El alma del artesano

 

Podría recurrir, trastocándola, a la frase de nuestro contramaestre* para hablar de los tríos de Haydn: canción sin héroe. Alguna de la música más maravillosa jamás compuesta se halla perdida en los estantes y en las fonotecas de los melómanos más avezados, esperando a que la descubra el gran público.

Haydn escribió veintiséis tríos para piano, violonchelo y violín. La mayoría son obras de madurez. Los catorce últimos los compuso cuando tenía más de sesenta años. Son tan grandes y portentosos que resulta difícil hablar de ellos en conjunto. Escritos sin presión, sin la necesidad de que fueran aceptados por el gran público, como en el caso de las sinfonías, y sin la necesidad de demostrar el refinamiento y virtuosismo compositivo, como en el de los cuartetos, Haydn aparenta ser un improvisador, pero con tal perfección y complejidad, que puede decirse que alcanza cumbres a las que han aspirado muy pocos.

Son obras fundamentalmente para piano, y eso las ha hecho malditas, porque, pese a la dificultad de la partitura pianística, a menudo virtuosística (por ejemplo, en los pasajes de octavas del trío en do mayor H 27), el papel del violín es frecuentemente secundario y el violonchelo suele limitarse a doblar el bajo del piano. Así ha sido difícil convencer (o pagar) a tres músicos de nivel para interpretarlos. Haydn los compuso para músicos aficionados (aunque en aquella época músicos aficionados estrenaban el triple concierto de Beethoven). Para explicarlos hay que tener en cuenta el dato de que el pianoforte de la época no es como el actual. Sin las mejoras de comienzos del siglo XIX, las notas bajas eran más grises y planas. Una manera de resolver esa limitación era precisamente utilizar un trío de instrumentos. El violonchelo daba profundidad y sonoridad a los bajos del piano, que suele doblar, ampliando los armónicos, y el violín acompañaba, repitiendo las melodías más cantabiles en los agudos. Así, con ese recurso, la imaginación de Haydn (y de Mozart en sus conciertos para piano) se libera de trabas sonoras, produciendo esos efectos tan maravillosos e irrepetibles. Y eso añade otra dificultad más. Los pianos actuales, tan poderosos, y los violines posteriores al siglo XVIII, con sus mástiles alargados y sus cuerdas más tensas (sí también se alargaron los mástiles de los Stradivarius) exigen un esfuerzo de contención en los intérpretes, sobre todo en los violinistas, cuando deben tocar melodías por debajo de la del piano.

Dice Charles Rosen que es absurdo tener que salir en defensa de unas obras que pertenecen a la música más grande que jamás se haya compuesto.

h1Entre tantas obras maestras, es difícil escoger un ejemplo. Uno excelente por su enorme belleza trágica es el segundo movimiento, allegretto, del trío en Mi mayor, H. 28. Oigan y oirán doscientos años de música. Dos voces, separadas incluso cuatro octavas entre sí, dialogan a la manera del barroco, con un ritmo constante de passacaglia, y secuencias dentro del tema que tiran entre sí. Sin embargo, la estructura es clásica, con ese movimiento hacia la tonalidad relativa mayor y esa claridad dinámica constante. Todo eso es así, ya, pero la música avanza aumentando la tensión interna, que no se resuelve hasta el último acorde, y ya estamos en el último Beethoven o, directamente, en el romanticismo (escuchen los últimos quince segundos como si no estuvieran escuchando a Haydn).

h2

Enlazo el trío completo y la interpretación completa.  El segundo movimiento comienza a partir del 6’54”.

Si les ha gustado, no lo duden.

 

* El afamado Almirante Benbow

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Un sueño de Mercutio

 

De un lado, Platón, San Anselmo, Descartes y Hegel.

Del otro, Aristóteles, Santo Tomás y Kant.

Entra el moderador, un tal Karl Marx, se tropieza y farfulla:

— Dios, casi me caigo.

San Anselmo gruñe algo y Marx le dice:

— Hable más alto, monje, aquí puede hablar cualquiera … de momento.

— He dicho dixit insipiens in corde suo: non est Deus.

— Ya estamos -dice Santo Tomás con su voz aflautada- he demostrado cinco veces …

— ¿Que has demostrado …? -grita Aristóteles- Κύκλο χρησιμοποίησέ τη δύο. Νέο αν σελίδων μπορούσε εξοργιστικά.

— ¿Qué dice? -pregunta Descartes.

— Nada -susurra Platón socarronamente-, está como siempre, generando textos al azar.

— A ver -grita Marx- ¿quién esta de acuerdo?

Todos levantan la mano menos Hegel, que se ha quedado dormido, enrollado, en posición fetal, y Kant que está mirando, con lujuria, la entrepierna de Marx, o el reloj de bolsillo de Marx, vayan ustedes a saber.

— Bueno, pues ¿quién no esta de acuerdo?

Esta vez todos levantan la mano, incluyendo Hegel que, con los gritos, se ha despertado, se agarra con la mano libre sus partes pudendas y se mueve nervioso. Marx se da cuenta y le da permiso para ir a filosofar.

— Así no avanzamos -dice Marx-. Planteemos el problema y busquemos una síntesis superadora. Venga, vamos a hablar por turnos.

Platón sentencia:

— Nosotros somos sombras de las ideas y las ideas tienen un sol, el Bien. Por eso las ideas son, porque el Bien les da su ser.

Contesta Aristóteles:

— Tú eres una sombra, no hay duda, y tienes el sol en el culo. El motor inmóvil es la explicación.

Replica San Anselmo:

— Las ideas de Platón son pueriles pero están encaminadas, como la risa de los niños que se acercaban a Cristo. Lo que en su ingenuidad querría ser capaz de afirmar es que si Marx dice Dios es porque entiende la idea de Dios como suma de todas las perfecciones y por eso Dios tiene que existir.

— ¡Y lo acusa de pueril! -grita Santo Tomás-, ¡y le han hecho doctor de la Iglesia! ¡Las causas, las causas son la clave! -y empieza a sacar tomos de su Summa Theologica por debajo del hábito.

— Mon Dieu -silabea desdeñoso el francés-, YO les diré la verdad. Piensen, bêtes, y elévense desde la finitud del yo, rompan los límites y vean en ustedes a Dios. Porque la idea del Supremo artífice se crea con nosotros desde que nacemos y aspiramos … ¡Ahhh! ¿Qué ha hecho maldito teutón? ¿Por qué me ha pisado?

— Perdone jesuita -dice Kant- sólo pretendía que dejase de levitar. No hacen más que darle vueltas, insignes pigmeos, a ideas de Dios que no demuestran su trascendencia porque no aseguran su positio fuera de mí. Ach, sólo yo sé, y he demostrado, que somos morales y que no podríamos serlo sin Dios.

En ese momento regresa Hegel con la pernera del pantalón mojada, llorando desconsolado mientras murmura:

— … esparasimismasupropiocontenidoencuantosediferenciaidealmenteellamisma yencuantoencadaunadesusdiferenciasesidenticaasimismaperodeunaidentidadenque…

Todos lo consuelan, salvo Mercutio, digo Marx, que escribe NO en una pared.