Presunción de inocencia

Este artículo de Elvira Lindo comienza así:

«Es sorprendente lo que ha ocurrido con Plácido Domingo. La defensa en torno al tenor ha sido tan abrumadora que las que han visto, en este caso, arrebatada su presunción de inocencia han sido las nueve mujeres que señalaron un mal comportamiento en el artista. A ocho de ellas se les reprochaba no dar la cara; a Patricia Wulf, en cambio, darla. Ocho testimonios eran falsos porque se escondían cobardemente en el anonimato; el noveno era falso porque respondía a un afán de notoriedad»

Me interesa la parte que señalo en negrita porque no es la primera vez que veo una afirmación similar.

La presunción de inocencia es una regla de cierre del sistema. Como otra relacionada con ella: la regla in dubio pro reo. La regla podría haber sido otra, por supuesto. La cuestión que resuelve es sencilla: ¿que hacemos cuando alguien afirma que ha sucedido algo que puede tener una concreta trascendencia jurídica —que seas sancionado—, pero no contamos con prueba suficiente? ¿Lo consideramos probado o no? De hecho, en todas las ramas del derecho en las que se suscitan cuestiones controvertidas entre partes enfrentadas, se incluyen reglas sobre la carga de la prueba: es decir, sobre quién tiene que probar determinados hechos. Y no son cuestiones tan sencillas como a veces se piensa. Sí, un principio general establece que quien pretende que algo es cierto ha de probarlo, pero esto se matiza en la mal llamada vida real considerando otros factores: por ejemplo, la facilidad de acceso a la prueba. Si una persona puede fácilmente probar que algo, sobre lo que hay indicios, no ha sucedido y aun así decide limitarse a negar, cabe que se dé por probado aquello que afirma la parte contraria.

En todo caso, cuando decidimos qué solución era más correcta, llegamos a la conclusión de que era mejor presuponer la inocencia (o la no culpabilidad) de todos, y que la sanción solo fuera admisible una vez desvirtuada esa presunción.

Insisto, la regla podría haber sido la contraria. Presumir la culpabilidad. Nuestra sociedad sería muy diferente. Salvo que pudieras acreditar tu inocencia, serías condenado. No solo creeríamos por principio a los denunciantes, sino que esa creencia tendría consecuencias jurídicas.

Sin embargo, y al margen de otras cuestiones discutibles, consideren esta paradoja: alguien acusa a otro de un delito y ese otro no puede probar su inocencia. Se le condena. Ahora, el condenado afirma que esa acusación fue falsa (es decir, acusa de un delito) y el denunciante tampoco puede probar que fuera cierta. ¿Lo condenamos también? Aplicando la regla de cierre, deberíamos. Es decir, denunciante y denunciado serían, ambos, reos de delitos incompatibles.

La opción que escogimos evita una consecuencia tan absurda. No hay delito mientras no se pruebe. Hemos aprendido que esto es más justo y más civilizado y yo creo que lo es, aunque haya delincuentes que se salgan con la suya; pero a veces olvidamos que, además, es más racional. Porque, en el caso de que no se pruebe la culpabilidad, no por ello la acusación es falsa. Como la acusación de denuncia falsa o de falso testimonio también ha de probarse cabe que denunciante y denunciado sean a la vez inocentes, aunque esto parezca imposible, porque esa inocencia no se refiere a los hechos concretos de la vida, sino al mundo del derecho y al uso de la violencia legítima contra quien viola las reglas de convivencia.

Esa regla es más civilizada y racional porque deja la decisión en suspenso. Si creemos en ella, actuamos como si todos fuéramos inocentes. Incluso aunque sepamos que es imposible que todos los seamos.

Por eso es gravemente erróneo afirmar que defender abrumadoramente a Domingo o no creer a las personas que lo denuncian es arrebatarles su presunción de inocencia. Yo puedo sostener que Domingo es inocente mientras no se prueben las acusaciones contra él. Más aún, que incluso aunque se probase una, no por ello se deberían considerar probadas las restantes (porque también es incivilizado el derecho penal de autor). Y también, y a la vez, puedo creer que las personas que denuncian que Plácido Domingo tuvo tal comportamiento son inocentes de un delito de denuncia falsa mientras no se pruebe que mienten (dejo de lado algo más espinoso, como sería las consecuencias civiles de estas denuncias sin prueba, cuando ocasionan un daño). Ambas creencias simultáneas son perfectamente admisibles.

De hecho, sostengo que lo más civilizado sería extender estas reglas a todos los aspectos de la vida, salvo cuando uno tenga un conocimiento directo de los hechos. Tenemos pánico a la indecisión. A no saber qué es verdad. A no tener opinión o certezas. En resumen, a la soledad fuera de la tribu. Sin embargo, deberíamos educarnos para superar esos miedos tan perniciosos. Las reglas de cierre no buscan la verdad, sino la salvaguarda del sistema. Y la discusión sobre ellas debe referirse al sistema, no al caso concreto. No importa tanto si Domingo es culpable o no, o si sus acusadoras inventan o magnifican sus acusaciones. Lo que importa es si el sistema es el mejor o si debemos sustituirlo por otro.

Me parece muy bien, por supuesto, que las víctimas denuncien. Y que ciertas conductas, más toleradas —o absolutamente toleradas— en el pasado sean desterradas. Más aún, que empiece a verse mal no solo al que en situación de poder abusa de otros —el primer paso, ya que esta es la conducta más grave—, sino al que se presta por interés a la conducta inmoral de personas con poder, perjudicando a otros más capaces —paso que ni siquiera veo en la agenda—, ya que siempre olvidamos a esos terceros. Pero esto no debe hacerse derruyendo un sistema civilizado y racional, para sustituirlo por la acumulación, la ordalía y el tribalismo.

Veamos el párrafo que copio: los ocho testimonios anónimos, en asunto de esta gravedad, y a falta de otra prueba, no deberían ni considerarse. Qué menos que exigir conocer el nombre de quien te denuncia. Veamos el caso del noveno testimonio: poner de manifiesto posibles razones interesadas no implica afirmar que esté acreditado que la denuncia es falsa. Defender a Domingo, afirmando que nunca le has visto propasarse o comportarse inadecuadamente, no implica sostener que pueda probarse que la denunciante miente. Simplemente nos recuerda que Domingo —que es al que se acusa en primer lugar— es inocente mientras no se pruebe lo contrario. Es decir, que la afirmación del acusador no se da por cierta mientras no pueda probarla.

Decir «yo sí te creo, hermana» por el hecho de que la denunciante sea mujer y el denunciado sea famoso o poderoso es como afirmar que los blancos son mejores que los negros o los cristianos mejores que los musulmanes. Es dejar de pensar. Más aún, es dejar de pensar para vengarse. Como se hace decir al fiscal Christopher Darden en la serie sobre el juicio a O. J. Simpson, es defender como justo que un negro no sea condenado solo por ser negro, porque antes hubo blancos no condenados porque eran blancos.

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Pudo razonablemente ser peor

 

Estos días se ha convertido en noticia el caso de un joven que va a ingresar en prisión por haber sido condenado a una pena de dos años como autor de un homicidio por imprudencia grave. El condenado no tiene antecedentes penales, por lo que el ingreso se ha de deber al hecho de no haber abonado la responsabilidad civil (180.000 € a favor de las hijas del fallecido) y no haber convencido al juez de que tiene intención de hacer frente a dicho pago en unas condiciones de razonabilidad, dadas sus circusntancias, ya que la ley permite la suspensión de penas de hasta dos años aun no pagadas las responsabilidades civiles, si existe ese compromiso.

En todo caso, el asunto ha provocado un montón de comentarios, sobre todo desde el momento en que personalidades, como Arturo Pérez-Reverte, denunciaron el caso, y desde que dirigentes de Vox han empezado a utilizarlo como un ejemplo de la supuesta mala regulación de la legítima defensa en España, hasta el punto de calificar al condenado como héroe e incluso reclamar, para él, una condecoración.

Más aún, se ha estado dando hostias al juez y a la justicia española sin que se hubiese publicado el contenido de la sentencia. Es decir, sobre la base de la versión del acusado y de su abogado.

Acabo de leer la sentencia y por fin puedo comentar algunas cosas:

a) En primer lugar, que una de las acusaciones llegó a pedir quince años de prisión (como homicidio doloso e incluso asesinato), aunque esta solicitud se reprocha intensamente por el juez, siquiera porque el asunto se tramitó, con aquietamiento, como procedimiento abreviado y se juzgó en un Juzgado de lo Penal (cuando asunto de una enjundia así, ha de verse en una Audiencia Provincial). Un dislate, en suma, dadas esas razones procesales.

b) En segundo lugar, que la sentencia es bastante larga (21 páginas), muy detallada y el juez da razones de su decisión en todos sus aspectos. La sentencia es técnicamente solvente y está absolutamente motivada.

c) En tercer lugar, que la primera sensación que da su lectura es que el acusado puede dar gracias de haber salido razonablemente bien parado. Con esos mimbres, el resultado podría haber sido diferente y explicaré ahora por qué.

d) Veamos los hechos probados:

Estos son los hechos probados desnudos, pero hay que integrarlos con las muchas explicaciones que da el juez en la sentencia. Así:

a) El acusado no estaba defendiendo a la víctima. Su conducta pretendía recuperar su bolso. Para recuperar el bolso o lograr la detención del fallecido no tenía por qué golpearle.

b)  El juez afirma que no consta que el ladrón agrediera o quisiera agredir al acusado. De hecho, la única prueba que ha considerado sobre cómo se produjeron los hechos han sido la declaración del acusado y la pericial forense. Luego insistiré en esto.

c) Consta que al menos el acusado propinó dos golpes de gran violencia al fallecido. Tan violentos que pudieron ser la causa directa de la muerte y no el golpe tras la caída.

d) El acusado es experto en artes marciales.

e) El acusado abandonó al fallecido en el suelo. Y cuando la policía le preguntó por los hechos, dijo no saber nada en un primer momento. Y la explicación que da es absurda: afirma que le preguntaron por el robo y que él, de eso, no sabía nada. Pasan dos semanas hasta que acude a la policía y da su versión de los hechos. Y lo hace tras el reconocimiento fotográfico realizado por la policía que ya le ha identificado.

f) Los médicos niegan cualquier relación entre el fallecimiento y la drogodependencia del fallecido.

g) En cuanto a los testigos y peritos:

g.1. Un policía local explica que les «comisiona» una persona que estaba a unos 400 m y que «había una persona tirada en el suelo y una chica que le decía que no llamara a la policía, que lo llevaran a un médico. Que esa chica les contó dos o tres historias diferentes de lo sucedido, que la persona se había caído, que otro le pegó. Que intentaron reanimarlo hasta la llegada de la ambulancia. Que seguidamente llegó su compañero que también realizó maniobras de reanimación. Que la persona era normal, no presentando signos de lesiones o sangre, no sabía que había pasado y que en las aludidas tareas de reanimación pudo producirse alguna contusión en la persona, pues fueron 4 o 5 compañeros quienes lo intentaron, pudiendo fracturarse alguna costilla pues allí “sonaba algo”».

g.2. Un propietario de un establecimiento de prensa cuenta que se encontraba «a unos 100 o 150 metros, que vio como un chico corría con un bolso y otro le da alcance, que forcejearon, sin poder apreciar nada mas pues había bastante distancia, quedando uno en el suelo, sin saber si el otro le dio patadas en el suelo, como ya había relatado a la fuerza policial actuante». Vean, que este testigo en instrucción habló de patadas en el suelo, aunque luego dijera no recordarlo en el juicio.

g.3. La compañera de trabajo del acusado cuenta que, tras volver su compañero con el bolso, cogieron un taxi y que «volvieron a pasar en el taxi por el lugar de los hechos y vieron a una persona tirada en el suelo con policía que lo reanimaban, que el acusado no dijo ni les contó nada y no pararon, (…)»

g.4. La otra compañera de trabajo dice que «el acusado recuperó el bolso pero que no sabe como pues no se lo dijo, que solamente vio a Borja correr tras el hombre que llevaba el bolso y que el hombre se giró como para darle con el. Que al ver que quedó con una mujer, sin que entonces lo viera caído en el suelo, se fueron, cogieron u taxi y entonces si que vieron a esa persona tumbada con la policía, sin que el acusado les dijera entonces nada». Fíjense en que ve cómo el ladrón se gira, pero no ve nada más. Tampoco que cayera al suelo, y no preguntan nada al acusado.

g.5. La otra participante en el robo, con el fallecido, testigo directo, contó que «estaba bajo los efectos de las drogas» y no recordaba todo bien; que «Pedro salió corriendo, que el chico se acercó y le quitó el bolso y le dio patadas y puñetazos, que lo vio pues ella estaba a poco metros, que Pedro no se defendió pues no estaba bien, que intentaba retener el bolso pero que a la segunda o tercera patada, la de la cabeza, cayó al suelo, que el acusado le golpeó como si supiera artes marciales, sabiendo muy bien donde pegaba. Que llamó a un muchacho de la basura, que lo intentó reanimar pero ya estaba muerto. Que se lo decía a ellos pero se marcharon, quedándose ella sola sin que nadie les ayudara, que “lo mató como un animal”, que aún comprendiendo que había cometido un delito eso no se hacía» (…) «reiteró haber visto las patadas en la cabeza, aunque también una patada en el pecho que le hace hacer al suelo y una patada en la cabeza, que también dio golpes con el puño pero lo que mas recuerda es la patada, no recordando que dijera que vio como le daba un
puñetazo en la espalda». El juez no admite este testimonio por el hecho de que estuviera drogada y porque había declarado ante la policía «que el acusado propinó a Pedro una fuerte patada en el pecho, que como consecuencia de dicho golpe cayó al suelo y continuó propinándole diversas patadas en la cabeza y en el pecho, así como puñetazos, teniendo que tener conocimiento de artes marciales por el modo en el que propinaba los golpes, y que le propinó a ella una patada en la espalda al intentar proteger al anterior, sufriendo además una lesión en un dedo de la mano». En sede judicial «habló de golpes en la cabeza y que creía que sabía artes marciales» y en fase de instrucción que «el acusado cogió por detrás a Pedro y le dio un puñetazo en la espalda y después una patada en la cabeza, que lo tiró al suelo y ahí comenzó a darle patadas, unas diez». Llamo la atención sobre el hecho de que el juez, de haber considerado esta declaración fiable, podría haber condenado por asesinato, homicidio doloso o lesiones dolosas. No hay más testigos de la pelea que hayan afirmado haberla visto realmente; sin embargo, el juez rechaza este testimonio y basa la condena en el del acusado.

g.6. Más aún, el forense afirma que las lesiones pudieron producirse por un traumatismo derivado de un golpe directo o por el impacto de una caída, que las contusiones torácicas eran compatibles con maniobras de reanimación por la zona donde aparecieron, y pese a que también podían deberse a un puñetazo, por el contexto y antecedentes médicos eran compatibles con dicha reanimación. También destacó la existencia de lesiones secundarias al traumatismo tales como herida incisa en ceja, equimosis en el pómulo, también propias de un golpe directo o derivadas del impacto de una caída. Además, el forense afirmó que «para romper un maxilar, una pieza dental o el frenillo el traumatismo ha de ser de cierta intensidad». Es decir, el testimonio de la pareja en el robo es tan compatible con el informe forense como el que da el acusado.

h) Así que el juez, que no declara probada la existencia de ninguna agresión previa del fallecido (sobre la que no hay más prueba que la afirmación del acusado) y ante la inusual circunstancia de que los cinco o seis testigos que estaban cerca no vieran prácticamente nada o lo olvidasen —excepción hecha de la compañera de delitos del fallecido—, decide creer al acusado y admitir que puede que lo que este reconoce (dos puñetazos al acusado que terminan con él en el suelo) quizás es lo que pasó, obviando la versión alternativa, en la que hay patadas y puñetazos (como de experto en artes marciales), incluso tras caer en el suelo; y todo ello pese a que el acusado conoce esas artes marciales; a que se marcharon de allí sin pararse, aunque el  fallecido en el suelo sometido a maniobras de reanimación; a que calló ante las primeras pesquisas policiales; a que un testigo dijera a la policía que vio golpes al fallecido cuando ya estaba en el suelo (ya que olvidó esto en el juicio); a que las lesiones eran compatibles con fuertes golpes directos, ya que el fallecido tenía roto el maxilar y un diente y tenía contusiones torácicas.

El juez escoge una versión de dos posibles y compatibles, y no seré yo que critique su decisión. No he visto el juicio ni escuchado a los testigos. Solo comento lo que el juez ha escrito en su sentencia.

Ahora, con todo esto, díganme ustedes si es poco razonable o injusta una decisión que califica los hechos como homicidio imprudente y que extrae las consecuencias indemnizatorias inevitables.

¿Una medalla? ¿Mal regulada la legítima defensa en España?

Extraigan sus consecuencias.

 

NOTA: La sentencia completa la encontráis aquí.

Mansplaining

 

Las cuatro esquinas del mundo les propone un bonito juego, en el que pueden demostrar ustedes su inteligencia.

— ¡Marilyn! … ¡Marilyn! … Perdonen ustedes a nuestra azafata. Ya saben que las chicas y más la chicas guapas, siempre tienen la cabeza llena de pájaros. ¡¡MARILYN!! (…)  ¡Ah!, aquí está nuestra guapa azafata. ¿Qué, otra vez haciendo crucigramas? No contestes, date una vuelta y sonríe para que todos puedan verte. Marilyn, por si no lo saben, presume de ser lista. Dice que tiene el CI registrado más alto del mundo, hasta 230 ha llegado a decir. ¡Un aplauso para ella y para su cabecita donde caben tantas cosas! (…) Vayamos a nuestro concurso. Primero los premios. Pueden ustedes ganar una de estas dos hermosas cabras. Sonreíd también vosotras, cabritas.

— O, si juegan ustedes bien sus cartas, pueden obtener este fabuloso Aston Martin:

— Vamos a colocar nuestros premios detrás de tres puertas numeradas, la puerta 1, la 2 y la 3. Ahora escoged una puerta, la que queráis … ¿la 1?, muy bien. Ahora, de las puertas 2 y 3 que no habéis escogido, voy a abrir una en la que sé que está una de las cabritas. ¿Sí? ¿El caballero del fondo? ¿Qué es lo que no entiende? Yo se lo explico. Ustedes han escogido una puerta. Quedan dos y en un de ellas, al menos, hay una cabra. A lo mejor, si han acertado con la puerta que oculta el Aston Martin, hay cabras en las otras dos. Así que, sin desvelar el misterio, siempre puedo abrir una puerta que guarde a una cabrita. (…) Eso voy a hacer: y … ABRO LA PUERTA 3. Ahí está una de nuestras cabritas, tan sonriente como de costumbre. Un aplauso para ella. (…) Bueno, nos quedan dos puertas, la 1 y la 2. Han escogido la 1, pero … vamos a hacer esto más divertido todavía. Cambien de puerta si quieren. Les dejo cambiar de la 1 a la 2. Ya sé que da igual, que quedan dos puertas y que detrás de una está la cabrita y detrás de otra el fabuloso Aston Martin, así que la probabilidad de ganar es la misma si no se cambia de puerta, un 50 % en cada caso, pero ¡ESTO ES LA TELEVISIÓN!

— No da igual.

— ¿Qué dices, Marilyn?

— Que no da igual. La probabilidad de acertar era, al principio, de 1/3. Una vez hecha la elección, y una vez abierta una puerta de las otras dos, una que tenga una cabrita, si no cambiamos, la probabilidad de ganar es de 1/3, y si cambiamos, la probabilidad de ganar es de 2/3. Es mejor cambiar de puerta, aumenta la probabilidad de ganar.

— Marilyn, guapa, no digas tonterías. Quedan dos puertas, una tiene una cabra y la otra el Aston Martin; no hay que ser muy listo para darse cuenta de que la probabilidad de ganar es la misma, 1/2, así que da igual cambiar o no. ¿Qué desea caballero? Dadle un micrófono a ese señor del público.

— Ejem, señorita o señora, lo que sea (risas), ya hay suficiente analfabetismo matemático en el mundo. No necesitamos que el máximo coeficiente intelectual del mundo vaya propagando más. ¡Qué vergüenza!

— Ese otro caballero quiere intervenir también …

— ¿Puedo sugerirle, Marilyn, que compre un libro de texto estándar sobre teoría de probabilidades y se remita a él, antes de tratar de responder de nuevo a una pregunta de este tipo?

— Y ahora ese otro …

— Quizás las mujeres consideran los problemas matemáticos de forma diferente que los hombres.

*****

La evolución no hizo a los seres humanos muy capaces cuando de probabilidad se trata. Bastaban cálculos groseros del siguiente estilo: imposible, poco probable, muy probable o seguro, para que los antepasados de la sabana africana pudieran huir de un depredador. Muchas veces la respuesta intuitiva a la pregunta sobre la probabilidad de que un determinado suceso pueda tener lugar se aparta mucho de la respuesta correcta. En muchos libros aparece un ejemplo que es útil para visualizar esto. Si le preguntan «¿Cuántas personas debería haber en una habitación para que la probabilidad de que al menos dos de ellas cumplan años el mismo día sea mayor del 50%?«, usted ¿qué contestaría? Piense sobre ello, luego le doy la respuesta.

Lo curioso es que, en el asunto del juego, se mezclaron en algunos dos prejuicios intuitivos: el primero, que sí tenemos esa capacidad y podemos fácilmente dar respuestas aproximadas; el segundo, que una mujer, por inteligente que sea, no va a saber más que un hombre con formación matemática.

El juego fue planteado por Marilyn vos Savant a los lectores de la revista Parade, donde Marilyn tiene una columna semanal llamada Pregunta a Marilyn. Ella sostuvo lo mismo que nuestra azafata. Se produjo un aluvión de cartas. Unas diez mil. Un 92 % de las cartas procedentes del público estaba en contra de su respuesta y lo mismo ocurría con un 65 % de las cartas que provenían de las universidades. Entre los lectores que contestaron en contra se encontraban un subdirector del Centro para la Información de la Defensa de los Estados Unidos y un estadístico del Instituto Nacional de la Salud.

Entre las cartas recibidas se encontraban afirmaciones como las que he hecho decir al público de nuestro concurso.

Sin embargo, al final, tras explicar, en una segunda carta, de manera más profunda su razonamiento, los profesionales más recalcitrantes terminaron reconociendo que tenía razón (eso sí, lean las críticas a la pregunta planteada por vos Savant). Hasta se llegó a efectuar la prueba en las clases de matemáticas de más de mil escuelas por Estados Unidos. Los resultados eran unánimes a favor de la respuesta de nuestra azafata. Por cierto, es una historia vieja que se trata en muchos textos sobre probabilidades, por lo que resulta más graciosa todavía la seriedad de ese lector que mandaba a Marilyn a leer sobre la materia, cuando, al parecer, él no lo había hecho.

*****

Respuestas:

a) En la página de la wikipedia encontrarán muchas respuestas al problema. Hay una que es bastante evidente y que se efectúa con un millón de puertas. Abres una. Luego el presentador abre 999.998 que tienen cabras. Solo queda una cerrada. ¿Es mejor cambiar o no? La probabilidad de que hubieras acertado en la primera ocasión era de 1/1.000.000.

Pero la explicación más sencilla se la leí a Ian Stewart en El laberinto mágico, el libro en el que me encontré por primera vez con esta historia.

Suponga que usted elige la puerta 1 (da igual si escoge la 2 ó la 3). Hay tres posibilidades. Cada una de ellas es igualmente probable, porque la probabilidad de que el automóvil esté tras cualquier puerta concreta es una entre tres. La cursiva muestra qué puerta (o puertas) puede abrir el presentador.

Ahora, veamos que pasa si el concursante no cambia:

Puerta 1: Automóvil
Puerta 2: Cabra
Puerta 3: Cabra

Resultado: Gana

Puerta 1: Cabra
Puerta 2: Automóvil
Puerta 3: Cabra

Resultado: Pierde

Puerta 1: Cabra
Puerta 2: Cabra
Puerta 3: Automóvil

Resultado: Pierde

Y ahora veamos qué pasa si el concursante decide cambiar:

Puerta 1: Automóvil
Puerta 2: Cabra
Puerta 3: Cabra

Resultado: Pierde

Puerta 1: Cabra
Puerta 2: Automóvil
Puerta 3: Cabra

Resultado: Gana

Puerta 1: Cabra
Puerta 2: Cabra
Puerta 3: Automóvil

Resultado: Gana

Cuando cambia nuestro concursante pasa de ganar una de cada tres veces a ganar dos de cada tres. Voilà.

b) En cuanto a la cuestión del número de personas que tiene que haber en una habitación para que la probabilidad de que dos de ellas nacieran el mismo día sea mayor que un 50 %, la respuesta se obtiene calculando la probabilidad contraria: la de que no haya dos personas con la misma fecha.

Si sólo hay un patético invitado en la fiesta, la probabilidad sería del 100%. Es imposible que haya otra persona con el mismo día de nacimiento. Si hay dos, la probabilidad de que la segunda no haya nacido el mismo día, teniendo en cuenta que nuestro primer invitado ya ha agotado una fecha, es de 364/365. Añadamos una tercera persona: será de 363/365. Para conocer la probabilidad combinada de los tres, las multiplicamos: (365/365) x (364/365) x (363/365). Seguimos añadiendo personas. Cuando llevamos 23 invitados, la probabilidad ha descendido a 0,492. Por tanto, la probabilidad contraria, la que nos interesa, es del 50,8 %.

Sólo hacen falta 23 personas.

Malaherba

 

El viernes, cuando ya estaba para irme, recibí un sobre con un libro en su interior. Se trataba de Malaherba, la novela de Manuel Jabois. Yo casi no leo novelas. Cuando era niño, mi plato favorito era la merluza —sería pescadilla, pero mi madre la llamaba merluza— hervida con mayonesa. Tenía tendencia a las fiebres altas y eso me producía acetona. Ahora sé que la acetona no es una enfermedad, pero entonces, con ocho o diez años, no solo era una enfermedad, sino que era mi enfermedad. Y me ponía malísimo, tanto que aprendí a hacer dieta de verdad, como si fuera uno de esos que viven sobre una columna y buscan a Dios. Estábamos en el pueblo cuando, tras comer demasiada merluza con mayonesa, me puse tan malo que casi estuve tan malo como cuando jugué una final de Roland Garros con Orantes y los golpes de raqueta coincidían con los tictac de ese maldito despertador dorado. Desde entonces, bastaba el simple olor a pescadilla hervida para que la arcada viniera de visita. Décadas más tarde ya pude comerla. Yo creo que algo así me pasó con las novelas. Leí demasiado entre mis quince y mis veinticinco, y sobre todo leí demasiadas novelas y un día decidí que no podía tragar una más, así fuera Moby-Dick. En los últimos años, empiezo a soportar el olor a novela, así que imagino que me voy curando.

A veces me voy andando a casa y, no crean, la cosa tiene su miga porque tardo más de dos horas. Estos últimos meses me he dado ese paseo varias veces mientras escuchaba a testigos y a peritos. Por suerte, Marchena ya ha dicho que está todo visto para sentencia, así que me puse a andar, a leer y a escuchar, pero no a guardias civiles. Escogí la novena de Bruckner por ninguna razón particular, quizás solo porque es larga. Terminó a mitad de camino y pensé que hubiera sido interesante poderla escuchar al revés, pero la tecnología a veces se olvida de las cosas importantes, así que solo pude escucharla dos veces en la misma dirección.

A lo mejor le habría ido bien a la novela cualquier obra, pero ya se ha quedado con esta. Y, por duplicado. Malaherba dura dos novenas de Bruckner. Os contaré algo. Cuando vivíamos casi al lado del Retiro, se mudó al piso de enfrente un divorciado. Tenía con él a sus dos hijos, un niño y una niña, ya saben, los fines de semana alternos, la mitad de las vacaciones escolares y la mitad de los gastos extraordinarios. Su hija era pequeña, de la edad de la pequeña mía, como de seis años o así. Y no sabía bien qué hacer con ella. Un día le preguntó a mi mujer a qué podía jugar para entretenerla, que él jugaba a princesas y castillos, y mi mujer, con sorna, le dijo que yo jugaba con mis hijas a vampiros. Me tumbaba en la cama, haciéndome el no muerto, con los ojos cerrados y medios palillos en forma de colmillos, y dejaba que se acercasen, lentamente, avance y retroceso, hasta que casi notaba su aliento, abría de golpe los ojos y las perseguía por la casa. Creo que el consejo lo dejó más perplejo que otra cosa, pero qué sé yo de cómo hay que entretener a un puto crío. Cada cual hace lo que puede. Si se preguntan que a qué viene esto, yo qué sé. A lo mejor a nada.

El caso es que me leí Malaherba camino de casa. A falta de quince páginas. Lo he terminado hoy. Como no sé hacer reseñas literarias, género que me parece dificilísimo y que exige una dotación completísima de frases musicales, he pensado solo en explicarles a ustedes que lo leí casi de tirón. Al final, cuando llegaba a casa, era de noche; así que usé la linterna del móvil. Antes me bastaba con ir de farola en farola, entreviendo las palabras en la zona de penumbra, gracias a la luz que se va y a la que viene, pero mis ojos están viejos y se están vengando.

Yo casi no leo novelas, solo de arañas alienígenas o hitos de la literatura china y japonesa, por eso de cubrir un poco la ignorancia inexcusable, así que no estaría bien que recomendara a nadie que compre y lea la novela de Jabois. Solo quería explicar que la leí casi de tirón. Que la he terminado esta mañana, dando otro paseo, y que a lo mejor ustedes sí leen novelas, porque no tienen la puta desgracia de estar enfermos de acetona.

 

 

No te preocupes, querida, yo me ocupo de pagar el gallo que le debemos a Asclepio

 

In memoriam M.

Cuando a Sócrates le libran de los grilletes, el mismo día de su muerte, se le ocurre hacerse pasar por Esopo e inventar una fábula sobre el placer y el dolor. En ella, el dios, harto de la guerra que se traen, los convierte en siameses unidos por las coronillas; por eso, a poco que uno se presenta ya anuncia la aparición de su rival.

Lo cuenta Platón en un diálogo inmortal, por el asunto del que trata y porque resonará en el tiempo mientras haya hombres que revivan el último día en la vida de un hombre. Dice Fedón:

«Por esta razón no sentía en absoluto compasión, como parecería natural al asistir a un acontecimiento luctuoso, pero tampoco placer, como si estuviéramos entregados a la filosofía tal y como acostumbrábamos; y eso que la conversación era de este tipo. Sencillamente, había en mí un sentimiento extraño, una mezcla desacostumbrada de placer y de dolor, cuando pensaba que, de un momento a otro, aquél iba a morir. Y todos los presentes estábamos más o menos en un estado semejante: a veces reíamos y a veces llorábamos (…)»

También para mí es inmortal, pero no por su filosofía. Lo diré mejor: no por la filosofía. Critón tenía razón. Pregunta por el entierro. Le pregunta a Sócrates cómo quiere ser enterrado y entiende toda la conversación como un consuelo, para ellos y para el que se ha propuesto cumplir la ley, antes incluso de que el sol se ponga tras las montañas. No se convence de que el hombre con el que habla no sea aquel que verá cadáver y por eso quiere conocer sus instrucciones para su sepelio. Critón, que avaló a Sócrates ante los jueces, comprometiéndose con su promesa de que no abandonaría Atenas, se convierte en objeto de amable burla. Los amigos, ahora, deben avalar que Sócrates sí abandonará, bienaventurado, el mundo y que no es Sócrates el que será enterrado. Critón tenía razón, pero quién habría sido capaz de contradecir a Sócrates.

Todos lloraron y fueron reprendidos por Sócrates por llorar. Tampoco en esto tenía razón Sócrates, porque como confiesa Fedón, él no lloró por Sócrates, sino por él mismo, por su propia desventura.

 

Relatos inéditos

 

Soy mucho despistado y ando siempre centrado en mis cosas. Quizás, además de despistado, sea algo egoísta, pero con un egoísmo singular y guay, no vayan a creer. El caso es que es frecuente que no me dé cuenta de lo que les va pasando a los que me rodean, bueno o malo. Imagino que los que me conocen y me soportan lo han asumido.

Cuento esto porque, a pesar de esa ceguera, hay dos cosas que siempre noto. Las noto porque me molestan mucho, así que, digo yo, será esto simple consecuencia de mi egocentrismo. Me molesta que alguien trate mal a quien piensa es su subordinado, aunque eventual. Por ejemplo, a un camarero. Y también que alguien trate mal a su pareja. No hablo de algo grave, sino de gestos mínimos, fugas accidentales de desprecio en entornos aparentemente controlados.

Esos fallos de matrix son interesantes. Nos enseñan a las personas detrás de las puertas. O las puertas detrás de las personas, a saber.

El caso es que, detectado, empiezo a mirar de otra forma al sujeto. No es tanto que lo ficticio se vea sustituido por lo real, como que lo ficticio, pero costumbrista, se ve sustituido por lo ficticio, pero detectivesco. De la peli en color paso a la peli en blanco y negro, y un guionista interior escribe un guion en el que la voz del escritor explica mediante un personaje inteligentísimo que la historia no está escrita por un guionista. Ya saben, como esa trola sensacional que le suena a Bogart en su cabeza en La condesa descalza y que todos oportunamente escuchamos.

Desde ese momento, presto atención renovada y todo lo interpreto conforme a ese gesto fugaz. La amabilidad posterior se convierte en impostura, la frialdad en prueba de cargo y me digo, consciente de mi teatralidad: «crees que engañas a todos, pero a mí no me las das con queso, villano». 

 

De dictadores y argumentos

 

España se ha convertido en un patio de colegio. El Tribunal Supremo en un auto —es decir, en una resolución «menor»— menciona de pasada —es decir, menciona no como argumento que sirva para tomar una decisión— que Franco fue jefe del Estado desde una fecha y un montón de gente se pone a gritar. Que si el Tribunal Supremo ha legitimado el golpe de Estado franquista, que si ha destituido a Azaña, que si esa mención demuestra que el Tribunal Supremo está lleno de franquistas y no se puede esperar nada en el juicio a los secesionistas (estas son algunas perlas).

Es todo tan imbécil que produce asombro. Aunque el Tribunal Supremo se equivocase en el dato, algo discutible, da igual. Franco fue un dictador asqueroso desde el primer día. También cuando su gobierno fue reconocido por Reino Unido y Francia. También después de dimitir Azaña. Lo fue desde antes de que, con el voto de sus cómplices criminales, se hiciera con el poder absoluto y lo siguió siendo desde ese momento. También cuando España entró en la ONU y nos visitó un presidente norteamericano. Sí, fue un dictador asqueroso, pero fue jefe de Estado. Como lo fueron Stalin o Hitler o Pinochet o como todos estos. ¿Importa mucho si fue jefe del Estado desde 1936 o desde 1939? ¿En serio? ¿Se va a negar que controlaba gran parte de España desde 1936?

Esa mención —de pasada, intrascendente a los efectos de lo que se decidía—  no puede legitimar nada porque, de asumir ese argumento, esto supondría que Franco habría sido un jefe de Estado legítimo si se hubiera optado por otra fecha posterior.

La estupidez nos asuela.

*****

Tras los informes de las tres acusaciones en el juicio a los líderes del golpe secesionista, he mirado resúmenes en periódicos y he escuchado opiniones de opinadores. En su mayor parte, insufriblemente superficiales. Se han centrado en lo que los periodistas llaman titulares. En las frases sonoras, los espejitos que tantas veces se usan para engañar a los nativos, como esas máximas o refranes que vemos pulular por las redes sociales, a menudo con la foto de algún prócer para darle el aura de verdad revelada. Esas píldoras que sustituyen un razonamiento complejo y matizado que analiza todos los aspectos de una cuestión, pero que tanto satisfacen nuestra pereza y la incapacidad para reconocer nuestras limitaciones.

Todo está claro. Los fiscales han dado un zasca (y eso que las defensas no han podido aún replicar) y la abogada del Estado es una traidora que, con sus balbuceos, demostraba la falta de convencimiento. Como si la potencia o adecuación del argumento dependiera del timbre de la voz o de los ehhh intercalados.

Un día, si tengo tiempo y ganas, escribiré un ladrillo en el que expondré con detalle mi punto de vista sobre lo que se ha probado o no en el juicio, y, en concreto, sobre si los hechos probados completan los hechos típicos del delito de rebelión o no. Será tan coñazo que no lo leerá casi nadie, y después de escribirlo tendré la sensación de que soy gilipollas por perder mi tiempo en una tarea que nadie me paga —ya me estoy arrepintiendo, así que es probable que no lo escriba—.

En ese ladrillo debería analizar si, con independencia de cuál sea el bien jurídico protegido en el delito de rebelión, los acusados llegaron a desplegar una conducta material que lo pusiese en riesgo conforme a la descripción contenida en la norma penal. Porque, al margen de la discusión sobre qué se protege en el Título XXI del Código Penal (delitos contra la Constitución), cuestión de importancia, ya que no es igual que se incluya solo aquello relacionado con los derechos y libertades que el que se amplíe al propio sistema jurídico en su conjunto en cuanto garante de la paz social, lo cierto es que la finalidad del autor no es suficiente. No basta con que los hoy juzgados quisieran acabar con el sistema constitucional, sino que es preciso que su conducta se ajustase materialmente a la conducta prohibida en la norma penal. Porque —y esto es consecuencia de que no se recogiese como forma de rebelión, con ese u otro nombre, el autogolpe— el alzamiento violento, como conducta prohibida, exige que la violencia pública tenga unas características que por sí solas sean adecuadas para poner en auténtico riesgo la integridad de la nación o la aplicación de la Constitución en la parte del territorio nacional en el que se produce el levantamiento.

Por esta razón, los argumentos de la abogada del Estado, ridiculizados por algunas personas que no tienen ni puta idea de lo que hablan, son —al margen de la posición que uno tenga— perfectamente pertinentes. La violencia periférica, puntual, no toral en la conducta desplegada para el fin descrito*, no es la violencia que describe la norma penal. Una conducta puede aparente o formalmente coincidir con la conducta prohibida y, sin embargo, ser penalmente irrelevante por ausencia de lesividad conforme a lo que se describe en el tipo que se pretende aplicar y al fin de la norma. El fiscal Cadena, en su análisis del tipo, sostuvo ayer que solo exige la violencia necesaria para la obtención del fin perseguido. Aunque no sea especialmente intensa. Que, de entenderse de otra forma, incluso el golpe del 23 de febrero debería quedar impune. Pero, en mi opinión, esa tesis amplía el tipo de manera inasumible. La violencia puede consistir, como bien dijo la abogada del Estado, en una amenaza creíble sobre su uso: por ejemplo, la presencia de un pelotón de guardias civiles con sus armas en el Congreso y tanques por las calles de una ciudad. Esa intimidación cumple el tipo porque anticipa un posible uso de medios que tienen la finalidad concreta de cambiar el Gobierno del Estado. La cuestión es que la violencia que se observa el 20/9 y el 1/10 en Cataluña, incluso en su faceta de intimidación, no va dirigida a la consecución de la secesión por sí sola, sino a la realización de un referéndum que pretende utilizarse como argumento legitimador. Por mucho que los secesionistas le quisieran dar importancia a ese hecho —hasta el punto de introducir automatismos en sus leyes esperpento al efecto—, el referéndum en sí no es la secesión, salvo que asumamos el tramposo relato secesionista. Tan obvio es esto, que los hoy acusados estuvieron un mes circulando libremente sin que nadie los detuviera cuando supuestamente habían ya cometido uno de los más graves delitos de nuestro Código penal el 1/10. ¿Alguien se imagina a Tejero paseando un mes libre por España y dando entrevistas después del 23-F?

Y sí, yo creo que hubo sedición. Porque, al margen de que los acusados sí quisieran atentar contra la Constitución en sentido material, lo cierto es que, aunque no desplegasen la conducta que completa el tipo del delito de rebelión, para cumplir sus objetivos asumieron y quisieron que se viera afectado gravemente el orden público, que es otro bien jurídico. Precisamente porque controlaban un enorme poder en el territorio, no precisaban, para la consecución de sus fines formales, con la realización de determinados actos habituales en un golpe de Estado: concretamente los referidos a la toma de centros de poder. De hecho, incluso controlaban la fuerza pública más numerosa en el propio territorio. Y, de hecho, podrían haber declarado la república catalana sin referéndum y esto no habría sido delito ni de rebelión ni de sedición. Sin embargo, optaron por añadir ese golem legitimador prohibido por los tribunales. Para llevarlo a la práctica, una vez que un magistrado ordenó a las fuerzas de seguridad del Estado que materialmente actuase para impedirlo, necesitaban de una actuación masiva de oposición. Esa oposición no tenía que ser violenta para ser sediciosa, ya que el tipo no lo exige, pero sí tenía que ser pública, tumultuaria y eficaz para el logro de su propósito. Todos esos requisitos se dieron. Se creó una apariencia de legalidad, se convenció a millones de personas de que ese acto obstativo equivalía a un acto de desobediencia civil (cuando lo cierto es que no se impedía al ciudadano concreto votar, sino que se le exigía que se apartase para que la fuerza policial hiciese su trabajo), se facilitaron los medios para la votación y para la ocupación masiva por los ciudadanos de los centros, y se alentó a esos centenares de miles de personas, no a votar, sino a defender las urnas y los centros. Se asumió una posición de garante del acto prohibido y se alentó a un comportamiento que impidiese a la fuerza legítima cumplir con sus órdenes. Y, además, se hizo de forma masiva, organizada y consciente. De hecho, dudo que haya acto sedicioso —y hablo en singular— más obvio que este. Y, además, se hizo desde el control, casi total, de las instituciones. He dicho «se» repetidamente, pero no es correcto: todo esto lo hicieron los acusados en compañía de otros.

Termino: no estaría de más, a la vista de lo sucedido, que se reforme el Código penal para específicamente castigar el golpe incruento realizado desde el poder y sin alzamiento violento. El nombre que reciba el delito me trae sin cuidado.

Creo que los fiscales estuvieron muy bien ayer, en defensa de sus posiciones. Pero su claridad y orden en la exposición de los argumentos no son los argumentos. Y creo que la abogada del Estado no es precisamente una oradora nata, que su discurso, sobre todo al principio, fue aburrido, confuso e innecesariamente prolijo en su hincapié en detalles relevantes, pero que nadie puede discutir. Sin embargo, creo que tiene razón. Y como lo que importa en un juicio es la razón y no la brillantez, espero que sus argumentos, a pesar de esa cierta torpeza expositiva, prevalezcan.

Y, puesto que sigo abierto a la razón, escucharé con atención los argumentos de las defensas. Ya ven, cabe la posibilidad de que me convenzan de que estoy equivocado. Aunque a alguno se le escape desenvolupar.

 

NOTA:

* PARA EL FIN DESCRITO.

Ya he botado

 

He votado. En las europeas, a Ciudadanos. Me convence su lista más que las de otros partidos. Y ALDE es el grupo que está más cerca de aquello que me parece mejor para el indestructible proyecto europeo. En las municipales y autonómicas también he votado a Ciudadanos. Lo menos malo. Por desalojar a ese producto propagandístico, a esa pesadilla cursi, de nombre Manuela Carmena. El PSOE es invotable, encantado como está de encamarse con Podemos. El PP ha presentado a gente mu loca que dise cosas mu raras. En cuanto al otro partido importante, Voxdemos, solo deseo que se estrellen electoralmente y poder seguir disfrutando de este criminal sistema capitalista que mata a millones y promueve el bestialismo entre los supervivientes.

He votado a Ciudadanos, ese partido que lleva meses dando bandazos incomprensibles, que ha dado un espectáculo tan lamentable esta primera semana de oposición y al que tengo tanta manía, según algunos clarividentes. Así que, ya ven, tenían razón esos otros clarividentes que predecían, cuando hace meses vociferaba contra Vox, que pronto tendría un carguito en Ciudadanos. Si no ha caído todavía, es porque estoy ebrio de autoridad.

 

Lo único bueno que podría pasarnos

 

Lean:

El Tribunal Supremo no ha argumentado NADA sobre esto. Nada de nada. Se limitó a decir que un diputado podía estar preso, porque así estaba previsto en el Reglamento. No dijo, en ningún momento, que los presos concretos de los que hablamos estuviesen suspendidos por aplicación de dicho Reglamento o debieran estarlo. De hecho, el propio informe —que parece no se ha leído nadie— en ningún momento dice estar contradiciendo nada acordado por el Tribunal Supremo ni tampoco alguna de sus «argumentaciones».

Hay una campaña para mostrar una supuesta politización del Tribunal Supremo en este asunto. Una campaña evidente —a falta de indicios, están utilizando algo tan endeble como un argumento inexistente—. Porque, si se convence a la gente de que ha entrado la política en la sala, será más fácil una solución que pase por dejar de lado una sentencia condenatoria, sobre todo si hace suyas las tesis más intensas de las acusaciones. Esta campaña, impulsada y asumida con fuerza por algunas defensas desde el principio —normal, les conviene—, se ha filtrado desde los creyentes a los que estaban dispuestos desde siempre a la concesión.

El estado de la cuestión se resume muy bien estos dos tuits:

Lo bueno es que los jueces «sean suaves». Para desarmar el discurso y que los «independentistas» moderados tiren «para atrás».

Es deprimente. Ni se plantea que lo correcto sea aplicar la ley penal. Llevamos meses de juicio, centenares de testimonios. Todo para averiguar si se cometieron delitos y por quién. Para llegar a una conclusión razonada sobre ciertos hechos. No dura o suave; razonada, prudente y legal. Hacer esto arma el «discurso dictaduroso» y, por supuesto, esto es malo. Lo correcto no es rebatir el discurso falso, sino ceder para que los que lo utilizan no se enfaden. Y, de paso, reforzar las otras partes falsas de ese discurso: todo fue correcto y democrático, y no hubo golpe de Estado, sino todo lo más alguna infracción administrativa. ¡Hasta el fascista Estado español  lo habría reconocido! Venga, hagamos lo mismo con otros discursos de otros populistas de derechas y tomemos unas pocas medidas idiotas e infames contra, por ejemplo, los inmigrantes, para desarmar el discurso de los más radicales de aquellos y conseguir que los ultraderechistas moderados «tiren para atrás». Por cierto, lo bueno es una absolución que no arme a «unos», como si «otros» no pudiesen concluir que esa absolución es prueba de alguna traición. Como si declarar la bondad de ceder al chantaje no sirviese para acreditar al común que el chantaje es útil y que quizás haya que empezar a utilizarlo.

Vean que hablo de la ley penal. Porque el grosero incumplimiento de otras leyes (en primer lugar de la más importante, la Constitución) ni se menciona. Ya sabemos que los líderes secesionistas las ignoraron a sabiendas y presumiendo de que lo hacían. Pero es a esta gente a la que hay que contentar; no a los ciudadanos que creen que no deberías poder incumplir las normas sin consecuencias. Lo más divertido es que los mismos que están dispuestos a mirar para otro lado para evitar la gresca, luego querrán que la ley se cumpla en todo aquello que sea sagrado para ellos.

A estas alturas del juicio, a falta solo de la prueba documental y de los informes finales, me he formado una idea de cuál debería ser el resultado del proceso y voy a aprovechar para exponerla, sin argumentarlo, que ya habrá tiempo de sobra para ello: no hay prueba de rebelión ni de conspiración para la rebelión; algunos —no todos— de los acusados deberían ser condenados por sedición; se ha probado la malversación, aunque habrá que razonar a quién alcanza conforme a la prueba; la condena por desobediencia es prácticamente inevitable. Ahora bien, cuando se dicte la sentencia me tomaré el tiempo de leerla, de contrastar sus conclusiones con las mías y de conceder a los argumentos de tan ilustres juristas las oportunidades necesarias para desmontar los míos; y a pesar de que se aparte mucho de esta opinión previa —en una dirección u otra— no reaccionaré interpretando de entrada que los magistrados han hecho otra cosa que no sea su trabajo. Juzgaré los resultados por sus pilares, no por mis expectativas.

Esta debería ser la conducta de todos. Sin embargo, tengo la certeza de que, antes de que nadie lea la sentencia, casi todos habrán opinado sobre ella conforme a sus prejuicios. Digo antes de que nadie la lea. Lo de que la juzguen solo los que la realmente la comprendan es el deseo imposible de un mundo perfecto en el que la mayoría cree en sus instituciones y trabaja para mejorarlas, no para derruirlas. Eso sí sería lo único bueno que podría pasarnos.

 

Los apaciguadores

 

Una vez más, un montón de gente ha decidido que los dirigentes de un partido político no pueden ir a un pueblo de España a hacer un acto público. Que eso se hace para crispar y para obtener rendimiento electoral. Que se hace para provocar reacciones. Que no es prudente. Que no es adecuado.

Estas personas son las mismas que silban cuando se homenajea a un etarra que sale de prisión o cuando se blanquea a un tipo al que acaban de detener, responsable directo de la muerte de muchas personas, y, entre ellas, de varios niños. Lo hacen por las mismas razones. Se trata de no avivar las conductas que se han dejado atrás y seguir, todos, por la senda constitucional. Además, qué cojones tenemos que decir los que vivimos en otras partes. Como si supiéramos de qué hablamos.

Sin embargo, mira que es sencilla la cuestión. La normalidad que no hay que alterar es la que debería permitir a cualquiera ir a cualquier lugar a exponer sus opiniones, con independencia de la bondad o maldad de sus motivos. La que debería admitir que se pueda decir, a la cara de los vecinos, «amigo das asco», si piensas que es un héroe alguien que pegaba tiros en la nuca y ponía bombas. La misma normalidad que nos permite decirle al nazi que es un repugnante nazi debería llevar a la gente a repudiar a los que hacen una pantomima de desinfección tras una concentración en la que se llama asesino a un asesino. Pero no, repudian a los concentrados.

Los que acusan a Rivera y Pagazaurtundúa de crispar son cómplices. A lo mejor, ni lo saben. Quizás no hayan hecho el esfuerzo de introspección necesario para salir de su burbuja infecta. Es tan difícil hacerlo, sobre todo si alrededor de una hoguera los miembros de la tribu cantan una triste canción sobre la culpa colectiva y te la crees porque te facilita el relato autobiográfico y el día a día.

Quizás el problema es ese. Demasiadas décadas en la zona gris. Como la madre que descubre que su hijo es un asesino múltiple y no puede dejar de quererlo, lo que nos dicen muchos es que no hagamos ruido, que tienen que convivir con gente con el cerebro lleno de mierda y nosotros no vivimos allí. Qué equivocación. Si algo nos enseña la historia es que en todas partes hay personas con el cerebro enmierdado. A veces, esas personas son tus padres o tus hijos o tus amigos de la infancia. Lo malo es que se reúnan y se organicen. Que encuentren una causa y líderes. Y que los demás se callen cuando sacan las antorchas y se ponen a desfilar.

* * * * *

Mucha gente ha comenzado a escribir un inmundo relato sobre el juicio en el Tribunal Supremo. La visión, día a día, de lo que sucedía en la sala, y el comportamiento de los magistrados y, en concreto, del magistrado Marchena, estaba complicando en exceso el escenario en el que el golpe de Estado no ha existido —casi un malentendido— y todos hemos de abrazarnos fraternalmente, darnos la paz, y pelillos a la mar. Así que se han inventado una conspiración en la que Marchena es un diabólico Fu Manchú que ha torcido la voluntad de la soberanía popular. La tesis es tan estúpida que solo la comprarán los pitonisos que anticipan el futuro. Una tesis que, por cierto, olvida que las decisiones las están tomando siete magistrados y, hasta el momento, lo están haciendo por unanimidad.

Y todo esto se aliña con el runrún. El nuevo presidente del Senado, hoy, afirma esto:

NOTA: desde aquí la entrada se ha cambiado al rectificar El País el texto de la entrevista (dejo lo incorrecto, tachándolo, y añado lo nuevo en color morado). Uno, como pueden ver, hace ,mucho que no efectúa análisis considerando los titulares. Ni siquiera los titulares entrecomillados.

P. ¿Cree que la situación en Cataluña no cambiará hasta que acabe el juicio y haya sentencia?

R. Me parece lo más probable. Hay un escenario que podría reconciliar todo reconsiderar esto, y es que hubiera una la sentencia fuera absolutoria. Bueno, es una posibilidad, yo no voy a entrar en eso. Si no es así, parece claro que generará una respuesta en Cataluña porque los sectores independentistas reaccionarán. Y es posible que esos mismos sectores intenten extraer un rendimiento electoral del malestar de la ciudadanía. Lo cierto es que actitudes moderadas por parte de las formaciones independentistas podrían penalizar a quien las tome y probablemente eso es lo que pasó con el veto de los partidos independentistas [ERC y Junts per Catalunya] a Iceta.

La tercera autoridad del país, antes de que los magistrados dicten sentencia aplicando la ley, afirma que «todo» «esto» se reconciliará reconsiderará si se absuelve a los acusados. Porque, en otro caso, los sectores «independentistas» reaccionarán. Por lo visto, este hombre ni se plantea, si hay una absolución, que los sectores no «independentistas» reaccionen y se radicalicen. No se lo plantea o simplemente actúa como si no existieran, como si esos millones de catalanes fuesen invisibles. Solo importa lo que hagan los secesionistas. Recordemos que se juzga a líderes secesionistas.

El mensaje soterrado es manifiesto: a los que presuntamente se saltaron la ley penal mejor no les apliquemos las consecuencias previstas en ella, no vaya a ser que «reaccionen». ¿Que reaccionen cómo? ¿Quizás saltándose la ley, la penal y la que no lo es? En cuanto a los otros, que les den; seguro que tragarán con cualquier cosa .

Yo solo deseo que el tribunal dicte una sentencia ajustada a derecho y adoptada en conciencia. Qué tiempos aquellos en los que uno habría esperado que el presidente del Senado se limitase simplemente a decir esto mismo.