No tengo tiempo para saber si es verdad

 

Hace unos días apareció una noticia en muchos periódicos: una joven italiana se había suicidado como consecuencia de una historia que se había iniciado hace un año y que se originaba en unos vídeos caseros de contenido sexual. Pongo un enlace a un medio cualquiera, para que vean el «contexto» tal y como apareció en prácticamente todos aquellos en los que se pudo leer la noticia en España.

También hace unos días apareció en El Español la noticia de que todos o algunos (no queda claro) de los mensajes que había enviado Jaime García-Legaz a Francisco Nicolás no habían sido enviados por Jaime Garzía-Legaz, sino por el propio Francisco Nicolás. Esos mensajes, cuando salieron publicados, dieron lugar a una avalancha de noticias en prensa y de comentarios en redes sociales. La inmensa mayoría de esas noticias y comentarios no solo daban por auténticos los mensajes, sino que extraían consecuencias sobre su autenticidad (por ejemplo, exigían la inmediata renuncia del Secretario de Estado de Comercio).

Menciono estas dos noticias porque se relacionan. Al leer artículos y comentarios sobre la mujer que se suicidó pensé inmediatamente en dos aspectos: uno inevitable, la complejidad de la realidad, y otro inadmisible, la pereza de la prensa. Es evidente que la conexión causa-efecto entre algo que sucede y un suicidio es un asunto espinoso y una manera de razonar a menudo errónea, aunque es casi imposible evitar conclusiones así (estamos programados para ello). Esta es la primera parte. La segunda parte es, como he dicho, menos admisible. La noticia estaba plagada de errores y era incompleta: el novio (el cornudo del que también se rió Italia) no solo no era protagonista del vídeo, sino que es posible que no tuviera nada que ver con su difusión. Es posible que la joven —que dio versiones diferentes de lo sucedido— hubiese compartido los vídeos con una serie de personas y alguna de esas personas los hubiesen subido a internet (sin su consentimiento). La historia, toda ella, es —parece— una mierda y los gritos y rasgaduras de vestido por su trágico final no es sino más mierda añadida a la mierda acumulada. Es semejante a algunas con las que me he topado profesionalmente y que, por suerte, no han trascendido porque no se hicieron virales. También es una mierda que demos por buena la noticia de que los mensajes de García-Legaz son «falsos». No porque la noticia sea falsa, sino porque podría serlo, como de hecho parece que lo son todas las que los dieron por auténticos.

Vean que no pretendo saber cuál es la realidad en ninguno de los dos casos. Constato simplemente que, en uno, ni siquiera miraron los antecedentes publicados en Italia y, en el otro, ni siquiera esperaron a saber si esos mensajes habían sido escritos por García-Legaz.

Ese es el nexo entre ambas noticias. Cuando algo reúne las características adecuadas, la turba se lanza sobre ella a engullirlo. El motor es la inmediatez, la necesidad de los medios de obtener visitas y la puta ociosidad. Los enemigos de ese comportamiento atroz son el análisis y el conocimiento de la realidad, pero son enemigos débiles. Necesitan tiempo, reposo, inteligencia y un cierto distanciamiento. Cuando parece que logran una victoria, han perdido la guerra. Antes lo viral fue una frase que muchos utilizaron para hacerse unas risas y que jodió la vida de una persona, y también unos mensajes que eran auténticos porque deseábamos que lo fueran. Ahora lo viral es la indignación frente a esa gentuza que utilizó el vídeo de la joven italiana para mofarse de ella, acosarla y hacerle la vida imposible. Sabemos que es viral porque, de nuevo, se basa en un análisis superficial de la realidad, aparentemente lleno de falsedades, que hace daño también: como consecuencia de esa nueva dentellada mucha gente responsabiliza a alguien que no grabó ese vídeo y que es posible que no tuviera nada que ver con que se subiera a internet. Y hoy lo viral es indignarse porque le «hayan» hecho una canallada así a García-Legaz cuando «sabemos» que los mensajes son falsos. Da igual que muchos de los que se indignan hoy se indignasen ayer por los mensajes. Y da igual que nuestro conocimiento de la autenticidad de los mensajes tenga la misma consistencia que nuestro conocimiento de su falsedad (en ambos casos, el que lo dice un periódico).

También han perdido la guerra los enemigos de la turba por otra razón: la turba siempre se alimenta de nueva porquería y siempre hay quien está presto a suministrársela. Todos los días presenciamos una nueva cacería. A veces, participamos.

En uno y otro caso, la realidad se diluye y se falsea. La realidad no ha cambiado, pero sus versiones groseras sí. Esas versiones groseras no nos hacen mejores ni más sabios. Rellenan nuestros tiempos muertos. Son relatos sencillos, fácil literatura que nos afianza en nuestras planas visiones del mundo y nos dan armas frente a los adversarios ideológicos o morales.

No se me ocurre moraleja para esto. Tampoco vislumbro una solución o un remedio.

 

 

7 comentarios en “No tengo tiempo para saber si es verdad

  1. Muy cierto. Una de las reglas de oro para desconfiar de una noticia es que resulte chirriante, excesiva o contraria a la lógica. En cuanto rebuscas un poco, se suele aclarar que no era para tanto. Algunas veces hasta se trata de una mentira directamente.

  2. Victor Rebus, para mí es exactamente al revés. Una de las reglas de oro para desconfiar de una noticia es que me resulte creíble, mesurada y totalmente adecuada a MI lógica. Ahí es cuando me saltan todas las alarmas.

  3. El mejor ejemplo posible para darte la razón en todo, es que yo mismo doy por cierta la información que das sobre la chica italiana sin molestarme en contrastarla.

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