Menudo cuajo

 

Los obispos catalanes …

Estos

Nota de los obispos de Cataluña

 

… han escrito una nota, por eso de que esta es una época de conversión comunitaria (a saber qué mierda es eso de la conversión comunitaria).

El caso es que, como resulta de interés, yo les traslado las reflexiones, con algunos breves comentarios:

En este tiempo de Cuaresma, cuando se nos invita a la conversión personal y comunitaria, no podemos obviar los acontecimientos políticos y sociales que se han producido en los últimos meses en Cataluña.

Juro que no entiendo qué cojones tienen que ver la cuaresma y la conversión con los acontecimientos políticos. Así, a bote pronto, me da que querían largar del tema y han aprovechado esto de la cuaresma, como podían haber aprovechado la crítica de cine de Gru, mi villano favorito en la conocida revista Cinefórum episcoporum.

Desde esta perspectiva …

Ni puta idea de a qué perspectiva se refieren.

… los obispos de las diócesis catalanas dirigimos un llamamiento a todos para esforzarnos en rehacer la confianza mutua …

Que lleva sin existir un huevo de años.

… en el seno de una sociedad como la nuestra en la que se da una gran pluralidad cultural, política y también religiosa. La cohesión social, la concordia, la cercanía mutua y el respeto a los derechos de todas las personas que viven en Cataluña deben ser uno de nuestros objetivos prioritarios en este momento.

Completamente de acuerdo. También era objetivo prioritario antes de este momento, para evitar precisamente que se llegase a este momento.

No podemos ignorar ni menospreciar que en relación a Cataluña existe un problema político de primer orden que obliga a buscar una solución justa a la situación creada …

No digamos por quién, no sea que alguien acuse a los obispos catalanes de partidistas.

… que sea mínimamente aceptable para todos, con un gran esfuerzo de diálogo desde la verdad, con generosidad y búsqueda del bien común de todos.

Es imposible: no existe el bien común de todos. Como mucho (y es discutible) existe el bien común. Pero no es de todos. Meter a un violador en la cárcel no le hace al violador ningún bien (preguntemos al violador), salvo que creas en la parida hegeliana de que es el delincuente el que tiene derecho a que se le condene. Naturalmente, tras esto hay algo más profundo. La idea de que hay bienes colectivos y derechos colectivos, entes reales y no simples construcciones útiles para no matarnos y para no matar a los de la tribu de enfrente.

Por ello, tal como hemos pedido repetidamente, en palabras del papa Francisco con las que nos sentimos comprometidos, decimos a los católicos y a todos los que nos quieran escuchar que «es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones». (Evangelii Gaudium 239).

Es gracioso. Ya existe. Se llama democracia liberal y la Iglesia, tras condenarla agriamente durante mucho tiempo, se termino apuntando a regañadientes para no quedarse sin sitio en el carro.

El pasado 21 de diciembre se celebraron elecciones al Parlamento con gran participación de electores. Es necesario que, con voluntad de servicio, los parlamentarios elegidos impulsen los mecanismos democráticos …

¿Se referirán con eso de los mecanismos democráticos al cumplimiento de la ley? Quién lo sabe, maestros de la ambigüedad como son, los simpáticos obispos.

… para la formación de un nuevo gobierno de la Generalitat que actúe con sentido de responsabilidad para con todos los colectivos del país, y especialmente los más necesitados de superar las consecuencias de la crisis institucional, económica y social que vivimos. 

Observen: NO DICEN NADA. No explican qué son “mecanismo democráticos” y no aclaran qué es para ellos actuar “con responsabilidad”. Todo son vaguedades hasta que …

Queremos mencionar una cuestión concreta que nos preocupa. En cuanto a la prisión preventiva de algunos antiguos miembros del gobierno y de algunos dirigentes de organizaciones sociales, sin entrar en debates jurídicos, pedimos una reflexión serena sobre este hecho, en vistas a propiciar el clima de diálogo que tanto necesitamos y en la que no se dejen de considerar las circunstancias personales de los afectados.

Ay, qué pillines. Tampoco es que digan nada. Lean de nuevo el párrafo. “En cuanto a la prisión preventiva” piden “una reflexión serena” “en vistas a propiciar” “un clima de diálogo” considerando “las circunstancias personales de los afectados”. Vean, es una obra maestra. Es un gigantesco flatus vocis. Su única función es mencionar, entre un montón de vaguedades inconcretas que hay unos señores en prisión. Algo concreto (lo único concreto) que les preocupa.

Como ciudadanos de este país y pastores de la Iglesia que camina en Cataluña, nuevamente reafirmamos que, aunque no nos corresponde a nosotros optar por una determinada propuesta a los nuevos escenarios que en los últimos tiempos se han planteado, defendemos la legitimidad moral de las diversas opciones sobre la estructura política de Cataluña que se basen en el respeto de la dignidad inalienable de las personas y de los pueblos y sean defendidas de forma pacífica y democrática.

Puaj. Lean y vean. Ni una sola mención a la ley. Hablan de paz, de dignidad, de democracia y de moral; pero nada de mentar la bicha. Es obvio por qué: si mencionan la ley tienen que mencionar su incumplimiento. Tienen que hablar de eso que no les preocupa ni en concreto ni en abstracto: el intento de golpe de Estado en el que han intervenido algunos y que han apoyado muchos de sus feligreses (también algunos de los “pastores”), resultado final de tanta porquería supremacista y milenaria. ¿Y qué me dicen de eso de la dignidad de los pueblos, ese eufemismo bobo para justificar que la peña se pueda mear en la dignidad de los individuos que no quieren ser incluidos en “su” pueblo?

Finalmente, pedimos a los católicos que, descubriendo el paso de Dios por la vida en estos momentos de complejidad, seamos instrumentos de paz y reconciliación en medio de la sociedad catalana, y no dejemos de orar al buen Dios por la paz y la justicia en Cataluña.

Yo propongo que esta exhortación se vote en la iglesias catalanas. Más aún, que se vote poniendo urnas de cartón. Sería la leche de democrático.

Anuncios

El último comentario de mi blog

 

Acabo de recibir este comentario. Por su interés, lo publico.

Me alegro de que ya no acepte comentarios, don Tsevan. ¿Para qué?

Así podrá recluirse, ponerse a buen recaudo, mecerse en su autosuficiencia. Ya no tendrá que enfrentarse a algún comentario que no quiere leer, y mucho menos contestar. Podrá seguir discutiendo con los más tontos, sin contrariar su costumbre: nacionalistas catalanes, podemitas, femilocas, vascos que sólo ligeramente ocultan ser apologetas del terrorismo y la yihad equidistaní que todo lo impregna con su repugnante olor. Y para esto lo mejor es er tuister. Allí podrá derrotarlos a todos haciendo el mínimo gasto de energía, en menos de 280 caracteres, escogiendo de entre todos al más tonto de ellos: «¡miren, fologüers, mire, mi fiel Mercucio, lo que ha dicho esté mermao iupodemitavenesolanoflexiveganososialistanasionalistagandalú de CI <85! Jijiji ;)».

Le será fácil, estoy seguro de ello. Podrá «debatir» acerca de qué sistema electoral proporcional es el mejor y más conveniente, si el dichoso e injustamente vilipendiado d’Hondt o el recién desenterrado Saint-Laguë (qué nombre tan cool y refrescante, qué sofisticado), si el de cociente o el de resto mayor, &c. Del mayoritario ni hablar, sólo una vaga referencia inaudible a que es el de su preferencia. Pero todos representan igual, ojo, que nadie se llame a engaño. Qué sabrá ese despendolado de Gerhard Leibholz. Era un criptomermao de esos.

Cataluña bien y todo bajo control kelsenianamente. Siguiendo el procedimiento, además, es admisible que España se rompa. A España la creó el santísimo procedimiento, y también él la puede romper, en buena lógica, procediendo adecuadamente por el dédalo de lo que los sabios doctores tengan a bien tener por Derecho, tras arduas cogitaciones y ucases mediante. Si me permite la desfachatez de darle un consejo: haga el favor de ir mitigando las críticas al nacionalismo catalán; o, mejor aún, distinga entre uno fetén y otro, el de estos últimos años, bárbaro e inaceptable. Viene de arriba: lo manda la superioridad (sic). Será más fácil aceptar entonces la absolución, el indulto, la derogación del tipo de sedición, la amnistía o/y la bula «pro futuro», todo dentro del más exquisito respeto a la ley y al Estado de Derecho® (que Dios lo tenga en su gloria), que les llegará con seguridad a los fingidores secesionistas. Son una patita más de nuestro sistema político, la patita rota, y habrá que mimarla. Vaya preparándose, que no lo pille en bragas el volantazo que se atisba.

De verdad que causa dolor verlo en estas condiciones. Destila usted inteligencia y buen juicio por los cuatro costados. Sus análisis jurídicos y su búsqueda desapasionada de la objetividad son encomiables. Es usted una referencia en ese aspecto, que es, además, el más importante y lo que justifica seguirlo en todas sus intervenciones. Pero en materia política no puede estar usted más equivocado, y uno no puede dejar de preguntarse cómo es posible.

El Derecho es la puerta de entrada al conocimiento de la política, aderezado con muchos otros, sí, como los de la Historia, la Sociología, la Psicología social, &c. Pero el Derecho es en esto lo principal. Y yo no creo que se pueda saber Derecho sin saber también de política. Por eso creo que es usted igualmente, como los nacionalistas catalanes y salvando todas las distancias que haya que salvar en su favor, un fingidor. Finge no saber lo que una lista de partidos es (encerrándose, aunque lo aburra, como a todos, en la estéril discusión sobre sistemas electorales, siempre proporcionales, por supuesto), y cómo desconecta al electo de los electores, vinculándolo servilmente con la cúpula del partido que lo nombra. De ahí que voten los parlamentarios siempre en bloque, siguiendo las directrices de su partido («por mandato imperativo», según declararon impúdicamente los psoístas en la investidura de Rajoy, a fin de justificar su abstención; véase el art. 67.2 CE). Finge también usted que hay separación de poderes, y que el ejecutivo no da órdenes a la mayoría parlamentaria que formalmente lo ha puesto en el Gobierno (en realidad, el ha puesto al legislativo al designar las listas; y ha pactado con la cúpula de otro partido en caso de que no haya mayoría absoluta). Finge usted que hay independencia judicial, cuando el CGPJ (enésimo disfraz de las cúpulas de los partidos) elige a todos los cargos judiciales desde el Presidente de las Audiencias Provinciales hasta el TS. Y el TC, también designado por los partidos, es otro invento del bobalicón de Kelsen que sólo tienen Estados que atravesaron por la crisis del Estado liberal rindiéndose a un totalitarismo, padeciendo tras ello una dictadura. No hay policía judicial (porque, aunque depende funcionalmente de los jueces, orgánicamente, que es lo más importante, esto es, a efectos de su carrera profesional, la policía depende del Ministerio del Interior o de las Consejerías Autonómicas). Y los fiscales son perros del Gobierno, redundantes con el Cuerpo de Abogados del Estado cuando se dirime en los tribunales casos de relevancia política. Los verdaderos órganos del Estado son los partidos políticos, y el resto es un atrezzo.

Dirá usted que esto es así en toda Europa. Es cierto. ¿Y? ¿Qué complejos son esos? No hay en Europa ninguna democracia. La diferencia con EE.UU. es abismal. Y eso que ellos tampoco tienen independencia judicial. Pero tienen representación política (defectuosa, sin doble vuelta) y separación de poderes (atenuada por el veto, incompresiblemente). Estos datos elementales, que usted conoce perfectamente, elige ignorarlos cada vez que trata algo acerca de la política. Yerra adrede a cada paso. No quiere mostrarse en franca discrepancia con el sistema político vigente en su país. Comprensible, pero entonces para qué opinar en público. Para posar. Para salir guapo en la foto.

Lo dicho, una pena. Una mente válida que elige seguir en el estado de servidumbre voluntaria, actitud quizá azuzada porque ya dispone de libertad personal, económica, como profesional liberal de éxito: para qué meterse en ‘fregaos’ en aras de conquistar esa vagarosa libertad colectiva que es la libertad política. Total: nadie parece quererla. Una mente lúcida obnubilada por una pasión de liberto. ¿Para qué escribir sobre política sin atreverse a decir ni una sola verdad profunda? ¿Para tratar con esa plebe de los sentidos constituida por los ya mentados podemitas, nacionalistas, la berdadera hiskierda y otros pobres imbéciles y víctimas de la LOGSE? ¿Para que el tirano de turno no sea un tontarrón podemita filochavista o un psoecialista, y sí uno igual de tonto pero que parezca de derechas? ¿Por qué se respeta usted tan poco como para ser un tierno socialdemócrata? Sin libertad política no se puede ser de derechas ni de izquierdas, sólo socialdemócrata, nombre formal y de gala de los inveterados progres de culo ‘cagao’ de siempre. La ideología del gris, del todo vale, del doblepensar. El pensamiento líquido y la postmodernidad.

Usted también doblepiensa. No es usted de derechas, por más que así lo crea y se precie de ello. Es un socialdemócrata, la ideología genérica que sobre su piel y su cerebro ha impreso su tiempo. En el siglo de Oro español sería usted católico; en la Alemania weimariana, un nazi. Hoy toca socialdemócrata. Mañana quizá se haga usted incluso podemita, si se adecentan un poco y se echan colonia. Por esto no soporto leerle nada de lo que escribe acerca de política. Note que no le reconozco la posibilidad de estar legítimamente equivocado: lo acuso de obrar de mala fe, de conocer el sistema político en que se encuentra, la oligarquía, y de justificarlo conscientemente. Sus buenos análisis en materia jurídica lo delatan: uno no puede ser muy bueno en ellos y pésimamente malo, casi subnormal, en sus juicios políticos. Sería algo extravagante, incomprensible.

Reciba un cordial saludo a modo de despedida. 😉

El hedor

 

Ignoro si esto que cuenta Anabel Díez es cierto, pero como no tengo ninguna razón para dudar (y, además, que yo sepa no ha sido desmentido) voy a presuponer su exactitud.

Pues bien, simplemente quiero decir que lo que aquí se cuenta …

Los ministros, y el propio Rajoy, en primera línea, según fuentes del Ejecutivo, transmitieron a quienes tenían que tomar la decisión, la grave situación en la que se ponía al Estado si se permitía que el expresidente de la Generalitat resultara investido por la Cámara catalana. “No hubo presiones porque ningún miembro del Tribunal Constitucional lo permitiría, pero sí trasladaron el dramático cuadro en el que quedarían enmarcadas las instituciones democráticas con Puigdemont investido y obligadas a actuar después”, señalan fuentes conocedoras de las intenciones de Rajoy y otros miembros del Gobierno al ponerse en contacto con magistrados del Constitucional. “Se apeló a razones de Estado”, continúan estas fuentes.

… es de tal entidad, que solo se me ocurre un remedio: la dimisión del Gobierno en pleno.

Naturalmente, no solo no pasará nada de esto, sino que imagino que a la mayoría le parecerá estupendo, con tal de no dar una oportunidad al golpista.

Eso sí, contadme otra vez que estaba equivocado aquí, aquí, aquí y, sobre todo, aquí.

Y explicadme si merece la pena perder el tiempo en analizar las resoluciones que vengan de esos tribunales y los actos del Gobierno, sobre esta materia, para ver si son ajustados a derecho o no, sin sospechar que no se busca aplicar la ley, sino retorcerla lo que haga falta para lograr un fin determinado.

Sí, eso es lo que han conseguido los responsables y los inteligentes. Con su putrefacta razón de “Estado” han contaminado las instituciones democráticas. Las que dicen que querían salvar.

NOTA: Hoy Rajoy ha desmentido la noticia. La entrada está sujeta a la condición de que la noticia sea cierta.

Si no es cierta, ténganla por no escrita.

Incumbe a los que afirmen que lo es probar su realidad.

Otra vez

 

Los culpables de los golpes de Estado son los golpistas. Los culpables del golpe de Estado en Cataluña son, por tanto, los golpistas.

Dicho esto, hablemos de otras responsabilidades. De más a menos.

En la deriva criminal y liberticida que se está produciendo en Cataluña tienen una responsabilidad enorme los millones de catalanes que han seguido a los líderes golpistas y que los han vuelto a apoyar después del golpe de Estado. Lo son por fabricar y deglutir una ideología supremacista y xenófoba, y por apoyar que se quebrante la ley democrática y se demuelan las instituciones. Es igual que sean muchos. No es la primera vez que muchos deciden convencerse de que son mejores por alguna razón imbécil, como la raza, la lengua que hablan, los apellidos o las putas canciones que escuchan, y deducen de ello que pueden privar a los demás de sus derechos como ciudadanos.

También son responsables los mandatarios no secesionistas. Los españoles no creemos demasiado en las instituciones. Si crees en ellas, aceptas que hay que pagar un precio. Por eso los que nos mandan o nos quieren mandar —que lo saben— metieron la mano en la caja sin problemas mientras fluía la pasta o se subieron al carro del populismo de moda cuando las cosas se ponían difíciles y había que buscar un muñeco al que dar de hostias, no fuese que nos mirásemos a nosotros mismos.

Sí, es obvio, también nosotros somos responsables.

Si creyéramos en lo que decimos creer, hace años que el Estado habría acabado con los golpistas. Habían anunciado el golpe, subidos a una ola en la que no sé si militan realmente o de la que ya no sabían bajar. Es igual, que más dan los motivos. Pero no. Ni siquiera los llamábamos así. Incluso hoy, cuando hay un montón de tipos en prisión, los más valientes hablan de “golpe a la democracia”, inventando eufemismos. ¿Cómo se iba a parar el golpe de Estado en ciernes si tenían hasta miedo de llamarlo por su nombre?

Qué lamentable cobardía. De los que gobernaban y de los que querían gobernar. Estos —qué asco, coño— no solo no ayudaban en nada, sino que han jugado durante años a pillar tajada entre los millones de irresponsables que se han tragado la propaganda infecta que los hace creerse más altos, más guapos y más rubios. Para no tener que pactar con los “fachas”, han preferido meterse en la cama con los que nos trataban a los demás como siervos de la gleba a los que podían restregar su generosidad.

La cobardía llegó al punto de renunciar, hasta el momento en que el las aguas fecales estaban a punto de ahogarnos, a utilizar la ley para lo que habíamos decidido los ciudadanos. El Estado podría haberse hecho mucho antes con el control de la autonomía catalana y haber mantenido ese control hasta que quedase meridianamente claro que no se iba a consentir que nadie se saltase la Constitución y se mease en las instituciones. También en las catalanas. Pero es que no creen en las instituciones. Si crees en ellas, estás dispuesto a pagar el precio de explicarle a la gente, con la fuerza que sea precisa, que ninguna mayoría, local o no, puede imponerse sobre la ley. Que la democracia no existe sin ley democrática. Y que la ley democrática solo puede cambiarse por sus procedimientos. Que una turba, por grande que sea, no tiene derecho a colgar a nadie de un pino.

Y ha empezado la gangrena. Por la renuncia a hacer lo que había que hacer, hemos asistido a una utilización fraudulenta de la justicia. El Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional han empezado a atender a razones de oportunidad política. Eso es ácido para la ley y para las instituciones.

El auto del tribunal Constitucional de ayer es un desastre. El órgano del Estado, que tanto vela supuestamente por que se motiven las decisiones, ha adoptado una completamente original —medidas cautelares que nadie ha pedido—. Lo ha hecho admitiendo a trámite un procedimiento (lo que debería implicar la suspensión), pero sin admitirlo, salvo para explicar cómo sería constitucional una investidura que no se ha producido aún, no de forma didáctica, sino declarando previamente la nulidad de un acto futuro, y estableciendo consecuencias incluso penales.

Y no es que no sea correcto la sustancia de lo acordado. Lo es, sin duda. Y esto demuestra de nuevo el grave comportamiento de Puigdemont y su cuadrilla de golpistas. La sustancia es correcta, pero no el procedimiento. Y si no hay democracia sin ley democrática, no hay ley sin respeto a los procedimientos.

Por desgracia, muchos creerán que no pasa nada. Que es solo la puntita. Ya nos están lanzando la razón de Estado a los aguafiestas. Lo hemos visto muchas veces. La razón de Estado es la que creó la doctrina Parot. No se podía protestar contra ella, no fuera que te tomasen por un amigo de los etarras o, ahora, de los violadores múltiples. La razón de Estado es la que habla de la “inteligencia” de la jugada del Tribunal Constitucional, para justificar que sus magistrados estén haciendo el trabajo que no les corresponde, cavando bajo sus propios pies.

Estoy seguro de que esto joderá a muchos de los que me lean. Y que me acusarán de darle argumentos a los secesionistas. Nada nuevo bajo el sol. Lo cierto es que, tras leer la demanda y el auto, yo me habría alegrado de que la demanda no se hubiera presentado y el auto no se hubiera dictado. Y de que, si los golpistas decidían nombrar de nuevo a Puigdemont, se hubiera presentado una demanda, se hubiese acordado la suspensión del nombramiento y se hubiese continuado, por el tiempo que fuera preciso, con la aplicación del artículo 155. Y habría estado encantado de que, de presentarse el señor Puigdemont, se le hubiese engrilletado allí donde se encontrase, aunque fuese en la puta tribuna de oradores. Porque hay una orden de busca y captura legal y legítima dictada por un juez español.

Pero no. Las fuerzas vivas han optado, como en tantas ocasiones, por el atajo. Pura cobardía. Y no hay esperanza. Hoy he descubierto que esto, que era un tuit de Albert Rivera, ha desaparecido. Era un tuit laudatorio del auto del Tribunal Constitucional, a la vez que le daba un palo al Gobierno por “hacerlo mal”. Es algo que se viene repitiendo desde anoche, cuando el auto —que es una resolución judicial— tiene mucho menos fundamento jurídico que la demanda. Claro, el auto es de “sentido común”. Sí, y la democracia va de votar.

¿Quién se va a ocupar del Estado en España? ¿Los sinvergüenzas trileros golpistas y sus amigos? ¿Los cobardes? ¿Los populistas? ¿Los que se apuntan a cualquier moda si creen que les dará votos, llenándose la boca con palabras solemnes?

Nuestras élites apestan. Son un concentrado de nuestros peores defectos.

Aparentar que somos mejores, para ver si lo vamos siendo

 

Soy partidario de que todos los que escriban algo en internet estén identificados por el sistema. Entiéndase esto en el sentido de que exista siempre un rastro que lleve a un nombre y unos apellidos. Un rastro difícil de falsificar, pero a la vez protegido. De esta forma, la discusión es más libre, pero sin los enormes grados de irresponsabilidad actuales.

No obstante, admito que mi opinión se enfrenta con el mismo problema que la permisión del tráfico de drogas estupefacientes (de la que soy partidario). Es difícil defender esto, cuando en la misma red actúan tipos desde países pirata en los que no hay control o, incluso peor, en los que la falsificación y el volcado de mierda es política de Estado.  Además, esto solo sería aplicable a democracias con un grado de calidad, en cuanto tales, mínimo.

De lo anterior se deduce por qué no soy partidario de la existencia de un derecho al anonimato en internet. Me explico: no exijo que sea obligatorio que los perfiles públicos incluyan datos identificativos, pero no veo por qué hay que dar el paso de exigir que los otros no puedan decir que tú eres tal o cual persona (siempre que no se trate de datos sensibles). No entro en el modo de acceso a esa información: ese es un hecho independiente que ha de juzgarse de forma independiente.

De hecho, la facilidad que dan las redes sociales al mensaje anónimo provoca un efecto pernicioso. Internet se ha convertido en un remedo del panfleto. El mensaje tosco, a menudo falso, pero eficaz por su enorme fuerza bruta. Ya sabemos que a muchas personas no les interesa tener razón, en el más noble sentido de la palabra, sino aplastar al que discrepa. A esas personas no les interesan los razonamientos, les interesa la eficacia. Si son sutiles, apostarán por la falacia sutil y difícil de desmontar. Si no lo son, apostarán por la avalancha masiva y el orgasmo que produce en los necios. El anonimato no es condición sine qua non, pero favorece el “panfletismo”.

Dicho esto, hay algo muy plebeyo en la caza y captura del que te toca los huevos en internet. El que participa en eso es turba cobarde. Dan igual las justificaciones. Si el acosado es tan dañino —como dirás para justificarte—, que actúen las autoridades. Si además tienes poder o influencia, la caza te convierte en aprendiz de tirano.

Hay algo más profundo tras esto. Si crees en la libertad, eres individualista en el mejor sentido. Es decir, crees que hay un reducto en todo ser humano, más o menos amplio, que es intocable, cualquiera que sea la razón o el bien que se aduzca. Y, por esta razón, no admites los procesos de “autocrítica”, ni las cazas de brujas, ni los linchamientos. Tampoco en una forma light. Hay muchos, sin embargo, que piensan que el señalamiento del enemigo y su muerte civil, por el procedimiento que sea, es admisible porque el otro es eso, un miembro de otra tribu. Estas personas creen que la comunidad vale más que el individuo y que, por tanto, no hay bien individual, por íntimo que sea, que nos deba frenar cuando el bien de la tribu nos exige actuar. Como somos tribales por instinto, es fácil que se nos convenza para participar en la cacería. Basta con hacernos creer que estamos en el bando justo, que el otro es menos que un ser humano (es una cucaracha, un traidor a la patria, un enemigo del pueblo) y que “se merece” que con él no seamos civilizados, porque la civilización es para los nuestros.

La triste noticia es que si la civilización es solo para los nuestros, ya no es tan civilizada.

No es extraño que haya personas partidarias, por su ideología, del escrache, de la persecución, del linchamiento, del acoso. Creen estar del lado bueno de la historia. Creen ser los perseguidos (por los ricos, los poderosos, los ajenos, los vectores de la enfermedad, los adoradores de algún ídolo pagano) que ahora persiguen al perseguidor. Estas personas no ven a los individuos. Menos aún son capaces de juzgar solo los actos de los individuos. Estas personas solo ven categorías abstractas, cajas para clasificar. Y ni siquiera están obligados a la sinceridad: como el buen musulmán que bebe alcohol entre infieles, asumirán falsamente las cáscaras vacías del discurso ajeno para acabar con él.

Tampoco es extraño que muchos otros compren esa mercancía. Se ajusta como un guante a nuestros instintos.

Por eso es tan difícil el discurso civilizatorio. Exige explicación, perseverancia y frenos. No nos satisface, salvo intelectualmente, y para eso hay que llegar a comprenderlo. ¡Y es tan difícil comprender por qué un violador y asesino de niños merece ser tratado como un individuo dotado con derechos inalienables y una parcela íntima que no debemos invadir bajo ningún concepto!

No hablo de absolutos. No creo en el derecho natural o en la moral natural. Mis motivaciones son seculares y prácticas. Quizás también estéticas. Tienen que ver con una hermosa aristocracia de las ideas y de las buenas costumbres. Con una cierta forma de ser hombres.

 

Razón de Estado

 

La vicepresidenta del Gobierno no ha dado una sola explicación jurídica que merezca ese nombre de por qué una requisitoria en España impide que el presidente del parlamento de Cataluña proponga a Puigdemont. Ni una. Tendremos que esperar al recurso, pero esto ya es significativo. Lo leeré y opinaré, pero tampoco se me ocurre cómo fundamentarlo seriamente.

Más aún, de forma insistente la vicepresidenta ha manifestado que este acuerdo se hace en defensa de la legalidad y la Constitución. Utilizando todos los instrumentos del Estado de derecho. Y para evitar un daño a las instituciones. Incluso ha hablado del nombramiento de Puigdemont como “mal mayor”. Del fin que se busca: evitar el nombramiento del golpista [golpista lo digo yo]. De utilizar la facultad de la suspensión, como si este fuese el único fin del recurso. La retórica es la del interés o la razón de Estado.

Yo, sin embargo, sostengo que no se defienden la ley y la Constitución utilizando espuriamente una norma (el artículo 161.2) para una finalidad no previsto en ella (la prevista es que no produzca efectos una disposición que se considera realmente ilegal, no evitar que entre en vigor un acuerdo válido por razones de oportunidad). Al contrario, el uso fraudulento de los procedimientos socavan la ley y las instituciones. Si lo hace el Gobierno, lo socava más.

Como es obvio, el Tribunal Constitucional no puede dejar de admitir el recurso y de acordar la suspensión.

Triste día para el Estado de derecho en España. Y, por tanto, para nuestra democracia. Y más triste porque, sin necesidad de torcer nada, podía haberse evitado.

 

Fraudes

 

Odio la desviación de poder. Odio el fraude de ley, más cuando lo utilizan los poderosos.

Cada vez que se tuerce el sentido de la ley —y esta expresión incluye una enorme variedad de interpretaciones habitualmente— para obtener un fin contrario a la propia ley y a sus principios, no solo nos deslizamos hacia el autoritarismo, debilitando el edificio que nos protege de él, sino que damos argumentos a los que quieren derribarlo. Pasó con la doctrina Parot, por ejemplo.

Solo hay un antídoto frente a ese veneno. Pero aplicarlo nos exige el tipo de excelente intransigencia en la que no cree casi nadie.

* * * * *

Esto no es un juez. Es otra cosa.

“Our Constitution does not allow for cruel and unusual punishment,” she said. “If it did, I have to say, I might allow what he did to all of these beautiful souls — these young women in their childhood — I would allow someone or many people to do to him what he did to others.”

 

El sinvergüenza Puigdemont

 

Por lo visto, el Gobierno quería impugnar la propuesta de Puigdemont como candidato a la presidencia de la Generalidad. Sin leerlo es difícil opinar, pero a bote pronto no parecía tener demasiado fundamento.

Por lo visto, el Consejo de Estado ha dictaminado (como es preceptivo) y su respuesta es, en ese punto, negativa (según informan los medios).

Espero que el Gobierno no presente un recurso sin fundamento con la finalidad de lograr la suspensión automática prevista en el artículo 161.2 de la Constitución. Sería un fraude de ley muy grave. Esto solo se puede juzgar, lógicamente, leyendo el recurso (si es que se presenta).

Dicho esto, dos cosas:

a) Que el Consejo de Estado dictamine en contra del Gobierno en una materia tan sensible es una noticia excelente. Como lo ha venido siendo la independencia de los letrados del parlamento catalán.

b) Puigdemont es un sinvergüenza. Lo es por muchas razones, pero esta es de hace unos minutos:

Que un golpista que se ha pasado por el forro de la entrepierna y de manera reiterada la Constitución, el Estatuto de Autonomía, el Reglamento del parlamento catalán e  incluso las propias normas ilegales que aprobaron para justificar el golpe de Estado diseñado desde hace años, se atreva a acusar a otros de orquestar (ojo, orquestar) un fraude precisamente de la ley que ha intentado dinamitar, no es sino una prueba más de la absoluta falta de vergüenza de este personaje nefasto.

Del personaje al que un montón de irresponsables quiere nombrar presidente de la Generalidad de nuevo.

 

ACTUALIZACIÓN: Leo que el Gobierno va a recurrir aunque el Consejo de Estado no informe positivamente.

Puede hacerlo, como es obvio. Pero este recurso no se refiere a una reglamentación sobre horarios comerciales. Se refiere a un asunto muy sensible.

Si el Gobierno presenta el recurso para lograr exclusivamente la suspensión, a sabiendas de que no se sostiene, esto tiene un nombre: fraude de ley. Y es muy grave.

Lo que más me jode es que, sin salirse un milímetro de la ley, y utilizando los instrumentos constitucionales, nada de esto habría sido necesario. Bastaba con convencimiento, principios y valentía.