rompían brazos y piernas y sumergían en agua, aún vivos, para ablandar su carne con el sufrimiento, antes de echarlos al caldero.

Así son, casi siempre, las narraciones de la época. Describen un mundo cruel, ya preexistente, en el que todas las acciones se justifican precisamente por esa crueldad y por la necesidad de sacar a los africanos de su existencia bárbara. Ese era el mainstream. Hoy se suele pensar que la Conferencia de Berlín de 1884-1885 pretendía y consiguió repartir África, pero no es cierto. Los objetivos eran más limitados: sí, se trataba de fijar algunos principios para la futura colonización, pero una parte sustancial de los trabajos previos y las declaraciones se centraban en la promesa civilizatoria. Lo cierto es que esa promesa solo se tradujo de manera efectiva en la protección a los misioneros. Lógico, eran blancos. Ni la prohibición de la trata de esclavos, ni la puritana idea de impedir la venta de alcohol, ni la defensa del libre comercio sobrevivieron a la realidad. Nominalmente dejó de haber esclavos, pero el Estado libre del Congo se convirtió en ese espanto en el que para lograr las cuotas exigidas de caucho se obligaba al trabajo forzoso y se recolectaban manos y cabezas como represalia (las manos llegaron a servir como moneda); la prohibición de venta de alcohol duró lo que tardaron en aparecer las reclamaciones de los comerciantes alemanes; en cuanto al libre comercio, como la AIC que descendía de la CEHC que era bastarda de la AIA (no se preocupe, estimado lector, en buscarlas, son las asociaciones fantasma creadas por el rey de los belgas) terminó siendo dueña de toda la tierra no cultivada, también lo era de los lugares en los que se producían el marfil y el caucho. Así, lo único de valor que producía esa tierra castigada era monopolio de un monarca genocida, responsable, en los veinte años que duró su propiedad personal, de cinco millones de muertes.

En cuanto a los principios básicos para el reparto de África, hubo uno, el de respeto a los tratados, en el que los exploradores europeos tuvieron un papel predominante. Examinemos el más conocido de cerca.

Cuando Stanley, ya mundialmente famoso por su célebre encuentro con Livingstone, y tras casi tres años de penalidades, llegó a la desembocadura del río Congo, intentó convencer al gobierno del Reino Unido de las inmensas posibilidades de las tierras que acababa de recorrer. La recepción a sus ideas fue fría. Todavía entonces los ingleses preferían mantener el statu quo con los portugueses para impedir la expansión francesa en la zona. Leopoldo II se aprovechó y captó a Stanley para una causa que se resumía en obtener un territorio colonial en cualquier sitio. No es broma: el putero rey belga solo se interesó por África al descubrir que encontrar alguna colonia disponible en Asia era muy difícil. Estamos hablando del hombre que dijo en voz alta que el tesoro imperial japonés era valiosísimo y que estaba muy mal resguardado. Stanley, reclutado por Leopoldo, volvió al Congo con la finalidad de construir un ferrocarril entre su desembocadura y su parte navegable, para luego firmar tratados con todos los reyezuelos que fuese encontrando. Ese era el plan. Sin embargo, un francés de origen italiano, Pierre Paul François Camille Savorgnan de Brazza, que ya se había dado varios tours por Gabón y el río Ogooué, y estado a punto de llegar al propio río Congo antes que Stanley, terminó robándole la cartera.

Se trata de una historia de ladrones que aparentaban ser caballeros. Stanley estaba en Isangila, muy cerca de la desembocadura del Congo, cuando un nativo le entregó un papel en el que Brazza había escrito su nombre. El francés, que venía acompañado por quince gaboneses armados con fusiles, había descendido por el río desde Stanley Pool (hoy Malebo Pool), el lugar en el que se enfrentan las capitales de dos países (Brazzaville, capital de la República del Congo y Kinsasa, la de la República Democrática del Congo). Stanley le dio al francés algunas provisiones y le cedió unos guías que lo conducirían a la costa. Lo que no sabía –y Brazza no le contó- es que el francés había firmado un tratado con un jefe local de Stanley Pool, llamado Makoko. El documento firmado por Makoko colocaba las tierras de la orilla derecha del Congo bajo protectorado francés y autorizaba a Brazza a construir un fuerte en la aldea. Imaginen en qué consistía el fuerte. Brazza tenía que volver rápidamente a Francia para conseguir el apoyo de su gobierno, que no había dado poderes de ningún tipo al aventurero, pero sabía que antes de su regreso Stanley llegaría a Malebo Pool. Así que dejó en la aldea de Makoko a dos soldados gaboneses al mando de un sargento senegalés llamado Malamine, con un ejemplar del documento. Le ordenó no abandonar el lugar bajo ninguna circunstancia y enseñar el papel a cualquier blanco que apareciera por allí. Nueve meses más tarde Stanley llegó a la aldea de Makoko y se encontró con el sargento que, avisado de la llegada del explorador, vestía con su uniforme del ejército francés y llevaba una bandera tricolor. El sargento, mostrando el papel, comunicó a Stanley que el señor de Brazza había tomado posesión de todas esas tierras en nombre de Francia. A Stanley no se le ocurrió otra cosa que ponerse a investigar quién era Makoko y, como era de esperar, resultó ser uno más de los múltiples jefes tribales de la zona. Intentó firmar tratados con otros reyezuelos, pero el sargento senegalés, un tipo de cuidado, hizo correr el rumor de que los blancos comían niños negros, y desbarató cualquier posibilidad. Stanley renunció y Brazza, que finalmente logró el apoyo de su gobierno gracias a una campaña de prensa fervorosamente nacionalista, sentó la base de lo que más tarde sería el África Ecuatorial Francesa.

Bismarck lo dijo en la conferencia de Berlín: todos podían conseguir esos trozos de papel con «cruces de negros debajo». Sin embargo, muchos de ellos fueron decisivos a la hora de determinar las fronteras que hoy dividen África arbitrariamente. Lord Salisbury ironizaba al afirmar que en Berlín se habían estado regalando unos a otros montañas, ríos y lagos, pese al nimio detalle de ignorar por completo dónde estaban. Dio igual. Los «tratados» fueron firmados literalmente a miles. Solo Stanley fue responsable de más de quinientos a lo largo de la orilla izquierda del Congo. La Royal Niger Company casi de cuatrocientos. Carl Peters, el tarado alemán que provocó una revuelta por imponer impuestos hasta por respirar, firmó decenas en lo que hoy es Tanzania y más tarde en Uganda, y sus compatriotas, los Denhardt, lograron de Ahmed «el León» de Witu, la cesión de veinte millas cuadradas que ellos, cuando decidieron convertir a Ahmed en jefe de todo el pueblo suajili, transformaron en el título para reclamar para el Imperio alemán desde Mozambique hasta el Cuerno de África. Muchos de esos tratados, en los que se imponía el protectorado, se redactaban y firmaban en un solo ejemplar, en la lengua del explorador. Stanley los llevaba incluso «normalizados», como si fueran impresos administrativos con sus timbres y sellos estampados. Los pocos que se tradujeron al idioma local eran simplemente incomprensibles para los que los firmaban o no coincidían con el ejemplar escrito en la lengua europea. Y uno de los reyes que se resistió a firmar un documento similar, Misri de Katanga, fue tiroteado por un oficial del ejército privado de Leopoldo II.

Lo más indecente de este sainete es que, pese a que los gobiernos europeos eran absolutamente conscientes de lo absurdo que era basar sus pretensiones en esos documentos, insistieron casi siempre en su valor legal y terminaron apoyando en ellos reclamaciones sobre territorios no controlados. Lo hicieron así porque en un juego en el que todos eran tramposos denunciar al rival implicaba poner en cuestión tus propios títulos de soberanía. Y así, reputados eruditos y expertos en derecho internacional, terminaron uniéndose a la farsa, al dar el visto bueno a papeles que no pasaban de ser una burda justificación para el saqueo.

Puede que la región del Congo no fuese el lugar más agradable del mundo antes de que llegasen los europeos. Y es seguro que no lo ha sido en estos años de guerras civiles y genocidio. Los millones de muertos de los últimos veinte años no han de incluirse en el debe de la colonización europea, siquiera porque los pueblos y los que los dirigen han de ser responsables de su destino, y no hay nada peor para lograr esto que aferrarse al culpable exterior. Esta verdad no adelgaza el triste legado que dejamos los que pretendíamos ser más civilizados, cultos y humanitarios. Llegamos con una arrogancia inaudita, los tratamos como a algo peor que objetos, los parcelamos con divisiones sin sentido, los oprimimos y explotamos y, al marcharnos, los dejamos prácticamente a su suerte.

En nuestro imaginario, el Congo es negro, el corazón de las tinieblas. Pusimos allí lo que llevábamos dentro.