Una vez más

 

Nunca veo programas de debate en La sexta. Las pocas veces que me lo ha planteado o he caído por casualidad en uno, después de medio minuto escuchando gritos y consignas he cambiado de canal.

Ayer, en tuiter, descubrí que le estaban arreando a Eduardo Inda por no pagar las pensiones alimenticias a sus hijos. No voy a hablar de Inda, ya lo he hecho en muchas ocasiones: cuando publica algo, necesito siete fuentes independientes y haberlo visto personalmente para creerlo. Lo interesante, sin embargo, es comprobar cómo (con el cadáver de la cueva afgana aún caliente) la turba, dirigida por los que mandan en Podemos y coreada por algunos opinólogos y tuiteros estrella, dio por buena una noticia que es una porquería.

La Justicia ha dictado el embargo del salario, sueldos y otros ingresos de Eduardo Inda en La Sexta por incumplir sus obligaciones económicas con sus hijos …

Voy a aclarar algo: un embargo en un proceso de ejecución no implica que el embargado deba nada. Básicamente porque el embargo es automático cuando se acredita el cumplimiento de determinados requisitos. Por ejemplo, que hay una sentencia de separación o divorcio o de guarda o custodia que dice que tiene alguien que pagar XXX € al mes y que el que presenta la demanda de ejecución afirma que se le debe dinero. ¿Lo ven? Basta con que el demandante lo afirme para que se embargue. Luego, en el proceso de ejecución, el ejecutado se puede oponer y a lo mejor resulta que no debe nada y que la demanda era infundada. Podría ser, claro está, que el periódico supiera que ya se ha resuelto la oposición y la deuda existiese sin ninguna duda. Pero yo creo que no: que el periódico no tiene ni puta idea y no lo digo porque ya no me crea ni la fecha de un panfleto como Público, sino por lo que viene a continuación:

… según la ejecución forzosa difundida por las redes sociales y que ha sido dictada por el Juzgado de Primera Instancia número 4 de Alcobendas (Madrid). Público ha recogido la sentencia tras confirmarla con fuentes judiciales y comprobar su impacto entre la opinión pública, donde las redes han convertido en trending topic la información sobre la cadena de Atresmedia y su colaborador estrella.

¿Cómo me voy creer eso de que Público ha confirmado no sé qué con “fuentes judiciales” cuando dice que “ha recogido la sentencia”? Para empezar, en un proceso de este tipo no hay ninguna sentencia. Para seguir, lo que publica Público es un recordatorio de un oficio. Es decir, para decirlo con llaneza el recordatorio de una carta. Por no ser, no es ni siquiera la resolución que acuerda el embargo (que, como digo, es prácticamente automática). Sin embargo, como tiene una “pinta” imponente hablan de sentencia. Es imposible tomarse a esta gente en serio. Continúa:

La resolución establece que el director de OK Diario sólo podrá disponer cada mes del mínimo legal establecido en este tipo de ejecuciones hasta que satisfaga los 13.344,44 euros que el juzgado ha sentenciado que debe a su ex esposa y a sus hijos, así como el pago de otros 4.000 euros adicionales en concepto de los intereses devengados y de las costas procesales.

Como pueden deducir de lo que he dicho antes, eso de que “el juzgado ha sentenciado” que debe no resulta en absoluto de ese recordatorio de un oficio. Pero es que, además, el propio texto de la noticia demuestra que el que la escribe como mínimo no tiene ni zorra idea de lo que habla: los 4.000 € no son para pago de costas y de intereses devengados. Los 4.000 son una cantidad presupuestada para eso. La ley permite que con tu demanda ejecutiva, a lo que tú dices que se te debe por por principal, añadas hasta un 30% por si en su momento te dan la razón y el ejecutado tiene que pagar costas e interesas (y así se asegura el cobro). ¿Ese recordatorio de un oficio demuestra que Inda tenga que pagar algo por costas e intereses y en su caso cuánto? Pues no, claro que no.

Todo, como ven, es porquería a carretadas, esparcida desde un partido político contra un periodista incómodo para ellos.

Pero hay más. He visto el vídeo que aparece aquí. La señora Bescansa es diputada. Eso es lo que me acojona. Porque a mí Inda no me representa. Pero la diputada Bescansa sí. Juzguen ustedes mismos. Por cierto, las explicaciones de Inda serán falsas o auténticas, pero al menos no son prima facie una porquería como la noticia del periódico.

Termino: gracias a los bufidos de la señora diputada me he enterado de esta ley del parlamento balear. En ella se ha basado la diputada para decir que “lo de Inda” es violencia machista.

He mirado y me he encontrado con esto:

Artículo 65

Definición

1. A los efectos de esta ley, se entiende por violencia machista aquella que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre estas por el hecho mismo de ser mujeres.

2. La violencia a la que se refiere esta ley comprende cualquier acto de violencia por razón de sexo que tenga como consecuencia, o que pueda tener como consecuencia, un perjuicio o sufrimiento en la salud física, sexual o psicológica, e incluye las amenazas de estos actos, la coerción y las privaciones arbitrarias de su libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada.

3. A los efectos de esta ley, también se consideran víctimas las hijas y los hijos de la madre víctima de violencia.

4. A los efectos de esta ley, se considera violencia machista:

a) Violencia física, que incluye cualquier acto de fuerza contra el cuerpo de las mujeres, con resultado o riesgo de producir lesión física o daño, ejercida por quien sea o haya sido su cónyuge o por quien esté o haya estado ligado a ella por una relación de análoga afectividad, aun sin convivencia. Asimismo, tienen la consideración de actos de violencia física contra las mujeres los ejercidos por los hombres en su entorno familiar o en su entorno social o laboral.

b) Violencia psicológica, que incluye cualquier conducta, verbal o no verbal, que produce en las mujeres desvalorización o sufrimiento, a través de amenazas, humillaciones o vejaciones, exigencia de obediencia o sumisión, coerción, insultos, control, aislamiento, culpabilización o limitaciones de su ámbito de libertad, ejercida por quien sea o haya sido su cónyuge o por quien esté o haya estado ligado a ella por una relación de análoga afectividad, aun sin convivencia. Asimismo, tienen la consideración de actos de violencia psicológica contra las mujeres los ejercidos por los hombres en su entorno familiar o en su entorno social o laboral.

c) Violencia económica, que incluye la privación intencionada, y no justificada legalmente, de recursos para el bienestar físico o psicológico de las mujeres y de sus hijas y sus hijos o la discriminación en la disposición de los recursos compartidos en el ámbito de la convivencia de pareja.

d) Violencia sexual, abusos sexuales y agresiones sexuales, que incluyen cualquier acto de naturaleza sexual forzada por el agresor o no consentida por las mujeres: la trata de seres humanos con fines de explotación sexual, la imposición, mediante la fuerza o con intimidación, de relaciones sexuales no consentidas, y el abuso sexual o cualquier acto que impide a las mujeres ejercer libremente su sexualidad, con independencia de que el agresor tenga relación conyugal, de pareja, afectiva o de parentesco con la víctima o no.

e) Violencia simbólica, que incluye iconos, representaciones, narrativas, imágenes, etc., que reproducen o transmiten relaciones de dominación de los hombres respecto de las mujeres, así como desigualdades de poder entre sexos y de segregación.

f) Feminicidio, asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres, al margen de que exista o haya existido relación de pareja.

g) Mutilación genital femenina: cualquier procedimiento que implique o pueda implicar una eliminación total o parcial de los genitales femeninos o produzca lesiones en los mismos, aunque exista consentimiento expreso o tácito de la mujer o de la niña.

Para empezar, he de decirles que ni siquiera con lo que dice ese artículo puede la diputada Bescansa acusar a Inda de ejercer violencia machista. Primero porque es una norma que se aplica solo en las Islas Baleares. Y segundo, y sobre todo, porque el propio artículo dice:

“c) Violencia económica, que incluye la privación intencionada, y no justificada legalmente, de recursos para el bienestar físico o psicológico de las mujeres y de sus hijas y sus hijos o la discriminación en la disposición de los recursos compartidos en el ámbito de la convivencia de pareja.

¿Sabe la diputada Bescansa si Inda ha privado a sus hijos de sus pensiones? ¿Sabe si, en su caso, tenía una causa legal para hacerlo? Ya sabemos que no. Que no lo sabe.

Dicho esto y para terminar, qué norma más excesiva y errada. Al final, se degrada la violencia, la violencia real, convirtiendo todo en violencia (como se degrada el terrorismo o el genocidio convirtiendo todo en terrorismo o genocidio). En último lugar aparece la mutilación genital. Compárenlo ustedes con eso que llaman “violencia simbólica” o la “ecónomica” que aparece antes. En fin, no sigo, no sea que alguien termine diciendo que ejerzo violencia machista en la modalidad “simbólica” por decir que eso me parece no solo falso, sino además estratégicamente equivocado. Es lo que tiene la pretensión de ajustar la realidad a mi discurso ideológico, que al final el que critica ese discurso no solo es un machista, sino un violento.

Tributo al campeón

El ajedrez se ha convertido en algo muy especial con la llegada de la computación.

Ha cambiado la forma en la que se juega, obligando a que las partidas se terminen al momento, sin posibilidad de que los jugadores abandonen un recinto controlado.

Ha cambiado la forma en la que se ve.

El aficionado sabe más que el jugador y suspira porque su jugador favorito haga la jugada que está viendo. Que está viendo gracias al ordenador.

La partida va por otro derrotero: dos cabezas pensando sin ayuda. Construyendo un relato, una táctica, una idea por donde desarrollar las piezas y hacer fluir el juego o el contrajuego.

Los fallos se ven al instante. Los aciertos parecen menos. Y así ha transcurrido todo el mundial.

Las partidas largas han sido en general bastante precisas. Creo que recordar que sólo dos fallos de los gordos: Magnus buscando una victoria improbable cuando tenía tablas decentes y Sergei perdiendo una oportunidad de tablas y perdiendo.

Las tres últimas partidas rápidas de anoche han explotado todo el potencial del juego.

En la primera Magnus ha tenido una posición abrumadora con ordenadores cantando mate en 10 jugadas o algo así. No ha sabido construir el relato, entender la posición, o asignar las casillas correctas a sus piezas. Ha desaprovechado una ocasión ventajosa. Sergei ha hecho todo lo contrario. Encontrar su relato, su fortaleza y sacar unas increíbles tablas por ahogado.

En la siguiente partida Magnus simplemente ha destrozado a Sergei. Hay un movimiento crítico 29… Bxf6 que todos los ordenadores y comentaristas del mundo han cantado como malérrima. Todos preferían gxf6 porque abría la columna g para el ataque de Magnus. El siguiente movimiento de Magnus 30… e4 ha dejado boquiabiertos a casi todos los que criticaron Bxf6: ha abierto la gran diagonal negra. Frente a un ordenador no habría ganado pero frente a Sergei fue suficiente. Hizo crack.

La última partida era épica por su trascendencia pero muy desequilibrada. A Magnus, con blancas, le bastaban las tablas para seguir siendo campeón. Sergei tenía que ganar sólo para seguir jugando. Era demasiada ventaja. Sergei sólo ha podido complicar buscando más que nada el error del adversario.

La partida ha dado un momento bellísimo. Los comentaristas cantando una línea aguda, peligrosa pero digna de una traca final de mundial. Y, esta vez, el ajedrecista ha dado con ella, que la ha preferido a un movimiento más calmado, suficiente, anodino y seguro.

Así fue en chess24 en inglés con Peter Svidler y Jan Gustafsson. Peter jugó el torneo de candidatos (la prefinal del mundial). Es como tener a uno de los mejores jugadores de un deporte comentando la final del mismo deporte. En un momento Jan llega a decir que Peter es el mejor ordenador en estos momentos (la partida rápida) porque piensa más o menos como quienes están jugando la partida. Peter se da cuenta de la línea y de su último movimiento y estalla con un wooo. Prácticamente descarta que esa línea vaya a ocurrir por lo arriesgado del momento. Lo que ocurrió después le sorprendió

Y así fue en chess24 en castellano.

Fue una gran noche.

Vivan las cadenas

 

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill se encontraba, aparentemente, en la cumbre de su poder. Nadie simbolizaba como él la resistencia frente al nazismo.

Sin embargo, en el Reino Unido hubo elecciones y las perdió. Como de costumbre, las simplificaciones terminan amontonando los votos de forma binaria y la gente confunde las sumas con las razones. La más usual dice que los británicos no creían que el hombre que les había mandado en la guerra fuese el más adecuado para mandar en la paz; otros creen que pasaron factura a los conservadores por los errores previos a la contienda. A saber. Sobre todo, a saber si se puede saber. Lo importante es que da igual: los votantes le dieron una patada en el culo. Y eso, además, no impidió que volviera a ser Primer Ministro cuatro años más tarde. Como es evidente, no hay ninguna razón para pensar que eso que llaman “las oligarquías” o la “casta” prefiriesen el gobierno de los laboristas. También los británicos, ya ven, se ciscaron en las explicaciones sobre el control de las élites del proceso político.

Así de raras son las democracias. La gente vota y le vuela la cabeza “figuradamente” a cualquiera. Dan igual los méritos. En particular, dan igual los méritos históricos.

Por eso me repugnan tanto las portadas sobre Fidel Castro. Gente de todo tipo hablando de la importancia de un sujeto que siguió mandando porque no hubo una sola ocasión en la que los cubanos pudieran votar. Fíjense: es posible que de haber podido votar, hoy Castro no apareciera más que en la necrológica de algún periódico de una Cuba libre.

¿Saben por qué no hay gobernantes democráticos que estén cinco décadas en el poder? Porque a la gente se la sudan los destinos históricos, los fines de siglo, los pilares de la civilización y las luces y las sombras. Cuando la gente decide, decide sin pensar en los libros de historia y en las masturbaciones de lo intelectuales.

Antes de entrar a discutir las mentiras de los hagiógrafos del tirano, la reflexión es esta: ¿no os da asco, en pleno siglo XXI, alabar la figura de un tipo que nunca permitió a su pueblo darle la patada?

Joder, cincuenta años mandando. Y va a seguir mandando, a través de su hermano, después de muerto. Pero esto no les llama la atención. Al parecer, el pecado original es menos importante que sus erecciones juveniles.

Hay que ser imbécil.

Diarios de un tipo que no tiene horno de gas (XXX)

 

Durante la mayor parte de mi vida me desagradó el ajedrez. No había ninguna razón concreta para ello. Uno de mis amigos, aficionado desde niño, utilizó conmigo el recurso habitual: es un juego que desarrolla la inteligencia, me dijo. Debió parecerme sospechoso que me vendiese esto con catorce años, momento en el que ya era consciente de que esa aspiración tenía sentido en el caso de los demás, pero no en el mío (hacerme más inteligente, qué sandez), así que le respondí que quizás tuviera razón, pero que había formas mucho más enjundiosas de lograr ese resultado y que el ajedrez era una pérdida de tiempo. Como era de esperar, no perdí el tiempo con el ajedrez, pero conseguí un éxito clamoroso en hacer eso mismo con alguna de esas tareas enjundiosas que no me han servido para nada, salvo para la autoflagelación.

Hace años, sin embargo, mi hija mayor me pidió que la enseñase a jugar. Para hacerlo bien, compré libros y aprendí lo imprescindible. Como le gustaba, les busqué profesores (ya se había unido la pequeña). Continué comprando libros y leyendo (estudiar es una palabra que viene grande), para no quedarme atrás y también porque descubrí que la razón fundamental para dedicar tu tiempo al ajedrez es que resulta muy divertido. Siempre que se juegue con un ser humano, claro, o que simplemente participes del asombro.

Ya no me desagrada el ajedrez. Ellas son las culpables. Aunque ya no tengan tiempo para jugar con su padre.

 

Las razones de nuestros padres

 

Asistimos estos días a polémicas adanistas sobre nuestra constitución en la que los argumentos se centran en las condiciones materiales existentes cuando se aprobó (primero en un parlamento democrático y posteriormente en referéndum).

Son divertidas porque reproducen uno de los errores más comunes sobre la democracia. Un sistema democrático no es aquel que garantice que se adopte la mejor solución posible (si es que esa decisión pudiera identificarse sin discusión). Tampoco es aquel que garantice que los que adopten una decisión lo hagan de forma absolutamente libre y ajena a lo que les rodea. La democracia no nos hace más sabios, ni más valientes, ni más objetivos.

Esencialmente, la democracia (la representativa) es el sistema más simple y eficiente de los que podemos imaginar capaz de garantizar que las decisiones se remitan a la voluntad de los ciudadanos expresada en secreto a la vez que asegura la más alta cota de paz social para el mayor número de ciudadanos. Podemos imaginar sistemas que garanticen aparentemente más paz social (uno autoritario), pero esta paz es aparente porque no alcanzará al mayor número: los discrepantes en esos regímenes son tratados a golpes para que la paz se mantenga. Podemos imaginar un sistema en el que la decisión sea hipotéticamente más “sabia”, pero para ello hay que limitar el voto o establecer correcciones que impliquen que el más capaz o el que tenga más conocimientos decida “más”. Un sistema así es estúpido porque es muy difícil de diseñar, y porque su complejidad y necesidad de ajustes permanentes son la semilla de su autodestrucción. Podemos imaginar un sistema basado en el principio “un hombre, un voto” que implique una permanente participación del ciudadano en la toma de decisiones. Pero ese sistema sería ineficiente y se sometería a una constante tensión como consecuencia de la tiranía populista (en la que prevalece la opción más fácil de vender instantáneamente, por lo que la complejidad siempre está proscrita).

La democracia no es el camino para la felicidad o el acierto. Sin embargo, como sistema capaz de obtener a largo plazo el máximo posible de paz y progreso es indiscutible. Es preciso no olvidar nunca ese componente realista y algo deprimente.

Las votaciones no son la formulación de un discurso coherente. Son un agregado que no se basa en las mismas razones o sentimientos. Más aún, una vez que se expresa, hay que intentar romper con las causas de ese mandato. En primer lugar, porque solo se pueden expresar de una manera tan simplificada que pueden llegar al punto de ser falsas (el error constante de buscar una especie de voluntad mayoritaria, cuando cada voto es producto de procesos independientes); en segundo lugar, porque la utilidad del voto es la justificación del poder y el poder exige sus propias dinámicas. La simplicidad del sistema se basa en un doble mecanismo: el de un voto abstracto que se suma y el del castigo en el siguiente ciclo electoral.

Cuando alguien pretende desvirtuar el voto ciudadano basándose en, por ejemplo, el “miedo” o en la existencia de una supuesta única opción comete ese error. En todas las elecciones hay factores materiales que pueden llevar a una prevalencia de sentimientos como el miedo, el odio o el egoísmo. También hoy (tras décadas de democracia) esos sentimientos influyen en el voto. Es posible que votos al PP sean votos del miedo: del miedo a Podemos. Es posible que votos a Podemos sean votos del odio: odio a un sistema que creemos nos ha defraudado. ¿Son libres esos votos? También hoy (a pesar de que nos creemos más listos que nuestros ascendientes y más informados) el voto puede basarse en la ignorancia y la mentira (hay ejemplos para aburrir). Esto es una simplificación también, pero la uso porque parece que los españoles que votaron abrumadoramente sí a la Ley para la Reforma Política y más tarde a la Constitución eran unos seres acobardados, y que los españoles de hoy en día son el paradigma de la racionalidad y la libertad.

Esto mismo se puede decir de los dirigentes de los partidos políticos de aquella época. No pretendo comparar. La situación era excepcional, pero no por ello la decisión adoptada fue más estúpida o estaba más afectada por los sentimientos. Entre otras razones, porque los que ahora la juzgan lo hacen sin sus experiencias vitales y sin sus expectativas. 

Frente a esos juicios ahistóricos que exigen contrafácticos imposibles, lo único sensato es analizar unos cuantos datos y ver si encajan dentro de ciertos paradigmas:

1.- ¿La Ley para la Reforma Política imponía alguna limitación que no fuese puramente formal?: No.

2.- ¿La aprobaron los españoles?: Sí, abrumadoramente.

3.- ¿Cualquier partido pudo presentarse a las primeras elecciones?: Sí, aunque fuera bajo el paraguas de coaliciones.

4.- ¿Las primeras Cortes eran democráticas?: Sí.

5.- ¿Podían esas Cortes haber aprobado cualquier tipo de Constitución?: Sí. No había ningún límite legal. También podrían haber establecido que España era una república.

6.- ¿La aprobaron los españoles?: Sí, abrumadoramente.

7.- ¿Con posterioridad —durante más de 30 años— ha habido alguna limitación a la puesta en entredicho del sistema constitucional?: No. Esto, por cierto, demuestra hasta qué punto es falaz el discurso de los que dicen que el sistema del 78 vino impuesto. Ese mismo sistema ha permitido décadas de gobiernos que representaban a la inmensa mayoría de los españoles y es el que permite que ahora lo discutan partidos y políticos que representan también a muchos españoles, aunque no sean mayoritarios. Hay una legitimidad de uso evidente

Algo más: la crítica al sistema también es un input que pretende mover al voto generando sentimientos y poniendo en circulación una información sesgada. ¿Nos olvidamos también de las condiciones materiales existentes como consecuencia de la crisis económica de los últimos años?

Yo tengo mi opinión: el saldo de las decisiones que se adoptaron tras la muerte de Franco es casi prodigioso. Nos sacó del agujero con un coste irrisorio. No voy a jugar a la ficción y a imaginar qué habría sucedido si el camino escogido hubiera sido otro. Pero tampoco deberíamos hacer ningún caso a los que se empeñan en decirnos que llevamos cuarenta años en una democracia tullida para vendernos su poción mágica.

Puestos a ser frívolos, la única frivolidad que me voy a consentir es imaginar si estos tipos se la habrían colado a nuestros padres. Yo creo que no.

 

Un poco de memoria

 

Hoy, Verónica Puertollano recordaba, en tuiter, que el 18 de noviembre de 1976 las Cortes franquistas aprobaron la Ley para la Reforma Política.

Usa el término harakiri y hace bien, ya que esa norma suponía de hecho y derecho su desaparición. Cuatro de cada cinco procuradores en Cortes votó sí y el 94,17% de los españoles (con una participación de un 77% del censo) la aprobó en referéndum.

Esa ley, formalmente, se basaba en la legislación autoritaria y, por tanto, ilegítima de las instituciones franquistas. Sin embargo, materialmente, la ley suponía su extinción y su sustitución por una democracia basada en principios de excelente simplicidad y potencia. De esto quería hablar.

La Ley para la Reforma Política es extraordinaria. Solo hay, en mi opinión, un residuo discutible en ella: la elección por el Rey de una quinta parte de los senadores. Si excluimos esto (algo que tuvo una trascendencia mínima, casi cosmética), el resto resplandece en comparación con la legislación posterior.

Me explicaré: la ley se puede leer sin dificultad. Ocupa un par de folios a pesar de su trascendencia. Su lenguaje es de una simplicidad extrema. Solo esto ya es destacable. Vean sus principios:

1.- La democracia se basa en la supremacía de la Ley, que compete a las Cortes, como expresión de la soberanía del pueblo español.

2.- Los derechos fundamentales de la persona son inviolables y vinculan a todas las instituciones del Estado. La ley no los enumera.

3.- El Congreso se elige mediante sufragio universal, directo y secreto entre los mayores de edad, mediante un sistema proporcional. En cuanto a los senadores se elige un número predeterminado por provincia. El mandato de los diputados y senadores dura cuatro años.

4.- La Ley establece un procedimiento sencillísimo de reforma constitucional, definiendo a quién incumbe la iniciativa (al Gobierno y al Congreso) y las mayorías para su aprobación, así como la obligatoriedad de someter la constitución aprobada a referéndum.

5.- La ley regula en dos artículos brevísimos el procedimiento de aprobación de leyes ordinarias y de referéndum.

6.- La Ley establece una remisión a la Ley de las Cortes hasta que cada cámara aprobase su reglamento, para el que, la propia, ley no establece ninguna limitación.

7.- Finalmente, la propia Ley delegaba en el Gobierno la regulación de las elecciones generales, ya previstas.

Esa ley es casi tabú, porque la redactaron y la aprobaron unos señores que carecían de legitimación, al provenir de un régimen autoritario, y porque muchos vieron en ella una forma de salvar la cara. Los franquistas aseguraban —dicen muchos— una sucesión entre regímenes, que mancha nuestra democracia. Esta opinión es, a mi juicio, de una ceguera inaudita.

En realidad, esa ley es simplemente un certificado de defunción mal disimulado. Casi una descripción fáctica: enumera lo que ellos no son y ordena que pase el tiempo. Es una ley que básicamente describe la dirección de la flecha que enterraba al franquismo, limitándose a enumerar cuatro o cinco principios básicos y a fijar unas reglas procedimentales válidas en la medida que no limitaban la capacidad y competencia de esas cámaras que surgirían tras unas elecciones democráticas. Todo lo procedimental es casi protocolario, un dónde se tiene que sentar cada cual antes de empezar a hablar.

Si hacemos abstracción de su origen, la norma, como he dicho, resplandece. Esa es su virtud. Ya no había nada “legalmente” atado. Ni siquiera el Rey. Las Cortes constituyentes podrían haber proclamado una república. La ley no lo impide. La ley solo dice que la democracia es un producto formalizado que proviene del pueblo español. Naturalmente, no hablo en absoluto de las circunstancias materiales que existían en ese momento en España. Lo que afirmo es que la ley no fue una de esas condiciones materiales que pudiera inclinar la balanza del poder en una dirección u otra.

No puedo alabar a esos procuradores, ya que no representaban a nadie. Más aún, su propia biografía los hace cómplices de un régimen liberticida. Ahora bien, alabemos su última obra en sí misma. No les absuelve a ellos de nada. Ni siquiera es una primera piedra de nuestro edificio constitucional. Como en las películas de espías, esa ley se autodestruyó desde el momento en que las Cortes democráticas empezaron a legislar.

Todo esto es así, pero qué extraordinaria muestra de buena educación.

 

 

Anatema: un sitio para “listos”

 

Lean este reportaje.

Como pueden observar, el artículo no se refiere en realidad al Bachillerato de Excelencia, sino al hecho de que haya, en Madrid, un instituto en el que solo se imparte esta modalidad, sin que hay alumnos de bachillerato ordinario (o de ESO). Esto se aclara en el propio reportaje: hay, en otros institutos madrileños, aulas específicas para alumnos que reúnan los requisitos del bachillerato de excelencia.

Aclaro esto porque las críticas que aparecen en el reportaje se refieren exclusivamente al instituto en cuestión:

Juan José Moreno, diputado y portavoz de Educación del PSOE en la Asamblea de Madrid, señala que este modelo no les “gusta”. “No ha contribuido ni a la mejora de los resultados concretos de esos alumnos ni a los globales. Además, la educación no solo son resultados académicos, es mucho más. Hay unos valores y una convivencia. Por ejemplo, Alemania sí hace algo parecido, pero luego destina los mayores recursos a los centros con más dificultades académicas. El modelo que se ha implantado en Madrid es una concepción antigua de la educación”, señala Moreno, que añade que el PSOE “apuesta por programas especiales para alumnos de altas capacidades, pero integrados con el resto”.

Para José Luis Pazos, presidente de la FAPA Giner de los Ríos, este programa representa una cultura de la excelencia mal entendida. “La excelencia es potenciar las habilidades de todos y cada uno de ellos, no seleccionar a algunos con unos parámetros equivocados que solo premian memorizar contenidos aislados. Es una burbuja artificial, un modelo perverso”. Pilar de los Ríos, presidenta de la asociación de directores de institutos públicos madrileños, cree que “sacar a los alumnos de su centro de referencia para llevarlos a otro centro específico no es lo más adecuado. No creemos en centros específicos para separar a los supuestamente mejores. Todos los alumnos deben tener el tratamiento adecuado en su centro, y lo que hay que hacer es dotar a todos los centros con los mismos medios”. Estos 858 alumnos suponen el 0,8% de los 107.750 que iniciaron este curso el Bachillerato en los institutos madrileños.

Como puede observarse, el hecho de que se creen centros en los que todo esté enfocado en facilitar a los alumnos con mejores capacidades el desarrollo de estas, es tabú. Este modelo, que es una versión muy edulcorada de esto que defiendo desde hace años, es el mal porque “la educación no son solo resultados académicos”, porque hay que “potenciar” las habilidades de “todos”, no solo de los “supuestamente” mejores, seleccionados mediante “parámetros equivocados” que solo premian “memorizar contenidos aislados” y porque, en resumen, es “antiguo” y “perverso”.

Lo escandaloso de estas opiniones es que estamos hablando de alumnos que voluntariamente deciden escoger un centro que es totalmente gratuito y al que se accede exclusivamente mediante dos parámetros objetivos: su expediente académico y las notas que obtienen en el examen de premio extraordinario de la ESO, al que puede presentarse cualquier estudiante (de hecho se presentan miles cada año) que haya obtenido una media mínima en 3º y 4º de la ESO.

Como ven, el mal es la segregación: se “saca” a los alumnos de sus centros de referencia (como si hubiese una especie de traslado forzoso en vagones de ganado) y se los reúne en un lugar en el que todos tienen un perfil similar —alumnos con buenas notas, en general interesados en el estudio— y con profesores con una motivación concreta. Que el criterio para la “segregación” no distinga entre pobres o ricos, chicos o chicas, lugares de procedencia o nacionalidad, les da igual. Que sea totalmente gratuito les da igual. Lo que les molesta es que el “modelo” odioso, que se basa en el crimen de considerar excelentes a los que sacan mejores notas, se aísle en un centro, de forma que puedan extraerse conclusiones: el Instituto San Mateo lleva cinco años abierto y cualquiera puede examinar los resultados de sus alumnos. Si esos alumnos “supuestamente” excelentes se diluyen con los demás, ya no importa tanto, porque los resultados no ponen en entredicho nuestro modelo “moderno”. No elucubro: el Instituto San Mateo es un apestado, como vemos en las opiniones que he transcrito, pero nadie menciona el modelo de, por ejemplo, el Bachillerato Internacional que se imparte también en algunos institutos madrileños y, en particular, en un famoso instituto de Madrid. Les aseguro que los requisitos para ingresar en uno u otro bachillerato son similares y que en las aulas de Bachillerato Internacional de ese instituto al que me refiero (y son unas cuantas) todos los alumnos tienen una media muy alta (tan o más alta que los alumnos del Instituto San Mateo). Y les aseguro que los alumnos de Bachillerato Internacional suelen relacionarse entre sí y menos con otros alumnos del centro (por muchas razones: afinidad, simple coexistencia en las clases, y porque una gran mayoría de ellos no ha cursado ESO en el instituto que menciono, sino que ingresan en el centro para cursarlo).

Más aún, la crítica se refiere a un modelo que se centra en chicos y chicas de 16 y 17 años. No hablamos de una segregación en educación primaria o secundaria. Por lo visto, esos chicos se van a convertir en monstruos porque deciden apostar (en neolengua, “se les saca”) por estudios más intensos en clases a las que solo acuden otros como ellos. Por lo visto es más importante el “modelo” ideológico que la realidad.

No estaría de más que lo que hablan de modelo perverso preguntasen a los alumnos de ese instituto. A ver qué piensan ellos. Aunque, claro, como solo son “supuestamente” mejores, a lo mejor no tienen ni zorra idea de qué quieren o de qué es mejor para ellos.

A lo mejor hay que hacer caso a los que creen que decir que hay personas mejores que otras en ciertas tareas o que tienen más altas capacidades que otras transmite unos “valores” equivocados. Porque todos somos iguales y pensar otra cosa es “antiguo”. Y ya medirlo ni les cuento. Que el Dios de la pedagogía moderna nos libre de la medida, porque el reino de los cielos del cuento de la falsa izquierda es que todos seremos felices en la mediocridad.

Estoy seguro de que los que lucharon, desde ideologías progresistas, por la extinción de los privilegios en los siglos pasados se revuelven en su tumba al ver cómo se ponen obstáculos a la meritocracia y se favorece a los hijos de los ricos, encantados ante la falta de competencia.

 

La puerta de atrás

 

Por fin hemos conocido la sentencia y los votos particulares (1, 2 y 3) sobre la Ley Orgánica 15/2015, de 16 de octubre, que reforma la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional (esencialmente confiriendo al Tribunal Constitucional facultades para asegurar la ejecución de sus sentencias que llegan incluso a la suspensión de funciones y la ejecución sustitutoria). La sentencia declara constitucionales los artículos impugnados (aunque se limita a examinar el recurso del Gobierno vasco, dejando el de la Generalidad para más adelante).

No voy a entrar en el análisis de la sentencia ni en el de los tres magistrados que discrepan (Adela Asua, Fernando Valdés y Juan Antonio Xiol), porque sería muy largo y no sé si serviría de algo. Quien tenga interés puede leerse los documentos (especialmente acertado, de nuevo, el de la magistrada Adaela Asua).

Solo quería dejar constancia de los documentos y enlazarlos, para quien guste, y decir tres o cuatro cosas que me sugieren su lectura:

1.- La primera, que veo en algunas de las últimas sentencias una cierta pereza argumentativa en las decisiones de la mayoría y un exceso en la utilización de argumentos casi circulares, en los que se confunde el instrumento técnico-jurídico con aquello que debe ser objeto de enjuiciamiento. Para explicarme, y dicho de forma burda, se dice que un homicidio lo es porque lo que ha hecho alguien es cometer homicidio.

2.- La segunda, que, en este caso, los votos particulares son mucho más convincentes que la decisión mayoritaria, en particular en lo relativo a la inconcreción e inconstitucionalidad de medidas materialmente sancionatorias que, a la vez, y aunque parezca paradójico, que dan más poder al Tribunal Constitucional, rebajan la auctoritas derivada de su naturaleza arbitral.

3.- La tercera, que esta sentencia y los riesgos que se denuncian amargamente en los votos particulares, son resultado de un comportamiento negligente del PSOE y el PP y, en particular, del Gobierno de Mariano Rajoy. El miedo al uso de las instituciones y a las facultades legítimas reservadas en la Constitución al poder legislativo llevó a no utilizar la medida lógica: el artículo 155 de la Constitución. Razones de supuesta oportunidad han llevado a introducir esas medidas por una puerta trasera que, además, son fáciles de vender a los ciudadanos, que observan asombrados cómo cargos públicos anuncian que van a desobedecer las resoluciones del TC y de otros jueces e incluso las desobedecen sin que, aparentemente, suceda nada (digo aparentemente porque hay procedimientos judiciales abiertos). Sin embargo, esa puerta trasera es un error que distorsiona el edificio constitucional: en Cataluña no hay solo un problema de ejecución de sentencias, sino un anunciado y deliberado plan de insumisión que hay que atajar aplicando la ley, tal y como previeron los españoles al aprobar la Constitución. El subterfugio de hacer frente a esa voluntad rebelde y manifiesta forzando al Tribunal Constitucional a hacer el “trabajo sucio” es, siento tener que decirlo, cobardía disfrazada de sensatez.

Termino: los magistrados hoy discrepantes han firmado las sentencias en las que quedaba clara la inconstitucionalidad grosera de muchas de las decisiones adoptadas a instancias del secesionismo catalán. No hay dudas sobre esa inconstitucionalidad. Si el Gobierno y el Senado hubieran hecho su trabajo no tendríamos que leer las quejas de los magistrados discrepantes.

 

Orgullo y responsabilidad

 

Arrecian los análisis sobre el auge del populismo y las post-truth politics, y se multiplican los datos y la interpretación de los datos. Todo a una enorme velocidad. Tanta, que resulta imposible creer que se hayan digerido los resultados de la elecciones estadounidenses hasta el punto de variar los análisis previos. Hay un punto de frivolidad bastante notable en esto. También de necesidad de soltar lo antes posible una explicación, no sea que el analista o el medio que compite por nuestro espacio y nuestra influencia se adelante. Esto, sin embargo, es ya lo de menos. La cuestión interesante es la de la respuesta al populismo.

Sobre esto, es preciso recordar que no hay nada sustancialmente nuevo. El mundo es mucho más próspero que hace cien años. Hay mucha más gente lejos de la pobreza. Muchas más personas tienen acceso a la información y a la cultura. Hay más democracias y más posibilidades de escapar de un lugar en el que te oprimen. Las respuestas populistas pueden tener que ver con el reparto de la tarta, que, en términos relativos, nos está dejando a los que fuimos dueños del mundo con una porción inferior del pastel. Ahora, esa porción inferior es mucho más grande cuantitativamente que la que disfrutaban nuestros antepasados. Un inglés medio de 1850, en ese momento en que el inglés era casi como el romano del siglo segundo e.c., vive mucho peor y es mucho más pobre y menos libre que un inglés actual. Aunque él, a lo mejor, no lo sepa y aunque su nación ya no pueda mandar una cañonera y humillar a los que mandan en China. Por tanto, el problema es de percepción, no real. Los que anticipan que nuestros hijos vivirán peor que nosotros, porque ya no somos los amos del universo, olvidan esta enseñanza histórica. Solo vivirán peor si terminan liándose a hostias en una guerra como las que arrasaron Europa y medio mundo en el siglo XX. Incluso en este escenario tampoco eso es seguro: un alemán medio en 1990 vivía mucho mejor que un alemán medio en 1910, pese a las dos guerras mundiales.

Por otro lado, el populismo y el uso masivo de la mentira y de las emociones en la política son muy viejos. Sin irnos demasiado lejos, es importante recordar que en la década de los treinta Europa estaba llena de regímenes autoritarios y que incluso los que eran democráticos estaban sitiados por partidos y movimientos de corte populista (echen un vistazo por ejemplo a la Francia de entreguerras). Es cierto que hoy estamos peor que hace quince años, pero es que hace quince años casi vivíamos en un oasis (hablo solo de Europa). Mantengamos una cierta perspectiva, por tanto. Este no es un fenómeno nuevo. Simplemente, el “enemigo” se ha hecho tan listo como nosotros mismos, ya que el “enemigo” es como nosotros mismos. Ahora tenemos más datos y más información, pero también más capacidad de manipular esos datos de forma rápida y potente. Si hay una enseñanza, la enseñanza es que nuestros abuelos no eran más idiotas porque no tuvieran acceso a internet. Se dejaron engañar como nos dejamos engañar. No nos creamos, por tanto, más listos porque podemos buscar en google qué significa populismo. El mal utiliza todos los instrumentos a mano.

Sin embargo, sí creo que hay algo relativamente nuevo. La política que surge tras la segunda guerra mundial se centró en un discurso unificador de aquellos que creían en que la prosperidad no tiene que ser a costa de otros, en la primacía de la ley y en la necesidad de conseguir un trato digno universal para los seres humanos. El horror de la guerra y de sus obras produjo una catarsis que nos ha durado setenta y cinco años, pero que empieza a resquebrajarse. Una de las razones, en mi opinión, es la fragmentación. Los discursos políticos en democracia tienen que ser dominantes para obtener el poder. Como existía un acuerdo profundo sobre las bases de una sociedad justa y digna, los políticos, cada vez en mayor medida, fueron olvidando al ciudadano medio como objetivo de sus discursos y fueron intentando ocupar nichos de interés. Esto le sucedió a todas las corrientes políticas que se situaban dentro del sistema (conservadores, democratacristianos, liberales, socialdemócratas). La fragmentación dejó de lado la apelación (salvo de forma rutinaria y sin emoción) a los valores esenciales y se centró en los secundarios que, por intereses y apetencias, pasaron a convertirse en los favoritos de muchas personas. El triunfo de esas políticas sectoriales (el jubilado, el ecologista, la feminista, el joven, el urbanita, el agricultor, el empleado público —añadan lo que quieran—) supone una renuncia que puede parecer lógica cuando ciertas cosas se dan por sobrentendidas, pero que tiene su propia inercia. Al identificarse con una parcela mínima de nuestra existencia e intereses reales, nacen los excesos: toda la realidad se interpreta utilizando instrumentos de análisis que la distorsionan. Y llegamos al esperpento. Hay miles de ejemplos: discursos inanes nacidos de intereses legítimos que son producto del horror vacui.

La ciudadanía, la democracia representativa, la libertad individual, se convierten en fantasmas. El que ha sido atrapado por una secta desea convertir su pequeño sector en el centro de la discusión pública con una intransigencia risible si no fuera tan perturbadora. Renace además una visión autoritaria de la política, centrada en excesos regulatorios, a veces asfixiantes, a menudo contradictorios e incompatibles, producto de la necesidad de atender cada vez más agendas particulares.

Hay otra consecuencia perversa de la renuncia a situar en primera línea esos ideales centrales —renuncia por los movimientos políticos que se supone defienden el sistema—: que eludimos lo que nos puede servir de pegamento. Me explicaré. Nunca debemos suprimir la razón o colocarla en segundo plano a la hora de abordar el análisis de los problemas sociales y su solución. Sin embargo, los seres humanos somos tribales y la inmensa fuerza de las emociones es tan real que no creo que nadie pueda discutirla, ya que nos lleva incluso a hacernos daño y sacrificarnos. Si renunciamos a mostrar un ideal del que sentirnos orgullosos, alguien ocupará ese espacio. Si fragmentamos los problemas y los convertimos en el centro de batallas permanentes, como si no hubiese nada más y el resto se diera de suyo, alguien dirá que no se hace caso a la “gente” y que los que mandan son una “élite” que solo se guía por sus intereses. Más aún, ese alguien encontrará una versión falsa y simple de la realidad, identificando el problema en otros a los que acusará de ser la razón de sus males. Y ese ciudadano comprará un mensaje que emocionalmente le satisfará, sobre todo por la ausencia de cualquier otro.

Es imprescindible recuperar los fundamentos torales de la civilización occidental y hacer que la gente se sienta orgullosa de ellos. El ciudadano medio tiene que identificarse con el discurso político del sistema, pero no porque le interpele como miembro de un grupo, sino porque lo reclame como hombre libre, orgulloso y capaz. Tenemos que recuperar los problemas centrales de las sociedades humanas: la libertad, el acceso a los recursos, la educación, la igualdad de oportunidades, la igualdad jurídica, la responsabilidad. Muchas personas exageran sus males cotidianos porque nadie les recuerda hasta qué punto son más prósperos, libres, educados y sanos que sus antepasados. El populista constantemente quiere que nos sintamos mal, porque quiere captar nuestros peores instintos. Sin embargo, las personas estamos constantemente deseando demostrar que somos mejores de lo que nos creemos.

La contrapartida es que empecemos a relativizar eso que tanto nos ha preocupado en los últimos tiempos. Que dejemos, además, de torcer el significado del lenguaje. Hemos sido infantiles niños de papá y convertido gilipolleces en terrorismo, genocidio, crimen y fascismo. Hemos dado bola a demasiadas chorradas por un exceso de tiempo libre y de opulencia.

No sé qué recorrido tienen estas amenazas sobre nuestros sistemas políticos. Soy optimista, porque, a la larga, la Humanidad sigue una línea ascendente hacia más libertad y más riqueza compartida.

Pero mejor evitémonos disgustos y costes.

 

Tierra de promisión

 

El 06/11/2008 publiqué esta entrada. La recupero apenado y esperando que Estados Unidos recupere el rumbo. Qué diferentes eran aquellos dos candidatos.

 

(Para Voyeure,

con afecto envenenado)

 

Estoy contento por dos razones que demuestran que soy un hombre moderno, lleno de complejidades y contradicciones, que es lo que hay que ser. Ya saben que para que una serie o una peli se convierta en una serie o una peli de culto, el héroe tiene que tener un lado oscuro, barba de varios días y no llorar (recuerden que siempre podemos hacer que lluevaalobestia y le corran chorretones de agua por la cara).

En fin, siempre me desvío del asunto. Decía que son dos las razones: la una es que ha ganado Obama; la otra es que Voyeure está mosqueada porque ha ganado Obama, al que compara con Zapatero. Más aún: incluso afirma que Sarah Palin le gusta, adoptando el papel de corifeo de un grupo terrible de presión que me manda correos electrónicos airados. ¡Sí, me alegro de que se mosquee(n) y poder llevarle(s) la contraria!

Al menos podremos discutir sobre cosas que nos motivan. Podremos discutir sobre candidatos serios, con un pasado magnífico a sus espaldas (¡salvo Palin, coño!). Sobre instituciones prestigiosas. Sobre discursos en los que se mencionan muchas veces las palabras ciudadano y democracia. En los que la alabanza al otro forma parte de las formas.

Les molesta (sí, sí, reconocedlo) que Obama sea un símbolo de la progresía. ¡Ah! qué poco americanos son.

La realidad es que muchos son los focos de la civilización y muchos son los frutos del trabajo de los hombres. Y el eurocentrismo nos lleva a la ignorancia, al desconocimiento y, lo que es peor, al desprecio. Pero esa idea es una idea que nace en la propia civilización occidental. La única que tiene una determinada pulsión universal. Esa pulsión deriva de una semilla extraordinaria que se hace fuerte en las polis griegas y en el Estado romano. Y que se nutrirá de la fuerza del comunitarismo germánico. La idea de ley y de ciudadano con derechos y deberes.

Por eso sí hay que afirmar que hay algo superior en la civilización occidental. Su sistema jurídico-político es mejor, es más grande y nos inspira más. Nace y crece entre las piedras de Europa y se hace verdaderamente en el mundo anglosajón. Es hora de reconocerlo. Hace pocos años, sólo cien apenas, los ingleses y los americanos fueron los custodios de un mundo amenazado por construcciones totalitarias mezcla de un nacionalismo perverso, fundado en el espíritu de un pueblo, un creación romántico-medieval y un falso racionalismo que se apartó de la finalidad ilustrada: la búsqueda de la felicidad como derecho individual.

Los discursos de Obama y de McCain, magníficos ejemplos de buenas maneras y de optimismo, pueden rozar a menudo una visión excesivamente idílica del mundo y estar cargados de un voluntarismo alejado de la realidad material. Pero es cierto que el nacionalismo americano se inspira en ideas peligrosas, porque no todos podemos pertenecer a la nación entendida como efluvio de la tierra, o ser de la raza correcta escogida por Dios, pero sí podemos ser de esa nación de ciudadanos libres que deciden, también libremente, qué quieren para el futuro, cómo construirlo.

¡Qué idea más poderosa! Más aún cuando la oímos en la voz de un negro y coincide con la voz del hijo de un almirante, que acalla los abucheos, hablando del futuro, diciendo a los que desconfían del socialista con nombre árabe, que ese es su presidente y que los americanos no se rinden porque construyen su historia. Y ves los gestos de los que seguramente odian a Obama, pero están orgullosos de pertenecer a una nación que es capaz de elegirlo.

Sí, estoy encantado porque, remedando a Kennedy, yo también soy un estadounidense .Y sonrío cuando escucho a Zapatero decir que Obama tiene en España un amigo; porque no ha entendido nada. Obama quizás no sepa que Obama no es nadie; que es solo un servidor público, el principal, pero solo eso. Y que un Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica no tiene amistad con otras naciones. Pero si tuviera que apostar diría que sí, que sí lo sabe; que es muy poderoso, pero lo sabe.

Obama nos defraudará porque las expectativas son infundadas. Pero lo que no nos puede defraudar es el pasado. Hace tiempo lo dije. Estas palabras …

Sostenemos como evidentes en sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie por motivos leves y transitorios gobiernos de antiguo establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, evidencia el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno y proveer de nuevas salvaguardas para su futura seguridad y su felicidad.

… son disolventes; disuelven los propios postulados en los que se basan. No explican el mundo, sólo nos dicen qué hacer para cambiarlo. A cada uno de nosotros.