Trajano, hoy, no sabría ni situar Roma en un mapa


Conocidas algunas aficiones por el personal, es habitual que me hagan la siguiente afirmación y pregunta: “con lo que te gusta la historia, ¿a que has leído …?” y ahí, sobre la línea de puntos colocan la última novela histórica de moda. Es un proceder curioso, que guarda cierta afinidad con regalos de discos de Luis Cobos o de monjes cantando gregoriano en dos volúmenes (ojo, incluir esta grabación es injusto, pero sea).

No, no me gusta el género. Por no gustarme, ni me gustó la que se supone es ejemplo de gran calidad: Las memorias de Adriano. La razón es simple: si me aburre la ficción, cada vez más, no les quiero decir nada de la ficción construida sobre personajes históricos o sobre trasfondos que son como personajes históricos. Permanentemente me imagino al autor intentando enseñar de forma divertida y explicando esos datos tan estremecedores de la vida cotidiana de los griegos, en particular a la hora de hacer de vientre.

Por ser sincero debiera de mencionar que no puedo hablar con solvencia del asunto porque el desprecio por el género me ha impedido prácticamente hojear esos grandes éxitos de los últimos años, pero ¿qué quieren? ¿Cómo plantearse leer una obra como esta?