¿Negros racistas? ¡Imposible! Ni que fueran iguales a los blancos.

 

Hace un par de días, en el curso de un partido, el jugador de baloncesto Montrezl Harrell llamó a Luka Dončić  «blanquito» más un añadido injurioso. El asunto, tiempo atrás, habría quedado como un caso típico de salida de tono —por la frustración que producen los jugadores de leyenda en los mortales— o de intento de intimidación, qué más da. Y estaríamos hablando solo del dolor que tiene que estar sintiendo el amigo Harrell al ver al fantasma de las navidades futuras escribiendo una línea en la biografía del esloveno, tras los 43 puntos, 17 rebotes, 13 asistencias y triple ganador en el último segundo que encargó la «putilla» europea para el cuarto partido.

Sin embargo, la situación actual provocó una polémica sobre la repercusión que habría tenido una situación especular en la que Dončić  hubiese llamado «negrata» a Harrell. Este asunto es interesante y sobre él quería decir algunas cosas.

Lo de Harrell es un insulto racista. Da igual si fue resultado de la frustración o si lo hizo para provocar al joven inexperto que mete tantos puntos. Algunos admiten que lo es, pero recalcan que es menos grave que esa hipotética situación inversa. Podría estar de acuerdo en esto, con unos matices a los que luego me referiré. Otros dan un paso más y dicen que un negro no puede ser racista con un blanco. Hablan de un racismo estructural, histórico, insititucional, endémico —que dicen solo existe en una dirección—, para justificar esta tesis. Veo, en esta posición, argumentos similares a los que se exponen para afirmar que el sexismo solo es posible cuando lo realizan hombres respecto de mujeres y no a la inversa.

Yo creo que esta última posición es fuente de males y muy peligrosa. Las mejores ideas de la humanidad se han basado en la extensión de ciertas generalizaciones, incluso con su punto de arbitrariedad. Su bondad radica en dos virtudes: su simplicidad —todo el mundo aprehende con rapidez sus perfiles y asume con naturalidad sus consecuencias— y su racionalidad.

Como ya he escrito en muchas ocasiones sobre esto, voy a ir al meollo. El racismo es estúpido y dañino. Lo es siempre. También cuando se da como respuesta a una situación endémica o institucional. Y ni siquiera se justifica defensivamente por una razón muy sencilla, porque no cumple los requisitos de la legítima defensa: que el mal que causas pretenda evitar otro mal injusto. ¿Cómo evitas el racismo siendo racista? Esto, además, se agrava por un factor que se olvida demasiado a menudo: las víctimas del sexismo o del racismo son individuos. Si el sexismo o el racismo son una respuesta inmoral siempre (incluso cuando lo aplicas al racista o al sexista), lo son de manera prístina cuando se dirigen a alguien solo por ser blanco o por ser hombre.

Responsabilizar a todos los blancos o a todos los hombres del sufrimiento que causaron otros de su misma raza o sexo en el pasado o en la actualidad equivale a descargar sobre inocentes, por motivos irracionales, un mal arbitrario basado en la raza o el sexo.

Por eso los partidarios de esta venganza colectiva irracional hacen tantos equilibrios sobre el alambre. Hablan de los privilegios de los blancos o de los hombres para reclamar la imposición de los suyos. De ahí que esté socialmente permitido a los negros decir nigger, pero sea una infracción moral gravísimo si la misma palabra la dice un blanco. Pero la senda de la civilización es otra: la desaparición de todos los privilegios. Cuando suman casos para ocultar un programa que no quiere acabar con la desigualdad, sino que quiere sustituirla por otra diferente, hacen lo que hacían los europeos blancos en el XIX que justificaban sus actos de latrocinio y explotación defendiendo la idea de que la labor civilizatoria tenía que estar en manos de quienes habían demostrado ser superiores (y, decían, ahí estaban los datos para demostrarlo). ¡Y eran apabullantes!

No hay discriminación buena. Porque, incluso aunque sirviese para mejorar las cifras globales (algo muy dudoso a la vista de la experiencia) se hace a costa de dañar a individuos concretos a los que se hace pagar por una culpa de la que no son responsables.

Decía al principio que quizás pueda defenderse que es menos grave que un negro llame blanquito a un blanco que el que un blanco llame negrata a un negro. El problema de esta posición es que el que realiza un comportamiento inmoral se sienta legitimado y se vea como un representante de generaciones que solo aplica su medicina a los blancos. Naturalmente, este pensamiento también es racista. No existen «los blancos» o «los negros». Solo son una categoría instrumental muy poderosa para hacer el mal. Estas personas olvidan que todos los racistas encuentran y han encontrado siempre una justificación. Por tanto, por su multiplicación, por su significado, por la situación real de los negros en muchas de algunas sociedades, aunque uno crea que un insulto racista es más grave que otro, lo que siempre hay que recordar es que ninguno es peor que otro, que todos encierran la misma cantidad de veneno.

Más aún, esta es la única respuesta correcta frente al sexismo y el racismo. Insistir en que nadie es superior o inferior por el hecho de ser hombre o mujer o por ser de cierta raza. Insistir en que no lo es por ninguna razón por buena que nos parezca. Y que, por tanto, ninguna razón basada en la raza justifica la discriminación (tampoco la discriminación en el pasado). Y es la única respuesta correcta porque solo una sociedad que aplique esto como medida radical quedará libre de que surjan comportamientos colectivos o institucionales racistas o sexistas que quizás antes no existieran. Sin embargo, si los promovemos, justificamos o toleramos como respuesta a agravios pasados, resulta que terminamos asumiendo que todo es poder, que ahora le toca el turno a otros de imponer privilegios, y que no está mal aplicar el programa que los blancos aplicaron a los negros o los hombres a las mujeres.

Y todo esto sería así, incluso aunque fuese cierto que solo los blancos han sido racistas. Por eso no voy a perder el tiempo en mencionar todos los ejemplos que demuestran que el racismo ha sido universal.

 

Fue culpa tuya, espabilado

 

Hemos vuelto en España, con paso firme y rigor cadavérico, al paraíso sectario. En el discurso y la discusión públicos la mentira ya no existe porque la verdad ha desaparecido. Verdad y mentira se han convertido en pedruscos que lanzar al adversario. Todo es diáfano y de una simplicidad apabullante. Todo demuestra la maldad del bando contrario. Su maldad absoluta. Ya no se hacen prisioneros. No hablemos de los lerdos que son incapaces de entender el razonamiento más primario. Estos ya vivían en su burricie particular sin necesidad de ningún estímulo especial. Hablemos de los que sí distinguían y eran capaces de dar la razón en algo al de enfrente e incluso de afear algo al de al lado. Estos han corrido a embrutecerse voluntariamente, asumiendo que ha empezado una guerra, en la guerra hay que escoger bando y hay que dejarse de exquisiteces. Ahí está el embrutecimiento. Les parece que pensar, distinguir, señalar al amigo y aplaudir al contrincante cuando toca son exquisiteces. Qué cojones, llegan a creer que es una exquisitez el simple aseo personal, ese acto instintivo en una persona decente que impide que adapte conscientemente sus juicios y sus reflejos a la etiqueta de lo que juzga. Son los que te dicen que los otros son tan viles y despreciables, y sus intenciones tan perversas, que la única manera de combatirlos es no darles nunca la razón, porque eso es lo que quieren y al hacerlo caes en su trampa. Te dicen eso, pero lo que piensan en realidad es que la única manera de combatirlos es ser exactamente igual a ellos, pero no a los «ellos» reales, sino a los inventados. Esa carrera de armamentos es la que provoca que, al final, tantos terminen siendo exactamente como las caricaturas que dibujan sus peores enemigos y todos cumplan las expectativas ajenas.

Este camino de perversión se alimenta consumiendo la beneficencia y el equilibrio. Necesita del círculo vicioso que comienza el día en que dejas de presumir que los demás quieren básicamente lo mismo que tú y lo sustituyes por la sospecha. La sospecha, alimentada por los perturbados y los afines a los juegos intelectuales sobre cómo cometer el asesinato perfecto, se convierte pronto en certeza. El diablo existe y al diablo ni agua. El mundo se divide en dos: los míos y los otros, y entre los otros siempre están los que que no quieren que el mundo degenere en campo de batalla; así que estos reciben fuego desde todas partes, hasta que terminan refugiándose aquí o allí, travistiéndose, aunque solo sea travistiéndose en mudos.

Aquí estamos. El primer paso fue admitir la mendacidad y no castigar a los embusteros. Esa es la primera y más grave corrupción. El segundo es el fraude al sistema: usar las instituciones, no para lo que se crearon, sino para fines particulares, y pervertirlas si amenazan convertirse en un obstáculo. Desaparecida la honestidad intelectual y asumido que siempre será mejor uno de los míos, por mucho que mienta o robe, que uno de los otros, has dado el tercer paso y todo está perdido. El juicio ético ya solo cabe dentro de la propia tribu y siempre que no favorezca a la tribu contraria. Pronto la mentira o el delito dejan de ocultarse. Más adelante incluso se presume de ellos. Y los más capaces de degradarse acceden al mando, porque, en un mundo así, parecen los más eficaces. Esta es la última estupidez. La historia de la Humanidad demuestra que estos episodios desarrollan una inercia destructiva que termina, casi siempre, con daño y dolor, y con un montón de estupefactos desmemoriados preguntándose cómo pudimos llegar a esto y jurándose que no dejarán que se repita. Ponemos al mando a la peor gentuza, a la más dispuesta a envilecerse, por miedo y embotamiento, y estos nos devuelven el favor, comportándose como lo que son.

Supongo que será preciso que la mierda nos ahogue por completo para que reaccionemos y empecemos a cuestionarnos si todo esto fue buena idea. Con un poco de inteligencia, decencia y repaso de nuestra historia, sería innecesario. Eso es lo que más nos puede cabrear y desesperanzar. Que no necesitamos gigantes, sino gente normalita. Sin embargo, como no quiero terminar esta negra entrada con malos sentimientos, les diré que ayuda mucho asumir que está en marcha el peor escenario, pero que siempre puede ser aún peor de lo que imaginamos.

Aquel ideario

 

En 2006, para una revista hoy desaparecida, me pidieron un artículo sobre Ciudadanos. Acababa de nacer y había participado en su congreso constituyente en la comisión que iba a redactar el proyecto de ideario que luego fue aprobado.

Antes de seguir, les contaré que, aunque conservo el ideario, no he sido capaz de encontrarlo en internet. Fue sustituido un año más tarde. El partido no tenía un año y ya era viejo. Y el ideario representaba una dolorosa realidad: el fracaso absoluto en su cumplimiento.

Hoy me he acordado de aquel ideario y de aquel artículo. Después de quince años, recupero una parte. Disculpen el final. Ya era escéptico, pero habíamos fundado un partido y me pudo la propaganda. Ahí va:

«Así que, ¿otro más? [me refería al hecho de que todos los partidos tenían sus idearios en los que decían defender cosas de lo más aseado]. Yo creo que no. Creo que, por vez primera, el ideario de un partido español contiene, sin ambigüedades, algunas afirmaciones explosivas. Vamos con ellas.

Afirma, antes que nada, que Ciudadanos quiere recuperar y actualizar los principios y valores del liberalismo progresista y el socialismo democrático. Es decir, recuperar la defensa de las libertades públicas, actualizadas en el hincapié en la defensa más intensa de la libertad de expresión y opinión; recuperar la idea de igualdad, actualizada al definirla como igualdad de oportunidades; recuperar la idea de fraternidad o solidaridad, actualizada como solidaridad entre ciudadanos y también entre Estados.

Alguien puede preguntarse si la defensa de la libertad de expresión y opinión, como hito remarcado, supone realmente la actualización de la idea de libertad. Indudablemente, tal y como se expone, lo es. Hasta el punto de merecer un artículo en exclusiva, el artículo más brillante de todo nuestro ideario, el único que copiaré íntegro, que dice: “Cs defiende la libertad de pensamiento, es decir, el derecho a criticar ideas (incluso sistemas de ideas) suscritas por otros. Esto incluye la libertad de poner en cuestión las religiones, así como cualquier sistema de creencias, tanto religiosas como políticas, incluido el nacionalismo. Cs rechaza el miedo a la modernidad, el miedo a la libertad y el irracionalismo, y se reafirma en las ideas que inspiraron los grandes llamamientos colectivos de las revoluciones democráticas del siglo XVIII: libertad, igualdad y solidaridad, derechos humanos y búsqueda de la felicidad. De ahí que defienda el libre cuestionamiento, el diálogo abierto y la duda creativa, el juicio ponderado y la conciencia de los límites impuestos por la realidad”.

En esas pocas palabras hay un programa brutal y disolvente, como escribí en cierta ocasión al hablar de la Declaración de Independencia. Es un programa racionalmente consecuente con esas ideas en las que creían algunos varones blancos, que nunca pensaron en mujeres negras. Ésa es la fuerza de una gran idea. Se escapa al control del autor, invadiéndolo todo, permeando nuestra visión de las cosas. Los revolucionarios franceses y americanos creían en la libertad, pero hasta cierto punto. Unos adoraban la razón y la fraternidad y otros el sentido común y la felicidad, pero entre sus iguales no incluían a las mujeres o a los salvajes. Ni incluían tampoco su propia revolución. Por esa razón, de la miseria pudo surgir el socialismo científico, tan cercano en sus orígenes a esas revoluciones democráticas y tan desnaturalizado en su conclusión. Se había perdido de vista la felicidad del ciudadano y la libertad de opinión, en un error trágico. Volver, actualizándolas, a esas ideas, nos permite recordar el espíritu que las inspiraba: hombres que usaban su razón no acertaban a comprender por qué tenían que existir privilegios -contrarios al sentido común que afirma la igualdad de los hombres- que podían arruinar su felicidad y la de los suyos, castrándolos en lo más sagrado, su capacidad de analizar el mundo y obrar en consecuencia, libremente.

Los terribles y llenos de esperanza últimos doscientos años nos exigen esas afirmaciones: la libertad es sobre todo libertad para pensar. Para pensar distinto del otro, incluso para representarse un mundo completamente distinto del otro, aunque ese otro mundo sea un mundo de creencias. Y esa libertad, para ser una libertad también de los otros, tiene dos basas imprescindibles: la conciencia de los límites de la realidad y la afirmación positiva de la razón como vehículo del pensamiento político. Por desgracia se trata de una afirmación revolucionaria hoy. Esas ideas, locales en su origen, que maduran en un momento histórico, en una cultura relativamente homogénea, chocarán con la riqueza y complejidad del mundo. El éxito de Occidente las trasladará a todas partes, produciendo, a la vez, la contradictoria consecuencia de que la única sociedad que se plantea un modelo de conocimiento universal termine sosteniendo la igualdad de los valores de su cultura con los de otras que nunca asumieron con profundidad el pensamiento crítico. De la falsa superioridad intelectual de los estudiosos occidentales que renuncian al sentido común que inspiró y permitió sus métodos científicos se derivará, paradójicamente, el relativismo cultural. Por eso es revolucionario recordar, actualizándolo, el principio de libertad de pensamiento. Se puede pensar cualquier idea o conjunto de ideas. Por esa razón no se puede imponer un conjunto de ideas que niegue esa libertad, aunque ese conjunto de ideas se remonte a los albores de la humanidad. La acechanza del miedo a la libertad, unida a la muelle conservación de los privilegios, ha eclosionado en nuestras sociedades, manifestándose en una apatía en la defensa de nuestra libertad básica. Se oculta esa apatía bajo etiquetas vergonzantes como tolerancia o alianza de civilizaciones. Nosotros denunciamos esa apatía.

Las consecuencias de esa denuncia son, además, profundas. Creemos que la política activa de un partido no puede fundarse en los sentimientos o en las creencias, sino en lo objetivo y mensurable. Sólo así es posible el control ciudadano. Por esa razón, y porque la política activa no debe servir para la creación, mantenimiento o impulso de visiones sentimentales o mundos fantásticos como los que informan los nacionalismos o fundamentalismos religiosos.

Creemos que los derechos humanos solo tienen un titular: el ser humano, sin matices ni limitaciones de ningún tipo. No creemos en la prevalencia de la cultura o de imaginados derechos colectivos sobre el destino de los hombres. Por eso denunciamos la ambigüedad y el relativismo morales. Es insoslayable declarar que no hay razón o principio, por tradicional, añejo o querido que sea, que justifique el sufrimiento de las víctimas. Las víctimas no son números, son seres humanos individuales, dotados de razón y de derechos. Es la hora de afirmar, cueste lo que cueste, la primacía del ciudadano sobre la tribu.

Esa primacía se refleja en la ley.  Afirmamos el valor de la ley frente a la “voluntad” de la turbamulta. Una consecuencia de la llamada a la razón es reconocer la base biológica de nuestra conducta, nuestros miedos, nuestras reacciones incontroladas, el amor por la tribu, el miedo al diferente. Por esa razón se crean instituciones formales. Por esa razón se aprueban normas de contenido universal. Para protegernos de nuestros instintos, sobre todo cuando nuestro instinto se transmuta en instinto de la tribu. Expresamente, por esa razón, se afirma la primacía de la ley vigente frente a la violencia terrorista.

El corolario local de todo lo anterior es admitir que las instituciones que existen en nuestro país tienen un origen histórico, que no puede negarse para construir otro mítico, sobre todo cuando, con ello, sólo se termina despilfarrando las energías de todos, que deben dirigirse a aumentar las posibilidades de desarrollo de cada ciudadano. ¿Qué sentido tiene desmontar nuestra nación para la consecución de paraísos imaginados, cuando lo racional es preocuparse del bienestar de los individuos que la forman?

Son ideas para todos. Pero para llevarlas a la práctica es preciso asegurar además, materialmente, ciertas necesidades. Ahí se defiende de nuevo la aplicación de un programa racional. Frente a sistemas de ideas que parten de conjuntos de soluciones “a priori”, defendemos la necesidad de ajustar la respuesta de las instituciones a las soluciones más adecuadas, aunque se “salgan” del manual ideológico. Lo único indiscutible es la obligación de mantener ese sistema, sobre todo en sus aspectos más sensibles: educación, salud y subsistencia.

El ideario de mi partido no coincide absolutamente con el mío. Yo creo en una idea de Estado fragmentario, en el que se dé primacía a la libertad individual, incluida la económica, antes que a los mecanismos igualatorios. Un Estado refractario a las subvenciones y ayudas, un Estado sin programa cultural. Un Estado con un programa fuerte, sin embargo, en educación e investigación. Creo que, al final, en un Estado así, la riqueza individual y las posibilidades de desarrollo individual serán superiores.

Es posible que mi visión, en alguno de esos aspectos, sea minoritaria. Que prevalezca un modelo menos “liberal” en lo relativo a la estructura del Estado y las llamadas políticas “activas” de seguridad social y bienestar. No me importa, seguiré debatiendo, intentando convencer, admitiendo que me convenzan. No hay problema: nadie censura en Ciudadanos la libertad de pensamiento.

¡Dios mío, están entre nosotros!

(Este artículo apareció hace seis años en Jot Down)

La serie de televisión The Big Bang Theory tiene cinco protagonistas principales. Cuatro de ellos son “friquis”. Uno es un indio de la India que es incapaz de hablar con las mujeres. Otro es un obseso sexual escuchimizado que gasta un vestuario propio de un chuloputas setentero del Bronx. El tercero es un tipo inseguro, bajito y “cuatrojos”, que pasa por ser “seminormal” en comparación con el resto. El cuarto —el alma de la serie— tiene un CI de más de 180, memoria eidética e hipocondría, y se caracteriza por su incapacidad patológica para relacionarse de manera normal con el resto de las personas, hasta el punto de parecer a menudo idiota. Hay, sin embargo, un factor que les une: todos son extremadamente inteligentes. La quinta protagonista es una guapísima y simpatiquísima y normalísima camarera, que soporta estoicamente las extravagancias de los otros cuatro.

Como pueden ver, el 80% de los protagonistas son flacuchos, tarados, enanos, faltos de sensibilidad o empatía, enfermos sociales. Son lo que la mayoría de la gente espera cuando se tiene que ver las caras con alguien que disfruta de una inteligencia muy superior a la suya, el estereotipo del superdotado, del científico loco, del genio. Esta serie no es original tampoco en esto, por más que, con su desarrollo, haya ido «humanizando» a los personajes para lograr esa empatía con el espectador que sirve para que circule el dinero. Es tan habitual que esos rasgos aparezcan unidos a cualquiera que lleve «Dr.» delante del apellido, que los damos por supuestos: el Dr. Rotwang, el Dr. Strangelove, el Dr. Moreau, el Dr. Caligari, el Dr. Emmet Brown o el Dr. Frink. La cuestión no es que un «genio loco» o un «genio del mal» bizquee con frecuencia, ande siempre despeinado y grite enfurecidamente cuando sus planes de dominación y genocidio salen mal; esto es lógico y circular: está loco, hace el mal, pretende algo absurdo y egomaníaco, no se preocupa en peinarse, no se preocupa en peinarse, pretende algo absurdo y egomaníaco, hace el mal, ergo está loco. No, lo que es llamativo es por qué la gente relaciona tan a menudo las altas capacidades con rasgos enfermizos y con un físico propio de un pigmeo contrahecho. Hasta uno de Mensa, como Asimov, convirtió al «mulo», de su serie La fundación, en el tipo más feo y repelente de la galaxia, mientras que, en la aclamada Blade runner, el dios de la biomecánica, Eldon Tyrell, tiene pinta de chiquilicuatro y calza unas gafas con un cristal como el del telescopio Hubble, el genetista Hannibal Chew es un cobardón y no les digo la pinta de pringado y tarado emocional de J. F. Sebastian. Y para uno listo y físicamente superior, Roy Butter, resulta que es una creación artificial pelín psicótica y que se entretiene soltando palomas mientras palma.

Voy a anticipar mi hipótesis: es por compensación. No nos molesta que haya personas que sepan de algo más que uno, ya que esto puede ser resultado del azar, del estudio o de la concentración en un fin. Frente a esto pensamos: «yo podría hacerlo si quisiera». Lo molesto es que alguien «vea» la solución a los problemas antes de que nosotros los entendamos, que alguien sea capaz de recordarlo todo sin esfuerzo aparente, que alguien sea tan asquerosamente inteligente que parezcamos simios. No nos importa tanto la superioridad física como la mental, porque es la inteligencia lo que nos identifica como humanos. Un chimpancé podría hacer un mate mejor que Michael Jordan, pero no hay ningún bicho que sea capaz de resolver problemas matemáticos mejor que John von Neumann. Estas hazañas intelectuales de otros nos empequeñecen de tal forma, que nuestro resentimiento tiene que trabajar para no ahogarnos en el vómito verde de la envidia. Los superdotados intelectuales TIENEN que ser deformes, miopes, cobardes, tímidos, obsesos, canijos.

La propia palabra «genio» es un buen punto de partida para esta explicación. En la mayor parte de las culturas antiguas, las extrañas capacidades intelectuales se explicaban por su relación con un elemento divino, ajeno. Los demonios y los genios son «productos» divinos que insuflan desde fuera capacidades sobrehumanas en aquellos a los que ocupan. El pensamiento original, incomprensible para los demás, era una muestra de anormalidad. No es extraño que tan a menudo se relacionase la superioridad intelectual con la enfermedad mental y, puesto que la enfermedad mental se atribuía a la posesión demoníaca, con la herejía y la ausencia de moral.

Esta situación no mejoró hasta el siglo XX; solo se cambió al causante de la insania. Dejó de ser el diablo y pasó a serlo el propio yo descompensado. Un síntoma de la locura será pensar demasiado deprisa o con demasiada originalidad o creatividad, y se tratará al niño precoz como a un ser psicológicamente débil, una especie de monstruo abocado a la neurosis. Lombroso definirá en 1896 al genio como enfermo y a la superdotación como síntoma de una variedad de epilepsis asociada a una moralidad desviada y a una melancolía destructiva. Incluso en el siglo XX, autores como Lange, Eichbaum y Kretschmer insistirán en la relación para ellos evidente entre la genialidad y la enfermedad mental.

Todo este equipaje ha seguido influyendo en el concepto que hoy se tiene del individuo intelectualmente superdotado y ello pese a que se haya visto matizado por un mayor tratamiento, incluso en medios de comunicación masivos, de la cuestión. Hay dos respuestas a esa persistencia: una, que el tratamiento ha sido más extenso, pero básicamente equivocado; otra, que es una idea tan cojonuda que da igual lo que esos listillos quieran vender. Sospecho que concurren las dos, y que además el desgraciado movimiento eugenésico sirvió de anticuerpo, pero para verlo con más detalle, quizás sea interesante que, a estas alturas del artículo, nos centremos un poco en definir qué demonios es un superdotado.

Para empezar un superdotado no es un idiota sabio, es decir, uno de esos que son capaces de dividir instantáneamente números enormes o aprenderse la guía telefónica de la provincia de Sichuan. Tampoco lo es aquel sujeto talentoso al que se le da muy bien un determinado tipo de tareas. Excluido lo que no son, hay que decir que los expertos en la materia —como suelen hacer los expertos— no se ponen de acuerdo en qué es un superdotado y cómo se lo identifica. Aunque, tampoco es tan extraño, ya que, pese a llevar muchos años publicando libros y haciendo tesis, tampoco son capaces de definir qué es la inteligencia.

En gran medida, el término superdotación, como algo más técnico que genialidad, surgió de las primeras teorías psicológicas que intentaron definir la inteligencia como aquello que podía medirse. Esas teorías, conocidas con el original nombre de psicométricas, nacieron junto con los test de inteligencia de Alfred Binet y Théodore Simon que fructificaron en el modelo de «edad mental» posteriormente sustituido por el de «cociente intelectual». En 1927, para resolver los problemas teóricos de esos modelos se inventó el factor «G», algo muy misterioso que se supone medían los test de inteligencia, y que podemos dejar de lado ya que no tenemos ni idea de qué es, aunque suene muy erótico. Como no sabían definir claramente el factor de marras, los científicos hicieron algo que hacen con gran solvencia: dividir el problema en problemitas y convertir la inteligencia en algo complejo resultado de muchos factores. También con gran originalidad se llamó a este enfoque propuesta factorial y, ya puestos a ello, los psicólogos entraron en una orgía desatada que desembocó en Joy Paul Guilford, que llegó a describir 150 factores. Ante tamaño desbarajuste, algunos autores intentaron poner orden, creando sus propias clasificaciones y síntesis, que en buena correspondencia eran rechazados por el resto. Otros se centraron en el aspecto computacional (¡sí, llegaba la modernidad y la fiesta del algoritmo y las máquinas que paran o no y el ácido!) y de procesamiento de la información y en una serie de cuestiones a las que ponían el prefijo «meta» para resultar altamente intrigantes. Dijeron que lo de medir la inteligencia estaba anticuado y que lo importante era el aspecto evolutivo y funcional, el proceso por el que los seres humanos resuelven problemas. Los gruppies psicométricos dijeron que sí, que todo eso era muy bonito, pero que a falta de la falsación de sus postulados, estos no pasaban de ser apuestas en el vacío. Todo esto se mezclaba además con la famosa discusión, que tantos homicidios ha provocado en círculos académicos, entre «nature» y «nurture», que se cebó especialmente en la heredabilidad o no de la inteligencia. En fin, un sindiós que afectaba al asunto que nos ocupa y al que vuelvo antes de contarles mi propia hipótesis sobre la inteligencia, en particular la de los psicólogos.

Un par de párrafos atrás hablé de Lombroso y sus paridas. El primero que cambió el paso sobre la visión negativa del genio fue un contemporáneo suyo: Francis Galton, en su obra de 1869 Hereditary genius, aplicó las teorías de su primo Darwin y sostuvo que la genialidad se heredaba y que además no había ninguna razón para pensar que hubiera una correlación entre aquella y el físico. Añadió que los genios (imagino que él se veía como uno de ellos) eran más imaginativos, fuertes, productivos que la mayoría, y que por eso solían ocupar puestos de liderazgo. Por desgracia, estas teorías terminarían desembocando en el movimiento eugenésico, el culpable de que los test de inteligencia se utilizasen de forma infame con los inmigrantes que llegaban por millones a Estados Unidos para así relacionar la inteligencia con la raza. La idea de que podían darse una mayor capacidad física, intelectual y moral en algunas razas frente a otras, alcanzará su culminación material en el nazismo. Es perfectamente comprensible que se percibiera con asco la idea, superficialmente relacionada con aquella, de que las personas intelectualmente superiores pudieran serlo también física o moralmente y que cobrase brío la representación popular de que el supervillano o el genio loco siempre piensa en crear una raza superior.

Sin embargo, la tesis contraria se demostró pronto errónea. En 1921, Lewis Terman inició un trabajo fundamental en esta materia: tras escoger una serie de instituciones escolares californianas, pidió a los profesores que identificaran sus alumnos más brillantes, les aplicó test de inteligencia, los midió, pesó, sometió a exámenes médicos, test de personalidad y recopiló toda la información personal que pudo de manera estructurada. Escogió a 543 niños con un CI superior a 130 y los sometió a escrutinio durante 38 años. Sus resultados cambiaron radicalmente la percepción de la superdotación en ámbitos académicos: los superdotados tenían una salud mejor que la de la mayoría; eran más altos y fuertes y padecían menos enfermedades; mostraban más interés y más variado por todo tipo de asuntos; en general, su éxito académico, familiar y social era superior. Se trataba de personas bien relacionadas con su entorno y con aptitudes para el liderazgo. Además, eran de extracción sociocultural superior a la media y habitualmente tenían antecedentes familiares de superdotación. Otros colaboradores de Terman prosiguieron con el análisis de los sujetos hasta 1977 y confirmaron los resultados, ampliándolos a cuestiones como la longevidad (los individuos analizados vivían más tiempo y con mejor salud que la media).

Este estudio ha sido posteriormente objeto de críticas que parecen muy razonables. Como el criterio de identificación fue el éxito académico y los test de inteligencia, se dejaron de lado elementos que hoy se consideran esenciales para definir la superdotación, como veremos; este sesgo además se relacionaba con factores sociales y con el hecho de que, al ser conscientes de que estaban siendo estudiados, la «motivación» podía falsear los resultados.

Pronto los autores irán enriqueciendo el concepto de superdotación con otros elementos que han terminado afirmándose en la literatura sobre la materia y que se describen de forma muy gráfica en una tesis que ha tenido especial éxito: la de los anillos de Joseph Renzulli, en particular en su visión más ampliada publicada en 1994. La superdotación se define como el centro de tres elementos independientes que trabajan conjuntamente: la capacidad intelectual superior a la media, la creatividad y la implicación en las tareas. Así, el superdotado produce resultados «diferentes» no solo porque es más inteligente, sino porque se implica de forma más tenaz y constante en las tareas que le atraen y porque es más creativo. El esquivo concepto de creatividad resulta especialmente importante, ya que es la base de algo que suele sorprender de estos individuos con altas capacidades: la originalidad en el pensamiento, el chispazo, la búsqueda de problemas en los límites, el hallazgo de atajos, el riesgo en el planteamiento de problemas imposibles y de caminos que se salen de lo trillado, lo que va unido al uso avanzado de lo que Robert Sternberg llama «metacomponentes», como la capacidad para descubrir problemas, para definirlos, para describir y combinar de forma eficaz los pasos para su resolución, la localización de la información que precisa, la evaluación desapasionada de los resultados. Por eso es tan habitual que el superdotado ocupe un porcentaje de tiempo superior al normal en el planteamiento de los problemas.

En cualquier caso, décadas de estudio demuestran que los estereotipos están básicamente equivocados. Daniel Hallahan y James M. Kauffman en su Exceptional children. Introduction to special education describieron los mitos y realidades más comunes sobre superdotación: frente a la idea de que suelen ser débiles físicamente y carecer de capacidades sociales, resultaban tener mejor salud, ser más equilibrados y con atractivo social, y frente a la idea de que la escuela les aburre, en general suele atraerles y se adaptan a ella fácilmente.

Del mismo modo, y en cuanto a una supuesta inestabilidad emocional de los superdotados, pronto se demostró que la mayoría de ellos no tenían más problemas emocionales que la media, y que solo en el exclusivo grupo de los individuos con CI superior a 180 podía esto ser discutible (e incluso en un estudio efectuado en 1992, Children’s development within social context, de Lucien Winegar y Jaan Valniser, se mantenía que ese resultado no era en absoluto concluyente).

Los superdotados ya no solo no son canijos, poco saludables y socialmente incapaces, sino que suelen plantearse problemas morales de calado antes y de forma más profunda que el resto. Temas como el bien y el mal, la justicia, la honestidad, se producen frecuente y precozmente entre individuos superdotados, y algunas respuestas del entorno les resultan especialmente dañinas. Suelen ser perseverantes y abiertos, en cuanto que curiosos y flexibles, tener gran confianza en sí mismos, y admiten la crítica fundamentada con mejor talante que la media. Esta acumulación de información permitió a George Betts y Maureen Neihart distinguir entre los superdotados exitosos, divergentes, underground, amargados, los doblemente identificados (aquellos que unen a la superdotación alguna discapacidad) y los autónomos. Lo interesante es que estos autores ya situaban al 90% de los superdotados dentro del primer grupo.

Sin embargo, la idea del «genio» como un tipo ridículo y risible es demasiado atractiva, pues nos los muestra como débiles y fácilmente localizables. Lo contrario sería sumergirnos en el mundo terrorífico de La invasión de los ultracuerpos: imaginen qué espanto, que esos sujetos tan inteligentes y capaces anden entre nosotros sin que seamos capaces de identificarlos, se apareen con facilidad y acaparen el éxito y la felicidad. Algo tan horrible no puede ser cierto.

 

La rabia como incentivo para la virtud

 

Este blog, que tiene ya diez años, cuenta con mil setecientas entradas. He escrito sobre todo tipo de cuestiones, bien o mal, y con esos antecedentes, lo presumible habría sido que, desde el confinamiento obligatorio, hubiera caído en una de esas hemorragias que me invaden de cuando en cuando, agrediéndoles con un buen puñado de discursos. Me han podido, sin embargo, la apatía y la certeza de que solo me gustaría leerme precisamente sobre asuntos de los que no sé nada o sobre los que no cuento con información fiable.

Como muchos españoles me he hecho preguntas sobre la conducta del Gobierno. Me refiero a la gestión, no a la propaganda, de la que hablaré luego. Creo firmemente que el Gobierno no hizo caso a las alarmas que sonaban a todo trapo, tan cerca como en Italia, y, sumido aún en la política preCovid, prefirió aplazar todo una semana, pensando «qué más dará». Esa decisión debería pesarles a los dirigente de los partidos del Gobierno como una losa, porque promovieron y permitieron actos políticos de los que querían sacar rédito político —y lo mismo hay que decir de los dirigentes de Vox—, que eran aplazables sin consecuencia alguna. Nunca olvidemos esto: eran actos que podían trasladarse sin coste material. Las Fallas, las procesiones de Semana Santa, los partidos de fútbol (añadan aquí cualquier otro evento masivo que genera riqueza) se han suspendido y esto cuesta dinero. Aquellos actos políticos, salvo que caigamos en la estúpida magia simpática que aparecía en las pancartas y en los eslóganes que afirmaban que ir a la manifestación del 8 de marzo salvaría vidas de mujeres, se podían mover sin consecuencias. La propaganda política se impuso a la prudencia y no encuentro forma de olvidar a los que pudieron evitarlo y no lo hicieron.

Sin embargo, esa estupidez por la que deberán pagar un precio político no es el motivo de que finalmente esté escribiendo sobre la situación terrorífica que nos maniata. Lo hago para exponer lo que creo espera un ciudadano medio y las consecuencias de que no lo obtenga.

Un ciudadano espera que los que están al mando acierten con las medidas, pero puede comprender los errores. Incluso los errores producto de la imprevisión y la minimización del riesgo. Ya, en buena teoría, elegimos a los gobernantes para que sean mejores, más sabios, más prudentes, y les autorizamos a dotarse de medios que les permitan anticiparse a las amenazas y diseñar buenas políticas. Esa es la teoría. Sin embargo, es lugar común, sorprendentemente, que los políticos son peores que los ciudadanos que los escogen. De hecho, habrá usted escuchado más de una vez —si es que no lo ha dicho— que los políticos son un montón de vagos superficiales e ignorantes, unos trepas que quieren vivir a nuestra costa y que si vota a este o a aquel es solo porque los que votan otros ciudadanos son peores. Por precisar, lo normal es escuchar que los ciudadanos somos mejores que los políticos, salvo cuando juzgamos a los ciudadanos que votan a los políticos que nos desagradan; aquellos también son idiotas que tienen suerte si saben atarse los cordones de los zapatos. No estoy afirmando que sea cierto, sino que es una opinión extendidísima.

Puesto que tantos opinan así de mal de los políticos, no es extraño que estén psicológicamente preparados para admitir un nivel bastante intenso de negligencia e incluso de corrupción. Si admiten lo más, cómo no van a asumir lo menos: que meterán la pata, no preverán el peligro y tomarán medidas tarde incluso aunque pongan todo su empeño en lo contrario.

Cuando hablamos de cosas sin importancia —y lo son muchas que nos parecían trascendentales hace un mes— esa creencia reptiliana es gratuita. El político puede contar con ella y dar por hecho que no le pasará demasiada factura actuar como tal. Sin embargo, cuando hablamos de la vida y la muerte, del pánico al futuro inmediato, de la destrucción masiva de empresas y empleos, de la desaparición abrupta de decenas de miles de personas con parejas, hijos y nietos, hermanos, amigos, que a falta de contacto tienen que vivir un duelo brutal inundado por crueles visiones imaginadas de abandono y soledad, los márgenes se estrechan irremediablemente.

La mayoría de los ciudadanos, en una situación así, quizás perdonen los errores, pero difícilmente perdonarán que se les trate como a imbéciles. Somos gregarios y, en momentos de crisis, contamos con una enorme capacidad de movilización y sufrimiento, pero solo bajo un liderazgo moral en el que podamos confiar. Los seres humanos han evolucionado para detectar al tramposo y las sociedades humanas reflejan esta capacidad. De hecho, sin ella, el altruismo, que se da tan a menudo que nos hemos acostumbrado a no verlo, sería imposible. Solo una sociedad gravemente fanatizada se somete a un liderazgo radicalmente corrupto: ¿lo es la sociedad española? Yo creo que no.

¿Qué más diría un ciudadano medio? Que no debería ser tiempo para tramposos y embusteros, pero tampoco para oportunistas. La situación es de tal gravedad que hay que dar la patada a los que creen que pueden aprovecharla para que avancen sus agendas políticas. También afirmaría que no es tiempo para la palabrería. Democracia, unidad, solidaridad, diálogo, responsabilidad, son hermosos términos prostituidos por la propaganda. En épocas de bonanza podemos contemplar incluso con fascinación a los políticos embarrados en un corral lleno de porquería mientras berrean sobre lo mucho que les preocupan el bien común, la verdad y el destino de la nación. En un momento como este mejor no uses esas palabras si no te vas a esforzar por creer un poco en ellas y ponerlas en práctica.

Un ejemplo evidente de esto es el de las llamadas a la unidad. Solo puede pedirse unidad si reclamas del otro que se una no a lo que tú has decidido, sino a la discusión previa. Solo cabe unidad en un sentido profundo del término si permites que el otro aporte ideas y mejore las tuyas y si estás dispuesto a reconocérselo. Esta iniciativa, además, incumbe, más que a nadie, a quien al final toma las decisiones. Lo otro no es unidad, es el rastro que deja el autócrata.

Llevamos un mes desatinado. Con un Gobierno sobrepasado por los acontecimientos, paralizado, que no pide ni admite ayuda y maniatado por la necesidad de demostrar iniciativa, lo que provoca una improvisación constante de medidas no evaluadas y sobre las que ignora su impacto. Hay en esto algo inevitable, sin duda. Basta con ver el panorama internacional. Y es fácil caer en el error de asegurar que los gobiernos que han acertado más lo han hecho porque son mejores, cuando quizás han contado con alguna cantidad de fortuna.

Pero es tal la presión que, para hacer frente a la opinión pública, en vez de cambiar de hábitos, los que mandan se han refugiado en los que les dieron buenos frutos en el pasado: la propaganda, la mentira manifiesta, el control de la información, el doble rasero y la atribución a terceros de responsabilidades propias..

Lo malo es que esas recetas, que ya eran nefastas en situaciones de normalidad, en una situación de emergencia son ácido. Si inundamos la discusión con bulos, ira, injurias y banderías, el resultado será catastrófico. Ya lo está siendo. La discusión civilizada empieza a desaparecer, no entre las personas normales, sino entre los que creen que forman a la opinión pública. Si continúa, la gente se refugiará en la negación, el exilio interior, el nihilismo o el sectarismo. No habrá opiniones o razonamientos, sino actos de agresión, muchos de ellos organizados. Lo que se veía mal en el de enfrente se agravará y los moderados se verán obligados al activismo partidista para contar con oportunidades de sobrevivir en la guerra total de bandas que se avecina. Solo habrá amigos y enemigos.

Lo trágico es que esto no es lo que quiere la mayoría de la gente. La agenda para salir de ese círculo vicioso no es demasiado complicada: bastaría con dar un paso atrás. Pensar hasta diez. Admitir errores. No mentir. No desfigurar los hechos para acusar a los otros de mentir cuando no lo hacían (y aquí hablo de todos). Bajar el nivel de propaganda. Escuchar a los demás e intentar localizar entre ellos a los más capaces. Tratar a la gente con respeto intelectual, no presumiendo que se van a contentar con basura sentimental. Tomarnos unas vacaciones ideológicas. Ya, ya sé que tras las decisiones de gestión hay un trasfondo ideológico, pero puedes aplazar tus máximos y encontrar, transitoriamente, un lugar común. Como hacen dos náufragos que se odian, que van a la deriva en un bote con vías de agua y trabajan juntos para no morir, aplazando sus querellas para la tierra firme.

No es tanto como parece, pero escasean el elemento moral y las condiciones subjetivas. Hablo en general, pero aquí no cabe la equidistancia: la máxima responsabilidad les incumbe a los que dirigen España. Y las evidencias son descorazonadoras.

Nuestra única oportunidad es trasladar furiosamente el mensaje correcto: aún hay margen para la rectificación. Insistir en él, proclamando nuestro hastío y nuestra rabia por el espectáculo penoso que presenciamos, a la vez que juramos no premiar a ninguno de sus actores y castigar duramente a los peores de entre ellos.

Que el ruido y la verdad se conviertan en un incentivo virtuoso.

 

Parte de situación (4)

 

Tengo una vista señalada para el próximo lunes en un juzgado de la Comunidad de Madrid. Me remite mi procuradora un escrito presentado por la parte contraria en el que se pide suspensión como consecuencia del coronavirus.

El correo añade el siguiente comentario: nos ha dicho el juez que lo pidamos nosotros también.

Así estamos. Todos improvisando PORQUE LAS PUTAS AUTORIDADES NO ADOPTAN LA DECISIÓN DE SUSPENDER TODA LA ACTIVIDAD JUDICIAL SALVO EN CAUSAS CON PRESO O EN LAS QUE SE HAGA PRECISO ADOPTAR MEDIDAS URGENTES QUE NO ADMITAN LA MÍNIMA DEMORA. Sin necesidad de justificación y a decisión de jueces y letrados de la Administración de Justicia.

Por cierto, se trata de un procedimiento de familia iniciado hace DOS AÑOS Y MEDIO. ¿En serio creen que pasa algo por añadir al lamentable retraso acumulado un poco más?

Parte de situación (3)

 

Justo antes de salir de casa para ir a trabajar le pregunto a mi mujer sobre las declaraciones del presidente del Gobierno que está escuchando en directo y me dice, con sorna, «ha dicho que hay que lavarse las manos». Me ha salido, casi sin pensar esta respuesta: «bueno, él lo está cumpliendo. Lleva dos semanas lavándose las manos a diario».

Ya ven, algo a bote pronto. Una gracia. Pero luego, en el coche venía escuchando las respuestas del señor Sánchez sobre la ciencia y la evolución dinámica y me he dicho, qué va: está siguiendo las recomendaciones de las autoridades sanitarias hasta la náusea.

 

Parte de situación (2)

Muchas empresas están implantando medidas de anuncio de que están implantando medidas de teletrabajo.

Gracias, pero las medidas consisten en implantar el teletrabajo para que sus clientes estén atendidos, no en llenar los buzones de correos de sus clientes con correos absurdos que explican lo «concernidos» que están por la crisis del coronavirus.

Por favor, no repitan el error de nuestros gobernantes de vender campañas de autopromoción como si esto fuese un servicio a sus clientes.

No por nada, es que no creo que el personal muy receptivo.

Ánimo.

Crónica de actualidad

 

(…)  tal como es el doloroso recuerdo de aquella pestífera mortandad pasada, universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza. (…) Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. (…)  Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna; así, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más allá de los entendidos había proliferado grandísimamente el número tanto de hombres como de mujeres que nunca habían tenido ningún conocimiento de medicina) no supiese por qué era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del tercer día de la aparición de las señales antes dichas, quién antes, quién después, y la mayoría sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho. Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera la persona a quien lo hubiese oído. Digo que de tanta virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e hizo visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que en brevísimo espacio lo mataban. (…)
De tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían de los enfermos cuanto podían. Y en tan gran aflicción y miseria de nuestra ciudad, estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado tan carentes de servidores que no podían hacer oficio alguno; por lo cual le era lícito a todo el mundo hacer lo que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente, según su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse, saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por estimar que era óptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el aire impregnado todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella y ser llegada su última hora. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos se salvaban, sino que, enfermándose muchos en cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos, languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ningún otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello no se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal servicio, que casi no servían para otra cosa que para llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado. (…) Y además, se siguió de ello la muerte de muchos que, por ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no podían tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían, que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo. Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora vemos hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de la casa del muerto con sus parientes se reunían sus vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad del muerto allí venía el clero, y él en hombros de sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por él antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se morían las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. (…)  Y bastantes acababan en la vía pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos que estaban muertos; y entre éstos y los otros que por toda parte morían, una muchedumbre. (…) Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió que fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía; y muchos, como racionales, después que habían pastado bien durante el día, por la noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía de pastor. ¿Qué más puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal vez antes del accidente mortífero no se habría estimado haber dentro tantas?

 

Parte de situación (1)

 

* He leído a mucha gente hablar de que, ahora que estamos afectados por una pandemia, los liberales han abandonado sus posiciones y se han convertido todos en partidarios del Estado totalitario. No quiero insultar a nadie, pero la peña que está diciendo eso —la mayoría con un perfil político muy marcado— lo que está demostrando es que no tienen ni puta idea de lo que han escrito los autores de las corrientes mayoritarias del liberalismo durante los últimos siglos sobre el Estado y sus funciones.

* Hay mucha gente intentando salvar su culo y el procedimiento es buscar un culpable y ponerse a la cabeza de los linchadores a ver si no nos damos cuenta. Por desgracia, se cumplirá la máxima de que el honesto que admite un error está más expuesto que ese impresentable paradigmático que menciono en la oración anterior. Intenten tener esto presente.

* Ahora algunos países están adoptando medidas drásticas, pese a no contar con un número alto de infectados. Y muchas personas dicen «¡¿Ves?!». Siempre nos olvidamos de que los errores de los primeros son información con la que cuentan los segundos. A veces para excederse. Y nos olvidamos de que no todos los países y las sociedades son iguales. Lo que vale para A no tiene por qué valer para B. Lo que puede hacerse en A quizás no pueda hacerse —con un coste equiparable— en B.

* Algunos han criticado a Merkel por crear alarma. Yo diría que, viendo el comportamiento de tanta gente, algo de alarma nos viene bien.

Ánimo.